domingo, 22 de agosto de 2010

Senderos de gloria





La humanidad puede ser bestial, y los seres humanos pueden devorarse unos a otros, pero queda la esperanza si una cancioncita les puede hacer recordar que un día todos habitaron en el mismo país de la infancia. Un gran final para una gran película.

-"Senderos de gloria" (Paths of glory), Stanley Kubrick, 1957

domingo, 1 de agosto de 2010

Hildegarda de Bingen


Sucedió en el año 1141 después de la encarnación de Jesucristo. A la edad de cuarenta y dos años y siete meses, vino del cielo abierto una luz ígnea que se derramó como una llama en todo mi cerebro, en todo mi corazón y en todo mi pecho. No ardía, sólo era caliente, del mismo modo que calienta el sol todo aquello sobre lo que pone sus rayos. Y de pronto comprendía el sentido de los libros, de los salterios, de los evangelios y de otros volúmenes católicos, tanto del antiguo como del nuevo testamento, aun sin conocer la explicación de cada una de las palabras del texto, ni la división de las sílabas, ni los casos, ni los tiempos.
Encendida por este fuego, Hildegarda de Bingen (1098-1179) tomó las riendas de su comunidad de monjas benedictinas, se separó del convento masculino del que dependía y fundó otros dos, envió y recibió cartas de las personalidades del momento, escribió tratados de medicina, y de todas partes acudían enfermos y fieles para ser curados e iluminados por ella. Compuso su propia música. Viajó y predicó en monasterios y ciudades. Fue siempre reconocida por las autoridades eclesiásticas. Y sobre todo transmitió su cosmovisión en tres libros admirables donde el universo, la humanidad y Dios se revelan en una sinfonía espectacular.

Porque sobre todo fue una visionaria. Es curioso que la primera vez que oí hablar de ella fuera en un libro del neurólogo Oliver Sacks, al cual le parecía clarísimo que las visiones de Hildegarda eran un producto típico de la migraña:

Hildegarda escribe: Las visiones que vi me llegaron, no mientras dormía ni en sueños, ni en la locura, ni con mis ojos carnales, ni con los oídos de la carne, ni en lugares ocultos, sino despierta, alerta, y con los ojos del espíritu y los oídos interiores, las percibí con los ojos abiertos y según la voluntad de Dios.Una de las visiones, ilustrada por unas estrellas que caen y se apagan en el océano, significa para ella “la caída de los ángeles”: Vi una estrella de lo más espléndida y hermosa, y con ella una inmensa multitud de estrellas que caían, todas ellas hacia el sur… Y de pronto todas quedaban aniquiladas y se convertían en negros carbones… y se sumergían en los abismos y ya no podía volver a verlas (Scivias).
Ésta es la interpretación alegórica de Hildegard. Nuestra interpretación literal sería que ella experimentaba una lluvia de fosforescencias en tránsito a través del campo visual, y que ese paso era seguido de un estocoma negativo.

Y resume así cómo entiende la experiencia de Hildegarda:
Investidas de esta sensación de éxtasis, rebosantes de un profundo significado teológico y filosófico, las visiones de Hildegarda contribuyeron a encauzar su vida en una senda de santidad y misticismo. Nos ofrecen un ejemplo único de la manera en que un hecho fisiológico banal, odioso e insignificante para la vasta mayoría de la gente, puede convertirse, en una conciencia privilegiada, en el sustrato de una suprema inspiración extática.

Quizá suene extraño que empiece a escribir sobre Hildegarda, intentado dar una explicación científica a su experiencia. Quizá alguien leyendo estas razones se sienta defraudado, porque las visiones ya sólo le parezcan un fenómeno psicológico, o porque yo pretenda reducir una experiencia espiritual a un simple cuadro médico. Creo en la explicación del doctor Sacks y es posible que Hildegarda experimentara las auras de una migraña (un fenómeno que según el neurólogo es mucho más complejo de lo que se supone y del que hay mucho por descubrir). Pero también creo otra cosa: creo que el infinito universo llega hasta nosotros en una auténtica avalancha (a través de nuestra fisiología, claro, ¿si no de qué?); un cerebro funcionando normalmente hace una primera selección de lo perceptible (¿pero qué cerebro es del todo normal?); pero la cultura y nuestra idea de la realidad suprimen muchas otras percepciones. Cuando una persona derriba estas barreras, esa luz ígnea entra a raudales. Un científico puede explicarlo así y no se equivoca, pero es que esa explicación científica es sólo la base sobre la que se apoya una realidad más grande.

Las visiones de Hildegarda podían suceder de repente pero eran de una extensión infinita. Aunque ella se esforzaba en transmitirlas con palabras, falta vocabulario para la multitud de matices, texturas, luces y oscuridades. Las formas se multiplicaban con vida propia y eran nunca vistas, las dimensiones perdían sentido y dentro de cada imagen aparecían multitud de otras, descritas hasta el último detalle. Se extendían por los cielos y todo el universo, formaban ejércitos, ciudades, y Hildegarda veía cada rostro y oía lo que decían, oía música y la voz divina que le transmitía su mensaje. Y el resto de su vida lo dedicó a transcribir e interpretar estas visiones en los libros Scivias, Libro de los méritos de la vida y Libro de las obras divinas. Pero la interpretación es otra cuestión.

La historiadora Victoria Cirlot hace una comparación muy interesante entre Hildegarda y el surrealismo (lo que es muy evidente) pero sobre todo con Max Ernst y su técnica del frottage. Salvando las distancias temporales y culturales, el fenómeno por el que el pintor veía aparecer en las manchas creadas al azar las formas y volúmenes, es parecido al de Hildegarda encontrando en sus indescriptibles visiones una gran explicación del universo. Y es parecido a un nivel muy profundo, porque también el pintor se siente invadido de algo más grande que él, de todo el universo que lo asalta y lo obliga a arrancar de la nada las texturas y los colores que manan a través de él, sin que pueda evitarlo. Una corriente le arrastra a hacer de lo infinito algo concreto, a hacer de lo invisible algo visible. En su tiempo y con su cultura, a Hildegarda le pareció que esas visiones le explicaban todo lo existente, y encontró relaciones entre cada imagen y la historia sagrada, las Escrituras, el cuerpo humano, sus órganos y su equilibrio, la vida del alma, los astros y el cosmos, la naturaleza, los animales y plantas y todo el universo.

Pero eso no convierte las visiones en simples alegorías que simbolizan otras cosas; las visiones son verdad porque son la única manera en que esta realidad puede manifestarse, y esto nos llevaría a una reflexión sobre lo que es el arte, sobre todo el arte religioso: el Símbolo, el canal por el que se manifiesta otra realidad, el mensaje cifrado que cada receptor debe descifrar.

Hildegarda no fue una simple espectadora, estas visiones fueron su despertar, una revelación para su alma. Para ella la necesidad de escribirlas era tan fuerte que cayó enferma hasta que se decidió a hacerlo. De hecho padeció enfermedades durante toda su vida, sobre todo ante los impedimentos, y en su caso la enfermedad significa siempre un rechazo a cumplir la voluntad de Dios. Debió de ser una situación violenta para ella ponerse a pontificar desde su situación de mujer. Siempre insistía en que era iletrada e ignorante y que todo el mérito de sus escritos venía del cielo. No es del todo cierto porque su talento de escritora y teóloga es sólo suyo, pero era una buena defensa ante quien la acusara de pretender dar lecciones. No dudo de que ella lo tenía muy claro: la revelación tiene más mérito cuanto más humilde sea el receptor, y la mujer es el ser más insignificante. El origen de esta clase de conocimiento hacía que fuera considerado superior al intelectual, y esto le dio reconocimiento y autoridad, hasta el punto de permitírsele predicar públicamente. Podría decirse que Hildegarda desmiente lo que se supone de la situación de la mujer en la Edad Media; ella misma, sin dejar de ser heredera de su época machista y clasista, tiene ideas muy personales sobre las relaciones de hombres y mujeres (“Y así el hombre y la mujer se unieron para realizarse el uno a través del otro, porque el hombre sin la mujer no se llamaría hombre, ni la mujer sin varón sería llamada mujer”). Sí se cumple el tópico, sin embargo, en el hecho de que nunca fuera declarada oficialmente santa (¡o Doctora de la Iglesia*!), y en que una personalidad histórica como la suya cayera prácticamente en el olvido durante siglos.

Las ilustraciones de sus libros, a pesar de su creatividad desbordante, son una pálida recreación de la originalidad de sus visiones. Parece claro que fueron hechas tras su muerte, aunque aún se discute si los diseños fueron suyos. No son comparables a ningunas otras miniaturas medievales. En este video aparecen algunas de ellas, acompañadas de su composición O Ecclesia:

O Ecclesia,
oculi tui similes saphyro sunt,
et aures tue monti Bethel,
et nasus tuus est
sicut mons mirre et thuris.
et os tuum quasi sonus
aquarum multarum.



Dixerunt:
Wach! rubicundus sanguis
innocentis agni
in desponsatione sua
effusus est.
Hoc audiant omnes caeli!
et in summa symphonia
laudent agnum Dei!
quia guttur serpentis antiqui
in istis margaritis
materie verbi Dei suffocatum est



Oh Iglesia,
tus ojos son como el zafiro,
tus oídos como la montaña de Betel,
y tu nariz es
como una montaña de mirra e incienso,
y tu boca como el sonido
de muchas aguas.

Dijeron:
¡Ay! La roja sangre
del Cordero inocente
en sus bodas
ha sido derramada.
Que lo oigan todos los cielos,
y en suprema sinfonía
alaben al Cordero de Dios,
pues la garganta de la serpiente antigua,
en estas perlas
de la materia del Verbo de Dios,
ha sido sofocada.

-Hildegarda de Bingen, una conciencia inspirada del siglo XII- Régine Pernoud. Paidós Testimonios, 1998.
-Vida y visiones de Hildegard von Bingen- Victoria Cirlot. Siruela, Biblioteca Medieval, nº 13, 2001.
-Hildegard von Bingen y la tradición visionaria de occidente- Victoria Cirlot. Herder, 2005.
-Completísimo sitio en internet a cargo de Azucena Adelina Fraboschi.


*Desde el 7 de octubre de 2012, Hildegarda de Bingen ha sido declarada Doctora de la Iglesia.