sábado, 30 de octubre de 2010

Freaks, freaks, freaks





Uno de nosotros: pues sí, siempre lo he tenido claro. Si tengo que elegir entre ser uno de los monstruos de feria, orgullosos de su compañerismo entre deformes, o pertenecer a la categoría de la bella y estafadora trapecista del circo, que tan superior se siente de los que desprecia… pues sí, lo reconozco, soy uno de los freaks.

Así que, cantemos todos: gooble, gobble…

Freaks- Tod Browning, 1932.

viernes, 22 de octubre de 2010

Gilbert Garcin


Autocontrol

Este señor nacido en el sur de Francia, llevó una vida corriente o habitual de la que no tengo noticia alguna. Después de jubilarse, como muchos pensionistas, llenó su tiempo con un hobby, en este caso la fotografía. Y así fue cómo cercano a los setenta (hoy tiene más de ochenta) Gilbert Garcin se convirtió en uno de los fotógrafos más famosos de la actualidad.
No girar en círculos

El perro de Eliott


El señor Garcin no se dedicó a fotografiar el mundo que le rodeaba, sino que creó uno propio, una recreación surrealista, pero de un surrealismo minimalista al estilo Magritte. Se fotografía a sí mismo, a veces también a su señora esposa, en una actitud concreta (en sus fotos siempre usa la cara que tenía a los sesenta y seis años, reunió un surtido para ir alternando). Entonces recorta las figuras enteras y las coloca, como muñequitos, en algún pequeño paisaje fabricado por él mismo con objetos cotidianos. Después fotografía el conjunto en un nítido blanco y negro. La libertad creativa es total.

Reservado

Sus fotos cuentan historias mínimas, son flashes evocadores, como aquellas escenas metafóricas que los creadores de cine mudo colocaban en sus películas para ilustrar los sentimientos de sus personajes. Sus figuritas aparecen perdidas en mundos extraños, enfrentadas a dilemas existenciales, paradojas y retos que los superan. A veces los afrontan con gran inocencia, a veces no son capaces de darse cuenta de su absurdo. Pero os dejo la moraleja a vosotros.

La elección decisiva

Misión imposible


La noria

La rueda del olvido

Todas las fotos en la página web de Gilbert Garcin.

sábado, 16 de octubre de 2010

Salomé

SALOMÉ: ¡Ah, no podías tolerar que besara tu boca, Iokanaán! ¡Bien! Ahora la besaré. La morderé con mis dientes como se muerde un fruto maduro. Pero, ¿por qué no me miras, Iokanaán? Tus ojos, antes tan terribles, tan llenos de furia y desprecio, ahora están cerrados. ¿Tienes miedo de mí, Iokanaán, y por eso no me miras?... Y tu lengua, que era como una sierpe roja arrojando veneno, ya no se mueve, no dice nada ahora, Iokanaán, esa víbora escarlata que escupía su veneno sobre mí. Nada querías tener conmigo, Iokanaán. Me rechazaste. Pronunciaste palabras malignas en mi contra. ¡Me trataste como a una ramera, como a una libertina, a mí, Salomé, hija de Herodías, princesa de Judea! Y bien, Iokanaán, yo sigo viva y tú estás muerto y tu cabeza me pertenece. Puedo hacer con ella cuanto se me antoje. Puedo arrojársela a los perros y a las aves del cielo… Ah, Iokanaán, Iokanaán, fuiste el único hombre al que amé. Los demás me resultan odiosos. ¡Pero tú eras hermoso! Tu cuerpo era una columna de marfil colocada sobre una cavidad de plata. Era un jardín lleno de palomas y azucenas de plata. Era una torre de plata revestida de marfil. No había nada en el mundo tan blanco como tu cuerpo. No había nada en el mundo tan negro como tu pelo. En el mundo no había nada tan rojo como tu boca. Tu voz era un incensario que esparcía perfumes exóticos, y cuando te miraba oía una rara música. ¡Ay!, ¿por qué no me miraste, Iokanaán? Detrás de tus manos y de tus maldiciones ocultaste tu rostro. Tapaste tus ojos con el velo de quien hubiera visto a su Dios. Bien, viste a tu Dios, Iokanaán, pero a mí, a mí jamás me viste. Si me hubieses visto me habrías amado. Yo te vi., Iokanaán, y te amé. ¡Oh, cómo te amé! Todavía te amo, Iokanaán, sólo a ti te amo… Estoy sedienta de tu belleza, hambrienta de tu cuerpo, y ni las frutas ni el vino pueden saciar mi apetito. ¿Qué haré ahora, Iokanaán? Ni los torrentes ni los océanos pueden mitigar mi pasión. Yo era una princesa y me despreciaste. Era virgen, y me arrebataste la virginidad. Era casta y llenaste mis venas de fuego… ¡Ay, ay!, ¿por qué no me miras, Iokanaán? De haberme mirado me hubieras amado. Me hubieras amado, lo sé, y el misterio del amor es más grande que el misterio de la muerte. Sólo cabe respetar el amor.
¡Ah! Besé tu boca, Iokanaán. Besé tu boca. Sentí un sabor amargo en los labios. ¿Sería el sabor de la sangre…? Aunque, tal vez, sea el sabor del amor… El amor, dicen, tiene un sabor amargo… Pero, ¿y qué? ¿Y qué? Besé tu boca, Iokanaán.


-Salomé, Oscar Wilde.
-Ilustraciones de Aubrey Breadsley para la edición francesa.
-Imágenes de la película "Salomé" (1923) de Alla Nazimova

jueves, 7 de octubre de 2010

Edith Stein

Nació en 1891 en una típica familia judía centroeuropea de laboriosos comerciantes y empresarios. Aunque la madre era religiosa y devota, ninguno de sus hijos resultó muy creyente. Ella estaba más interesada por los estudios, primero en psicología y después en filosofía. Su generación fue una de las primeras en que las mujeres tuvieron acceso a la universidad, y enseguida demostró unas grandes aptitudes. Se apasionó por la fenomenología y pronto fue una discípula aventajada de Husserl. Su interés principal era el tema de la empatía, al que dedicó su tesis doctoral. Se había educado con unas ideas éticas de servicio a la humanidad y de anteponer a todo el bien común en la sociedad. Al estallar la I Guerra Mundial, no dudó en colgar sus estudios y aprender enfermería, para trabajar con enfermos infecciosos. Su gran sentido ético la llevaba a una constante búsqueda de la verdad. No he acabado de entender el proceso, pero parece que de alguna manera sus intereses filosóficos y humanos la llevaron a la fe, bautizándose en 1922. No era extraño que los judíos se convirtieran en aquella época. Sin embargo era más habitual que optaran por una opción más cercana a ellos como el protestantismo. Edith nunca explicó muchos detalles sobre su conversión, pero al hacerse católica se sintió judía por primera vez: “No puede imaginarse lo que significa para mí ser hija del pueblo escogido, pertenecer a Cristo no solo espiritualmente, sino también por lazos de sangre”.

Ejerció varios trabajos de profesora, sin embargo su condición de mujer le impidió conseguir una cátedra a pesar de sus dotes. Se dedicó a la escritura y la traducción, e hizo giras de conferencias en Alemania y el extranjero. Era muy apreciada en ambientes intelectuales, pero pronto las cosas empezaron a cambiar. En abril de 1933 escribió una carta al papa Pío XI solicitando un pronunciamiento del Vaticano contra el antisemitismo que veía crecer en Alemania: “¿No es este intento de aniquilar la sangre judía una afrenta a la sagrada humanidad de nuestro Salvador, a la santísima Virgen y a los apóstoles? ¿No se opone diametralmente todo esto a la conducta de nuestro Señor y Salvador, quien, incluso en la cruz, oró por sus perseguidores? […] Todos nosotros, que somos fieles hijos de la Iglesia y observamos las condiciones imperantes en Alemania con los ojos abiertos, tememos lo peor para el prestigio de la Iglesia si el silencio se prolonga por más tiempo”. (Texto completo) La respuesta fueron unas vagas bendiciones. El 20 de julio de aquel mismo año, se firmó un concordato entre la Santa Sede y el Tercer Reich, que fue incumplido inmediatamente.


Edith escribió esta carta durante sus vacaciones de Semana Santa, que pasó como acostumbraba en el monasterio benedictino de Beuron. Al regresar había perdido su plaza de profesora en el Instituto Alemán de Pedagogía Científica, a causa de las leyes racistas nazis. Una brillante y reconocida filósofa como ella no era considerada apta para el puesto.

En esta encrucijada, Edith se decidió a cumplir la vocación que sentía hacía tiempo y entró en el Carmelo de Colonia. Su nombre de profesión fue Teresa Benedicta de la Cruz (o Bendecida por la Cruz). Debió ser por influencia de Santa Teresa de Ávila, cuyo Libro de la vida la había marcado. Siguió escribiendo y siendo una figura notoria. En 1938, al hacerse evidente el peligro que corría en Alemania, se trasladó al convento de Echt en Holanda, donde pensaba estar más segura, pero eso no duró mucho. Cuando los obispos católicos de los Países Bajos publicaron una carta contra las deportaciones de judíos holandeses, los nazis respondieron con una detención masiva de judíos católicos. El 2 de agosto de 1942 la policía se la llevó del convento junto con su hermana Rosa, también bautizada católica, que había profesado como terciaria de la orden. Poco después llegaron a Auschwitz y fueron conducidas directamente a la cámara de gas.

Edith Stein fue declarada santa en 1987, no sin polémica pues también fue declarada mártir, pero, ¿murió por ser cristiana o por ser judía? ¿Acaso fue ella más mártir por ser monja, o mejor que los otros judíos por ser cristiana? Quiero creer que declararla a ella santa es como hacer extensivo el reconocimiento a todas las víctimas de aquel crimen, de cualquier religión o condición, y especialmente a aquella extinguida cultura de los judíos centroeuropeos. Cargaron con su cruz y fueron conducidos como ovejas al matadero. Ella luchó con la palabra y con la razón. No pudo hacer más. Finalmente murió orgullosa de ser lo que era.

Los modernos iconos la suelen representar con la estrella de David sobre su hábito carmelita, como estaba obligada a llevar igual que el resto de los judíos. Sostiene un crucifijo, y me da por pensar que el Cristo de la cruz también debería llevar una estrella amarilla en el pecho, al fin y al cabo otro judío asesinado más. Sus asesinos los eliminaron, pero ahora sus asesinos son polvo anónimo. Los matados, en cambio, siguen presentes con sus palabras y el ejemplo de sus vidas. Nos alcanzan y nos tocan, y nos volvemos a mirarlos. Nos podemos coger a sus manos.

“La consideración de un individuo humano aislado es una abstracción. Su existencia es existencia en un mundo, su vida es vida en común. Y estas no son relaciones externas, que se añaden a un ser que ya existe en sí mismo, sino que su inclusión en un todo mayor pertenece a la estructura misma del hombre”.


-Para comprender a Edith Stein- Urbano Ferrer. Ediciones Palabra, Serie Pensamiento nº 36, 2008.
-Estrellas amarillas- Edith Stein. Editorial de Espiritualidad, 1992.