lunes, 18 de julio de 2011

El libro de la almohada



En la lejanísima Edad Media japonesa, allá por el siglo X, las damas de la corte escribían en pliegos sueltos breves notas sobre su vida de cada día, sus gustos, cotilleos, poesías, anécdotas… Estas notas tenían un uso personal, y acostumbraban a ser guardadas en los cajones de la pequeña cajita de madera lacada que hacía las funciones de almohada, por eso se les conoce como “libros de almohada”. De los que nos han llegado, el más famoso es el de Sei Shônagon, que en su tiempo circuló de mano en mano y llegó a ser célebre, copiándose a menudo.


No es fácil acceder a los pensamientos de una persona tan lejana en el tiempo y de una cultura tan diferente, con una vida para nosotros inimaginable, pero estos apuntes están hechos de una manera tan personal, tan cotidiana y a veces caprichosa, que por momentos llegan a producir una sensación de proximidad sorprendente. Esta dama debía aburrirse mucho, y su vida está llena de trivialidades que a mis ojos se ven insufribles. Pendiente de la moda, de los mínimos gestos de las gentes de palacio, de ceremonias pomposas, parece nunca cansarse de apreciar el lujo y la etiqueta. Monasterios y monjes están siempre presentes, pero las enseñanzas de desapego budistas brillan por su ausencia. El esnobismo de la autora, completamente atrapada en el sistema de clases, llega a extremos divertidísimos, como cuando en su lista de cosas inconvenientes incluye “nieve sobre los tejados de la plebe [¡!]. Esto es especialmente desagradable cuando brilla la luna”. Shônagon consideraba que la nieve sólo debía brillar sobre los tejados de gente culta, que pudiera apreciar su belleza y componerle poemas. Este carácter con un punto de cinismo aparece de vez en cuando de forma muy graciosa: después de un emotivo párrafo sobre pájaros cantores y cómo se emociona oyendo su melancólico canto en la noche, concluye: “No necesito decir más sobre mis sentimientos por este pájaro. Y no es sólo al hototogisu al que amo; todo lo que llora de noche me deleita, excepto los bebés”.


De todas formas, encuentro encantadoras y muy poéticas sus listas de árboles, pájaros, insectos, flores, cosas placenteras, cosas dignas de verse, momentos del día favoritos, colores que mejor combinan… Se encuentran reflexiones que poca gente tiene oportunidad de hacer. El principio es digno de recordarse:


"En primavera, el amanecer. Cuando al insinuarse la luz sobre las colinas, los contornos se tiñen de un pálido rojo y purpúreos jirones flotan sobre las cimas.


En verano, las noches. No sólo las de luna brillante sino también las oscuras, cuando las luciérnagas revolotean, y aún las de lluvia, tan bellas.


En otoño, el atardecer. Cuando el sol resplandeciente se hunde cerca de la ladera de las colinas y los cuervos cruzan el cielo en grupos de tres o cuatro o de a dos, de vuelta de sus nidos; o las garzas en bandada se dispersan en el cielo distante. Cuando se oculta el sol, el corazón se conmueve con el sonido del viento y el zumbido de los insectos.


En invierno, las mañanas. Por cierto bellas cuando ha caído nieve durante la noche, pero espléndidas también cuando el suelo está blanco por la escarcha; y cuando no hay nieve ni escarcha y sólo hace mucho frío y las criadas corren de una habitación a otra atizando el fuego y cargando carbón, ¡qué bien se corresponde la escena con la índole de la estación! Pero al mediodía nadie se molesta por tener los braseros encendidos y pronto sólo hay pilas de ceniza blanca".
-El libro de la almohada, Sei Shônagon. Adriana Hidalgo Editora. El otro lado/La lengua/Clásicos, 2004.
-Ilustraciones de Uemura Shôen (1875-1949)

domingo, 10 de julio de 2011

La mirada asesinada

Recogí esa mirada en mi blog, en la entrada La belleza de las miradas afganas y me ha estado acompañando todo este tiempo, sin saber yo que hace ya seis meses que se apagó o la apagaron, como ha descubierto ahora y explica en La Vanguardia Plàcid Garcia-Planas al comunicárselo el traductor que le acompañó en aquella entrevista. Que los travestis bailen en las bodas se considera un buen augurio en países de oriente como Afganistán, Pakistán o la India, seguramente rastro de antiguas creencias aún no aplastadas del todo por el peso de la cultura patriarcal. Sin embargo, "tan arraigada está en Afganistán la costumbre de pagar a travestis para que bailen danzas tradicionales en fiestas –en temporada alta, Zabi actuaba hasta cinco días a la semana– como cargárselos a lo bestia después del festejo". Sin embargo, hubo un tiempo en que Afanistán pudo haber sido diferente, como recordaba Ana Maria Briongos en Un invierno en Kandahar: "Después de Kandahar fue Kabul la ciudad que me acogió. Mis amigas afganas de la capital iban a la universidad y vestían como yo. Pertenecían a una clase social ilustrada de pashtunes persanófonos del clan Mohamadzaí, al cual también pertenecía el rey. El país era pobre pero no mísero, excepto cuando había año de sequía; y los nobles y los ilustrados de Kabul no eran gente opulenta ni mucho menos. Estuve visitando Afganistán casi todos los años desde 1968 hasta 1977, casi diez años de relación intensa con aquel país". Cuesta imaginar cuál hubiera podido ser el futuro del talento de Zabi, cuál hubiera podido ser su vida sin estos treinta años de violencia en aquel lado del mundo.