sábado, 20 de marzo de 2010

Un gato en un piso vacío


Hay algo aquí que no empieza
a la hora de siempre.
Hay algo que no ocurre como debería.
Aquí había alguien que estaba y estaba,
que de repente se fue
e insistentemente no está.
Se ha buscado en todos los armarios.
Se ha recorrido la estantería.
Se ha husmeado debajo de la alfombra
y se ha mirado.
Incluso se ha roto la prohibición
y se han desparramado los papeles.
Qué más se puede hacer.
Dormir y esperar.
Ya verá cuando regrese,
ya verá cuando aparezca.
Se va a enterar de que eso
no se le puede hacer a un gato.
Irá hacia élcomo si no quisiera, despacito,
con las patas muy ofendidas.
Y nada de saltos ni maullidos al principio.

Wislawa Szymborska

viernes, 12 de marzo de 2010

Todo mi yo es cuerpo

Parece que hay una idea tan profundamente metida en la cultura occidental que deja ver sus resquicios a cada momento, y cada vez me desagrada más… Quizá esté superada la idea religiosa de que el cuerpo es vil y sucio y que afortunadamente lo que realmente somos es esa otra parte limpia y pura que es el alma, pero la visión científica actual no la ha cambiado demasiado: el cuerpo es la máquina en la que estamos montados, la utilizamos para vivir, pero no es nosotros.

Muy a menudo las ideas religiosas se expresan en este sentido: nuestro cuerpo es un envoltorio que caduca y del que nos desharemos para elevarnos hacia un etéreo cielo. Estoy segura de que si la gente lo considera detenidamente verá lo absurdo de este pensamiento, pero no lo hace, y hay que insistir en algo tan elemental: somos nuestro cuerpo. A pesar de la lógica, sigue sonando negativo: ¿sólo somos un cuerpo? ¿Nada más que carne corrompible? ¿Órganos y fluidos torpes y sucios? Pues sí, ¿es que te parece poco?

¿Por qué se le quita el valor a algo que existe para dárselo a una entidad ilusoria? Éstos órganos, llámalos corazón, cerebro o cualquier otro, son los que nos permiten sentir el amor, la emoción o la iluminación que llamamos experiencias espirituales. Gracias a nuestro cuerpo nos relacionamos con el resto de los seres humanos, y podemos establecer las relaciones que llenan de sentido nuestra vida. La amistad, la solidaridad, la compasión, surgen de nuestras necesidades físicas igual que el hambre o el sueño, ¡y qué suerte tener esas necesidades! Es cierto que somos seres caducos y que estamos hechos para extinguirnos, sino, ¿qué valor tendría para nosotros el tiempo de nuestra vida y lo que podemos conseguir en ella? Habitamos en el tiempo y en los ciclos de bienestar y malestar, de alegría y tristeza… Eso significa estar vivo, es el funcionamiento de la naturaleza. Casi siempre pensamos en la belleza de los pajaritos y las flores, pero la naturaleza también es el gusano, la putrefacción y el estiércol. Culturalmente los vemos como cosas negativas, pero en el mundo natural no lo son: son parte de los ciclos de muerte y renacimiento. Así que cuando miremos a nuestros cuerpos débiles y enfermos, pensemos que tienen el poder de la eternidad, precisamente porque están vivos, y la vida es frágil, pero siempre permanece.


Y esa visión religiosa del alma buena y el cuerpo malo no siempre se cumple. Es contraria a la visión cristiana, porque la Creación es obra de Dios y por tanto es buena y querida por Él. Desde el momento que el centro del cristianismo es el hecho de que Dios ha tomado forma humana, en un cuerpo de carne con todas sus limitaciones y fragilidades, no se puede despreciar el cuerpo sino dignificarlo. Un Dios que después de morir no se convierte en un fantasma etéreo sino que resucita en su cuerpo material, glorioso pero… lleno de llagas y cicatrices. El cuerpo es lo que nos define, con su gloria y su dolor.

Este tema también me hace recordar el término zen de “zanshin”, el arte del gesto. Aunque proviene de los samuráis y significa “prestar el máximo de atención al adversario”, se puede aplicar a toda la sensibilidad zen. La destreza con la espada, con el arco, al servir el té o al pintar, no provienen del simple entrenamiento. Se trata de acallar el pensamiento y dejar que “el cuerpo actúe por sí solo”. El universo y el cuerpo tienen su propia armonía y saben lo que tienen que hacer. La sabiduría del cuerpo es algo muy ignorado en occidente.

O casi; encontré este fragmento de Friedrich Nietzsche que aparece en "Así habló Zarathustra". Un pasaje llamado "De los despreciadores del cuerpo" dice:
"Mas el ya despierto, el sabio, dice:
Todo mi yo es cuerpo, y el alma no es sino el nombre de algo propio del cuerpo.
Tu pusilánime razón, hermano mío, es también un instrumento de tu cuerpo, y a eso llamas espíritu: un instrumentito, un juguetillo a disposición de tu gran razón.
Hermano mío, detrás de tus ideas y sentimientos se oculta un poderoso señor, un sabio desconocido. Se llama Sí-mismo. Reside en tu cuerpo, es tu cuerpo.
Más razón hay en tu cuerpo que en tus pensamientos más sabios. ¿Quién asegurará que el cuerpo no pueda prescindir de la mejor sabiduría?"

Y vuelvo a recurrir a la autoridad de Teresa Forcades, porque le he oído varias veces una cita de Kant que resume todo lo que he estado intentando decir: “El pájaro cree que sin aire, volaría más rápido”.


Foto: Milique, 68 años, y su doceava nieta Yasmina, de 8. Noragara, Irian Jaya-por Phil Borges