jueves, 26 de mayo de 2016

Karen Armstrong: didáctica sobre religión

Leo una entrevista a la autora y estudiosa de las religiones Karen Armstrong (El País, Babelia, 16 de junio de 2015; sí, con mucho retraso, como es habitual en una persona des-actualizada como yo), y tengo el placer de ver cara a cara a una señora a la que he leído y quiero seguir leyendo. Me documenté con su Mahoma, biografía del profeta para escribir “Algunas lecciones que he aprendido sobre el islam”, y me pareció una de esas pensadoras de carácter conciliador bien argumentado. Es época de extremismos y de militancias, y la gente que utiliza los matices para opinar se arriesga a ser tomada por tibia o directamente por ilusa.



La profesora Armstrong vuelve a explicar en esta entrevista conceptos que deberían estar claros, pero que parece que nunca se repiten lo suficiente. Todo esto a mí me suena mucho, porque estoy habituada a predicar en el desierto. Como la infantil idea que tiene de Dios mucha gente que dice no ser creyente: En el mundo moderno, tenemos una idea muy primitiva de Dios: que hay algo allá arriba que creó el mundo y escribió un libro, que sabe las cosas y piensa como nosotros... Esa idea de los primeros libros de la Biblia es un paquete para principiantes, algo con lo que empezar. Mucha gente en Occidente oye hablar de Dios por primera vez igual que de Papá Noel.” Muchos no creyentes rechazan con espíritu democrático a ese Jefe Supremo que pretende mandar sobre nosotros y disponer de nuestras vidas. 
 
Otro de los tópicos al que Karen Armstrong tiene que enfrentarse es el de “las religiones causan guerras”: P. ¿El laicismo puede ser intolerante? R. Sí puede serlo, como la religión, porque somos gente agresiva. Hay quien dice que la religión está detrás de todas las guerras, pero aquí en Occidente tuvimos dos guerras mundiales, el Holocausto, el gulag, Hiroshima. La Revolución Francesa fue un gran momento en la historia europea pero causó miles de muertes.”

Igualmente, Armstrong sugiere que la idea que tenemos de la religión está basada en los últimos siglos, muy diferente del fenómeno que ha existido durante milenios: P. Señala que el fundamentalismo es un fenómeno muy moderno, una reacción a la colonización, el laicismo, Darwin o la Ilustración. ¿De verdad nadie interpretaba literalmente los libros sagrados en el pasado? R. No. 
 
P. Y dice que a los autores de la Biblia no les importaban las incoherencias. ¿De verdad no importan? R. No. No podemos pensar que esos libros descendieron del cielo. La Biblia es una biblioteca elaborada durante siglos. No sabemos cuál fue el uso original de esos libros. Se convirtieron en algo sagrado después de la caída del templo de Jerusalén en el siglo VI antes de Cristo. Los judíos hicieron de la Biblia su templo. Cada vez que uno se enfrentaba a los textos sagrados tenía que usar su imaginación para encontrar un sentido diferente para su comunidad. Los católicos no leen mucho la Biblia. Es una colección de libros muy difícil. Calvino vio que muchos científicos estaban preocupados porque los descubrimientos contradecían los textos; y él respondió que si Júpiter es más grande que la Luna, no había problema porque la Biblia no está hablando de astronomía. Si quieres saber de astronomía ve a otro lugar. Mucha de la gente que lee la Biblia literalmente es calvinista, pero Calvino no lo habría aprobado. La doctrina de que cada palabra de la Biblia es cierta, como el controvertido dogma católico de la infalibilidad del Papa, surgió a finales del XIX. Fue un deseo de encontrar certezas en un mundo moderno en que todo se cuestionaba, como un niño buscando seguridad. 
 
P. Pero mucho antes de esos fundamentalismos existió, por ejemplo, la Inquisición. R. Sí, pero eso no iba sobre la Biblia. La Inquisición iba sobre todo sobre política interna en un tiempo en que España se enfrentaba a la amenaza del imperio otomano, estaba en la línea del frente, había caído Granada y el país tenía unas comunidades musulmana y judía. Se intentó unir al país luchando contra un enemigo común. Lo que llamamos herejía es casi siempre política.” Efectivamente, la política causa guerras. Nadie piensa que la política sea mala y habría que abolirla, sino que se puede hacer mala política. Aplíquese.

En la entrevista se cita a un pensador ateo militante, biólogo y darwinista, y me siento sorprendida de que a estas alturas todavía se opongan Darwin y la religión, me parece un debate anticuado, de siglos pasados, que sólo sobrevive en rincones retrógrados del mundo donde aún se busca esa seguridad de lo infalible ante la amenaza de la modernidad, de que hablaba Armstrong. Hubo un tiempo en que sólo se podía ser darwinista o clerical, a pesar de esa cita de Calvino, que parece ser que siglos antes había dicho que la Biblia no es un libro de ciencias; algunos no se dan cuenta de que ese tiempo ya ha pasado. 

En la página hay un link a una entrevista a este señor, y después de leerla, me resulta curioso que las personas liberales sean las más intransigentes. En el primer párrafo ya aparece un “nada más que”. El argumento “nada más que” es más destructivo que una bomba atómica, porque nada queda en pie ante él. ¿La novena sinfonía de Beethoven?: nada más que un conjunto de sonidos; ¿pasear por el parque con mi perro?: nada más que una actividad motriz; ¿la emoción que siento ante una puesta de sol?: nada más que otra tontería de las tuyas y crece de una vez y déjate de chorradas. Para este señor, la religión no es más que una fantasía, y la cultura nada más que un entretenimiento; si seguimos este argumento, también podemos decir que la ciencia no es nada más que un torpe intento por comprender el mundo en que vivimos, cuando no somos más que un puñado de células desesperadas chapoteando en una charca de fluidos.

Como el biólogo, hay mucha gente que no necesita la religión, que nunca ha vivido ningún tipo de revelación espiritual ni les interesa. Tampoco la han vivido muchos que sí dicen ser religiosos, pero que lo son por inercia o por ideología. En su charla del TED, Karen Armstrong habla de cómo ha cambiado el concepto de creyente. Cuando oigo a supuestos representantes de la religión hablar sobre lo que creen, o a no creyentes hablar sobre lo que no creen, me pregunto: ¿de qué están hablando? Usan el mismo verbo creer de creo que tal equipo juega mejor que tal, o creo que llegaremos antes en autobús que en coche. Pretenden razonar una opinión, cuando ni la opinión ni la razón tienen nada que ver con esto.  

Pensemos lo que pensemos, todos somos ese niño indefenso arrojado al mundo que debe enfrentarse a sus deseos y carencias. Todos experimentamos la necesidad y la pérdida, y tenemos que encontrar nuestro camino, darle una forma y un sentido a nuestra vida. Para eso, ni las leyes de la gravedad ni las de la evolución nos sirven de nada. Este asunto no trata de ciencias. No trata de política. Ni siquiera, realmente, trata de ética. Nunca la religión puede reducirse a una moral o una ética, éstas son más bien efectos secundarios. Las vivencias que agrupamos bajo la etiqueta de religión siempre han estado ahí desde el principio de la humanidad, y van a seguir estando, las llamemos como las llamemos. Cuando me refiero a religión, no pienso en el señor de barba blanca (no Papá Noel, el otro), ni en el Jefe Supremo, ni en los diez mandamientos, ni en las escrituras sagradas. Realmente, hay algo más allá de todo eso, que tiene que ver con lo esencialmente humano, con el hecho de estar vivo y tener conciencia de ello. Con este combate eterno entre conseguir una identidad propia y fundirse con el universo. Responder a las preguntas sobre uno mismo y el mundo. Saber qué hacer con el tiempo y la vida que hemos recibido.

Por eso, como ya he escrito en otras ocasiones, y como también remarca Karen Armstrong, la gente busca toda clase de sustitutos de la religión, después de que ésta se haya ganado tan mala fama. No creo que los prejuicios y la ignorancia sobre la religión hagan ningún bien a la humanidad. Ya es bastante difícil vivir, no es buena idea desaprovechar la experiencia acumulada por tantos siglos. Recomiendo empezar a remediarlo leyendo los libros de Karen Armstrong. Se esté de acuerdo o no con lo que dice, da qué pensar.

sábado, 7 de mayo de 2016

Miniaturas ratoniles



Siempre me ha fascinado el encanto de lo pequeño y explorar mundos en miniatura, por eso me ha dejado asombrada la obra de Karina Schaapman. Esta señora holandesa quería escribir cuentos para niños con bonitas ilustraciones, pero como no se le daba bien dibujar, empezó a construir pequeñas habitaciones habitadas por ratoncitos de trapo, usando cajas de cartón, recortes de papel y otros materiales a mano para darles el aspecto de las viviendas de su infancia, en los años 60 y 70. Las habitaciones se fueron acumulando y cuando se dio cuenta tenía un edificio-ciudad, tan enorme que tuvo que apuntalarlo. En ese mundo desarrolló las historias de los ratones Sam y Julia, y las fotografías que hizo de ellos fueron finalmente las ilustraciones de sus libros.


Las imágenes dan una idea de la complejidad y el detallismo de su obra, una delicia para perderse durante horas y horas de contemplación. Sólo faltaría tener a mano esa maravillosa casa de ratones (y unas cuantas docenas de años menos) para disfrutar  haciéndoles vivir aventuras propias. La casa original se encuentra ahora en la biblioteca de Amsterdam; incluye tiendas, jardines, escaleras, balcones y ventanas, y tiene tanto parte delantera como trasera, acabadas hasta el último detalle.


Seguramente no soy la única a quien esta casita de ratones le recuerda a las ilustraciones de Jill Barklem. Yo tengo algunos de sus libros, que hicieron volar mi imaginación en aquellos abigarrados escenarios, que en aquel caso eran totalmente victorianos, con sus confituras, sus tartas y sus camitas con dosel, sus cestitas de picnic y sus sombreritos con flores. Ah, todo era pequeño y bonito en aquellos mundos; aunque sea por un rato, me encanta poder disfrutar aún con todo ello.


Web de Karina Schaapman y sus libros sobre The Mouse Mansion.

domingo, 17 de abril de 2016

Sobre "Realidad daimónica" de Patrick Harpur


Hace semanas que leí este libro, pero supongo que sus efectos y consecuencias se dejarán sentir durante mucho tiempo. Lo voy digiriendo lentamente y se mezcla con muchas otras ideas que me rondan. Uno de los motivos por los que me ha afectado es porque plantea una cuestión que yo misma me he planteado mucho tiempo, y que no es fácil de definir: soy una persona racional e irracional al mismo tiempo; por un lado, las fantasías y los imposibles no me convencen (nunca he tenido esa clase de fe), pero por otro, la racionalidad árida me repatea, por su cortedad de miras. Entonces, ¿cuál es mi lugar?

Este libro de Harpur aborda ni más ni menos que el tema de los fenómenos paranormales. Ante este tema, la mayoría de la gente adopta posturas opuestas: los que se carcajean de todo ello como delirios de enfermos, ignorantes y crédulos, o los que se apuntan a cualquier misterio con fe inquebrantable. Las dos posturas están muy igualadas, porque, a pesar de que la cultura imperante impone su punto de vista racional y tecnológico, al menos de puertas afuera, hay una realidad inmensa medio oculta que deja ver algún resquicio, desde las terapias energéticas o lo que sea, a los programas televisivos de misterios, o los elixires para el amor o el éxito, etc., etc., que dan una pista de que tanta racionalidad no sirve para mucha gente. De esa realidad oculta forman parte las experiencias de millones de personas, que no pueden clasificarse dentro de la vida cotidiana, pero que abarcan desde sensaciones, intuiciones y visiones, a auténticos viajes. Estas experiencias a veces son integradas en un sistema de creencias, pero, precisamente porque estos sistemas se han desmantelado, para mucha gente son una fuente de desconcierto y de trauma. Digo que son millones sin conocer ninguna estadística, tan solo extrapolando una cifra basada en la cantidad de gente que yo he conocido incluso sin proponérmelo. Es mucho más habitual que raro. La gente no puede ser racional y punto, porque su vida está llena de hechos inexplicables y extraños, irracionales. Harpur también piensa que es absurdo no abordar este tema. La ciencia oficial lo desprecia, y lo deja en manos de un dudoso grupo de entusiastas, que no destacan por su imparcialidad. Encontrar un término medio entre estas dos opciones es lo que él se propone.

Hay toda una historia de la filosofía, que no voy a resumir ahora, que trata de si podemos o no conocer el mundo que nos rodea. Nuestros cerebros no son ordenadores, ni nuestros ojos son cámaras, ni podemos captar literalmente el universo; estamos hechos para sobrevivir y hemos evolucionado para asimilar una realidad que podamos manejar, al menos lo suficiente para salir adelante. El mundo que captamos está hecho a nuestra imagen, y nuestra mente manipula esta imagen libremente, a través de la memoria, de los deseos y necesidades, de sus propios esquemas. De todas las posibilidades del universo, nos quedamos con unas pocas, y acordamos que ésas son las válidas. Este acuerdo sobre la realidad varía con el tiempo, y según las culturas.

Si hemos acordado que nuestra mente construye el universo, demos un paso más y digamos que nuestra mente es el universo, que no hay un interior y un exterior, sino que el gran Alma del Mundo se expresa, se concreta y explota todas sus posibilidades en los individuos. Esto es algo difícil de entender desde el punto de vista científico actual, pero éste es el punto de vista de nuestra época, y (como el pez sumergido en el océano que no puede ver el océano por estar en él) nos impide darnos cuenta de que no es el único punto de vista posible. Evidentemente, existe ese órgano llamado cerebro, esa simple masa viscosa de algo más de un kilo colocada dentro del cráneo, con sus células y sus sinapsis físicamente construidas con átomos, como el resto de la materia. Eso es lo que hay, y nada más, quiero decir, eso es lo que hay desde el punto de vista cuantitativo, comprobable y analizable, experimental y científico, datos todos ellos que pertenecen a la realidad, pero a una ínfima parte de todo lo que la realidad puede ser, a la parte más prosaica, plana, básica; para mucha gente, sin embargo, esa es toda la realidad que hay y puede haber.

Pero la psicología descubrió que en la mente hay mucho más y que no se lo puede ignorar. Si el cerebro son los números, la mente es la aritmética; o si el cerebro es el alfabeto, la mente es la poesía. Es el producto resultante, complejo, elaborado. Alguien muy materialista podría decir que no es más que una pura excrecencia del cerebro, un subproducto, un conjunto de fantasías. Pues este producto es lo que somos, y no podemos ser otra cosa. Esa es nuestra realidad. El universo que genera la psique es inmenso y apenas podemos manejarlo; no lo creamos nosotros, sino que él nos crea. Harpur utiliza el antiguo término de Alma del Mundo para definirlo, ya que se trata de algo colectivo o impersonal, o al menos más grande que los individuos. Éstos participan en él en diferentes medidas: hay quien lo ignora y hay quien es invadido abrumadoramente por su presencia. Los extremos nunca son buenos, y cada uno debe encontrar su propio encaje, su propia identidad, una que le permita vivir la vida aceptablemente. Y eso no se puede hacer si se ignora la parte de uno mismo que no le pertenece del todo, que es dominada por las fuerzas universales; de la misma manera que tampoco se puede vivir si uno es sacudido por esas fuerzas como un pelele. El término medio es una identidad estable que abarque todo lo que uno puede llegar a ser, si bien éste es un ideal que se persigue toda la vida.

Los fenómenos paranormales desafían la racionalidad, pero tomarlos literalmente es tan empobrecedor como tomar literalmente el punto de vista científico. Ambas actitudes están emparentadas, porque todo este campo que ahora se define como “paranormal” es una reacción paralela al desarrollo científico, y que, aunque en principio parece desafiarlo, copia sus mismos esquemas (“investiga”, busca “pruebas”). Pero se trata de los mismos fenómenos que en otras épocas se clasificaban dentro de las experiencias espirituales o religiosas, o en otras culturas, dentro de las creencias primitivas o tradicionales. También es el campo en que entran los trastornos psicológicos. Tanto si se trata de hadas o brujas, de apariciones de la Virgen, levitaciones o estigmas, de vampiros, extraterrestres o almas de los muertos, de voces o visiones, todos son fenómenos a través de los que se expresa la vida de la psique, y por lo tanto, son tan reales como las personas sientan que son, o tanto como su realidad les afecte. Es decir, exactamente igual que sucede con todos los fenómenos del universo, sea una puesta de sol o pilotar un avión.

No se trata de que los fenómenos físicos estén “fuera” y los psíquicos “dentro”; como he dicho, no hay dentro ni fuera. Estos conceptos sólo valen desde un punto de vista individual, aferrado a lo literal, que pone al yo y a su cuerpo como punto de referencia, cuando el yo es mucho más que eso. “La sensación de que nuestros cuerpos son literalmente reales es una construcción del ego racional que, aunque no se identifica con el cuerpo (ve el cuerpo como un vehículo), no obstante se alía con él de forma tan estrecha como para imponer su perspectiva al cuerpo. Convierte nuestra realidad física en la única; convierte nuestra realidad física en una realidad literal. Esto conduce a la creencia errónea de que, con la muerte física, dejamos de existir. Pero nuestra muerte física libera al cuerpo daimónico. Es más, si pasamos por una muerte iniciática, que destruye la perspectiva literal del ego racional, el cuerpo físico es desliteralizado, desatado de su perspectiva única”.

El “cuerpo daimónico”, según Harpur, corresponde al ego daimónico, la imagen individual con la que somos representados en el Alma del mundo, que usamos por motivos prácticos, pero que es mucho más imprecisa que el ego racional. Es el cuerpo con el que nos vemos en los sueños, que puede sentir y sufrir, pero también transformarse y permitirnos ser otros o muchos a la vez. La realidad de los sueños también se inmiscuye en la vigilia, cuando la conciencia se lo permite, y por eso podemos sentir experiencias con el “cuerpo daimónico” cuando creemos estar en nuestro cuerpo racional. Ya los antiguos poetas habían sospechado que los sueños son la vida y la vigilia su sombra, y el mundo de cada día, un largo sueño de una conciencia desconocida. Que no vivimos la vida, sino que la vida nos vive. Absurdamente, queremos controlarla, y vamos a ser derribados una y otra vez hasta que aprendamos a encontrar nuestro sitio en ella. Los fenómenos que se salen de lo normal nos dan una pista de que la realidad es otra cosa. No van a desaparecer sólo por decir que son imposibles, y si la cultura los suprime, aparecerán por otro lado. No son inofensivos: causarán trastornos individuales y sociales, causarán enfermedades físicas y mentales. Esta rígida sociedad no ayuda a la gente a encontrar el equilibrio de sus vidas, y mucho menos a crecer y realizarse como personas, porque sólo acepta un modelo de realidad, la que miden los aparatos y los experimentos, que es apenas una parodia de realidad, desnaturalizada, prosaica, desligada de todo su sentido. En cambio, comprender por qué aparecen esos fenómenos, qué los provoca, qué nos están queriendo decir, exige el valor de adentrarse en terrenos misteriosos, de vivir la peligrosa aventura de cada vida, pero puede hacer que consigamos integrarnos en esa realidad total y múltiple, inquietante y terrible, incomprensible e indefinible, pero que es la Realidad real.

-Realidad daimónica, de Patrick Harpur. Atalanta, 2007. Colección Imaginatio Vera, nº 14.
Imagen: Relativity, de M. C. Escher.

sábado, 9 de abril de 2016

Monstruos y Música

Para recrear un rato la vista, dos espectaculares vídeos de animación del grupo Of Monsters and Men. Realizados por la productora We Were Monkeys, en su web, aparte de los vídeos, se puede encontrar información sobre su proceso de realización, así como otros trabajos de sus creadores. A mí los mejores con diferencia me parecen estos dos clips, tienen una creatividad visual impactante, con imágenes terribles y hermosas, perfectamente conjuntadas con la música.









sábado, 5 de marzo de 2016

El misterio del tres



Tres cuadrados concéntricos unidos por líneas que cruzan cada lado: este diseño básico es un tablero de juego pero también es mucho más. Aparece grabado sobre losas perdidas entre las ruinas, y también en lápidas, así como en muros de iglesias, a lo largo de todo el Mediterráneo, pero también por toda Europa y hasta oriente. Entra en la historia hacia la época en que se extendía el Imperio Romano, y parece que alcanzó toda su zona de influencia, por los territorios a los que alcanzaba su comercio. Los tableros grabados en piedra son difíciles de datar, porque es posible que no sean de la misma época en que se levantaron los edificios en los que aparecen, lo que ha llevado a muchas especulaciones sobre su antigüedad. Tampoco se puede saber en qué dirección viajaban los juegos, si de occidente a oriente o viceversa, pero no se debe menospreciar la velocidad con la que se contagian estas invenciones: mientras los naipes o el ajedrez llegaban de oriente, quizá este juego se cruzaba en su camino hacia allá...

Los tableros no siempre siguen exactamente este diseño; varía el número de cuadrados y la cantidad de intersecciones que los cruzan. Puede decirse que el diseño pertenece a una amplia familia de trazados cuadrangulares, pero su estructura básica permanece reconocible.

Los romanos llamaron a los juegos que se practicaban sobre tableros cuadriculados merellus, que es una simple referencia a un “juego con fichas”. De ese nombre parecen proceder los que se utilizan en las diversas lenguas: en inglés es nine men's morris, y se discute si ese morris hace referencia a la danza popular inglesa o al nombre latino; también se le llama Mill, es decir, “molino”, nombre que recibe en castellano. A veces también se le llama alquerque de nueve, aunque el alquerque realmente es el juego de damas; antes de que se practicaran sobre el tablero de ajedrez, las damas se jugaban sobre una parrilla en que las fichas se colocaban en las intersecciones y se movían por las líneas (por cierto, el nombre alquerque proviene de la versión árabe del juego, al qirq). En otros idiomas se usan variantes de mills, merells, marro de nou en catalán, jeu du moulin en francés...

 En el Libro del axedrez, dados e tablas de Alfonso X el Sabio

En esta imagen como en la que abre el texto, los marginalia del manuscrito del Romance de Alexandre que se encuentra en la Bodleian Library están llenos de personajes entregados a toda clase de juegos. No podía faltar el Mill.
Lo que es seguro es que su significado religioso, fuera el que fuera, se adaptó a las diferentes culturas y se hizo un hueco en la Europa cristiana. El cuadrado simbólicamente representa la tierra, y por extensión el mundo: las cuatro direcciones, las cuatro estaciones, los cuatro vientos, etc. Es la misma idea representada en los mandalas, en que el cuadrado se combina con el círculo, que simboliza el cielo. El cuadrado también es un recinto, la forma ideal de la ciudad o de la casa, desde el pomerium romano a la Jerusalén celeste, con sus tres puertas en cada lado. En versión tridimensional puede ser un zigurat, en que los tres niveles se superponen y el centro es al mismo tiempo la cúspide. Este diseño puede verse como un laberinto cuadrangular, en el que un camino hacia el centro pasa por diferentes encrucijadas (que son también cruces). Muchos diseños incluyen un punto grabado en el centro, lo que parece resaltar su importancia. René Guenon también comentó este diseño, al que llamó triple recinto, viéndolo como la representación de un templo o lugar sagrado, aunque a mí sus teorías me parecen algo superficiales. La cuestión es que los tableros grabados en paredes no son evidentemente para jugar. Tienen una utilidad simbólica cuyo valor sólo conocían aquellos que los colocaron allí.

Diseño situado en un muro de la iglesia románica de San Pedro de Tejada, Burgos.

 Esta imagen y la anterior proceden de los blogs Juegos de tableros romanos y medievales y Laberinto Románico

Esta losa se halló en el Nevern Castle de Gales.



Precioso tablero plegable del siglo XVI que, aparte del molino, incluye un tablero de ajedrez y uno de backgammon detrás. Procede de Alemania y ahora se encuentra en el Victoria and Albert Museum.

No he dicho gran cosa sobre el juego, que es una variante extendida del tres en raya, en que dos jugadores emplean nueve fichas cada uno (la cantidad puede variar según el trazado del tablero). Las reglas del juego se pueden encontrar en internet para quien esté interesado, pero en mi caso debo decir que, a diferencia de otros juegos que he tratado anteriormente en esta serie y que nunca me canso de jugar, como el parchís y la oca, el molino me deja indiferente, y me interesa mucho más el diseño que el juego. Es que tengo la sensación de que, después de todo lo dicho, y a pesar de toda la magia del tres, ir alineando fichas por el tablero me parece que desaprovecha totalmente las sugerencias espaciales de este triple recinto. Por eso ideé un juego propio para este tablero, sin duda muy soso desde el punto de vista lúdico, pero que incluye los ingredientes que más me interesan: los dados y el recorrido. Juego con cuatro fichas, las hago entrar a cada una por una “puerta” y las hago circunvalar cada recinto y avanzar por los “pasillos” hasta llegar al centro. Le llevo la contraria a dos mil y pico años de historia, pero así tengo la sensación de que estoy más cerca de descubrir el misterio.

martes, 8 de diciembre de 2015

Cállate

Hace tiempo que quería hablar de lo que le pasó a la profesora Mary Beard, pero como siempre voy con retraso, ya no es ninguna novedad. Pero quizá no es tan conocido.


Lo leí en un artículo de Elvira Lindo en El País: Las palabras hieren, que lo explica perfectamente, por lo que me apropio de él. Lo podéis leer completo en el link.

Había leído a la profesora Beard porque es una excelente historiadora y yo soy fan de la historia clásica. De pronto me entero que presentó una serie sobre la antigua Roma en la televisión, Meet the Romans, supongo que parecida a montones de documentales similares que he visto en la 2. Están llenos de señores con gafas de pasta y chaquetas con coderas, así como de señoras con jerséis de lana y abundantes canas, ejemplares clásicos de profesores universitarios. No pensé que eso llamara la atención, pero parece ser que la serie de la profesora Beard llegó a unos espectadores inesperados: 

"Su programa provocó un aluvión de críticas insoportable. Lo extraordinario es que esas críticas no se referían al contenido en sí sino a su aspecto físico. Nuestra profesora tiene un aire no diferente al de muchas eruditas entregadas desde su tierna juventud a los asuntos intelectuales: luce una alocada melena blanca, sus dientes son llamativos por su irregularidad, se permite detalles excéntricos en el calzado o las gafas, y, lo que ha resultado más indignante para algunos, muestra un impactante aplomo en su lenguaje corporal. A ella le importa un pimiento no ser bella, pero no así a algunos críticos televisivos que, ignorando las enseñanzas que generosamente pretende difundir, se dedicaron desde el principio a describir la vestimenta poco cool de la sabia dama. Con más crudeza aún se refirió a ella la jauría tuitera, en donde los comentarios sobre su supuesta fealdad abundaron.

 “Puta apestosa. Seguro que tu vagina da asco”. Este fue uno de los interesantes tuits que la señora Beard cosechó. Lo curioso es que haciendo caso omiso de esa ley no escrita que aconseja a los personajes públicos no mirar lo que de ellos se dice en las redes, esta mujer, que se había educado en el feminismo activo de los setenta, se puso manos a la obra y decidió plantar cara a sus detractores. Alguien la ayudó a localizar al autor de tan hiriente mensaje: era un estudiante, tenía 20 añitos. Beard llamó a su madre y habló con ella. También habló con el autor de una web que colgó una foto de la investigadora con una vagina sobreimpresa en su cara. Charló con ellos y con otros tantos y publicó en su blog la crónica de estas conversaciones que, finalmente, conformaron la interesantísima pieza que leyó en el Museo Británico sobre el silencio impuesto a las mujeres en cuanto tratan de frecuentar territorios tradicionalmente masculinos."

La conferencia del Museo Británico se titulaba Oh Do Shut Up Dear!, y no la he encontrado tal cual, pero sí otra que tal vez sea la misma, titulada The Public Voice of Women. En el link se puede escuchar y leer la transcripción.

"But the more I have looked at the threats and insults that women have received, the more I have found that they fit into the old patterns I’ve been talking about. For a start it doesn’t much matter what line you take as a woman, if you venture into traditional male territory, the abuse comes anyway. It’s not what you say that prompts it, it’s the fact you’re saying it. And that matches the detail of the threats themselves. They include a fairly predictable menu of rape, bombing, murder and so forth (I may sound very relaxed about it now; that doesn’t mean it’s not scary when it comes late at night). But a significant subsection is directed at silencing the woman – ‘Shut up you bitch’ is a fairly common refrain. Or it promises to remove the capacity of the woman to speak. ‘I’m going to cut off your head and rape it’ was one tweet I got. ‘Headlessfemalepig’ was the Twitter name chosen by someone threatening an American journalist. ‘You should have your tongue ripped out’ was tweeted to another journalist. In its crude, aggressive way, this is about keeping, or getting, women out of man’s talk." 

No se trata de lo que las mujeres digan, simplemente el problema es que hablen. No importan sus ideas ni sus opiniones, el problema es que el discurso público pertenence a los hombres, y las mujeres que lo invanden al hablar están molestando.

"Mary B. se miró al espejo e hizo recuento de todos aquellos insultos que estaba recibiendo, “fea, gorda, vieja, puta, maloliente, desagradable, mal vestida, mal follada, machorra…”. Duelen, ¿verdad? Se podría escribir un ensayo sobre las mil maneras de ofender a una mujer. Pero una vez que nuestra heroína afrontó la dureza de los insultos comenzó a relacionarlos con una tradición que viene de antiguo: no se trata de lo que una mujer diga, sino de que hable. Y entonces decidió investigar sobre la naturaleza de quien insulta. ¿Qué pensaría usted de su marido, de su hijo, de su hermano o de su mejor amigo si se enterara de que es autor de tan repugnante prosa?"

NOTICIA DEL 25/5/2016:
La historiadora británica Mary Beard, Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales 

Bieeeeeeen!!!!

domingo, 30 de agosto de 2015

Orlando furioso y la Opera dei Pupi

Orlando Furioso, Ludovico Ariosto
Este poema épico es la reescritura renacentista, culta y humanista, de las fantasías caballerescas alrededor de los paladines franceses, nacidas de los primitivos cantares de gesta medievales. Aquel Roland de la Chanson de ídem, que moría heroicamente en Roncesvalles, fue reinterpretado más tarde como caballero artúrico y, bautizado en Italia como Orlando, y en la floreciente corte de los Este de Ferrara, Matteo Boiardo lo hizo protagonista de una intriga folletinesca con princesas y dragones. Este Orlando innamorato ahora tan olvidado entusiasmó a sus contemporáneos, y como el autor lo dejó inacabado, fue pie para que Ludovico Ariosto lo continuara, con muchísimo más éxito, en su Orlando furioso.

Estamos hablando ya del siglo XVI. La redacción en verso quiere emparentar esta obra con las épicas clásicas, y mezcla caprichosamente las referencias a mitos clásicos con la fantasía medieval. De nuevo aparecen montones de personajes y tramas, y de hecho, en medio de ellos Orlando es uno más y no muy destacado. Hay detalles de “modernidad”, como el erotismo de Angélica y Olimpia encadenadas en la roca para ser devoradas por el monstruo marino, “completamente desnudas”. Cuando en un romance medieval se afirmaba que la dama aparecía totalmente desnuda, siempre se añadía: “sólo llevaba la camisa”, que era el súmum de la desnudez de una dama. Pero aquí no sólo es un hecho literal, sino que el autor se recrea en la descripción detallada de la anatomía de las damas, tal y como las contemplan encantados sus caballeros salvadores. Y no digamos ya el rijoso episodio del ermitaño pervertido que quiere aprovecharse de Angélica y cómo termina su intento.

El rescate de Angelica por parte de Ruggiero visto por Ingres. Cualquier parecido con Perseo y Andrómeda no es pura coincidencia.

Por otro lado, es muy destacada la defensa de las mujeres en todo el texto. Hay fragmentos literales de alabanza a la condición femenina, pero también hay ejemplos de personajes femeninos íntegros y esforzados, a menudo engañados por hombres falsos y cobardes. Hay todo un país dominado por mujeres semejantes a las amazonas. Y sobre todo, hecho nunca visto antes en romances caballerescos, hay auténticas mujeres guerreras, mejor dicho, mujeres-caballeros, con todas las connotaciones de hidalguía, destreza y valentía que el término conlleva. La resoluta Bradamante no se queda esperando la vuelta de su amado Ruggiero, sino que remueve cielo y tierra buscándolo, y afrontando todos los peligros. Se enfrenta y vence en singular combate a todo caballero que se le cruce, salva de entuertos a damas desvalidas, derrota a magos y a gigantes. Y no se le queda atrás la brava Marfisa. Mientras la primera es ejemplo de dama cristiana, benevolente con sus enemigos derrotados, la segunda, de origen pagano, rebana pescuezos en medio del ejército enemigo. Los otros caballeros no saben si desafiarlas o enamorarse de ellas.

 Nunca se había visto nada como esto en las novelas caballerescas.

 Así era vista Marfisa en una imagen contemporánea.

 Arriba y abajo: ilustraciones de Gustave Doré.

Viaje a la luna de Astolfo, partiendo desde el Paraíso Terrenal, a bordo del carro de fuego de Elías y acompañado de San Juan Evangelista. En la luna, donde va a parar todo lo que se pierde en la tierra, Astolfo encuentra la cordura perdida de Orlando.
 
Bradamante encuentra en la tumba de Merlín a la maga Melissa, que será su benefactora a lo largo de la historia.


 Arriba y abajo: ilustraciones de H. J. Ford en una obra del siglo XIX, The Red Romance Book.
Bradamante contempla el rapto de Ruggiero por el hipogrifo (aquí más bien un pegaso), y la lucha entre Bradamante y el mago Atlante.



 Angélica y Medoro según Tiepolo: la pareja de enamorados llena todos los árboles del bosque con sus nombres (hay cosas que son tan antiguas como el mundo).

Pues bien, la larga historia de este Roland que empezó como feroz guerrero en el siglo XII, que se popularizó en romances (el Roldán del Romancero español) y que fue elevado a los altares de la alta literatura con el Orlando de Ariosto, aún cobró nueva vida en el siglo XIX, con el triunfo y la inmensa popularidad del teatro de marionetas italiano, especialmente en Nápoles y sobre todo en Sicilia. La Opera dei Pupi estaba protagonizada por un Orlando de bigotes de mosquetero y empenachada cimera, que espadón en mano brincaba partiendo por la mitad a renegridos moros, suspirando por una bonita Angélica de larga cabellera morena, y sometiéndose a los mandatos de un barbudo Carlomagno. Allí estaba todo, Ruggiero cabalgando su hipogrifo, la malvada bruja Alcina, Bradamante derrotando al mago Atlante, y cientos de maravillas más provenientes de la fuente inagotable del poema de Ariosto para encandilar a chicos y grandes, al menos así fue hasta mediados del siglo XX. Ahora, superada por otros medios de entretenimiento, la Opera dei Pupi es una reliquia a la que se le dedican museos, en sus principales sedes o escuelas, la de Palermo y la de Catania. Espero que aún encuentren público al que le apetezca dejarse llevar por la fantasía.
 Los paladines (y paladinas) ante Carlomagno.
 Escena de lucha
 Bradamante en versión pupo.

Y por último, mi pupo Orlando señala con su fiel espada Durindana los primeros versos del Orlando furioso en la traducción de Edicions 62. El original dice así:

Le donne, i cavallier, l’arme, gli amori,
le cortesie, l’audaci imprese io canto,
che furo al tempo che passaro i Mori
d’Africa il mare, e in Francia nocquer tanto,

..............LA AVENTURA CONTINÚA

sábado, 11 de julio de 2015

El velo como bandera: tradición y modernidad de la mujer musulmana

Generalmente, los artículos sobre inmigrantes musulmanes en Europa suelen centrarse en dos temas: el terrorismo y el velo. Que esta prenda de vestir sea un objeto de preocupación tan importante como la grave amenaza terrorista demuestra que su valor simbólico se ha disparado en los últimos años. El velo en menores (conflictos con las escuelas) trasluce el temor a que las pequeñas estén siendo manipuladas, obligadas a aceptar una sumisión al varón que en Europa se combate desde hace al menos un siglo. Lo mismo sucede con mujeres adultas en el caso del velo integral, signo extremo de la negación física. Para la sociedad occidental, permitir que suceda parece consentir que una forma de pensar contraria a las libertades se vaya imponiendo, disfrazada de tradición. No vengo yo a solucionar el tema del velo, pero sí a hacer varias reflexiones después de algunas lecturas que he hecho. Hablar del velo significa hablar de muchas otras cosas: religión, tradición, política, racismo. Cada tema da para una enciclopedia, pero aún así se pueden decir algunas cosas brevemente. Es más, se deben decir, porque en estos temas nadamos en un océano de ignorancia.

The veil series es un trabajo de la fotógrafa británica-iraní Sara Shamsavari, en el que retrata a mujeres de Londres, París y Nueva York como muestra del uso moderno y estético del hiyab.


Reinventar la tradición

Como explica la antropóloga Verena Stolke, las ideas sobre los extranjeros que se han generalizado actualmente en Europa responden a una nueva clase de exclusión que ya no es el antiguo racismo que dividía a los seres humanos entre superiores e inferiores. El nuevo “fundamentalismo cultural” hace las diferencias en función del territorio, asignando a cada uno una cultura (e ignorando la propia variedad de cada estado). Estas culturas son totalmente extrañas las unas a las otras, y por eso cada una practica un etnocentrismo “natural”: “El fundamentalismo cultural contemporáneo se basa en dos suposiciones: que las distintas culturas son de una variedad infinta, y que, dado que los seres humanos son intrínsecamente etnocéntricos, las relaciones entre las culturas son por naturaleza hostiles.” Los individuos que viven fuera de su territorio/cultura, al ser ellos también etnocéntricos, se vuelven una amenaza para el territorio en que están. Por eso, la emigración de gentes de un territorio a otro es vista como un hecho problemático y preocupante (no un hecho natural e inmemorial).

No es un concepto muy diferente de lo que Olivier Roy llama “neoetnicidad” en relación a la manera en que los países de occidente han catalogado a los inmigrantes musulmanes. Primero, todos comparten algo llamado “cultura musulmana”, como si la religión definiera todos sus aspectos culturales, sin distinción entre países de origen; segundo, les define el hecho de haber nacido en esos países, sean o no creyentes, practicantes o técnicamente de otras religiones (ateos, cristianos libaneses, etc.); tercero, el musulmán es el otro, opuesto al autóctono (no al cristiano).

Este proceso de catalogación y etiquetación del extranjero realizado por Europa ha funcionado en las dos direcciones, porque los inmigrantes también lo han asumido. Se da por hecho que al venir de su país traen consigo “su cultura”, pero para la mayoría, supone pasar de una sociedad donde la identidad religiosa era algo supuesto y formaba parte de la estructura social, a otra sociedad donde su religión es minoritaria, sus tradiciones no forman parte de la mayoría, y donde su fe tiene que reivindicarse y hacerse notar para existir. De pronto, el creyente necesita definirse, no ya como integrante de una sociedad, que ya no existe, sino individualmente, y aparte de cualquier tradición: “La pérdida de visibilidad hace que el islam deba afirmase cada vez más como una opción individual, [...]. En la actualidad la problemática del velo llevado voluntariamente: es una reapropiación y afirmación de uno mismo, y no ya un signo de conformismo social”.
Los hijos de inmigrantes que quieren recuperar su identidad musulmana no lo hacen recuperando la cultura de los padres, sino una supuesta “cultura musulmana”, un islam “neutro”, descontextualizado, individualista y de nueva creación. Este proceso no es diferente del que se vive en los propios países de origen ante el reto de la modernidad, las crisis políticas y el resto de problemas que los sacuden. Este islam neutro y reinventado es el que se está extendiendo, y uno de sus símbolos es el velo : “El velo se ha convertido en un símbolo, aún sin serlo en propiedad […]. Ha pasado de tratarse de una prenda con más sentido étnico y tradicional que religioso y su uso estar casi erradicado en Egipto y en el Cercano Oriente de los años sesenta, a retomar el protagonismo perdido a causa de la presión ejercida, especialmente en las últimas décadas, por los movimientos fundamentalistas.” (A. Motilla)


La tradición del velo

Convertir el velo en un símbolo del islam no es tarea fácil, porque no se sustenta en ninguna obligación, no hay disposiciones claras e identificables. Se suele citar la aleya 33.59 del Corán, donde se prescribe que las mujeres “se cubran” con el yalabib, que significa “vestido” o “túnica” a pesar de que a menudo se traduzca por “velo”. Las primeras exégesis ya discutían cómo interpretar las disposiciones del profeta, y a qué normativas debían dar lugar. De estas disposiciones posteriores surgió lo que se llama “código hiyab” de vestir: a partir de la pubertad, la mujer debe cubrir todas las partes de su cuerpo que pudieran provocar miradas lascivas, que son prácticamente todas excepto la cara, las manos y los pies. La ropa que la cubre, además, no debe ceñir el cuerpo ni ser transparente. Éstas ideas corresponden a una cierta escuela de tradición, pero no son obligatorias. Ni el imam más estricto puede decir que seguirlas es una obligación, tan sólo una opción. Por eso, una mujer musulmana y devota puede optar por no seguirlas, entendiendo que no forman parte del núcleo de la religión islámica.

Se suele decir que el Corán otorgó a las mujeres unos derechos que antes no tenían, aunque al leerlo en la actualidad resulte retrógrado; pero hablamos del siglo VIII, y es cierto, la situación de las mujeres en Arabia antes del islam era terrible. Sólo tenían alguna seguridad las mujeres ricas o de familias poderosas; para cualquier otra, existía la posibilidad de ser capturada en cualquier momento y convertida en esclava de su captor, si no tenía de su lado un marido o una familia lo bastante fuertes para recuperarla; y la vida de esclava era miserable, hasta el punto de ser convertida en factoría de hijos esclavos. Mahoma era especialmente sensible a la suerte de los marginados, los miserables y los esclavos. Toda su vida fue una negociación muy meditada para que sus ideas innovadoras fueran aceptadas, como su revolucionaria idea de que las mujeres heredaran en lugar de ser parte de la herencia, o que la esclavitud de un hermano musulmán no era aceptable; en ocasiones no lo consiguió, o con muchos trabajos: siguió habiendo esclavos, y las mujeres siguieron sometidas, mucho más a medida que las conquistas trajeron riqueza y poder. Si Mahoma era el modelo a seguir por los musulmanes, éstos olvidaron pronto su forma igualitaria de tratar a las mujeres, y su piedad para con los esclavos.

Pero hay que volver a esa indicación de cubrirse, y entender a qué se refiere. En este caso, el fracaso se hizo evidente. Mahoma no consiguió convencer a los hombres de que debían respetar a las mujeres sólo porque eran personas y musulmanas. La mujer cubierta era una señora, mientras que la descubierta delataba su condición de esclava, por tanto podía ser asaltada. Porque un cuerpo a la vista es una tentación irresistible para un hombre, que pierde toda capacidad de raciocinio y no puede contenerse. La base de la idea del cubrimiento, sea éste como sea, es que el cuerpo de la mujer es provocador y causante de la reacción del hombre, culpable de lo que le pase. Esto es contrario al ideal de igualdad del islam, que abomina de que un creyente violente a otro. Sucede lo mismo con las disposiciones sobre el derecho del marido a pegar a su mujer; se conservan innumerables hadices en que Mahoma abomina de ello, pero en este caso su negociación fracasó. Pudo establecer unos derechos matrimoniales y para los hijos, pero lo que pasara en cada casa era un asunto doméstico.

Hay grandes mujeres relacionadas con el Profeta, muy apreciadas en las primeras épocas del islam, pero la historia las ha oscurecido o las ha obviado, porque sus personas resultan incompatibles con la idea de mujer sumisa. Khadija fue su primera esposa, quince años mayor que él, viuda y mujer de negocios. Fue su primera seguidora, y Mahoma no hubiera podido seguir adelante sin su apoyo. Aunque la poligamia era corriente en su sociedad, nunca se casó con otra mientras vivió. Su muerte tras veinte años de matrimonio fue un duro golpe para él. Después Mahoma reunió varias esposas, muchas de ellas por causa de alianzas políticas, y la mayoría eran viudas o divorciadas. Se casó con hijas de sus amigos y aliados, como es el caso de Aisha, que fue su amor principal hasta su muerte. Era una niña cuando se casaron, y sólo tenía 18 años al enviudar del Profeta, pero se convirtió en un pilar de la comunidad musulmana, una autoridad de referencia, capaz incluso de ir a la guerra contra facciones contrarias. Un gran papel tuvo tambien Um Salma, que era en cambio una mujer madura y de gran personalidad, líder de las reivindicaciones de las mujeres musulmanas. Otra gran mujer fue la bisnieta de Mahoma, Sakina. “Era alabada por su belleza, lo que los árabes denominan belleza, una mezcla explosiva de gracia física, inteligencia crítica y elocuencia corrosiva. Los hombres más poderosos se la disputaban, califas y príncipes le proponían matrimonios que ella desdeñaba por razones políticas. No obstante, acabará casándose con cinco maridos, algunos dicen que seis. Se disputó con unos, hizo declaraciones de amor inflamadas y apasionadas a otros, llevó a uno ante los tribunales por infidelidad y nunca consintió a ninguno la ta'a (principio de obediencia, clave del matrimonio musulmán). En sus contratos de matrimonio, estipulaba que no obedecería al marido, que sólo haría su antojo y que no le reconocía el derecho de poligamia, todo ello debido a su interés por los asuntos políticos y la poesía. Seguía recibiendo en su casa a poetas y asistiendo, a pesar de sus múltiples matrimonios, a los consejos de los Coraix” (F. Mernissi). Como ella, hubo otras mujeres barza, “la que no se tapa la cara ni agacha la cabeza”, es decir, desveladas. Un hombre o una mujer barz son “conocidos por su raciocinio”, “de criterio apreciado”, con una vida social que incluye organizar en su casa reuniones cultas o políticas. Y todo ello estaba simbolizado en el rechazo al velo. Eso fue en los primeros tiempos del islam, y ha pasado mucha historia sobre todo ello.

Imagen promocional de la web de moda islámica Al-humaira Contemporary. Al-humayyira era el apodo cariñoso con que Mahoma llamaba a su querida Aisha, y que Fátima Merissi traduce por “la pelirrojilla”. http://www.alhumairacontemporary.com/

El velo en occidente y en España

El uso del velo es anterior al islam, y responde a una concepción del cuerpo de la mujer que se extiende por todo el Mediterráneo y Oriente Medio. Las antiguas hebreas se cubrían la cabeza, así como las matronas romanas. El cabello de la mujer históricamente ha sido considerado seductor, y por tanto incitador del pecado. María Magdalena, ejemplo de mujer pecadora aunque redimida, es la única santa que tradicionalmente se representa sin velo. Esta enfatización del pelo pecador de la Magdalena es tan intensa, que algunos retablos medievales la muestran completamente cubierta por su cabellera hasta los pies. Por el mismo motivo, hasta el Concilio Vaticano II a mediados del siglo XX, las mujeres no pudieron entrar en una iglesia con la cabeza descubierta, siguiendo la confusa disposición de San Pablo en su primera carta a los Corintios (11, 10): “Precisamente por esto [porque la mujer debe obediencia al hombre], y por causa de los ángeles, [nunca he entendido esta expresión] la mujer debe llevar sobre la cabeza una señal de autoridad [de la autoridad del hombre sobre ella, el velo]”. Por tanto, las creencias y prácticas musulmanas respecto al velo no corresponden a “otra cultura”, sino a un trasfondo compartido por todos nosotros.
Esta imagen y las siguientes: marcas de moda islámica de alta costura.

No se trata de un enfrentamiento entre el “mundo cristiano” y el “mundo musulmán”, sino entre una concepción laica de la sociedad y otra donde la religión está muy presente. El rechazo al islam se engloba dentro de los prejuicios occidentales hacia la religión en general, que ahora es vista sólo como fuente de superstición e irracionalidad. Los países musulmanes no pudieron realizar su propia secularización, por diferentes motivos, en el siglo XX; ahora, se produce una reislamización que, como se ha explicado antes, no es una vuelta “a lo antiguo”, sino su negación, más bien una reinvención identitaria.

Que el velo provoque malestar en el secularizado occidente ha sido un incentivo para convertirlo en un símbolo (es decir, que las dos posturas se alimentan la una a la otra). Es significativo que las leyes que intentan prohibirlo estén respaldadas por políticos de derechas, mientras que los de izquierdas votan en contra. Los políticos liberales se debaten entre luchar por la liberación de la mujer, o en defensa de las libertades personales. Los políticos conservadores, especialmente en España, se alinean con la xenofobia tradicional, la que se remite a la Reconquista. El “moro” forma parte del acerbo cultural, como una figura siempre al acecho que ansía recuperar el territorio conquistado. La España tradicional no está acostumbrada al extraño ni al diferente, ya que la sociedad ha sido totalmente uniforme durante siglos. Juan Goytisolo escribió en España y sus ejidos: “Si no somos racistas se debe ante todo al hecho de que España fue el primer país moderno que “resolvió” de modo tajante el problema de las razas, acosando, persiguiendo, robando y expulsando por fin masivamente a moros y judíos.”

Es la uniformidad, y no tanto la laicidad, la que preocupa a la sociedad española, y suele ser la causa de los conflictos en las escuelas, porque los velos de las chicas se saltan normativas sobre la vestimenta de los alumnos. La mayoría de los españoles no están acostumbrados a ver gente diferente, y creen que la integración significa asimilación, que los diferentes cambien sus tradiciones, su manera de vestir, su religión, su idioma, y a poder ser su piel, o mejor que se disuelvan, o mejor que no vengan, para que todos seamos lo mismo y se mantenga inalterada “nuestra cultura”.


Qué significa el velo

El velo se convierte en bandera del islam, sin embargo es una bandera que sólo pueden enarbolar las mujeres; desgraciadamente, los hombres musulmanes no tienen símbolo alguno con el que identificarse, aunque tampoco parece que lo reivindiquen. No hay que confundir este nuevo movimiento con una simple tradición, porque tiene muchos otros aspectos. Muchas mujeres de mediana edad que proceden de pueblos o entornos tradicionales llevan el velo cuando vienen a Europa, simplemente porque es lo que han hecho siempre. Es su forma tradicional de vestir y se sentirían incómodas si no lo llevaran. Ese velo no es de origen religioso, sino étnico (aunque es posible que ellas no sean conscientes de la diferencia).

En cambio, no es tradicional que mujeres de culturas que nunca han utilizado el hiyab lo lleven ahora, como las mujeres indias o paquistaníes, las indonesias o las del centro de África; generaciones de antepasadas suyas fueron perfectas musulmanas sin utilizarlo. Tampoco se habían visto nunca en la historia del islam a niñas de 8 o 10 años con velo: es imposible considerarlo tradición. Éste es un velo de moderna aparición, que se elige y en el que se deposita la identidad. Se ha reinterpretado y se le han dado nuevos valores, ya no relacionados con la tradición. Hay muchas páginas de internet en que chicas modernas y occidentales reivindican el velo, y de paso, el código hiyab de vestir, con argumentos como que es una reacción contra la opresión que la moda y la imagen imponen a las mujeres. Algo así como: nadie me juzga por mi aspecto... porque no pueden verlo. Y de paso, como no voy provocando, los hombres no me acosan y puedo ir tranquila por la calle (argumento que pueden contradecir las mujeres de los países árabes, véase Egipto sin ir más lejos). No deja de llamarme la atención la dispar situación de las mujeres iraníes, que se cubren por ley desde hace décadas: las jóvenes que han vivido esta obligación abominan del velo, y discurren mil maneras de saltarse las disposiciones y liberar sus cabellos y su cuerpo. No rechazan la religión, sin embargo, pero han sufrido en sus carnes que el paraíso islámico no existe sin libertad.

En la mayoría de los testimonios que he leído, las chicas afirman que no se sienten oprimidas, que para ellas el velo no significa opresión, sino algo muy diferente. El hiyab está de moda, como se puede comprobar en las fotos que acompañan este artículo, sacadas de páginas de moda islámica. Ninguna de estas mujeres parece nada oprimida, y dudo que se sientan así. Están muy lejos del chador, del niqab, y por supuesto del burka. Estas imágenes fashion son un magnífico ejemplo de islam reinventado que ignora su propia historia, en este caso la historia del velo y de lo que significa, de las mujeres barza, de Sakina y tantas otras.

Es evidente que el velo es una imposición masculina, no porque las mujeres o las niñas que lo llevan hayan sido coaccionadas para ello, sino porque forma parte de la cultura patriarcal, y su vuelta ha sido propiciada por el auge del fundamentalismo. También es evidente que éste se alimenta del anti-imperialismo heredado de la descolonización, y que incluye un sentimiento anti-occidental. Esto hace que las jóvenes rechacen los valores occidentales, y adopten las formas más restrictivas de religiosidad. No se trata sólo de una manera de vestir, sino de una actitud de represión que abarca muchos aspectos de la vida. Muchas veces me he encontrado con el comentario: “sólo es un trozo de tela”, como si fuera una banda, una gorra, un pin que uno lleva para identificarse con su equipo de fútbol o su partido político. Pero el velo se lleva en todo el cuerpo, en toda la vida, en cómo se vive, en todo lo que se hace. Por ejemplo, aquí, en mi ciudad, nunca he visto a una mujer con velo tomando el sol en la playa, o bailando en las fiestas del barrio (y eso que hay conciertos para todos los gustos), o haciendo running (y me cruzo con decenas de runners cada día). Son cosas que hace gente muy variada, con diferentes gustos u opiniones. Son acciones, éstas u otras parecidas, sin connotaciones, universales e intemporales. Se hacen con el cuerpo. Ellas no las hacen.

Se puede llevar el velo como símbolo de lo que apetezca, pero si estas mujeres están dejando de hacer algo con su vida sólo porque no es lo correcto, no es apropiado, no lo debe hacer una mujer decente/buena musulmana... Eso es volver a María Magdalena, a la mujer pecadora/la mujer decente, a la mujer pública/la mujer privada. La mujer que sólo se define por lo que el hombre ve/no ve de ella. Cuyo centro de interés y única referencia es su cuerpo. Unos conceptos bien conocidos en las culturas mediterráneas, antiguos, arraigados, y que no tienen NADA que ver con la religión. A mí que no me intenten vender ese cuento.

Sin embargo, yo no estoy a favor de ninguna prohibición, ni de ninguna ley en contra. No creo que sea un asunto de leyes. El velo es un signo de los tiempos y lo que hay que hacer es entender los tiempos e ir a la verdadera raíz de los problemas. La actitud de “a favor o en contra” no sirve de nada, y espero, como en todo, encontrar un punto intermedio. Me gustaría ver a las mujeres con velo haciendo todas las cosas que he dicho antes, que se pongan o se quiten el velo cuando crean que deben hacerlo, que tengan una idea positiva de sus cuerpos y no los vean como fuente de pecado. El verdadero problema es el de la identidad: por parte de los inmigrantes, que han de reinterpretarla, y no pueden limitarse a la asimilación; por parte de las sociedades de acogida, que han de entender que la uniformidad es irreal y que su identidad nacional no puede basarse en ideales trasnochados. No es un tema fácil ya que interfiere con el de la violencia terrorista. Las crisis económicas, además, provocan el extremismo y la utilización electoralista de la xenofobia. Por ello se impone más que nunca revelar la auténtica naturaleza de los conflictos, y hacer ver que las culturas son fluctuantes, mutantes, adaptables y siempre deben ser enriquecedoras.

Lecturas recomendadas:

GOYTISOLO, Juan (2003). España y sus ejidos. Majadahonda: Hijos de Muley-Rubio.

MERNISSI, Fátima (1999). El harén político: el profeta y las mujeres. Guadarrama: Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, DL.

MOTILLA, Agustín (coord.) (2009). El pañuelo islámico en Europa. Madrid: Marcial Pons.

ROY, Olivier (2003). El Islam mundializado: los musulmanes en la era de la globalización. Barcelona: Bellaterra.

STOLCKE, Verena. “La nueva retórica de la exclusión en Europa”, versión revisada de su artículo de 1995 “Hablando de la cultura: nuevas fronteras, nueva retórica de la exclusión en Europa” a Current Anthropology, 36 (1). Pp. 1-24. Chicago University Press.