viernes, 16 de noviembre de 2012

La mano blanca de la luna, la mano negra de la noche


Hacía muchos años que la anciana sabia viajaba por los mundos, por eso no se sorprendió cuando veía a su nieta pequeña quedarse en silencio mirando al vacío, como si viera lo que los otros no ven. Cuando la niña creció, un día desapareció en el bosque y la buscaron mucho tiempo, hasta que dieron con ella en la espesura: parecía un animal salvaje y herido, parecía muerta. Su abuela le devolvió la salud, pero todos sabían que había muerto, que había vuelto de la muerte, que había viajado por los mundos, aunque ella no contara que había venido a buscarla su marido-espíritu, que la llevó al lugar más profundo de la tierra, donde los demonios le habían cortado la carne a tiras, hasta dejarla en los huesos, y después le habían arrancado los huesos y contado uno a uno. Ella se quedó mirando sus huesos, y entonces los demonios fabricaron huesos nuevos, los juntaron y pusieron sobre ellos carne nueva, y ella se dio cuenta de que podía volar, y salió volando por el agujero del centro del mundo, y subió y subió por una escalera de siete peldaños, que no era una escalera sino el árbol del centro del mundo, de cuyas ramas un día nacieron todos los seres, personas, animales, plantas, espíritus, y también las aguas, y el cielo y las estrellas. Por eso este árbol es también llamado la Madre del Cielo, y es así como se llama a la luna, de quien también se dice que es la madre de todo.
 
En este viaje ella fue pájaro y tenía alas y plumas, pero después fue reno y tenía astas; comprendió que ese reno era la Madre de los Animales, que hablaba con ella. Los demonios también le habían vuelto los ojos hacia adentro, y sintió una luz que la llenaba: ahora toda ella estaba llena de ojos por dentro y por fuera, veía todo lo que pasaba cerca y lejos, lo que había sucedido antes y lo que sucedería después.

Cuando se recuperó de sus heridas, dio a luz una niña, y todos sabían que era una niña-espíritu, pero ella no dejó que su padre se la llevara al mundo de abajo, prefirió entregársela a su hermana adoptiva para que ésta la criara como a hija suya, y así la niña podría crecer en este mundo (tiempo llegaría en que tendría que encontrar su propio camino). Más tarde se casó y tuvo otros hijos en este mundo.
 
De su abuela sabia aprendió las canciones que curan, pero usó poco de las medicinas que se encuentran en las plantas y las piedras. La gente venía a buscarla para preguntarle por lo que necesitaban saber, por lo que les inquietaba. Entonces ella ataba hilos rojos a los árboles que la conducían por sus ramas y raíces a los mundos de arriba o de abajo, o cantaba hasta que personas-espíritu hablaban por su voz y respondían a las preguntas, a veces muchas a la vez, sus voces resonando por toda la tienda. En tiempo de hambre hablaba con la Madre de los Animales y guiaba a los rebaños de renos, y sabía reconocer entre ellos los que debían consagrarse. En su honor había dibujado renos sobre la piel de su tambor, y su vestido ritual estaba hecho de la piel y las astas de un reno que la Madre había entregado a sus flechas.

A veces su cuerpo se calentaba tanto que podía coger con sus manos los leños encendidos sin quemarse, e incluso comerlos; a veces se enfriaba tanto que su piel se volvía gris y dura como la de un muerto, y se parecía a uno de aquellos que se llevan a la Casa de Muertos. Cuando le traían un enfermo, enseguida reconocía a aquel a quien habían robado el alma; entonces iba de viaje en el caballo-espíritu de ocho patas, volaba hasta la montaña del centro del mundo y por dentro de su cima bajaba hasta el río de fuego y lo atravesaba por el puente de la espada, delgado como un cabello, afilado como una cuchilla, el que los justos pueden atravesar pero del que caen los malvados; sus pies y sus manos sangraban, pero ella no notaba nada. Cuando encontraba el alma escapada, la metía en su saco y rehacía el camino hasta la tienda de ceremonias, donde se la metía al enfermo por los pies. Pero a veces, si el alma había comido los manjares de los difuntos, tenía que volver sin ella y el enfermo moría.
 
También acompañaba a los difuntos por ese mismo camino que ella había hecho tantas veces, y siempre sabía que quizá un día no volvería, que su marido-espíritu la convencería para que se quedase con él, pero entonces pensaba en la hija de ambos y deseaba que viviera en el mundo de los vivos durante muchos años y que tuviera hijos allí. Deseaba enseñarle las canciones que curan, a reconocer los renos que deben consagrarse, a subir por los peldaños del tronco del árbol del centro del mundo hasta las ramas donde anidan las almas de los niños por nacer…


 
Lectura muy recomendada: El chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis- Mircea Eliade (1951). Fondo de Cultura Económica, 2003.