viernes, 21 de mayo de 2010

A qué jugaban los vikingos

Podría reflexionar sobre la historia, el encanto de las culturas antiguas, el precioso arte medieval… pero en realidad de lo que me interesa hablar es de juegos. Los juegos de mesa existen desde la prehistoria y creo que son una creación fascinante; algo de arte, algo de ritual, algo mágico… y muy divertidos. Por ejemplo, los juegos de los vikingos.

Pues sí, parece ser que los vikingos, entre asedio y asalto, pasaban el rato con un tipo de juego de mesa conocido como Tafl o Hnefa-Tafl, que significa juego del Rey. Con diferentes modelos y variantes lo extendieron por toda su zona de influencia, desde los países escandinavos hasta las Islas Británicas, Irlanda, Islandia, etc. Se le menciona en las sagas, y era parte de la educación de la nobleza ser diestro en el Hnefatafl. Se han encontrado bastantes tableros y piezas, y curiosamente algunos tableros eran de clavijas, con agujeros para sujetar las fichas, clara señal que los usaban para jugar durante sus famosos viajes en barco. La principal característica de este tipo de juegos es que los dos contrincantes que se enfrentan en él tienen fuerzas muy desiguales y un objetivo diferente para ganar. Por un lado hay atacantes, que normalmente doblan en número a sus enemigos, y defensores, entre los cuales se encuentra el Rey.

Hay juegos de Hnefatafl comercializados como el de la foto, que he localizado en internet. Las reglas se han reconstruido aproximadamente como las que debieron existir hacia el siglo X. El tablero es de 11x11, los atacantes son 24 y los defensores 12 más el Rey, colocados como se puede apreciar. La casilla central del tablero es exclusiva del Rey y se llama Konakis, el trono. Sólo el Rey puede ocuparla aunque las otras fichas pueden atravesarla. Las cuatro casillas de las esquinas también son casillas reales. El objetivo del Rey es alcanzar una de ellas, y habrá ganado la partida. El objetivo de los atacantes es capturar al Rey.

Todas las piezas se mueven de la misma manera, y es el movimiento de la torre en el ajedrez, o sea, todas las casillas que quieran en vertical u horizontal, sin saltar otras piezas. La forma de capturar una pieza enemiga es colocar dos piezas propias a cada lado de ella, en horizontal o vertical. Sin embargo, cuando una pieza se coloca ella misma entre dos enemigas no es capturada. Las casillas reales de las cuatro esquinas sirven un poco de comodín: si un jugador acorrala a una pieza enemiga entre su ficha y una casilla de la esquina, la captura igualmente.

El Rey captura piezas de la misma manera, pero para capturarlo a él es necesario rodearlo por los cuatro costados. Para capturar al Rey, la casilla central también sirve de comodín: se le puede acorralar con piezas por tres costados y su propia casilla por el otro.

Aunque este tipo de juegos fueron perdiendo popularidad al extenderse el ajedrez por Europa, curiosamente en el siglo XVIII el naturalista sueco Linneo describió una variante encontrada en Finlandia, llamada Tablut. La principal diferencia es el tablero, de 9x9, y la reducción de los jugadores a 16 contra 8 más el Rey, colocados como se ve en la foto. En este caso, el Rey conseguía ganar alcanzando cualquier casilla del borde del tablero. El Tablut también se ha rescatado y se puede jugar hoy en día.

En fin, supongo que el problema de interesarse por juegos tan exóticos es encontrar luego a alguien para poder jugar con él. Por supuesto que en internet hay cantidad de jugadores en línea para todo, pero si algo me gusta de los juegos de mesa es… jugarlos sobre una mesa, con un tablero de verdad, con fichas que se puedan tocar y mover, en 3D auténtico. Eso es lo básico y primitivo de los juegos de mesa, divertirse y al mismo tiempo poder sentirse como un auténtico vikingo.

lunes, 17 de mayo de 2010

Chema Madoz

Seguro que habéis visto sus fotografías en algún periódico o revista, o en la portada de un libro. Si las habéis visto, las reconoceréis enseguida por su estilo inconfundible: un transparente blanco y negro, y unos objetos fotografiados con precisión… sólo que hay algo en ellos que no es habitual. Supongo que se le puede llamar poesía visual, a mí me parecen pequeñas sugerencias colocadas ante los ojos del espectador, para que sea éste el que haga surgir la respuesta en su mente. Una forma diferente de ver cosas cotidianas, cómo algo puede convertirse en otra cosa con sólo un pequeño gesto… No tengo mucho más que decir, son las imágenes las que hablan. Para disfrutar de muchas más, ésta es la web de Chema Madoz.











sábado, 1 de mayo de 2010

La levadura en la masa

A mediados del siglo XX, una joven francesa, Magdeleine Hutin, leyó la biografía de Charles de Foucauld, aquel hombre controvertido y extremo cuya fe le llevó a buscar lo más radical, en su caso abandonar la sociedad y marchar a lo profundo del desierto del Sahara, y vivir entre pueblos no cristianos dando el testimonio de una vida contemplativa y abierta a todos. Para Magdeleine, esta lectura provocó una intuición profunda de cómo desarrollar la espiritualidad que le había comunicado. En aquella época, antes de la II Guerra Mundial, ya existían comunidades religiosas que seguían el camino de Foucauld y habían establecido conventos en el Sahara, pero Magdeleine no quería encerrarse sino estar cerca de la gente. También había órdenes religiosas misioneras trabajando con los pueblos de África, pero su aire colonialista poco respetuoso con las culturas autóctonas no le agradaba. Poco a poco y con muchas dudas y fracasos, fue creando la orden de las Hermanitas de Jesús. El diminutivo empleado no es una concesión a la santurronería: quienes se unieran a esta orden, debían ser tan pequeñas y humildes, tan insignificantes e inofensivas, que nadie se sintiera amenazado por ellas y ni siquiera el desprecio las afectara. ¿Y a qué se dedicaron?: a ESTAR con la gente. Fueron a vivir con los nómadas del desierto, pasaron hambre con ellos, y cuando tuvieron algo que comer lo compartieron. No fueron a ayudarles, en el sentido de

Magdeleine Hutin

abrir hospitales o escuelas (otros religiosos ya se dedicaban a ello), porque eso hubiera significado pretender ser más que ellos, pretender ser más ricas o más civilizadas. Ellas querían ser UNA MISMA COSA con las comunidades con las que compartían su vida. Tampoco los evangelizaban ni pretendían convertirlos (en su profesión se consagraban “a los pueblos del Islam”), respetaban sus creencias y predicaban con su ejemplo: su humildad, su bondad, su comprensión y su disponibilidad para lo que las necesitaran hablaban más sobre su religión que ningún discurso. Querían ser como “la levadura en la masa”, ese pequeño ingrediente que sólo con su presencia provoca la fermentación.

Magdeleine siempre quiso evitar los enfrentamientos entre tradiciones religiosas. Cuando se establecían en territorio de iglesias orientales, se ponían bajo su jurisdicción, y en sus ceremonias adoptaban el idioma y la liturgia orientales. Su idea era que en su orden pudieran profesar igual católicas que ortodoxas o protestantes, pero ese reglamento no fue aceptado por la Iglesia. Qué decir ya de que mujeres musulmanas se unieran a su orden sin dejar su religión. Para ella y para los pueblos con los que vivían, esa unión era lo más natural, pero nada parecido pudo realizarse.

Con el tiempo, Magdeleine comprendió que su propósito no podía limitarse a un pueblo concreto, y las comunidades empezaron a extenderse por el mundo. Fueron a vivir con los trabajadores pobres en los suburbios de las grandes ciudades europeas, con los sin techo, con las prostitutas, con los presos, con los gitanos nómadas, con los pueblos sometidos de África y América del Sur. Ni qué decir tiene que Magdeleine fue víctima de muchas incomprensiones. Ella misma era contradictoria, impulsiva, incansable perseguidora de su ideal. Enferma desde su juventud, vivió hasta los noventa años sin dejar de viajar por todo el mundo, sin dejar de pasar hambre, frío y necesidades. En una época en que las monjas eran criaturas celestiales con hábitos almidonados, ¿qué pudo pensar la Iglesia o la sociedad de unas religiosas que vestían la ropa pobre de los trabajadores, que viajaban haciendo auto stop o en los remolques de los camiones, que trabajaban para ganarse la vida y no aceptaban dotes, donaciones o tener dinero en el banco? Su pobreza ofendía a las autoridades, que llegaron a considerarla “indigna de personas consagradas” (¡!!), mientras ellas se escandalizaban de que la misma pobreza en la población no les pareciera igualmente indigna.

Trabajando en la fábrica en 1946

Quizá lo más difícil de entender era su actitud. Las Hermanitas de Jesús se consideran contemplativas en medio del mundo. En la ideología actual de “utilidad” sólo valoramos las acciones que dan un resultado. Los misioneros “hacen” algo y se les valora por eso, pero, ¿por qué siempre se mira la cuenta de resultados? Ellas están en este mundo, con su actitud, totalmente entregadas a su ideal, hasta estar dispuestas a sufrir lo que sea y a dar la vida. La autenticidad que irradian debe ser espectacular, y creo que debe producir un efecto, silencioso, escondido, pero que me parece una auténtica revolución. La prueba es que han sido aceptadas en las culturas más diversas, de las que también han surgido vocaciones, y que ahora mismo no

En Moscú en 1964 (no podían lucir las cruces sobre el pecho)

dejan de extenderse por todo el mundo. Y sin duda sólo pueden seguir este camino mujeres increíblemente fuertes. ¿Quién estaría dispuesto a ir a cualquier parte del mundo, sin ninguna seguridad de tener algo que llevarse a la boca ni un techo sobre su cabeza, viviendo en lugares de los que la gente común en general quiere marcharse… con las manos abiertas y dispuesta a dar todo lo que pidan de una? Y sin dejar de ser humanas. Y sin dejar de creer en la humanidad. Me parecen admirables y, aunque yo no sea capaz de llegar tan lejos, saber que existen también me da esperanza.

Esta es la página en inglés de Little Sisters of Jesus, dentro de la agrupación de la Familia Espiritual de Charles de Foucauld, Jesus Caritas.

De "La crida del desert: una biografia de la germaneta Magdeleine de Jesús"- Kathryn Spink. Claret, Festa 22, 2001