sábado, 31 de agosto de 2013

Las cartas sobre la mesa


Reina de espadas
De la baraja de cartas se sabe muy poco, como pasa con los juegos de mesa, por ser durante muchos siglos un asunto vulgar, un entretenimiento de taberna y un truco de gitanas de feria. Los juegos de cartas tienen su origen en China, y como tantas creaciones hicieron su viaje a través de la India, Persia y el mundo árabe, y entraron en Europa a finales de la Edad Media gracias a los mamelucos. El diseño inalterado se componía de cuatro palos: oros, copas, espadas y bastos; con cartas numeradas del uno al nueve, más tres figuras: sota, caballo y rey; es la baraja española tal como ha llegado hasta hoy. Enseguida se produjeron variantes en los diferentes países: los palos de la baraja francesa fueron picas, corazones, tréboles y diamantes; en la alemana, corazones, hojas, bellotas y cascabeles. Los italianos conservaron la española, pero añadieron reinas a cada palo. Al menos a mediados del siglo XV, las barajas eran tan populares que se realizaron preciosas creaciones pintadas a mano con fondo de oro: las que se conservan pertenecieron a las familias Visconti-Sforza. En algún momento del Renacimiento, a los palos mencionados se añadieron unas cartas llamadas “triunfos”, que como su nombre indica
Las primeras cartas chinas estaban basadas en la moneda impresa
permitían ganar en las manos. Han quedado fragmentos de aquella popularidad por las barajas, en creaciones de lo más variado, que evocan santos, dioses, virtudes, leyendas, poemas… Más tarde, en el siglo XVIII, aparecería el conocido Tarot de Marsella, versión popular y sencilla, impresa y pintada a mano, muchas veces reeditada, que fijó en cierta manera una iconografía. Así, las cartas siguieron haciendo su papel anónimo de animar las tabernas y predecir fortunas, hasta que a finales del siglo XVIII el triunfo del ocultismo hizo que muchos empezaran a buscar en ellas misteriosos saberes codificados, y a partir de 
El juego de cartas nacional de la India es el Ganjifa
ahí empezaron a aparecer los libros reveladores y las barajas esotéricas. La popularidad conllevó banalización, consumada en los siglos XIX y XX, y ya sabemos cómo acaba esto en los curiosos espectáculos que aparecen en diversas emisoras de televisión a altas horas de la madrugada.


Empecé a interesarme por el tarot de Marsella cuando investigaba la iconografía renacentista relacionada con el hermetismo. Después de remover bibliotecas y seguir la pista de muchos libros, no he conseguido nada válido (buscar en
Cartas mamelucas del imperio otomano

 internet sería demencial). Es un tema demasiado banalizado para que los historiadores le dediquen estudios serios. He encontrado muchos análisis que pretenden “recuperar la versión original del tarot”, cuando esto es imposible. A continuación analizan cada detalle hasta la extenuación: tres puntos pasan a representar la Trinidad, cualquier círculo es un símbolo del sol, o de la alquimia, o de las sefirot de la cábala; y con los colores otro tanto: que si éste simboliza la vida, que si el otro la fuerza… Todos estos análisis son tan válidos como inválidos, igual que cualquier análisis que pretenda sacar conclusiones sapienciales de los cuentos 
El Emperador en tres barajas de los Visconti-Sforza, conocidas como de Carey Yale, Brera y Pierpont Morgan

 populares, la Odisea o el Cantar de los Cantares; es el viejo sistema de dejarse inspirar y evocar aquello que sugiere para uno mismo, y su validez sólo depende de lo acertado de la inspiración. Ninguna interpretación es definitiva. Tampoco las psicológicas, habituales desde que Jung dedicara su atención al tema; me han parecido igualmente decepcionantes.
Por el mismo motivo conviene desconfiar de cualquier producto que ofrezca “aprenda a usar el tarot en fáciles lecciones”, porque no hay nada que enseñar ni aprender. El auténtico vidente es aquel que conecta con la mente y el alma de la persona que le pregunta, para lo cual hacen falta unos dones especiales de intuición y empatía, de sensibilidad emocional o como se le quiera llamar, y para eso da igual usar la baraja del tarot, mirar una bola de cristal, leer la mano, los posos del café, la numerología, echar las runas, los tallos de aquilea, balancear el péndulo, o simplemente mirarse a los ojos y hablar.

La Fe en la baraja de Carey Yale
Como yo no soy vidente, no espero que las cartas me revelen nada, pero los triunfos del tarot de Marsella no dejan de intrigarme, precisamente por todo lo que “no encaja”. Me he quedado con las ganas de encontrar algún estudio iconográfico que los relacione con las representaciones de su época. Yo por mi cuenta, puedo localizar algunas referencias, por ejemplo, las cartas que representan estamentos sociales (una hermosa referencia es el tarot de Mantegna, pero éste es muy diferente): hay un vagabundo, un ermitaño, un mago, papas, emperadores. También aparecen algunas Virtudes: justicia, fortaleza, temperancia (otras barajas añaden fe, esperanza, caridad…). Referencias cristianas, pocas: el juicio final, los cuatro evangelistas; y paganas: hay un Cupido, lo que parece un Marte triunfante en su carro, alguna ninfa y diosa. Quizá algunos signos del zodíaco: acuario, escorpio, géminis. Algunas figuras típicas de la iconografía medieval: el diablo, la muerte, la rueda de la fortuna. Luego están las cartas “que no encajan”, por ejemplo, una Papisa colocada al lado del Papa. La rueda de la fortuna que no presenta los típicos ricos y pobres que suben y bajan, sino unos extraños animales medio vestidos. Un colgado que no es un ahorcado, sino que cuelga tranquilamente de un pie. Una supuesta torre destruida a la que por algún motivo se llama La Casa Dios. El Mundo, que representa a los cuatro evangelistas con sus formas animales tal y como solían aparecer rodeando un Pantocrátor, pero que aquí rodean a una diosa desnuda en grácil pose. En algún lugar debe haber referencias para estos diseños, pero parece que ningún estudioso se ha dado el trabajo de buscarlas.

La Estrella en las diferentes versiones del tarot de Marsella
 
Finalmente, el motivo que me ha llevado a escribir algo sobre el tarot es haber encontrado un uso muy interesante para él, el que le da Ítalo Calvino en su libro “El castillo de los destinos cruzados”. El juego del autor consistió en inventar historias basándose en tiradas de cartas; cada participante explica la suya, y a medida que la mesa se va llenando con las cartas colocadas, otros trazan a través de ellas sus propias
La tirada del castillo
historias. Este proceso extrae de cada personaje y elemento todas sus posibilidades: la Papisa puede ser una sacerdotisa pagana en un relato, en otro una madre, en otro una vampira; las copas pueden representar una fiesta, pueden ser alambiques de alquimista, o tinteros donde moja su pluma el escritor. Historias de guerreros y de gigantes se mezclan con el argumento de Hamlet o de Parsifal. Las cartas acompañan las páginas: si en el castillo los nobles utilizan la preciosa baraja de Bonifacio Bembo para los Visconti-Sforza, en la segunda parte, “La taberna de los destinos entrecruzados”, inevitablemente, la plebe utiliza la de Marsella. Nunca me habían parecido tan divertidas y sugerentes estas cartas, y tan original esta manera de jugar con ellas, aunque reconozco que hace falta talento literario para crear historias con sentido. Quizá sea mejor que quedarse mirándolas esforzándose por ver en ellas el futuro para quien no tiene talento, el comprender que las cartas evocan el universo entero como hace la literatura, y que para hacerlas hablar no hay mejor recurso que la Imaginación, ese don que sus creadores renacentistas conocían muy bien.



martes, 20 de agosto de 2013

Vamos a echar unas risas (variadas)


Quizá no haga falta escribir siempre sobre temas apasionantes y profundísimos, y menos con este calor. Ahora voy a imitar a esos blogs facilones y jabonosos que se limitan a recopilar fotos graciosas de internet, y reúno aquí mi propia colección de chistes:

-una tienda en la que estaban muy hartos:
Los niños desatendidos serán comidos o vendidos como esclavos
 

-un par de muestras de la genial creatividad de los estudiantes zoquetes:

 

-las verdades de la vida son muy complicadas para los aliens:
En serio, papá, ¿de dónde vienen los niños?
 

-qué se le puede regalar a quien sólo quiere el nirvana:
¡Nada! ¡Lo que siempre quise!
 

-un par de tiras del genial Dilbert; ¡la vida laboral es tan cruel!:
-Sé que suena poco importante ser el becario de un becario, pero si alguna vez tengo un accidente grave...
-¿Me darán tu trabajo?
-Iba a decir que usarán tus órganos para salvarme, pero ahora has hecho que suene incómodo.
 
-Felicidades, ha sido nombrado jefe de proyecto. Como tal, tiene derecho a un cubículo tres pulgadas más ancho que el normal.
-Me gusta el que tengo.
-No tiene elección. Es importante que mantengamos la integridad del sistema. Si no, nuestro jefe superior parecería pretencioso por tener un baño privado con un halcón entrenado para que le traiga el papel higiénico.
-De acuerdo, ¿dónde está mi cubículo grande?
-Esa es la parte incómoda, no tenemos ninguno. Es necesario que pierda peso para que su cubículo actual parezca más grande.
-¿Y si no lo hago?
-El halcón necesita un ayudante.
 
 
Página de Dilbert: http://www.dilbert.com/