sábado, 16 de mayo de 2009

Laberintos

¿Qué es un laberinto? De todas las clasificaciones posibles, hay dos tipos que son definitivos: el laberinto de los pasatiempos, lleno de callejones sin salida, en que el camino se divide y obliga a elegir, a equivocarse y volver atrás, hasta encontrar el centro o la otra salida; y el laberinto de un solo camino, que recorre toda la extensión del mismo y que siempre conduce al centro. Lo curioso es que, aunque desde la antigüedad el laberinto se ha identificado con ese camino incierto y complicado que provoca desorientación, todos los laberintos representados o pintados, desde Creta, Roma y hasta la Edad Media y casi el Renacimiento, todos, son laberintos de un solo camino. Y estos son los que a mí me interesan.

Es difícil precisar cuándo y dónde se originó el laberinto. En grutas prehistóricas aparecen grabados en la piedra círculos, que se transforman en espirales, y en algún momento pasan a ser laberintos. Pero todo parece indicar que realmente su origen es Creta, una civilización tan enormemente antigua que pudo influir a pueblos que aún vivían en la edad de piedra, en todo el Mediterráneo, en toda Europa y en la posterior civilización griega, que alimentó sus mitos con ella. Existe un tipo de laberinto que se puede llamar cretense. Suele tener siete vueltas, aunque a veces el número es mayor pero sigue respetando el diseño. El orden de circulación de las vueltas, desde el exterior, es 3-2-1-4-7-6-5. Este laberinto aparece en Creta y después en Grecia, en Roma y en todas las civilizaciones mediterráneas. Pero también en el norte de Europa, en la India y en representaciones artísticas de indios de Norteamérica. Se pueden hacer todas las especulaciones que se quieran, pero es un diseño muy preciso para que se deba a la casualidad. De alguna manera, este símbolo es tan poderoso que ha viajado por todo el mundo.

Artísticamente, la gran época de esplendor de los laberintos es la de las catedrales góticas. Principalmente en Francia, los suelos de las catedrales se enlosaron con maravillosos diseños de una complejidad y armonía espléndidas, aunque la mayoría han sido ya destruidos. Se dice que simbolizaban la peregrinación a Tierra Santa, para aquellos que no podían hacerla en persona, aunque es difícil explicar el por qué de tanta fascinación por un símbolo tan sospechosamente pagano. En el siglo XVIII triunfaron otra clase de laberintos, en los jardines y parques, pero estos ya corresponden a la primera categoría antes mencionada, son laberintos laberínticos, un juego decorativo nada más.

Pero volvamos a la pregunta: ¿qué es un laberinto… para mí? Evidentemente los laberintos simbolizaron muchas cosas en muchas épocas, algunas me interesan y otras no. Si el laberinto de un solo camino siempre conduce al centro, ¿cuál es su interés? Evidentemente, no es el qué, sino el cómo. Un buen laberinto es aquel que sabe desconcertar al que lo recorre: nada más entrar parece que lo lleva casi al centro, pero luego vuelve a alejarlo, desde un extremo le hace dar toda la vuelta hasta el otro, lo sorprende hasta que de pronto, en una revuelta, lo lanza inesperadamente al centro. No sé nada de matemáticas, pero hasta yo me doy cuenta de la armonía, la simetría, la cadencia. Porque un laberinto es un enigma. Jamás es caótico, encierra un orden, un sistema, y ese es el que debemos descifrar. Cuando se ha llegado al centro, el enigma ha sido descifrado, el laberinto se ha convertido en un camino recto y comprensible, ya no existe. ¿Cómo se sale? Desde el centro la salida lógica es… hacia el cielo.

sábado, 9 de mayo de 2009

Arte natural

Andy Goldsworthy, artista británico nacido en 1956, escultor y fotógrafo, es un representante de ese estilo llamado land art, creación ligada a la naturaleza. Realiza la mayoría de sus obras en mitad de espectaculares paisajes naturales, obras efímeras que sólo se pueden conocer gracias a las imágenes que él mismo toma. Los materiales son asimismo los hallados en el propio lugar, sin añadidos y apenas modificados: piedras, hojas, cortezas, hielo, tierra y agua. Son también materiales frágiles, de manera que la misma naturaleza que les da vida se la quita igualmente: el calor del sol, las mareas, los vientos… Más que una destrucción, es una asimilación de la creación humana, una recuperación de la materia transformada. Para el artista, “la verdadera obra es el cambio”, el paso de las estaciones sobre sus obras es el verdadero arte. A veces, la manipulación es tan mínima que sólo una reunión llamativa por su regularidad o sus colores hace notar la mano humana, siguiendo la idea de que la naturaleza es el mejor artista: su equilibrio, su armonía, sus texturas no pueden ser superadas por nada intencionado. Pero la necesidad de participar en la obra de la naturaleza, de incidir sobre aquello que le llama la atención, de entenderlo y adentrarse en ello, es lo que mueve a este artista.

viernes, 1 de mayo de 2009

Mary Ward

Mary Ward (1585-1645) nació en York, Inglaterra, hija de una familia católica en plena persecución de Isabel I. Los sufrimientos y la constancia de su familia la llevaron a la vocación religiosa, por lo que tuvo que abandonar su país, donde ya no existían los monasterios, y trasladarse a Flandes. Allí su intención de entrar en un convento de clausura se transformó en una idea nueva; inspirada por la Compañía de Jesús, religiosos que daban importancia a la formación para convertirse en hombres valiosos y preparados que pudieran acudir a todos los frentes a defender su fe, Mary se dio cuenta de que hacía falta una institución similar para las mujeres. Empezó a fundar colegios para niñas con gran éxito acompañada de otras mujeres inglesas, a las que pronto se unieron nuevas vocaciones en el continente. No eran monjas ni querían vivir en clausura (la única vida religiosa a que podían optar entonces las mujeres) porque para su trabajo debían ser libres de moverse y tratar con la gente, pero habían hecho votos para vivir una vida religiosa. Era una forma de vida nueva, desconocida… desconcertante. Cuando Mary pidió la aprobación papal para su Instituto, se estrelló contra un muro insalvable.
El auténtico problema era su visión de mujeres religiosas libres e independientes. No transigió en las condiciones que la Iglesia le imponía para aceptar su orden, y finalmente en el año 1631 el Papa Urbano VIII emitió una bula de anulación de su Instituto. Como ejemplo de este texto vergonzoso, una acusación: “Libres de las leyes de clausura, van de un lado para otro a su gusto, bajo pretexto de promover la salvación de las almas, estando acostumbradas a emplearse en otros trabajos impropios de su sexo y carácter débil, de su modesta feminidad y particularmente a la reservada a las jóvenes, trabajos que hombres eminentes en las ciencias sagradas con experiencia de los temas y de vida inocente, los desempeñan con dificultad y con mucha cautela”.
No era Mary una radical ni una rebelde. Aceptó la anulación y el aparente fracaso del trabajo de toda su vida, pero continuó con su labor educativa aunque ella y sus discípulas fueran consideradas seglares y no recibieran ningún tipo de ayuda. Incluso fue acusada por el Santo Oficio y pasó algún tiempo encarcelada. Simplemente era de esas mujeres muy adelantadas a su tiempo, o quizá es que su tiempo iba muy retrasado con respecto a ella. Sólo una mujer así podía escribir: “No existe tal diferencia entre hombre y mujer. Así que no se enfría el fervor porque somos mujeres, sino… porque somos mujeres imperfectas y no amamos la verdad y vamos tras la mentira. “Veritas Domini manet in aeternum”, la verdad de nuestro Señor permanece siempre. No dice “veritas hominis”, la verdad del hombre o de la mujer, sino “veritas Domini”, la verdad del Señor; y esta verdad pueden poseerla las mujeres tan bien como los hombres. Si fallamos es porque nos falta la verdad y no porque somos mujeres…”. “Hasta ahora, los hombres nos han dicho lo que nosotras debíamos creer. Es verdad que nosotras debemos creer lo que nos dicen; pero permítasenos no ser tontas, y saber lo que nosotras debemos creer, sin aceptar bobamente que las mujeres no podemos llevar a cabo nada grande. Más todavía. Yo espero en Dios que en el futuro se han de ver mujeres realizando grandes cosas”.
Después de ella, se fundaron otras órdenes de religiosas y con el tiempo la Iglesia aceptó esta forma de vida. Su Instituto recibió la aprobación en el año 1877 y se ha desarrollado hasta hoy en día. Y desde su época las mujeres no han dejado de realizar grandes cosas.

-De "La jesuita. Mary Ward. Mujer rebelde que rompió moldes en la Europa del XVII", José María Javierre. Libroslibres. Historia, 2002.