sábado, 30 de abril de 2011

Mark Tobey

Mark George Tobey (1890-1976) fue un pintor expresionista abstracto estadounidense. Entre 1925 y 1927 viajó por Europa y luego, en 1934, recorrió China y Japón. Allí se convirtió al budismo y pasó una temporada en un monasterio zen. Partiendo del conocimiento profundo del arte de Extremo Oriente que le proporcionaron estos viajes, en los años treinta se interesa por la caligrafía oriental -los signos-, a los que despoja de su significado tradicional, para quedarse sólo con ellos, como palabras que pierden el sentido y mantienen únicamente el sonido, haciéndose así repetibles hasta el infinito y dando lugar a una trama o un laberinto de signos blancos y filiformes, casi iguales. Escrituras blancas llamó a estas imágenes, en las que cruzó, como ha escrito Argan, "las aguas tranquilas de las tradiciones figurativas de Extremo Oriente con las agitadas corrientes europeas" (americanas ya). Su meta era armonizar las culturas oriental y occidental y encontrar respuestas a su pintura tanto en orientales como en occidentales. Texto de la ficha de ARTEHISTORIA




























sábado, 16 de abril de 2011

Y Dios enjuagará de sus ojos todas las lágrimas

No he vivido la época de la penitencia obligatoria y los hipócritas golpes en el pecho, así que comprendo que estas fechas pongan los pelos de punta a más de uno, pero yo sólo conocí la versión festiva. Los religiosos liberales se preguntan qué tiene que ver esto con la religión, y los religiosos integristas de algunas sectas me llaman directamente idólatra. Pero no hace falta que venga yo ahora a descubrir que la religión se compone de muchas capas, como cualquier expresión de la cultura humana. Está la capa del folclore, de gran éxito turístico, desde la que se comprenden las noches de fiesta, procesiones y tapas de caracoles. ¿Por qué no? Está la capa social, representada por las autoridades endomingadas desfilando vara en mano. Pues bueno. Está la capa del arte, y en ese caso sólo se puede admirar el esplendor del barroco andaluz sacado a las calles, incomparables obras maestras como se pueden ver pocas en el mundo. Pues sí. Pero es que bajo todo eso, o por encima, o alrededor, está lo que se llama religiosidad popular, que parece una cosa superexótica y superauténtica cuando se expresa en la India, en el África profunda o en un pueblito amerindio, pero que cuando aparece en una ciudad europea civilizada es calificada simplemente de superstición. Sin embargo, esto es lo que pone en marcha todo lo que pasa en estas fechas. No hace falta que hable del equinoccio de primavera, el inicio de los ciclos naturales, los ritos de fecundidad y otros antecedentes paganos, que esto se ha venido celebrando con uno u otro nombre cada año desde la noche de los tiempos. Es algo que sale del corazón de la gente, y quien crea que están manipulados por los poderes eclesiásticos se equivoca; aquí la Iglesia se limita a seguir a los fieles si no quiere quedarse fuera, como de hecho sucede en algunos sitios (procesiones laicas). Quizá el mayor rechazo lo provoca esta obsesión por la sangre y el dolor. Tampoco voy a descubrir que ritos dolorosos o de exaltación del dolor los hay en todas las religiones. Siempre se ha encontrado en la conmemoración musulmana del martirio del Imam Hussein, nieto del profeta Muhammad, un gran parecido con la Semana Santa, especialmente en Irán, los chiítas lo celebran con intensidad y hacen “representaciones” de la masacre de la familia del Imam en las que la gente llora y grita. Supongo que esto es lo que se llama una catarsis, que en la Semana Santa andaluza está provocada por una combinación de belleza, lágrimas y sangre (lágrimas de cristal y sangre pintada). Las joyas, los bordados, las molduras, los candelabros, las velas, las flores, los tambores, las cornetas, el olor de incienso y el olor de azahar que se derrama de los naranjos, llega un momento en que los sentidos se inundan y se colapsan, y se siente el dolor de los costaleros que llevan sobre sus espaldas el peso del esplendor, y todo el dolor de una vida y de todas las vidas, es el dolor de una madre que ha visto matar a su hijo, de todos los hijos muertos y madres que los lloran, todo concentrado se escapa por la garganta en forma de saeta.

Poquito a poco, costaleros


Con cuidao levantarla


Llevarla por lo derecho


Que no se le claven más


los puñales en el pecho


Al final nos queda la esperanza de que Dios enjuagará de nuestros ojos todas las lágrimas