lunes, 19 de octubre de 2009

Raku

La ceremonia del té es una de las más brillantes creaciones de la cultura japonesa, que sigue su tradición de hacer de lo más simple un arte. Estar sentado largo tiempo en una diminuta casa de papel, mientras alguien prepara una taza de té y te la sirve, no parece la mejor forma de crear arte. Y sin embargo, cada átomo que envuelve ese suceso es pura belleza.

Todo este arte está basado en los conceptos «paz, respeto, pureza y soledad»: Wa-Kei-Sei-Jaku. «El tcha-no-yu crea armonía solicitando los cinco sentidos —escribe Paul Arnold-: armonía del tacto (la taza), armonía del perfume (el té), armonía de la luz (los shoji translúcidos), armonía del sonido (el agua que hierve en la marmita). Estas nuevas armonías, suscitadas deliberadamente al grado sutil de una sensibilidad despierta, invaden enteramente al ser y adormecen los choques, las luchas y las preocupaciones que se disputan, normalmente, en nuestro espíritu. De pronto volvemos a encontrar en la calma y el refinamiento, el perfecto acuerdo entre nuestros cinco sentidos y el mundo que nos rodea. Tal es el sentido de las palabras de Tekuan: La ceremonia del té es el sentimiento de armonía entre el cielo y la tierra, y es la norma del mundo "en paz".»


Aunque cada objeto está cuidadosamente elaborado, mi favorito son las tazas en que se sirve el té. Fueron introducidas en el siglo XVI por el gran creador de esta ceremonia, Sen no Rikyu, el cual las encargó al maestro Chojiro para sustituir las ostentosas porcelanas chinas que se usaban hasta entonces. Chojiro moldeó la arcilla con sus manos, sin usar el torno. Los tazones quedaron irregulares, imperfectos, y para cocerlos utilizó la técnica del raku, que al enfriar bruscamente las piezas provoca que se agrieten y a veces se rompan, además de darles maravillosas tonalidades lacadas. Esta es una muestra perfecta del espíritu japonés, del wabi. Las tazas parecen haber brotado de la naturaleza, un casual trozo de roca extraído directamente de la tierra, a pesar de ser la expresión del talento y la increíble destreza de sus creadores. Son rugosas y ásperas, casi salvajes, pero también remendadas, a punto de caerse en pedazos. Son un resultado único, fruto del azar, irrepetibles. Como el concepto de ichi-go ichi-e de la ceremonia del té: el precioso momento en que estamos reunidos, el momento que nunca podrá repetirse, porque es único y ahora mismo es nuestro, lo tenemos entre las manos.

Mi entrada copiada en otro blog: http://www.cambioplanetario.com/t8358-raku-ceremonia-del-te

sábado, 3 de octubre de 2009

¡Juguemos!


Eso que hoy llamamos descuidadamente “un juego de mesa” empezó siendo (como casi todo) una ceremonia sagrada. Sus elementos eran: un trazado que podía ser un camino mágico, o una red de movimientos como escenario de una batalla; y los elementos que se movían por él, que podían ser oficiantes o danzantes, y en tamaño reducido: piedras, semillas, frutos… Para que el juego sea perfecto, sólo hace falta incluir un elemento de azar; así, no sólo cuenta la destreza de los jugadores, sino que interviene un destino superior (los dioses, la suerte). Los dados se inventaron en época romana, antes fueron semillas de cauri, bastoncillos, huesos o simplemente monedas. Su relación con ceremonias de adivinación es evidente. Así que tenemos el camino, los caminantes y el azar… y el tiempo mágico en que todo se desarrolla.
Aunque los juegos son prehistóricos, fueron las primeras civilizaciones las que dejaron tableros realizados como obras de arte que era un lujo poseer (los pobres jugarían con semillas y tableros trazados en la arena). Uno de los juegos más antiguos conocidos es el egipcio senet. Se lo conoce tan bien porque se han encontrado muchos tableros en tumbas, incluidas representaciones de los difuntos jugando. Esto demuestra que para los egipcios aún era un ritual de cuyo resultado dependía que el alma pudiera alcanzar su meta de salvación.
No se han conservado sus reglas, pero se supone que era un juego de recorrido a lo largo de 30 casillas (en tres líneas de 10) que se seguían dibujando una Z. Algunos tableros encontrados están cubiertos de dibujos, pero parece que sólo la casilla 15 y las cinco últimas tenían algún valor. Es revelador que, en algunos tableros, la casilla 27 llevara dibujadas unas líneas que representan el agua: la ficha que caía en ella “moría”, y debía volver a la casilla 15, que llevaba dibujada una cruz Ankh; por lo tanto, la ficha “renacía”.
Había otros juegos populares en Egipto: el juego de la serpiente, con un tablero circular que claramente anticipa el juego de la oca; el juego de los perros y los chacales, el tau… y seguramente conocería juegos populares en todo el Mediterráneo similares a damas o tres en raya, antes de que llegase el mítico ajedrez… pero de esos otros hablaré en otra ocasión.
Para vivir la experiencia de jugar al senet, recomiendo dos sitios: el Cleveland Museum of Art tiene un gracioso juego automático. Para dos jugadores, es estupendo el juego del British Museum. Hay que tener en cuenta que cada uno utiliza reglas diferentes.