miércoles, 15 de octubre de 2008

Sobre "El hombre que confundió a su mujer con un sombrero", de Oliver Sacks

Este libro trata de un tema que me interesa mucho: la forma en que el cerebro percibe la realidad, puesta de manifiesto cuando alguna enfermedad daña ese cerebro y lo priva de funciones que ni siquiera sospechábamos poseer. Personas que pierden la capacidad de comprender lo que ven aunque no tengan problemas en la vista, o de interpretar los rostros: todos ellos les parecen paisajes extraños y desconocidos, conjuntos de órganos sin sentido. O personas que ven cosas que no están, no porque tengan alucinaciones, sino porque su cerebros rellenan las porciones de campo visual que no pueden percibir. Esto viene a significar que se ve con el cerebro, pues lo que vemos es siempre una reconstrucción aproximada de lo que perciben los ojos, basada en lo que ya sabemos, en la memoria.
Así que creer que lo que percibimos es objetivamente real resulta absurdo. Nuestro cerebro funciona con símbolos. Si miramos el objeto más sencillo, una piedra, no la estamos viendo simplemente, sino que hacemos una reconstrucción artificial en nuestra mente, la convertimos en una idea, en un ente abstracto que está ya muy lejos del objeto material en sí. Y si esto es así con una piedra, ¿qué decir de la percepción de la infinita variedad del universo, de sus incomprensibles fenómenos, de nuestra interacción con ellos?
Pero en el libro hay más cosas. Me puse a leerlo con mucha curiosidad científica, pero descubrí que estaba ante auténticas historias de terror. Gente que llevaba una vida normal y plena hasta que un día se encontraban horriblemente amputados de sí mismos, habitando en cuerpos que los ignoraban, cuerpos ciegos, que tenían que volver a aprender a usar. Damos por hecho que nuestros cuerpos son "yo", los sentimos y creemos poseerlos, no imaginamos que podamos desconocerlos.
Hay otras historias más tristes que horribles, sobre personas con diferentes tipos de amnesia: la que fue perdiendo recuerdos hasta quedarse estancada en un momento muchos años atrás; la que no recuerda ni al mundo ni a sí misma, mientras su cerebro se empeña desesperadamente en llenar ese vacío con identidades e historias ficticias... Pero me ha sorprendido conocer el efecto contrario, la aparición de recuerdos inesperados en la memoria. Esto era algo que yo siempre había pensado, por eso me ha alegrado encontrarme con que un sabio opina lo mismo: que absolutamente todos los momentos de la vida quedan almacenados en nuestro cerebro. No podemos ser conscientes de ello porque nos volveríamos locos, excepto aquellos llamados "mnemónicos", como el Funes el Memorioso de Borges. Para la mayoría, estos recuerdos pueden ser rescatados ocasionalmente, y se les llama "reminiscencias". Son más que una evocación, dan la sensación de vivir de nuevo aquel momento. Pero como es un segundo al azar sacado de cualquier día de nuestra existencia, no parece especial, no parece que tenga ningún motivo para atravesar tantos años y hacerse presente.
La memoria es un tema muy poético, y esta obra demuestra que los poetas aún no han alcanzado a evocar todas sus capacidades y sus efectos sobre nosotros. La memoria nos define. Creemos tener una identidad, un alma, pero si una mañana nos despertásemos sin memoria, no sólo dejaría de existir todo lo que somos, sino que ni siquiera seríamos capaces de darnos cuenta.

viernes, 3 de octubre de 2008

¡Oh, el amor!

"El amor y occidente" es uno de esos libros que te hablan de algo que crees conocer muy bien por parecerte evidente, elemental; pero al leerlo se te cae un velo de los ojos y descubres que no habías entendido nada.
Hablemos del amor, ¡oh, el amor!, ese sentimiento maravilloso, tan natural... Pues no, no hay nada natural en el ser humano, todo es cultural, y mucho más en occidente: aquí es un producto elaborado que heredamos de los siglos anteriores. Concretando, cuando nos enamoramos, lo que hacemos es revivir lo que aprendimos en las películas, en las novelas, en las canciones...
El autor propone una teoría que quizá esté ya superada, o no sea exacta, no lo sé, pero tal y como la explica me parece muy verosímil. En la Edad Media se extendió por Europa un movimiento religioso de ascendencia maniquea, el catarismo. En la raíz de este movimiento había una fuerte divergencia entre materia y espíritu: el mundo era malvado, la carne culpable; el alma deseaba liberarse de esta prisión y ascender a Dios, la salvación se asemejaba a la muerte. En la misma época aparece el amor cortés y triunfan los trovadores. Rougemont propone que esta es una especie de versión laica del catarismo, y hace un largo análisis del mito de Tristán e Isolda para demostrarlo.
Estos amores de caballeros heroicos hacia damas puras y etéreas no tienen nada que ver con un amor carnal. Su fin no es el matrimonio, ni una vida de hogar. Siempre hay un impedimento (si no lo hubiera, no sería romántico), el amor ha de ser prohibido, imposible... En el sublime final los amantes han de morir el uno por el otro, su pasión se convierte en eterna, fuera de este mundo...
Quién no ha suspirado por estas bonitas historias, quién no ha derramado una lagrimita al acabar la película... Y qué insípido parece el mundo real en comparación. Pero se sigue soñando con glorias eternas al enamorarse, y se sigue repitiendo la cantinela del amor para siempre, del amor que triunfa sobre todo, del sacrificio que se es capaz de hacer por amor, de dar la vida. Recitamos el antiguo guión. Pero en la vida cotidiana el amor tiene que combinarse con hacer la cena, con fregar el baño, con ir a comprar las cortinas; y la gente lo aborrece, y se va en busca de otro amor, inalcanzable, prohibido... hasta que se alcanza y vuelta a empezar.
El amor existe en todas las culturas y suele referirse a un genuino sentimiento entre una pareja, pero en occidente le hemos puesto encima una pesada carga: ansiamos el imposible, y ni siquiera sabemos lo que es.
-Yo soy ardiente, yo soy morena,
yo soy el símbolo de una pasión;
de ansia de goces mi alma está llena.
¿A mí me buscas? -No es a ti, no.
-Mi frente es pálida, mis trenzas de oro,
puedo brindarte dichas sin fin;
yo de ternura guardo un tesoro.
¿A mí me llamas? -No, no es a ti.
-Yo soy un sueño, un imposible,
vano fantasma de niebla y luz;
soy incorpórea, soy intangible,
no puedo amarte. -¡Oh, ven; ven tú!
José de Espronceda
-"El amor y occidente", Dennis de Rougemont (1978). Editorial Kairós, Colección Ensayo, 1997.