viernes, 19 de febrero de 2010

Dead Man




Every night and every morn
Some to misery are born.
Every morn and every night
Some are born to sweet delight.

Some are born to sweet delight,
Some are born to endless night.

We are led to believe a lie
When we see not through the eye
Which was born in a night to perish in a night,
When the soul slept in beams of light.

God appears, and God is light
To those poor souls who dwell in night,
But does a human form display
To those who dwell in realms of day.
Auguries of Innocence, William Blake
Dead Man, Jim Jarmusch, 1995. Música de Neil Young

sábado, 13 de febrero de 2010

Lo que Borges me contó de Emanuel Swedenborg

Uno de los relatos de Borges que más me ha impresionado es “Un teólogo en la muerte”, de su libro “Historia universal de la infamia”, una visión del más allá inquietante como una historia de terror minimalista. Al final de ese relato, Borges cita el nombre de Emanuel Swedenborg. Aparece en otros relatos y al leer otras obras suyas lo empecé a encontrar a menudo. En algunas conferencias y prólogos, Borges explica su fascinación por este personaje, lo que me llevó a intentar encontrar algún libro suyo: así que he leído “Cielo e infierno” guiada por la opinión de Borges.

Emanuel Swedenborg era el típico científico brillante del siglo XVIII, de origen sueco pero que desarrolló su carrera en Inglaterra. Se aplicó al estudio de todo tipo de materias, fue matemático, óptico, relojero, grabador, astrónomo, inventor de todo tipo de artefactos. También fue filósofo y teólogo. Hijo de un obispo luterano, se interesó por las Sagradas Escrituras y aprendió hebreo y griego para entenderlas mejor. A los 56 años su vida cambió por completo: los ángeles empezaron a visitarle y le convirtieron en su auténtico portavoz en el mundo. Lo llevaron a ver el más allá y le informaron de todos los pormenores de la vida espiritual, que Swedenborg fue escribiendo en incontables volúmenes. Se ganó el descrédito de la comunidad científica que antes tanto lo admiraba, pero continuó ese trabajo durante los últimos treinta años de su vida.

No tengo los conocimientos para analizar correctamente ese período de la historia, pero estoy segura de que ese siglo XVIII era un momento de crisis y cambio, de ideas antiguas que se tambaleaban e ideas nuevas y desconocidas. Tengo la sensación de que Swedenborg sintió cierto vértigo ante esas transformaciones y buscó el consuelo y la seguridad de las cosas sencillas y claras, que es lo que me ha parecido su visión del más allá. Porque para él todo es literal, no hay complicadas elucubraciones metafísicas. Dios es humano, los ángeles son humanos, viven en ciudades y en casas, tienen oficios, gobiernos, y su mundo es totalmente igual al nuestro. En relación a esto, Borges comenta que Swedenborg nunca dejó de ser el típico hombre ilustrado y metódico, pues su descripción del cielo es igual a la de un explorador que viaja a un país lejano y deja constancia de sus paisajes, sus gentes y sus costumbres, sin fantasías ni juicios, sino dando toda la información posible.

Su mentalidad religiosa es totalmente dualista. Por una parte, hay una radical oposición entre lo corporal y lo espiritual, por supuesto lo primero es tosco, bajo y totalmente desechable, pues el ser humano es su espíritu. Después hay un dualismo total entre el bien y el mal. Los buenos van al cielo, los malos al infierno, y cielo e infierno son perfectamente simétricos en su oposición. Aquí Swedenborg muestra una mentalidad universal pues acepta que todos los paganos e infieles también pueden ir al cielo si son buenas personas, pues ellos no tienen la culpa de que no se les haya evangelizado. Una vez en el cielo, los ángeles se encargan de que acepten la fe verdadera y así se convierten en buenos cristianos. Incluso menciona Swedenborg a la gente de planetas distantes que no saben que en la Tierra se ha revelado la auténtica religión; si han sido fieles a sus creencias, hay sitio en el cielo para ellos.

De hecho, lo que entusiasma a Borges es la idea más original que aportó Swedenborg: ni el cielo es un premio, ni el infierno un castigo. Es cada ser humano el que los crea, según la disposición de su alma. Los buenos van a donde están los otros buenos, y su bondad es el cielo. Los malos buscan la compañía de otros malos, y sus envidias, conspiraciones y violencias son el infierno. Pero en cierto sentido los malos son “felices” en su infierno, es donde desean estar. Si se acercan demasiado al cielo, lo perciben con dolor y repugnancia. Son las elecciones que han hecho en su vida las que los han llevado a ese estado. Una vez más, Swedenborg parece más zoroastrista que cristiano, si se me permite la expresión.

En el relato de Borges, un teólogo que defiende ideas equivocadas acaba de fallecer, pero como ocurre generalmente, todas sus propiedades y objetos aparecen igualmente en la otra vida, por lo que no se da cuenta de que está muerto. Unos personajes ilustres le visitan y quieren convencerle de sus errores, pero él los desprecia. Eran ángeles que al comprobar que no pueden salvarle, lo abandonan. Su casa va perdiendo forma, y a su alrededor ya no está la ciudad sino unos arenales. Una habitación está llena de instrumentos desconocidos, otra es tan pequeña que no puede entrar, en otra hay gente que lo alaba y adula, “pero como alguna de esas personas no tenía cara y otros parecían muertos, acabó por desconfiar”. El teólogo finalmente abandona la casa y se adentra en los arenales.

No es que haya podido sacar ninguna enseñanza espiritual de Swedenborg. Su más allá definitivo y automático no me produce ninguna esperanza. Quizá Borges en este breve relato condensó todo lo que Swedenborg había aportado a la humanidad. Reconozco que es una idea algo extrema, pero a Borges le hubiera gustado: que un visionario llenara páginas y páginas de pesadísimos tratados para que un poeta dos siglos después alcanzara la inspiración para tres páginas brillantes.

viernes, 5 de febrero de 2010

De Walt Whitman a su lector

He aquí lo que debes hacer:
Amarás a la tierra y al sol y a los animales.
Despreciarás las riquezas.
Darás limosnas a todo el que las pida.
Defenderás a los imbéciles y a los locos.
Dedicarás a los otros tus ganancias y tu trabajo.
Odiarás a los tiranos.
No disputarás sobre Dios.
Tendrás paciencia e indulgencia para con las gentes.
No rendirás homenaje a cosa alguna conocida o desconocida, ni a ningún hombre o conjunto de hombres.
Te juntarás libremente con las personas vigorosas e indoctas, y con los jóvenes, y con las madres de familia.
Leerás estas Hojas al aire libre, en todas las estaciones de todos los años de tu vida.
Liarás nuevo examen de todo cuanto te hayan dicho en las aulas o en las iglesias o en cualquier libro.
Desecharás todo aquello que ofenda a tu propia alma.
Y tu carne misma será un gran poema y poseerá la más abundante soltura no sólo en sus palabras, sino también en las líneas silenciosas de sus labios y de su rostro, y entre las pestañas de tus ojos, y en todos los movimientos y coyunturas de tu cuerpo...
-Del prefacio a la edición de Hojas de Hierba de 1855, traducción de Francisco Alexander. Visor de poesía nº 694. Visor Libros, 2009.