domingo, 29 de julio de 2012

Las lágrimas negras de sor Juana Inés de la Cruz

Nació en el México colonial, de una madre soltera que tuvo hijos con un par de hombres. Gracias a unos parientes algo mejor situados, entró en la corte como dama de compañía de la virreina, triunfando con los méritos de su encanto y su gracia. Sin linaje ni dote, podía haber hecho un matrimonio mediocre y posiblemente infeliz como los de sus hermanas. Como la opción de la soltería no existía en su tiempo, eligió entrar en un convento con la única intención de poder ser libre, de disponer de sí misma y de su tiempo para poder dedicarse a la principal pasión de su vida: el estudio.

Desde su más tierna infancia quería conocer todo lo que la rodeaba. Aprendió a leer con tres años y no fue bastante, también aprendió latín, y se leyó toda la biblioteca de su abuelo. A los siete años le pidió a su madre que la mandara a la universidad disfrazada de hombre; inocente criatura, ignoraba que el saber era algo totalmente inalcanzable para una niña criolla, humilde, nacida en la Nueva España del siglo XVII. Pero es que Juana fue una mente incomparable no sólo para México o América, sino para todo el mundo de su época. Por sí sola y buscando maestros en todos los libros que podía reunir, estudiaba astronomía, teología, música, historia, poesía. Le fascinaba la mitología clásica y cierto ambiente fantástico heredado del hermetismo, como prueba su afición a Athanasius Kircher (al cual dediqué un par de entradas al principio de este blog, a propósito del libro de Umberto Eco La lengua perfecta). En la corte virreinal la tenían por una niña fenómeno, y un día hicieron reunir a sabios de todas las disciplinas para interrogarla, dándoles a todos respuestas correctas. Ya entonces escribía poesías, y no creo necesario insistir en su valor como una de las más grandes escritoras de su época: desde canciones populares a largos poemas cultos más gongorinos que los de Góngora, desde obras de teatro a autos religiosos, sonetos de amor y de humor. Aunque pasó de la corte al convento, siguió próxima a los sucesivos virreyes y virreinas, que la favorecieron y protegieron, a los que alababa y entretenía con sus poemas y obras. Reunió en aquel convento de San Jerónimo la biblioteca privada más grande de América, de unos cuarenta mil libros, además de instrumentos astronómicos, musicales, antigüedades precolombinas y otras maravillas, la mayoría regalos de admiradores intelectuales o nobles. Con muchos de ellos se escribía a lo largo de América o en España.


Bonito panorama, si no fuera porque aquella ya no era la época en que una monja podía ser culta, como una Hildegarda de Bingen en el sigo XII. En su convento no tuvo ni una sola condiscípula que se interesara por el estudio como ella. No eran realmente mujeres devotas: la mayoría estaban allí para sobrevivir y se dedicaban al cotilleo, a la intriga y a la charla con sus visitas. Tampoco la favoreció el hecho de vivir tan lejos de los centros culturales de Europa. En Nueva España, algunos personajes de rango cultos formaban parte de su círculo social, pero el poder de una Iglesia represora e ignorante era aplastante, y sufrió su acoso y su difamación desde que empezó a destacar. Mil veces la acusaron de ser frívola y masculina, por pretender usar su cerebro como un hombre, y no dedicarse a sus devociones calladamente como buena monja. Les escandalizaba que una religiosa se dedicase a las letras mundanas (sin que importara que un Lope de Vega, ordenado sacerdote, estuviera haciendo lo mismo en España, aparte de amancebarse con mujeres, sin recibir ninguna crítica por ello; pero claro, era un hombre). Sin tener idea de lo que significaba el feminismo, Juana se encontró ante los mismos retos y respondió ante ellos de la misma manera que siglos después lo harían las feministas: defendió que hombres y mujeres podían tener las mismas capacidades para el estudio, que condenar a las segundas a la ignorancia era un crimen. Su conocido poema Hombres necios que acusáis… es un ardiente alegato, bien es cierto que no original por la temática (la defensa de las mujeres fue tratada por otros poetas), pero puesto por primera vez en la pluma de una mujer. Juana fue la primera mujer en decir muchas cosas, por ejemplo, el amor visto desde un punto de vista femenino. La época barroca no se destaca por su sinceridad, y sus obras deben leerse dentro de la doblez y del esquematismo del barroco, más dado a la exageración y los fuegos de artificio que al intimismo. Pero aun así la personalidad y las ideas de Juana se vislumbran a través de ellos.

Es hermoso cómo describe su propia vocación por el conocimiento, cómo explica que se preguntaba el porqué de todo, que quería conocer el funcionamiento de las estrellas, las palabras de los antiguos, todos los misterios y maravillas escondidos en los libros. Cómo de pequeña se cortaba el cabello como castigo a sí misma si no aprendía, porque no le parecía bien “que estuviese vestida de cabellos cabeza que estaba tan desnuda de noticias”. Porque ella quería “poner bellezas en mi entendimiento / y no mi entendimiento en las bellezas”, “poner riquezas en mi entendimiento / y no mi entendimiento en las riquezas”. Cuando alguna vez le vedaban el estudio, estudiaba en los cielos y en la tierra, incluso en la cocina se quedaba meditando sobre las reacciones de los elementos, y es que “si Aristóteles hubiera guisado, mucho más hubiera escrito”. Esa mente prodigiosa necesitaba el saber como aire para respirar, pero no era como una Santa Teresa de Ávila (que tuvo no menos problemas que ella), la cual había dedicado su literatura a la fe. Juana se adelantó a su tiempo, pues el conocimiento que buscaba era semejante al saber ilustrado que aparecería más tarde en el Siglo de las Luces en Europa: no sólo quería aprender sino también cuestionar, experimentar, y abarcarlo todo, lo sagrado y lo profano.

Qué inmensamente lejos estaba del ambiente que la rodeaba. Por vanagloria o inconsciencia, publicó un único escrito teológico, y eso fue la gota que colmó el vaso de los que la perseguían. Para defenderse de sus ataques, escribió la hermosa Respuesta en la que trató de justificar la vocación de su vida, poniendo como ejemplo las grandes mujeres sabias de la antigüedad, desde las paganas como Hipatia a las cristianas como Santa Catalina, o a su contemporánea la reina Cristina de Suecia. Declaraba lo lamentable que le parecía el estado de ignorancia en que estaban las mujeres, incluso las propias monjas que ya ni siquiera sabían latín (me gustaría que hubiera sabido que en Europa, poco antes que ella, Mary Ward se inspiraba en los jesuitas para crear una orden de religiosas sin clausura que fomentara la educación femenina, siendo atacada con los mismos argumentos misóginos). Pero aunque las obras de Juana eran ya publicadas y alabadas en España, donde clérigos y seglares la aprobaban sin dudarlo, el ambiente de Nueva España era mucho más enrarecido, cerrado, conservador y retrógado. Llegó una época de crisis, catástrofes naturales y revueltas, que debilitaron el poder de los virreyes y aumentaron el de la Iglesia, especialmente del misógino arzobispo Aguiar y Seijas, a quien repugnaban tanto las mujeres que jamás les hablaba, y para quien Juana era su bestia negra. La crisis de Nueva España destruyó el frágil capullo que había protegido a Juana, y se encontró acosada por todos los flancos. Esta situación es el único medio para tratar de explicar el hecho más terrible de la vida de Juana, cuando a la edad de cuarenta y tres años renunció a su biblioteca, a todos sus instrumentos científicos y musicales, al estudio, la lectura y la escritura, para convertirse en una anónima y muda devota más. Su actitud me recuerda a la de algunas exaltadas de la época que se sometían a terribles penitencias como sajarse el rostro o azotarse hasta perder el sentido como expiación. Juana se arrancó la vida y el alma cuando se separó de sus libros, que eran sus amigos, sus hermanos y sus hijos. No fue el acto heroico de un Cristo que da su vida por amor, sino un sacrificio pagano en que unos sacerdotes sádicos desmiembran a un inocente para calmar la sed de sangre de su dios cruel. No se sabe por qué lo hizo, si fue simple supervivencia, miedo, o un lavado de cerebro. Apenas sobrevivió un par de años más, y aunque la epidemia que asoló su convento podía habérsela llevado igualmente en otras condiciones, no es difícil creer que la muerte la encontró muy dispuesta. Así, una de las grandes mentes de su época fue aniquilada por la ignorancia reinante. Muy proféticamente había escrito aquel verso que decía: “lágrimas negras de mi pluma triste” refiriéndose a sus letras. Sobre su pasión dijo: “yo tengo este genio, si es malo, yo me hice, nací con él y con él he de morir”. No con él, Juana, sino por él.


No puedo evitar sentir que la comprendo profundamente, porque sé lo que es la curiosidad infinita y la sed de sabiduría, porque amo los libros y tampoco podría vivir sin ellos. Hoy el interés por la cultura es despreciado por motivos muy diferentes, y la libertad que hombres y mujeres tienen para aprender no sirve de nada si el saber sólo les parece inútil e improductivo. Suerte que una ventana como internet permite asomarse a la infinita biblioteca (también a la infinita tontería, pero por suerte no es obligatoria), y en un rincón rodeado por el desierto de la ignorancia reinante, permite crear un pequeño oasis de lectura y escritura, permite llegar a conocer a Juana, a quien los siglos no han callado, y sigue encontrando lectores que comparten sus pensamientos y la comprenden.
-Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe, Octavio Paz, 1982. Fondo de Cultura Económica. Reimpresión Colombiana, 1997.

domingo, 22 de julio de 2012

Catulo III


Afligíos, oh Venus y Cupidos
y todo el que venere la belleza:
que ha muerto el pajarillo de mi niña;
pajarillo, delicia de mi niña,
a quien más que a sus ojos ella amaba,
pues era como miel, la conocía
tanto como a su madre una muchacha,
y no se separaba de sus faldas,
que saltando de un lado para otro
piaba sin cesar sólo a su dueña.
Ahora sigue el camino de las sombras,
allá donde, dicen, nadie vuelve.
Mas malditas seáis, malas tinieblas
del Orco, que lo bello devoráis:
tan bello pajarillo me robasteis.
Mi pobre pajarillo, ¡qué desdicha!,
por ti ahora los ojos de mi niña
estan rojos e hinchados de llorar.
-Poesía completa (C. Valerii Catulli Carmina), Catulo. Hiperión, 1999. Versión castellana y notas de Juan Manuel Rodríguez Tobal.

sábado, 7 de julio de 2012

¡¿Pero qué buscas?!




Los misterios de internet ofrecen posibilidades muy suculentas si se los sabe encontrar (y se le echa mucha imaginación). Hace un tiempo ofrecí parte de mi diccionario secreto de verificaciones de palabras de blogger; han perdido mucho, se han vuelto muy sosas, pero donde se cierra una puerta se abre otra: ahora colecciono las palabras clave de búsqueda con las que la gente llega hasta mi blog. La mayoría son bastante convencionales, como “poemas bonitos” o “cuadros fáciles”, pero algunas me dejan boquiabierta, y con ganas de gritarle al susodicho: ¡¿pero qué estabas buscando?!
Estas son algunas frases REALES y lo que me provocan:

poemas de amor para hombres (para decirle te quiero y que no suene moñas)

frases para recordar a alguien (………¿recordar a quién?)

imágenes para decirle a tu novio que lo quieres mucho (no se lo digas con imágenes, seguro que él espera otra cosa)
hombre con el corazón en la mano (Dios mío, que sea una metáfora)

carroñeros y parásitos (¿buscas en las sección de naturaleza o en la de política?)

imágenes de monstruos feos (no de monstruos guapos)

eres una mentira (¿estás hablando conmigo?)

qué pena no ser para ti lo que tú eres para mí (¿es la letra de una canción, o ahora sí que estás hablando conmigo?)

el gran poema del ano (¿pero por qué has acabado en mi blog? Bueno, si acaso te remito a Quevedo)

como pasar de un muerto plasta y friki autista (primer premio)

domingo, 1 de julio de 2012

¿A cuál de estas dos chicas te gustaría parecerte (o ligarte)?



Una de ellas es una chica no precisamente fea, no especialmente arreglada y con una luz artificial normal. La otra es producto de muchas horas de trabajo y bastante fantasía. Por supuesto, son la misma persona.

Dedicado a quienes pierden muchas horas y dinero ante el espejo intentando parecerse a seres que no existen, y a quienes sueñan con alcanzar su amor…