domingo, 21 de octubre de 2012

La espiral, la serpiente, la oca


“El juego de tablero más sencillo, difundido y popular, aparcado en el recuerdo de nuestra primera infancia no es otro que el juego ancestral, el más antiguo conocido y también el más trascendental, cúmulo de significados. Y la trascendencia de sus arcanos, relegada al inconsciente colectivo, se comprueba con el hecho de su perdurabilidad como estampa de un juego cuyas reglas, y a pesar de los avances tecnológicos, no han variado un ápice en los últimos cuatrocientos años”. (María José Martínez Vázquez de Parga, El tablero de la oca. Juego, figuración, símbolo).

El juego de la oca es un elemental juego de recorrido. No hay límite al número de jugadores que pueden participar en él, pero no interactúan entre ellos, si acaso compiten por ver quién llega el primero. Tampoco es un juego de estrategia, y sus avances se deben completamente al azar de los dados. En el camino de 63 casillas que conducen al jardín central se pueden encontrar obstáculos y premios que hacen retroceder, paralizar la marcha o avanzar. El camino se enrosca sobre sí mismo dibujando una espiral, a veces oval o cuadrada, pero siempre avanzando hacia un centro.

Muchos estudiosos se han dado cuenta de que el juego de la oca no es sólo un juego de niños, sino el último vestigio que nos ha llegado del “juego ancestral” que representa el camino de la vida de forma simbólica o ritual, siguiendo una espiral laberíntica (pues las fichas trazan sus propios caminos en ella, retrocediendo y avanzando, recomenzando). Esta espiral ya se trazaba en las cuevas prehistóricas, se seguía en las danzas tradicionales, y en cierto momento se miniaturizó dibujándola sobre un tablero, sobre muchos tableros que dieron lugar a todos los juegos conocidos.

El de la oca parece ser que apareció por el siglo XVI o el XVII, y reconstruir su historia es difícil debido al poco interés que nadie tuvo en escribir sobre algo tan banal como un juego. Aunque algún autor identifica su simbología como medieval, no me parece menos estimulante su aparición en la época renacentista, con su enorme pasión por los emblemas y las metáforas visuales, sus elucubraciones neoplatónicas y herméticas, sus barrocas reconstrucciones de imágenes clásicas. Los juegos originales de esa época, transmitidos por la imprenta, se identifican totalmente con la estética de los emblemas: son esquemáticos, únicamente reflejan las casillas simbólicas, y por supuesto exhiben sus ocas, como aves heráldicas. Estoy convencida de que los jugadores que en su época se enfrentaban a estos tableros tenían la convicción de participar de un ritual lleno de significado. Aunque no dejaran de divertirse de lo lindo.

Se puede decir que la oca murió de éxito, pues la mayor divulgación de la imprenta en los siglos XVIII y XIX, la comercialización, la competencia de los impresores por lanzar productos atrayentes, el éxito de todo tipo de juegos de mesa, de estampas, de adivinanzas, no hizo más que popularizar el juego de la oca y sus múltiples versiones a la moda, y son esos tableros de colorines los que llegaron al siglo XX y hemos conocido, muy, muy lejos de cualquier contenido simbólico o ritual.

Lo que siempre me llamó la atención del juego de la oca como símbolo fue precisamente la oca: puestos a elegir animales simbólicos, no parece que el más presentable sea una especie de pato grande, que ni siquiera tiene la gracia del cisne. Pero parece ser que la oca era un animal mitológico en muchas culturas antiguas, sobre todo por su migración hacia cielos lejanos dibujando formaciones de flechas, lo que las convertía en vehículos apropiados para el viaje de las almas. Para los detalles de la mitología de la oca, me remito a bibliografías especializadas, pues habría mucho que contar. La teoría del origen medieval la relaciona con mitologías pre-cristianas que asomaban la cabeza a lo largo de la Edad Media y dejaron su rastro en leyendas sobre personajes fantásticos con pata de oca; con los templarios y los constructores de iglesias y catedrales; y especialmente con el camino de Santiago donde aparecen infinidad de topónimos relacionados con la oca. El por qué la oca presidió este juego renacentista es imposible de adivinar, si no es que fue la cristalización de toda esa mitología anterior, que concretamente se extiende por España y Francia. Sin embargo, una tradición recoge su origen italiano: “Este juego se inventó en Florencia y, como gustó mucho a Francisco de Médicis, viejo duque de Toscana, lo mandó a su majestad el rey Felipe II a España” (de Il gioco degli scacchi, de Pietro Carrera, 1617). Las cortes españolas lo difundieron por Europa y se convirtió en pasatiempo de los nobles.

Claro que ya antes existió otro “juego ancestral” elemental, el juego de la serpiente egipcio (mehen, cuyo pictograma es un cántaro) del que nos han llegado numerosos tableros, que siguen el cuerpo de la serpiente enroscada hasta llegar al centro donde reposa su cabeza. Aquí la espiral está llena de significado, porque las espirales se convierten en serpientes.
El círculo, el remolino, la espiral y el laberinto son una serpiente.

Parece ser que es el más antiguo de los juegos egipcios, y se desconocen sus reglas. Es interesante la hipótesis que menciona Martínez Vázquez de Parga, según la cual el recorrido del juego de la serpiente se simplificó para dar origen al senet, en el cual el camino serpentea formando una Z, siguiendo tres hileras de diez casillas cada una, entrando en el extremo superior izquierdo y saliendo por el inferior derecho. Los difuntos debían jugar una partida en un momento de su camino al más allá, para decidir su destino. Aparecen en muchas ilustraciones, dentro de un recinto llamado la Sala de las Dos Verdades, con un tablero ante ellos. No se suele reflejar contra quién juegan. Pero es evidente que el recorrido del juego simbolizaba el recorrido de su alma, por la vida y también por la muerte, hasta alcanzar una meta, un paraíso, un renacimiento. Esto no significa que la oca sea descendiente de este juego, pues parece que acabó siendo olvidado, pero su diseño y su significado son tan elementales que no es raro que haya ido reapareciendo en la historia.

También se suele mencionar el disco de Festos, misterioso objeto circular hallado en Creta, que presenta símbolos o escritura ordenada siguiendo una espiral, dividida en segmentos, por las dos caras. Las imágenes fueron impresas mediante sellos, lo cual parecería indicar que este tipo de escritura podría ser una actividad habitual, pero no se ha podido relacionar con la cultura minoica, ni se ha encontrado ningún objeto semejante. No ha faltado quien ve en el disco de Festos un tablero de juego, pero sería un caso único del que no se ha hallado jamás ninguna mención. ¿Otro rastro del “juego ancestral”?

"No entra quien quiere en el Jardín de la Oca, muchos impedimentos le molestan fuertemente. Quien queda en la cárcel, quien se ahoga en el pozo. Feliz el que a punto de entrar, no encuentra la muerte". (Cuarteto de oca de cerámica estilo pompeyano, citado por Henri René d’Allemagne)

El tablero de la oca está grabado en nuestro inconsciente colectivo (sobre todo si lo conocimos cuando apenas despertaba nuestra conciencia): el puente que salva obstáculos: la posada donde se cae en el ocio y casi se olvida el viaje; los dados que mágicamente deciden el destino, bueno o malo; el terrible pozo o agujero oscuro del que quizá no se puede volver a salir; el laberinto, pero qué poético que el tablero de la oca incluya un laberinto, que no es más que el propio juego dentro del juego, salir del laberinto interior permite seguir en el exterior; la cárcel que nos atrapa; y la siniestra calavera que no significa el fin sino el principio. Como las vidas, cada partida es diferente, pero gracias a la magia del juego pueden repetirse infinitamente siguiendo la espiral hacia el centro, hacia el exterior, otra vez hacia el centro… Y nadie pierde, todos llegan, pero llegar no es lo que cuenta, ya lo sabemos. Lo importante es jugar.

-El tablero de la oca. Juego, figuración, símbolo, de María José Martínez Vázquez de Parga. 451 Editores, 2008.

-Para saber todo lo que yo no he dicho, blog de la ilustradora Patricia Rodríguez Muñoz, El Camino dela Oca, creadora de este artístico tablero:
Gracias a ella conocí y pude conseguir el libro de Rafael Alarcón “A la sombra de los templarios”, cuyo capítulo segundo analiza el juego de la oca desde un punto de vista mágico y esotérico. Todos estos análisis finalmente me sobrepasan, no necesito más explicaciones porque para mí los juegos estimulan mi parte irracional y atávica, y cualquier cosa que los haga más mágicos me ilusiona como a una niña pequeña.
 Mi entrada copiada en otra página web:
http://www.cambioplanetario.com/t6723-el-juego-de-la-oca

viernes, 12 de octubre de 2012

Hildegarda de Bingen ya es Doctora de la Iglesia


La luz que veo no pertenece a un lugar. Es mucho más resplandeciente que la nube que lleva el sol, y no soy capaz de considerar en ella ni su altura ni su longitud ni anchura. Se me dice que esta luz es la sombra de luz viviente y, tal y como el sol, la luna y las estrellas aparecen en el agua, así resplandecen para mí las escrituras, sermones, virtudes, y algunas obras de los hombres formadas en esta luz.
Lo que he visto o aprendido en esta visión, lo guardo en la memoria por mucho tiempo, pues recuerdo lo que alguna vez he visto u oído. Y simultáneamente veo y oigo y sé, y casi en el mismo momento aprendo lo que sé. Lo que no veo, lo desconozco, puesto que no soy docta. Y lo que escribo es lo que veo y oigo en la visión, y no pongo otras palabras más que las que oigo. Lo digo con las palabras latinas sin pulir como las oigo en la visión, pues en la visión no me enseñan a escribir como escriben los filósofos. Y las palabras que veo y oigo en esta visión, no son como las palabras que suenan de la boca del hombre, sino como llama centelleante y como nube movida en aire puro. De ningún modo soy capaz de conocer la forma de esta luz, como tampoco puedo mirar perfectamente la luz solar.

En desagravio a la cada vez más popular Hildegarda de Bingen, el 10 de mayo de 2012, el papa Benedicto XVI dio por válido el culto popular que recibía desde hacía siglos, reconociéndola oficialmente como santa, y este 7 de octubre se le ha concedido el título de Doctora de la Iglesia, la cuarta mujer en recibir este honor después de Santa Catalina de Siena, Santa Teresa de Ávila y Santa Teresa de Lisieux. Todo es poco si ha de servir para dar a conocer a esta personalidad prodigiosa que rompe todos los esquemas preconcebidos de la Edad Media. Humildemente puse mi granito de arena con la entrada que le dediqué el 1 de agosto de 2010. A propósito de este acontecimiento, he dado con esta página que incluye una entrevista a una de sus principales estudiosas, Victoria Cirlot. También aparece el vídeo de una entrevista suya en el programa La belleza de pensar, que recomiendo con entusiasmo; habla no sólo de Hildegarda, sino también de la literatura medieval, el ciclo artúrico, el mito del Grial, el simbolismo medieval… Y de postre algunas de las composiciones musicales de Hildegarda. Ella sola da forma a un universo maravilloso en el que sumergirse.