Nunca he sido fan de nadie ni de nada, aunque no es fácil encontrar un ídolo o una corriente que seguir cuando te empeñas en apasionarte por las cosas más extrañas (el medievo, las novelas de caballerías, la iconología, las conlang). Quizá podría encontrar más comunidad fan en otras obsesiones mías (Godzilla, los samuráis, Star Wars), pero la costumbre de ir por mi cuenta me deja fuera de las generaciones o ambientes donde podría encontrar almas afines. Entre esas pasiones no estaba hasta ahora el barroco, que sólo me hacía pensar en altares abarrotados con demasiados floripondios dorados, columnas que se retorcían hasta el infinito, cuadros aún más abarrotados de figuras de colorines, y escritura aún más retorcida e incomprensible. Pero se me puede perdonar si he caído un poco, quizá un poco demasiado, en la pasión por el podcast de Las Hijas de Felipe. Su barroco no tiene nada que ver con lo que tenía en mente: es un lugar lleno de personajes extravagantes que viven las peripecias más inesperadas, donde lo surrealista y lo cotidiano coexisten con naturalidad.
Esta visión del barroco no existiría sin la forma en que Ana y Carmen lo narran, haciendo ventriloquismo de los documentos y cartas que han hallado en archivos olvidados, y que rara vez tienen la categoría para interesar a los historiadores. Testimonios de cosas pequeñas y gente corriente que resulta tan cercana y curiosa, ejemplos de una sociedad que ya ha desaparecido. El barroco no es una época amable para ser mujer, y las vidas de tantas mujeres comunes jamás han despertado el interés de los estudiosos. Y de ellas, fueron las monjas las únicas que pudieron ocuparse en dejar abundantes testimonios escritos. Estas mujeres se narraron a sí mismas incansablemente para afirmar una existencia condenada a no ser vista ni oída, ni siquiera a moverse jamás del sitio (y aún así, algunas de ellas recorrieron medio mundo). Pero, si la clausura las encerraba, era el mundo el que acudía a ellas gracias a sus milagros y poder de seducción. Porque, como sabemos, los conventos eran porosos y no estaban al margen de las dinámicas sociales y culturales del mundo en el que habían surgido.
Bien, confieso que puede que haya sido un poco fan demente de las Hijas, que descubrí cuando llevaban tan solo unos pocos episodios de su podcast. Puede que empezara a descargarlos para poder escucharlos sin conexión, y que los oyera varias veces para quedarme con todos los detalles de sus historias. Porque, a diferencia de tantos podcast de gente charlando de lo primero que se les ocurre como si estuvieran en el tresillo de su casa, los de las Hijas son auténticos ensayos con bibliografía y notas, pero mucho más amenos y simpáticos que los que se encuentran en google scholar. Y confieso que puede que haya seguido descargando y guardando todos los episodios y llegué al momento en que, en épocas de tiempo libre, me dediqué a escucharlos tomando apuntes como una verdadera pepenada consentida. Y sí, no solo he creado mi propio cuadernito de monjas, sino de todos los personajes mencionados en ellos (están Mencía de Mendoza, Eleno de Céspedes, Plautilla Bricci, La Calderona o La Zangarriana, junto al famoso José de Sigüenza y todos los jesuitas, confesores y protestantes mohosos). Gracias a las Hijas de Felipe descubrí y leí a María de Zayas, y a autores que han estudiado, como Caroline Walker Bynum o Carlos Eire (también descubrí la bucarofagia o los dildos de vidrio, cosas que no sabía que necesitaba saber).
La prosa de las Hijas de Felipe se puede disfrutar escuchándolas, pero también en las deliciosas introducciones de sus podcast (que empecé a copiar en un documento-índice para recordar los temas de cada episodio; yo también tengo deformaciones profesionales académicas, y los índices y bibliografías son mi asidero vital). Por eso, llegar a su primer libro juntas ha sido un paso casi natural. En Instrucción de novicias están todos sus hits: Santa Teresa y sus fieles discípulas como María de San José y Ana de Jesús con su fervor carmelita; María de Jesús de Ágreda bilocándose, María de Santo Domingo llorando, Juana de los Ángeles endemoniada o Margarita de Austria recreándose en su Divina Guardería. Pero es imposible abarcar tantos y tantos hits inolvidables, como los panes mágicos de María de Poblete, la caridad carnal de Giulia di Marco o el legendario cruising relicariero del Escorial. Ahí estaba yo, saltando en la página donde aparecía un anhelito, un club transhistórico o un baratona y negociadora, señalando como en el meme de Leonardo di Caprio y proclamando internamente: “reconocí esa referencia”. Escribo esto tras acabar de leer el libro, pero confieso que me resistía a empezar la lectura, porque sabía que, cuanto antes empezara, antes se acabaría. Y se ha acabado demasiado pronto.
Pero lo que más interesante me ha parecido es que, más allá de todos esos personajes conocidos, el verdadero descubrimiento de este libro son Carmen y Ana como personajes que habitan entre las monjas del barroco, saltando del pasado a las referencias pop actuales, entre sus estudios y sus vivencias: su travesía del desierto es esa famosa estancia en Providence (en cuyo bañito empezó todo), su reclusión fueron esas habitaciones diminutas y anticuadas, los sótanos polvorientos de bibliotecas y la alimentación alejadísima de cualquier ingrediente mediterráneo. Vivir tan lejos de sus familias y amigas, preguntarse por el sentido de su vocación, y encontrar consuelo y ejemplo en su amistad y en las vidas de esas lejanas mujeres atrapadas en clausuras castellanas: si ellas pudieron sacar adelante sus propósitos, nosotras también podemos. El recorrido entre el bañito y los auditorios llenos no ha sido fácil, pero este libro da testimonio de que ha culminado en éxito.
Tampoco coincido ni por edad ni por vivencias con Carmen y Ana, y sus referencias a Taylor Swift, Paris Hilton o Lindsay Lohan me resultan igual de desconocidas que las monjas barrocas. Sé que las conexiones con la actualidad son el tema de este libro: “Vidas del convento barroco para guiar tu presente”, y que sin duda a muchas fans les mueve esta identificación entre los ayunos y las fatigas de aquellas monjas con las dietas y la procrastinación que las obsesionan en su vida diaria. Mi identificación va más por la obsesión con historias olvidadas, la lectura compulsiva y la escritura agotadora, la pasión por temas tan alejados de la actualidad, que interesan ya a tan pocos. Sé lo que es no encontrar audiencia para explicar porqué te entusiasma tanto el pasaje de ese libro polvoriento o ese grabado cargado de referencias que no significan nada hoy en día. Por eso, aunque el barroco sea demasiado “moderno” para mi gusto, comprendo lo que hay tras las ojeras y las caritas pálidas, y reconozco que soy yo literal.
En lo que sí coincidimos es en la atracción por las pequeñeces y los objetos bellos, por eso les agradezco que hayan creado esta maravilla de libro tan táctil y tan barroco: no sé cómo es posible que hasta la faja sea una obra de arte, pero lo he leído sin ella para que mis dedos pudieran acariciar las manos de María de San José en relieve que adornan la portada y la contraportada. Ya que es el único objeto relacionado con las Hijas que tengo, lo consideraré un poco como cosa dada de su mano para ser estimada como reliquia. Creo que va a ser uno de los libros más bellos de mi biblioteca. Y sin desmerecer las miradas seductoras de Juana de Austria o Ana Dorotea, creo que Las Hijas de Felipe son de las voces más bellas, cercanas y entrañables que han resonado en mis auriculares.
El punto de lectura ideal para este libro, recuerdo de un viaje a Ávila de hace años, y para no olvidar que el espíritu de Santa Teresa (segunda mención) revolotea sobre toda la obra, desde la primera página hasta la última
Instrucción de novicias, Ana Garriga y Carmen Urbita. Blackie Books, 2026. Diseño de cubierta: María Lempicka


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