martes, 11 de septiembre de 2018

Lecciones de la historia (y 3)



SOBRE LA TIRANIA. 20 LLIÇONS QUE HEM D'APRENDRE DEL SEGLE XX- Timothy Snyder
 
  Estableix una vida privada
Una de las constataciones más espeluznantes que me ha deparado esta época ha sido comprobar cómo la gente ha hecho realidad la pesadilla del Gran Hermano de 1984 de Orwell, no sometidos por una dictadura violenta, sino por voluntad propia y total alegría. Desde que vi el primer programa de tele-realidad hace muchos años, he sido incapaz de entender cómo la gente está dispuesta a exhibir sus más íntimas debilidades y sentimientos a cambio de nada, de la nada. Que no sean capaces de darse cuenta de lo que están perdiendo es sintomático. Las redes sociales han llevado este mercadillo de intimidad al paroxismo. Han convertido sus vidas en mercancía, y el negocio es para otros. Los escándalos de robo de datos se repetirán hasta que dejen de escandalizar. Les hemos regalado la cuerda con la que colgarnos.

  Contribueix a les bones causes
Las organizaciones cívicas contribuyen a hacer una sociedad más sólida. Las iniciativas civiles de todo tipo, ya se dediquen a la cultura, al deporte, a la ayuda solidaria, contribuyen a crear ciudadanos activos, menos aislados, más comprometidos. El pueblo no es un ente pasivo a la espera de lo que los políticos quieran hacer con él.




  Aprèn de la gent d'altres països
Los países se han convertido en compartimentos estancos que crean sus propios dramas y crisis, su mitología y sus protagonistas, pero ignoran muchísimo la realidad de sus países vecinos. Se puede hacer la prueba mirando las noticias de otro país, y comprobando cuánto desconocemos de lo que dicen. Hoy en día la economía y la política son fenómenos internacionales, y la visión local siempre es muy parcial. Y no sólo la actualidad, sino el pasado de otros lugares, puede ser otra ayuda para entender ciertos problemas y sus posibles soluciones.

  Atenció amb les paraules perilloses
Es aplicable lo dicho en el apartado 9.










  Mantingues la calma quan arribi l'impensable
Un momento de crisis económica, o la amenaza terrorista, sirven para invocar el estado de emergencia, bajo el cual se empiezan a anular las garantías democráticas, por nuestro bien. La gente está sumida en el miedo, no es el momento de ser exigentes, de reclamar derechos, de cuestionar los gobiernos... Es el momento en que muchos de aquellos países del siglo XX cayeron en el totalitarismo. Muchos mantuvieron el estado de emergencia durante años y años, y bajo él, la gente estuvo dispuesta a aceptar cualquier atropello. Siempre había alguna amenaza, siempre había que mirar a todos lados de reojo, por si pasaba algo. Parece que desde septiembre de 2001 todo occidente está en estado de emergencia, ¿es eso posible? Estaría bien echar cuenta de todo lo que se ha perdido desde entonces, mientras estábamos entretenidos con el miedo.

  Sigues patriota
El patriotismo estadounidense tiene su propio estilo, bastante lejano para Europa. En su propia mitología, siempre se combina con libertad, libre, liberación. También con democracia. Aunque la injusticia y la opresión siempre han rondado su historia, Estados Unidos nunca ha sido Alemania, ni por supuesto Rusia. Algunos americanos como Snyder están muy preocupados porque ese prestigio no se destruya y la presidencia de Trump no sea el primer socavón del edificio (razón de ser de este libro). La fuerte oposición de los progresistas y de representantes de la cultura como Snyder deja constancia, con consternación, de cada movimiento político presidencial que atenta contra la tradición libertaria americana (aquella que hizo América grande de verdad). Como un presentador de televisión dijo ante otra situación que se saldó con una reacción intransigente del gobierno, de resultados desastrosos: hubiéramos podido ser capaces en el futuro de mirar a nuestros nietos a los ojos, pero al final no.

  Sigues tant valent com puguis
Desde el fin de la guerra fría, dos tendencias se adueñaron de la política de occidente: una que Snyder llama política de la inevitabilidad, según la cual todo está ya solucionado, triunfan la democracia y el capitalismo, y el futuro consiste en más progreso, más mercado, abundancia y felicidad. La otra tendencia surge bajo todo eso, víctima de las contradicciones de ese progreso, de la pérdida de seguridad y valores, de las amenazas de la modernidad. Snyder la llama política de la eternidad, porque consiste en una evocación de un pasado ideal en que todo era mejor y al que es necesario volver, y ve el futuro como una degeneración, un abismo del que provienen todos los males. Bajo la irresponsabilidad de los primeros y el miedo que siembran los segundos, las conquistas de la democracia surgidas de los desastres del siglo XX se van olvidando. Son dos formas de política anti-históricas, porque hacen del tiempo y de los hechos reales pura mitología. Snyder es un historiador y tiene muy claro que es imprescindible aprender las lecciones de la historia, sobre todo la del siglo XX. Porque es muy posible que el XXI sea su réplica aumentada y mejorada.
Snyder: Si ningú no està disposat a morir per la llibertat, tots morirem sota la tirania.

Timothy Snyder: Sobre la tirania. 20 lliçons que hem d'aprendre del segle XX. Destino, 2017 / Sobre la tiranía: veinte lecciones que aprender del siglo XX. Galaxia Gutenberg, 2017 / On Tyranny: Twenty Lessons from the Twentieth Century.

lunes, 10 de septiembre de 2018

Lecciones de la historia (2)

SOBRE LA TIRANIA. 20 LLIÇONS QUE HEM D'APRENDRE DEL SEGLE XX- Timothy Snyder

  Cuida el teu llenguatge
No hace falta comentar gran cosa sobre el poder que los clichés y los eslóganes tienen sobre la conciencia (no es lo mismo el oponente que el enemigo). Las definiciones marcan como sellos los sucesos y las personas, y nunca hay que repetirlas sin cuestionarlas. Hay que estar atento a la terminología de los mensajes que nos llegan, pero para eso hay que tener riqueza de vocabulario. Snyder da un consejo muy simple: leer. Éstas son las obras en que se ha basado para este libro, que paso a anotar y espero llegar a conocer personalmente:

-Politics and the English Language- George Orwell (1946)
-The Language of the Third Reich -Victor Klemperer (1947)
-The Origins of Totalitarianism -Hannah Arendt (1951)
-The Rebel -Albert Camus (1951)
-La ment captiva -Czeslaw Milosz (1953)
-The Power of the Powerless -Václav Havel (1978)
-How to be a Conservative-Liberal-Socialist -Leszek Kolakowski (1978)
-The Uses of Adversity -Timothy Garton Ash (1989)
-The Burden of Responsibility -Tony Judt (1988)
-Ordinary Men -Christopher Browning (1992)
-Nothing is True and Everything is Possible -Peter Pomerantsev (2014)

  Creu en la veritat
La verdad muere de cuatro maneras, según el autor: los discursos que repiten mentiras, medias verdades o suposiciones, como si fueran la nueva realidad; la consigna, o repetición infinita de un insulto, una definición, una acusación, que la gente interioriza y en la que cree como un nuevo dogma de fe; la aceptación de la contradicción, o seguir creyendo en las promesas incumplidas, en la culpabilidad de algo aunque todas las pruebas demuestren otra cosa, en las soluciones que dan el resultado contrario al esperado... es decir, el abandono del razonamiento; y por último, ese mecanismo humano que explica lo anterior, la necesidad de certezas, la fe: si he decidido que este partido, que este líder, es el mío, el que me apoya, con el que me identifico... le seguiré haga lo que haga, o a quien se lo haga, aunque me lo haga a mí. Puedo encontrar infinitas excusas: lo hace por mi bien, no le dejan hacer otra cosa, al final se verá que tenía razón... Pero sobre todo, nunca admitiré que me equivoqué al elegir, que no era digno del apoyo que le di durante tanto tiempo. Con él a muerte hasta el final. Así acabamos.
Frase de Snyder: la post-verdad es el pre-fascismo.

  Investiga
Aún me sorprende la credulidad con que me reenvían noticias o mensajes por móvil, como si fueran cosas reales; normalmente tardo unos diez segundos en encontrar una web que desmiente el bulo, pero nadie se ha tomado esa molestia antes que yo, y el desmentido no se propaga tan rápido como la invención. Para informarme de verdad, acudo a prensa escrita con cierta trayectoria histórica. Todos los medios tienen alguna orientación ideológica, pero lo importante es ser consciente de ello y relativizar ciertas visiones del mundo. Recurrir a diferentes medios ayuda a hacerse una idea más ajustada de la verdad. Cuando el sesgo ideológico es tan intenso que devora las noticias, el medio pierde credibilidad para mí. Pero los reportajes periodísticos que analizan, profundizan y dan coherencia a la realidad social, son los que realmente ayudan a estar informado, ya que superan ese bombardeo de titulares o imágenes sin contexto a los que se ha acostumbrado la gente a través del móvil o internet, que sólo buscan la reacción emocional y promueven la desmemoria.

  Mira als ulls i parla de coses trivials
Levanta la nariz de las pantallas y conoce a quien tienes al lado.








  Practica la política corpòria
Trata con gente que no sea como tú, ve a sitios desconocidos, escucha ideas nuevas, conoce otras realidades. En la variedad está la fuerza. Se vive en el mundo real.






Continuará....

domingo, 9 de septiembre de 2018

Lecciones de la historia (1)


 
 
Timothy Snyder es un historiador y profesor de Yale especializado en la Europa del siglo XX, los estados totalitarios y el Holocausto. Sobre la tirania. 20 lliçons que hem d'aprendre del segle XX es un libro de 2017, escrito al calor de lo que está pasando ahora mismo, breve y contundente (123 páginas). Viene a demostrar que los historiadores no sólo se encierran en polvorientos archivos a evocar tiempos lejanos, sino que aplican todo lo que saben al mundo en que viven y tienen respuestas para el presente. Snyder da veinte consejos para combatir la tiranía, con ejemplos de lo que pasó en el siglo XX: 


  

 No obeeixis amb anticipació
Como el experimento del psicólogo Stanley Milgram demostró, la gente corriente está muy dispuesta a obedecer a cualquier figura de autoridad (o que aparente serlo) sin cuestionarse si lo que le ordenan es correcto para los demás o para sí. Cada pulgada de voluntad que el ciudadano cede es arrebatada y atesorada con mano firme por el poder.


 Defensa les institucions
Damos por hecho que logros conseguidos después de durísimas luchas ya son irreversibles y eternos, pero pueden desaparecer con una rapidez increíble. Si la justicia es una farsa, el parlamento un circo, los derechos laborales un chiste... No se les puede abandonar, sino ponerse manos a la obra otra vez hasta volverlos a levantar. Abandonar es el principio del fin.


 Compte amb un estat de partit únic
En la variedad de partidos está la vida de la democracia. En las tiranías del siglo XX, partidos únicos fueron haciendo la vida imposible a los demás, y pervirtiendo la democracia, hasta suprimir las elecciones y quedarse con el país. Hay mecanismos de control para garantizar la transparencia democrática que deben implementarse (y ya sabemos que las amenazas son cada vez más sofisticadas).





 Assumeix la teva responsabilitat davant del món
Los símbolos y las marcas se han utilizado como expresión de odio, para etiquetar y denigrar a los excluidos. También para adherirse a la corriente mayoritaria por apoyo, o por mímesis, o quizá por miedo. Los símbolos en sí son neutros y pueden ser una forma de expresión, pero la historia de su uso les da contenido. Pueden ser tergiversados y manipulados burdamente. Pero cuando son una amenaza directa y se apuntan contra unos colectivos concretos, no pueden ser ignorados como simple decoración. No se puede mirar para otro lado.

  Pensa sempre en l'ètica professional
Hay profesiones que tienen un código deontológico porque se han comprometido con unas responsabilidades. Si fallan, el resto de la sociedad va detrás.







  Desconfia dels paramilitars
Aquí Snyder retrata uno de los mayores miedos de su país, el que producen esos grupos que rechazan las leyes comunes y se organizan por sí mismos, eso sí, armados hasta los dientes. Pero la cultura de “grupo armado” se infiltra en la vida social lentamente. Hay combatientes privados en las guerras, fuerzas de seguridad privadas de los poderosos y sus instituciones, prisiones gestionadas por empresas privadas. Los partidos políticos extremistas de la Europa de entreguerras combinaban las campañas electorales con palizas y asesinatos de los opositores, llevados a cabo por sus “brazos armados”. Los cuerpos policiales deben atenerse a unas leyes y responder si no las cumplen, por lo que nunca puede permitirse una policía paralela. En Europa suena un poco lejano, pero en USA los “equipos de seguridad privados” han llegado al gobierno. Snyder: "Quan els homes armats que sempre han afirmat que estaven en contra del sistema comencen a portar uniformes i a desfilar amb torxes i fotos d'un líder, la fi és a prop."

  Si has d'anar armat, sigues molt reflexiu
No puede haber un estado totalitario sin que el ejército y la policía se apunten. Pero muchos de sus miembros simplemente se dejaron arrastrar por los elementos más extremistas. La disciplina y la obediencia forman parte de su esencia, pero se espera que las personas tengan criterios propios, capaces de distinguir lo que es correcto de lo que no. Y capaces de negarse a cumplir órdenes injustas.




  Destaca
Aquí Snyder pone el ejemplo de Europa en plena II Guerra Mundial (tema que ha estudiado a fondo): cuando la Alemania nazi y la Unión Soviética, entonces aliados, se habían repartido todos los países de grado o por la fuerza, los ingleses se quedaron solos como democracia libre. Hitler estimaba a los ingleses como pueblo hermano, y quería llegar a un acuerdo con ellos; en la sociedad británica no faltaban partidarios del régimen nazi. Incluso en los Estados Unidos había una importante corriente de simpatía hacia él. Pero Churchill se plantó ante todos esos conformismos y resistió, a pesar de los terribles bombardeos. El frente del oeste seguía abierto cuando Hitler llevó a cabo su prevista invasión de Rusia, que por ello se vio condenada al fracaso. Más tarde los EEUU se unieron a la guerra, tras el ataque japonés, y a partir de ahí la balanza se decantó definitivamente. Pero todo empezó porque alguien no quiso seguir la corriente mayoritaria y actuó diferente. Como ése, se podrían contar muchos ejemplos de personas que cuestionaron el estado de cosas, y sólo esa pequeña grieta inició el resquebrajamiento. 

Continuará... 

martes, 28 de agosto de 2018

Barbarie cotidiana


Sigo con las recomendaciones o libros que han caído en mis manos por pura chiripa o atraídos por el poderoso magnetismo que producen mis dudas, cuestionamientos y abrasadoras ganas de saber: El miedo a los bárbaros, de Tzvetan Todorov. Realmente no hay una página de las trescientas y pico de este libro que no esté llena de reflexiones y sugerencias, de sensatez y de verdades, por lo que ni siquiera he llegado a resaltar citas: es un libro citable de principio a fin.

Básicamente viene a decir que es el miedo a los bárbaros (diferentes, novedosos, intraducibles) el que nos impulsa a cometer actos de barbarie (negarlos, rechazarlos, perseguirlos). También es muy destacable su definición de barbarie como algo intrínseco de la humanidad: la barbarie no es cosa de monstruos, sino que nace de los sentimientos de indefensión, miedo y egoísmo tan propios del ser humano. Esto no significa justificarlo, sino entender su verdadera naturaleza: con aquello que se sitúa fuera de la humanidad ni siquiera se puede tratar. El bárbaro es el que no considera humanos a los otros, y por tanto puede tratarlos como a cosas, puede tratarlos con crueldad sin creer que hace nada malo. Da igual que esos otros sean a su vez pacíficos o violentos. Tratar a los violentos como si no fueran humanos es otro acto de barbarie.

A mí este libro me parece un manual de tolerancia y decencia, y me gustaría poder destilarlo en píldoras y recetarlo a todos aquellos que lanzan sus mensajes de odio y racismo contra los otros. Pero desgraciadamente he llegado a la conclusión de que no se puede razonar con los intolerantes, porque el racismo no es cosa de razón sino de sentimientos. El racista vive en una realidad en la que está siendo constantemente agredido por los extranjeros, y no importa que yo viva en el mismo mundo y no me ocurra lo mismo. Sé que la realidad es algo construido por la psique y su contenido se ve afectado absolutamente por los sentimientos; la memoria no es un almacén de datos, sino un mestizaje de percepciones y estados de ánimo, tanto de los que se vivieron junto con las experiencias, como de los que se sienten al recordarlas. Si el racista está convencido de que los extranjeros son ladrones y embusteros, y disfrutan de todos los privilegios posibles en detrimento de él mismo, todo lo que le ocurra en la vida se explicará por esos motivos; ha sufrido cómo le insultan y cómo se le cuelan en la cola del médico, ¿cómo puedes venir tú luego a convencerle de que eso no ha pasado de esa manera, o de que los no-extranjeros también le hacen lo mismo sin que le afecte tanto? Sobre esas vivencias cotidianas se construyen las ideas de exclusividad territorial y fronteras infranqueables, de culturas inferiores, de religiones perversas, de diferencias irreconciliables.

Hablo del racismo de barrio, de patio de vecinos, cotidiano y mezquino, que se extiende por las calles como la peste a col hervida. Hablo de vecinos y familiares, incluso de gente a la que aprecio. Como recomienda Todorov, no caigo en el juego fácil de odiar a los que odian (y que quizá me odian, o me desprecian, o me tratan de lunática o ilusa devoralibros ignorante de la realidad). Lo que no dejo de hacer es: fundamentar mis ideas en la autoridad de los pensadores de todos los tiempos que reflexionaron sobre el tema, y en los libros de historia que explican porqué el mundo de hoy ha llegado a ser como es; y hablar y actuar siempre en consecuencia cuando la injusticia se presente o se proclame, aunque sea en esas cosas pequeñas de barrio y de patio de vecinos.

La intolerancia se resume en frases cortas, en eslóganes, en pintadas. La razón se extiende en largas y profundas explicaciones, como este libro de Todorov. Leerlo es un diálogo y un estímulo continuo, capaz de mantenerme despierta incluso en en las pesadas siestas de vacaciones. No se me ocurre mejor manera de recomendarlo.

El Miedo a los bárbaros: más allá del choque de civilizaciones -Tzvetan Todorov (Galaxia Gutenberg: Círculo de Lectores, 2008)

lunes, 27 de agosto de 2018

En defensa de la democracia


Gracias a una buena recomendación ha llegado a mis manos el libro de Rob Riemen Per combatre aquesta època (Para combatir esta era / To Fight Against This Age). Riemen es un pensador y ensayista holandés, fundador de la publicación Nexus en 1991, que dio lugar a la creación del Instituto Nexus en 1994, un foro de difusión de la cultura, las ideas y el debate. Este breve libro compuesto de dos ensayos lleva por subtítulo: Dues consideracions urgents sobre el feixisme, una continuación muy pertinente de las lecturas sobre la II Guerra Mundial con las que acabé el curso.

Después de constatar los horrores que el fascismo desató en Europa, sólo me hacía falta escuchar que nos encontramos en una nueva era pre-fascista, algo que ya podía sospechar viendo las noticias y todo lo que pasa a mi alrededor. La última gran guerra fue tan devastadora, que tras ella Europa fue capaz de recapacitar y entró en una época nueva y sin precedentes, una época en que la posibilidad de que sus estados se vuelvan a masacrar en una guerra ha desaparecido por primera vez en la historia. Durante cuarenta y cinco años se mantuvieron dos bloques políticos amenazándose mútuamente en una guerra fría, pero incluso esa situación acabó siendo barrida por el cambio de los tiempos, y pareció que las democracias liberales y el estado del bienestar se imponían como la mejor opción. También el capitalismo y la sociedad de consumo. Todos estos logros positivos vienen envueltos en un paquete inquietante que esconde numerosos peligros, el de la cultura moderna occidental.

Riemen recoge los pensamientos de autores como Goethe, Tocqueville, Thomas Mann, Nietzsche u Ortega y Gasset para analizar esta sociedad occidental moderna que es capaz de llevar el arte y la ciencia a sus más altas cotas, pero al mismo tiempo engendra una nueva forma de cultura: la sociedad de masas. Gracias a los medios de transporte y de comunicación masivos, a la inmensa expansión de las ciudades, al progreso material que inunda los mercados de productos, se crea este nuevo habitante de la sociedad de masas, tan propio del siglo XX. Según Riemen, se desarrolla como un niño malcriado en un ambiente que se lo consiente todo: lo quiere todo, lo quiere ya, no le importa lo que cueste, no le importa quien salga perjudicado; no quiere esforzarse, no quiere complicaciones; si no está satisfecho, reacciona con una pataleta, atacando a los demás, rompiendo todos los juguetes y destrozando la casa.

Como los niños malcriados, hijos de unos padres modernos que no quieren ser autoritarios, el ciudadano ha pasado, de la excesiva represión de las religiones oficiales, a la total ausencia de ética o valores. De la misma manera, la herencia cultural de occidente, que durante tanto tiempo fue monopolio de las élites, no se ha difundido a la población en general, porque el ciudadano moderno no quiere esforzarse en aprender, estudiar o meditar sobre esa herencia. Es la gran paradoja que haría llorar a los ilustrados del XVIII y a tantos idealistas de la historia: cuando las mieles de la cultura están por fin al alcance de todos los pueblos, resulta que nadie está interesado, sino que prefieren el ocio, el cotilleo, la musiquilla y la pornografía.

Y por supuesto, surgen los celos, la avaricia, la insatisfacción y la depresión. Ante ello, el ciudadano como niño viciado sólo sabe responder con el odio y la violencia. Éste es el panorama que dio lugar a los fascismos de principios del siglo XX, unos movimientos que nunca hubieran podido existir sin la sociedad de masas. Las ideas se han simplificado tanto para ser comprendidas por la gran mayoría, que se han reducido a titulares, eslóganes y tópicos que no diferencian ya entre la publicidad y la política. Terreno abonado de demagogos y manipuladores que pueden azuzar a esas masas contra cualquier chivo expiatorio, mientras las democracias son vaciadas de utilidad o sentido a base de leyes que recortan nuestros derechos, alegremente entregados por los ciudadanos, y de paso las arcas del estado acaban en bolsillos particulares.

Riemen clama contra las falsas apariencias de ésta época moderna que esconde los mismos rasgos de aquella Europa que se lanzó a los brazos del totalitarismo, que ya ha olvidado la lección. Las apariencias cambian, pero el continuo vaciado de sentido de la sociedad da lugar a un nuevo fascismo, digamos, estándar (para distinguirlo del histórico): la democracia se devalúa en su propia corrupción, pierde prestigio, y aparecen líderes “salidos del pueblo” que van a poner orden, “purificando” de elementos extraños la sociedad para devolverla a un pretendido estado ideal del pasado. Enseguida aparece un satanizado enemigo al que odiar; los opositores son enemigos del pueblo, son traidores y mentirosos, hay que acusarlos, condenarlos, encarcelarlos, anularlos. No hay diálogo ni tregua, los líderes aparecen como fuertes, poderosos, ofrecen “mano dura”. Se explotan los miedos y los prejuicios de los ciudadanos, se fomenta su ignorancia, y éstos se muestran dispuestos a renunciar a sus derechos, y destruyen todas las instituciones que eran la única garantía de justicia que les quedaba. ¿Suena familiar?

Para Riemen la democracia es un sistema pensado para hacer mejores a las personas: con más derechos, con más acceso a la cultura, a la salud, gracias a una libertad y una justicia que amparen su convivencia. La violencia, el racismo y el odio son el fin de la democracia y el fin de Europa (si es que la entendemos como la herencia del humanismo y la Ilustración). Lo que se extendía en estas tierras durante los años 30 y 40 del siglo XX no fue Europa sino un erial poblado de jaurías de lobos ensangrentados y de montañas de cadáveres.

A mi alrededor sólo escucho mensajes de odio. Afloran a todos los labios como si fuera lo más natural. La mayoría de la gente no escucha nunca una opinión meditada, ni la lee. Tienen ideas confusas sobre lo que pasó en el siglo XX. Pero están dispuestos a saltar al primer eslogan o tweet provocativo. A propósito de mi anterior post, podría aplicar aquí la conclusión a la que me llevaron esas terribles lecturas sobre la Guerra Mundial: comprobé que los ejecutores no tenían sentido de la compasión ni de la humanidad. Sentí como propio el dolor de todas las víctimas, y comprendí que eso fue precisamente lo que les faltó. El amor al prójimo es una tarea difícil, porque el prójimo, considerado de uno en uno, a menudo es insoportable y odioso, y se hace muy penoso amarlo. Pero considerando a la humanidad en su conjunto como algo de lo que formamos parte, en nombre de las entrañas que todos llevamos dentro, hay unos límites que no deberíamos traspasar nunca: no permitir jamás la injusticia, la violencia o la crueldad, aunque se ejerzan contra aquellos que no nos afectan, o no nos gustan. Nadie nos es ajeno, y una sociedad injusta nos hace injustos a todos. No soy especialmente sentimental ni sensiblera, pero en vista de lo que ha pasado en la historia de la humanidad, creo que la compasión es imprescindible como guía, es nuestra única salvación. Que se apele a Dios, a la ética o a la democracia es igual, la cuestión es no permanecer indiferente y tomar partido: combatir esta época, recuperar el legado de cultura y pensamiento que nos sirve de guía, y armarnos de argumentos y razón (por ejemplo, leyendo libros como éste).

Rob Riemen, Per combatre aquesta època (Arcàdia, 2018) / Para combatir esta era (Taurus, 2018)

domingo, 24 de junio de 2018

Yo no he olvidado





"Para que triunfe el mal, basta con que los hombres de bien no hagan nada" es una citada frase del pensador Edmund Burke, pronunciada en aquel siglo de las luces en que las palabras aún tenían peso; cuán lejos estaba este señor de imaginar el actual infierno de palabras e imágenes que ya no significan nada. Por eso lo cito y no intento siquiera decir nada propio.

Últimamente he estado leyendo varios libros sobre la II Guerra Mundial. El remolino de horror e incomprensión te arrastra hasta hacer difícil continuar. Al girar una página llegué a esta foto:
Es el ghetto de Varsovia, y no es ni remotamente la foto más terrible que puede encontrarse de aquel lugar. No sé hasta qué punto deben suprimirse los instintos humanos para pasar al lado de una criatura muerta y no hacer nada, ni siquiera mirarla. Ni puedo imaginar la cantidad de gente que no hizo nada para que se llegara a este punto.

Los cálculos sobre la Segunda Guerra Mundial hablan de unos 55 millones de muertos, la gran mayoría civiles. Muchos fueron asesinados, tiroteados, ejecutados; otros fueron bombardeados y masacrados de las más diversas maneras. Muchos murieron de hambre y enfermedades. Y todo eso pasó porque otras personas creyeron que no eran seres humanos, que no tenían derecho a vivir, que sus vidas no valían nada. Esto pasó en la Europa de Burke y la Ilustración.

Podría reclamar muchas cosas a los gobiernos y a la sociedad, pero no creo que mis palabras les digan nada. Podría ponerles delante el espejo de lo que vivieron sus abuelos o bisabuelos, pero he comprobado que la mayoría de la gente ha olvidado incluso la historia más reciente. "Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo" es otra cita de Jorge Santayana que se recuerda a menudo. Escuchar las palabras de los sabios puede rescatarnos del infierno de palabras vacías (escuchar). Leer libros duele pero es necesario para vivir. El resto es nada.

Entrada de 2008; yo he crecido, el mundo no:

lunes, 4 de septiembre de 2017

El chamán feliz: neo-chamanismo en la Nueva Era

Si existen unas vivencias religiosas propias del mundo moderno, son precisamente las que se pueden etiquetar dentro de la llamada “Nueva Era”. Es tal la variedad de influencias, tradiciones, innovaciones y objetivos, que a duras penas podría considerarse como un conjunto definido. Pero todos estos elementos tienen unas características en común, precisamente aquellas que los identifican con la modernidad. El libro del historiador de las religiones Wouter J. Hanegraaff, New Age Religion and Western Culture, es todo un clásico para informarse sobre el tema, y aunque data de 1998 aún puede ser útil como inventario y testimonio de las muchas expresiones de la Nueva Era.

No es fácil establecer un origen o una fecha a partir de la cual se pueda identificar la Nueva Era como tal. Hanegraaff propone una prehistoria del movimiento que se remontaría al Romanticismo, del cual indudablemente provienen muchas de las señas de identidad que han prevalecido hasta hoy en día: rechazo al racionalismo cartesiano y redescubrimiento de los sentimientos y la sensibilidad; defensa de la individualidad como cristalización única de cualidades, talentos y potencialidades que llevan a cada individuo a ser el autor de su propio camino; identificación con la naturaleza como reacción a la ciencia y la industrialización que apuestan por un mundo artificial y contaminado; redescubrimiento del paganismo, del esoterismo occidental y apertura a las religiones orientales, como reacción contra la religión oficial, que es vista como manipuladora, rígida y fría.

Una vez pasada la fiebre romántica, la semilla dejada por su revolución germinó a lo largo del siglo XIX con la popularización del esoterismo y movimientos como la Sociedad Teosófica, la Antroposofía de Rudolf Steiner, y una amplia variedad de escuelas, filosofías y asociaciones que llegan al siglo XX dejando sentir su influencia en los ámbitos de la ciencia, la salud, la literatura, etc. Una nuevo resurgir se produciría después de la Segunda Guerra Mundial, trasladando la iniciativa de Europa a los Estados Unidos, con exponentes como el movimiento beat, pero sería sobre todo en los años 60 cuando puede empezar a hablarse del movimiento de la Nueva Era como tal, al identificarse con la contracultura juvenil y el movimiento hippy. En ese momento, la espiritualidad Nueva Era se contaba como un aspecto más junto con el pacifismo, la liberación sexual, la experimentación con drogas o las reivindicaciones feministas. Entonces se multiplican las escuelas, cultos, iglesias o cualquier otra forma de asociación en que se podían condensar las iniciativas espirituales, terapéuticas, creativas, etc. A lo largo de los años 70, la espiritualidad Nueva Era se va alejando de la etiqueta contracultural, a medida que van desapareciendo sus aspectos más radicales relacionados con la política o las drogas. Las diferentes iniciativas tienden cada vez más a la acomodación dentro del mercado de consumo, lo cual también las abre a más ámbitos de la población (por lo que algunos autores sitúan el verdadero origen de la espiritualidad Nueva Era en los años 80). La popularización y la banalización van a menudo unidas, y se abre el “supermercado espiritual”: talleres, conferencias, cursos, venta de vídeos y libros, tiendas de productos esotéricos... No significan ya una ruptura con la sociedad establecida, sino que pasan a formar parte de ella.

Definir tan amplia variedad de movimientos parece tarea imposible, tanto como encuadrarlos dentro de la religiosidad o la espiritualidad, pues por su propia naturaleza algunos de ellos parecen casi apartarse de toda connotación religiosa y prefieren aparecer como “filosofías”, “terapias” o incluso “ciencia”. En realidad, todos estos movimientos, utilicen o no un lenguaje religioso, tienen en común unas características propias de la religiosidad moderna: la experimentación por encima de la teoría, la búsqueda de la felicidad en el mundo presente, lo que incluye salud, bienestar material y éxito, una visión optimista que rechaza todo tipo de sentimientos negativos, o la importancia de los líderes carismáticos. Para Hanegraaff también se pueden incluir un carácter mundano específico, holismo, evolucionismo, psicologización de la religión y sacralización de la psicología, y esperanza en el advenimiento de una “Nueva Era”. El evolucionismo hace referencia a la idea de progreso espiritual común a todas estas creencias (con su insistencia en el desarrollo y en el aprendizaje dentro de una línea ascendente ideal que lleva a las personas desde la ignorancia hasta la ascensión/salvación), y, básico y definitorio de toda la espiritualidad en sí, la creencia en la inminencia de un cambio mundial que traerá una “nueva era” de felicidad, cambio en que todos estos movimientos están trabajando.

Uno de los ámbitos más importantes de la religiosidad de la Nueva Era tiene que ver con la salud. Éste es un campo en el que se ven implicados diferentes ingredientes: el rechazo a la medicina moderna como fría y tecnológica, alejada de las necesidades del paciente, y a causa de sus pretensiones de ser la única válida; la revalorización de sistemas tradicionales de curación o de otras culturas; la nueva visión de la salud como objetivo y como sinónimo de plenitud personal.

En este sentido, es muy importante la diferencia que establece Hanegraaff (basándose en Arthur Kleinman) entre “disease” e “illness”, términos que se pueden traducir aproximadamente como “enfermedad” y “malestar”, haciendo el primero referencia a problemas de salud concretos localizables en el cuerpo, sus órganos y funciones, etc., mientras el segundo implicaría la experiencia vivida por la persona enferma, como un desorden, un desequilibrio, una carencia o falta de energía que pueden estar relacionados con enfermedades concretas o referirse a causas más amplias. A cada uno de estos términos corresponderían las acciones de “curing” o “healing”, que supondrían la diferencia entre “curar” y “sanar”. Por descontado que la visión holística que la Nueva Era tiene de la salud se identifica con los segundos términos. La sanación implica una mejora de la totalidad de la persona en sí, lo que no hace distinción entre el malestar mental y el físico.

Mientras las creencias tradicionales como el chamanismo o la brujería buscan las causas de la enfermedad en la actuación de agentes exteriores (espíritus, demonios), es mucho más habitual en la visión Nueva Era la idea de enfermedad como desequilibrio interior, no tanto biológico como espiritual, basándose en las religiones orientales. Así, mientras para la medicina moderna la enfermedad es un proceso natural, lo que implica una lucha interminable e implacable contra la naturaleza para erradicar las enfermedades, la sanación Nueva Era ve la enfermedad como un error, y la salud como una completitud y un estado perfecto al que las personas pertenecen por naturaleza, y al que se debe llegar tras recorrer un camino de re-equilibrio interior. La sanación equivale a salvación, es más un proceso que un estado, y a menudo se corresponde con un “crecimiento personal”. El proceso de sanación sólo se puede completar cuando la persona alcanza a elevarse al nivel divino o cósmico.

No todas las personas que acuden a las diferentes terapias pueden ser consideradas “enfermas” en el sentido biológico; en muchos casos, la sanación va unida a la búsqueda de conocimiento, a otras actividades como la danza o la meditación, y sobre todo a la búsqueda de sentido. La medicina moderna ha reducido la enfermedad al plano físico, mientras que la visión religiosa proporciona explicaciones para el malestar o el sufrimiento: desequilibrio, negatividades heredadas, malas influencias del entorno... La identificación de los porqués supone ya un avance muy importante en el proceso de sanación. Por otra parte, en consonancia con la mentalidad Nueva Era de do it yourself, se supone que la clave de la sanación se encuentra en cada persona: una vez ayudada a reconocer la causa, con la utilización de diferentes terapias, la persona tiene el potencial de restablecer su salud; la ignorancia le había hecho permitir que la negatividad la afectara, pero una vez que ha aprendido, debe rechazar activamente aquello que le impide estar sana. Es otro resultado de la psicologización de la religión, la idea de que el poder de la mente es absoluto sobre el cuerpo y la realidad. Si la capacidad de sanación depende de la voluntad personal, la persistencia de la enfermedad es una falta de voluntad. Las implicaciones de esta actitud, que significan culpabilizar al enfermo por no curarse a sí mismo, han provocado fuertes polémicas y han contribuido a deteriorar la imagen de la Nueva Era.

Neo-chamanismo o chamanismo Nueva Era
El interés de la Nueva Era por el chamanismo se incluye dentro de las tendencias neo-paganas de recuperación de tradiciones marginadas o pertenecientes a pueblos primitivos. Sin embargo, al introducirse en el magma de la religiosidad Nueva Era, el chamanismo como tal ha sufrido importantes modificaciones. La primera es considerar la condición de chamán, no ya como una situación especial de personas con capacidades extraordinarias, sino como una posibilidad abierta a cualquiera que simplemente acuda a un maestro y aprenda unas técnicas concretas. La capacidad del chamán de acceder a diferentes niveles de existencia y propiciar resultados beneficiosos es pues algo al alcance de todo el mundo.

Otra diferencia importante es resultado de la aproximación Nueva Era al chamanismo: al desconectarlo de su tradición cultural y étnica, el chamán ya no es aquél que se ocupa de la salud de una comunidad, a la que pertenece y con la que interactúa; por el contrario, muchos aprendices de chamán están más interesados en su crecimiento personal y en los beneficios que para su realización pueden tener los viajes a otras dimensiones. Aunque algunos de ellos pasen a dedicarse a la sanación de otros, la principal actividad de las asociaciones chamánicas no es la formación de sanadores, sino dar a conocer “técnicas” como otra terapia para cualquier persona interesada en mejorar su calidad de vida.

El antropólogo Bill Brunton refiere dos tipos de chamanes aparecidos en la modernidad: los que siguen una tradición indígena y los que siguen una versión reformada. Los primeros son descritos como occidentales descontentos con la cultura moderna, que buscan en diferentes pueblos nativos una idea ingenua de naturaleza incontaminada y bondad primitiva. Acceden con poco criterio a las enseñanzas de algún supuesto chamán, enseñanzas que a su vez difunden lejos de su lugar de origen, manteniendo siempre su “autenticidad”.

Entre los que siguen un chamanismo reformado (“Eclectic pioneers”) se encuentran aquellos que toman elementos del chamanismo y los mezclan con todo tipo de espiritualidades propias de la Nueva Era: algo de religiones orientales, ecologismo, magia, canalización, etc. La variedad de resultados es enorme, pues se trata de creencias creadas a la carta, según las necesidades de cada practicante. Por último, Brunton menciona a los “Conservative pioneers”, identificados con los seguidores del antropólogo Michael Harner, creador del CoreShamanism (entre los que el propio Bill Brunton se cuenta), un chamanismo reformado que se presenta como “esencial”. Harner ha sido uno de los principales divulgadores del chamanismo con su libro La senda del chamán (1980), en la estela del famosísimo Carlos Castaneda y sus Enseñanzas de Don Juan (1968). El chamanismo que Harner presenta es supuestamente una destilación de las tradiciones chamánicas de todo el mundo, pero separado de sus connotaciones culturales. Es una especie de chamanismo básico, centrado en el viaje por diferentes dimensiones gracias al uso del sonido de tambores. Harner reniega de los practicantes “eclécticos” de neo-chamanismo por considerar que su criterio no es el adecuado, y que pervierten el chamanismo auténtico.

Además de las diferencias antes mencionadas que el neo-chamanismo ha traído consigo (como práctica accesible a cualquiera, y separado de una comunidad), hay una importante diferencia concerniente a la típica visión positiva de la Nueva Era acerca del mundo. Para el chamanismo tradicional, la enfermedad era causada por la intrusión de entidades malignas que debían ser combatidas. La resistencia de la Nueva Era a aceptar la existencia del mal significa la identificación de la enfermedad como un simple desequilibrio solucionable con una reconexión. Según Michael Harner:

From the shamanic point of view, people who are not powerful—spiritually "power-filled," that is—are prone to illness, accidents, and bad luck. This goes beyond our normal definition of illness. The shaman restores a person's linkage to his or her spiritual power […]. If somebody is repeatedly ill, then it's clear that they need a power connection.

El concepto de reconexión con el poder espiritual es extraño a la tradición chamánica y más parecido a las terapias Nueva Era, aunque Harner utiliza también la terapia más tradicional de la extracción, por la cual el chamán expulsa del cuerpo del enfermo aquellas entidades que le causan daño; pero incluso en este caso, se resiste a calificarlas de espíritus malignos: “We don't mean that "evil" spirits have entered. It's more like termites in a wooden house. If you've got termites in your house, you wouldn't say those termites are evil”.

La iniciación del chamán en la cultura tradicional era una experiencia traumática y pocas veces voluntaria. El viaje por otras dimensiones significaba enfrentarse a fuerzas amenazadoras, violentas y destructivas que debían ser combatidas, a veces reverenciadas, pero que siempre resultaban para el chamán un terrible desafío y una catarsis transformadora. Todo eso ha desaparecido en el neo-chamanismo, para el que el viaje dimensional es un proceso de armonía y bienestar cuyo objetivo es precisamente dejar atrás todos los temores y molestias. El mundo Nueva Era es intrínsecamente bueno y lo negativo debe corregirse como error o ignorancia. La enfermedad o la desgracia son oportunidades de crecimiento y aprendizaje. El neo-chamanismo precisamente tiene dificultades para integrarse en el conjunto de creencias Nueva Era porque no puede, sin negar excesivamente sus orígenes, adherirse a la idea de que la persona en realidad se cura a sí misma, una vez reconectada a su poder espiritual. Para Michael York, la eliminación de elementos negativos, como el miedo ante el enfrentamiento con el peligro, despoja al chamanismo de sus capacidades catárquicas que lo convertían en un culto auténtico.

La espiritualidad Nueva Era no es un simple contenedor de diferentes tradiciones, ni tampoco una vuelta a las creencias anteriores a la Ilustración (aunque algunos movimientos como el neo-paganismo o el neo-chamanismo se vean a sí mismos como tal), sino que se trata de una versión moderna y totalmente identificada con los valores de la democracia o la secularización.

A propósito del debate sobre el triunfo o no de la secularización en la época moderna, parece evidente que la pérdida de poder de la religión oficial ha dado lugar a nuevas formas de religiosidad que han venido a llenar el hueco dejado por aquélla. Al perder su significado los dogmas y los rituales establecidos, la gente ha creado nuevos rituales participativos, personales y cercanos, capaces de dar respuesta a sus inquietudes. También resulta muy importante la libre elección de las creencias, contrapuesta a la imposición tradicional de una religión dependiendo de la cultura de nacimiento. La búsqueda y libre asociación con personas afines también crea nuevos ámbitos culturales. Pero la característica principal de estos movimientos es que nunca van a llegar a formar una cultura organizada y predominante, sino que siempre se mantienen en una comunidad de subjetividades. El yo narcisista es el valor absoluto, en consonancia con los principios de la modernidad. El creyente-consumidor tiene un amplio surtido de representaciones religiosas, con las cuales construye, haciendo uso de su libertad, un sistema privado y precario de significados esenciales (solo o junto a otros yos aislados que piensan como él). Esto es lo que diferencia las creencias Nueva Era de otros movimientos de renovación religiosa en la historia.

Identificación con los valores de la modernidad, subjetividad y reinvención de los elementos religiosos son las características de la nueva religiosidad. El neo-chamanismo constituye un buen ejemplo de todo ello, aunque queda por establecer si como culto moderno es igual de complejo que su versión tradicional, o por el contrario supone un empobrecimiento y una tergiversación de su significado.

Wouter J. Hanegraaff, New Age Religion and Western Culture,(1998), Nueva York: SUNY.

martes, 15 de agosto de 2017

Encanto y elegía: los viajes de Robert Louis Stevenson por los mares del sur




Robert Louis Stevenson nació en Edimburgo el 13 de noviembre de 1850, hijo de una familia de ingenieros náuticos que se dedicaban a construir faros en las costas escocesas. Al ser un niño enfermizo no acudió a la escuela, sino que se quedó al cargo de una niñera que iluminó su infancia con historias fantásticas del folclore celta. Cuando más tarde acudió a la universidad, Stevenson se decantó por un tipo de vida bohemia que provocó la ruptura con su conservadora familia. Pronto sintió la llamada del viaje: en el sur de Francia se enamoró de una americana casada diez años mayor que él, Fanny Ousborne. Después de su divorcio y la boda, junto con el hijo de ella, Lloyd, la nueva familia regresó a Escocia y se reconcilió con los Stevenson. Fue al pequeño Lloyd a quien le empezó a contar las historias de piratas que se convirtieron en La isla del tesoro, al que siguieron otros éxitos como El extraño caso del Dr. Jekill y Mr. Hyde. Mientras tanto, se iban produciendo recaídas de salud y más viajes buscando climas más cálidos para su declarada tuberculosis: el destino final serían los Mares del Sur. En 1888, se embarcó en una ruta por las islas Marquesas, Tuamotú, Hawai, las islas Gilbert y Samoa. Su viaje de dieciocho meses fue relatado en la obra En los Mares del Sur, donde Stevenson queda atrapado por el encanto de la mítica visión europea del paraíso en la tierra, al mismo tiempo que canta la elegía de un paraíso cuya destrucción era inevitable.



Las islas de los Mares de Sur habían sido consideradas un paraíso terrenal habitado por seres inocentes desde la llegada de los primeros exploradores, como Bouganville, hasta Gauguin, que muchos años después prácticamente calcaba sus palabras: “Los veía vivir felices, apacibles, alrededor mío, sin realizar más esfuerzo que el esencial para satisfacer las necesidades cotidianas”. Stevenson también los describe con rasgos infantiles: risueños, caprichosos, asustadizos, más interesados en la diversión que en el trabajo. Pero al mismo tiempo, muy acogedores, lo que junto a la espléndida naturaleza le provoca una atracción tan irresistible, que adivina ya que no podrá marchar nunca de este paraíso.



Pero junto a los viajeros románticamente extasiados, habían llegado a las islas del Pacífico los colonizadores y los hombres de negocios, deseosos de acaparar todas sus riquezas y de explotar sus posibilidades mercantiles, para los que la idea de un jardín del Edén habitado por criaturas inocentes era una molestia. Se empezó a difundir entonces la otra versión del nativo, la del salvaje caníbal, un ser infrahumano y demoníaco que no merecía vivir. La imaginería occidental se llenó de visiones de los blancos cuerpos de misioneros y exploradores despedazados y devorados por bestias ansiosas. Stevenson recoge historias sobre conocidos ex-caníbales y sus festines de ‘cerdo largo’ (carne humana), pero hace una interpretación en clave cultural, relativa: “nosotros mismos tenemos la misma apariencia ante los ojos de los budistas y los vegetarianos. Consumimos el cuerpo muerto de criaturas”.



Desde el primer contacto con el hombre blanco, la extinción de los polinesios era inevitable, primero por la introducción de enfermedades devastadoras: “Se dice que en la tribu de Hapaa eran unos cuatrocientos, cuando brotó la viruela y exterminó a uno de cada cuatro. Seis meses más tarde, una mujer cayó enferma con tuberculosis; el mal se propagó como un fuego por el valle, y en menos de un año, dos supervivientes, un hombre y una mujer, huyeron de la soledad recién creada.” A lo cual se añadió una explotación salvaje de los nativos como mano de obra esclava, incluyendo deportaciones a diferentes territorios coloniales. Los propios polinesios eran conscientes de su fin, como queda reflejado en uno de los pasajes más conmovedores del libro, cuando una joven madre se dirige a Stevenson afirmando: “«Ici pas de Kanakes», dijo, y quitando al bebé de su pecho, lo tendió hacia mí con ambas manos. «Tenez, un bebé pequeño como ésta; luego muerto. Todos los Kanacas mueren. Luego nada más»” .



Pero los polinesios supervivientes tenían que hacer frente a un tercer factor: el choque cultural. Desde occidente, su sociedad tradicional era percibida como depravada, y multitud de congregaciones religiosas llegaron a las islas del Pacífico para salvar sus almas. Fue prohibida su religión y muchos aspectos de su folclore, especialmente la música y el baile. Fueron obligados a vestir a la europea, en un intento de inculcarles un sentido del pudor y del pecado que muchas veces no comprendían, pero que no tuvieron más remedio que asimilar por la fuerza. Stevenson describe el panorama de las islas Tuamotú, después del paso de algunos misioneros, como un caos en que los nativos, confusos por no haber captado el sentido de las enseñanzas recibidas, se perdían en una multitud de partidos y sectas enfrentadas por motivos oscuros. En Tuamotú estaban divididos entre católicos y mormones, con un constante trasvase de fieles entre unos y otros. Los mormones, a su vez, poco fieles a las enseñanzas originales, se habían dividido en israelitas y kanitus por motivos de método, y una tercera secta, los whistlers, incluía el trato con espíritus. En todo caso, la pérdida de sus estructuras sociales tradicionales y el acoso constante y a veces contradictorio de las diferentes iglesias habían dejado a los polinesios en un estado de hundimiento emocional, hasta el punto que “el ahorcarse está de moda” y la vida se había convertido “en no merecedora de ser vivida para sus conversos. […] El cambio de costumbres es más sangriento que un bombardeo”.

 Stevenson y su esposa Fanny, felizmente transformados en habitantes polinesios

Finalmente, los polinesios acabaron convertidos en una minoría en su propia tierra, arrinconados por el progreso traído de occidente que trasplantó Europa a sus islas tropicales. Ya en 1897 Gauguin se sintió decepcionado al llegar a la capital de Tahití: “Aquello era Europa […] ¡Haber hecho un viaje tan largo para encontrar eso, para encontrar lo mismo de que venía huyendo!”. Sensación que experimentarían los viajeros a lo largo del siglo siguiente, ya que todos ellos acudirían buscando la imagen de paraíso que perpetuaban las postales y las películas, para encontrar que el paraíso había sido extirpado y reconstruido como atracción turística.

 Toda la familia Stevenson y sus sirvientes reunidos en el portal de su casa de Upolu, llamada Vailima: el paliducho Robert Louis, sentado en el centro; a ambos lados su esposa Fanny y su madre; en pie el hijo de su esposa, Lloyd y sentada ante su madre, su otra hija Belle.

El viaje de Stevenson acabó en Samoa, donde se instaló con toda su familia en la isla de Upolu. En sus últimos años le tocó presenciar las luchas entre ingleses, alemanes y norteamericanos por hacerse con el poder en las islas, manipulando y amenazando a los nativos y a su rey. El escritor usó su prestigio para llamar la atención de los europeos y se posicionó decididamente al lado de los nativos, pero pronto la muerte les dejó sin su apoyo, ya que la tuberculosis se lo llevó el 3 de diciembre de 1894, a los 44 años. En los Mares del Sur es una crónica romántica, divertida y crítica de su descubrimiento de las islas del Pacífico, y es también el relato de su enamoramiento de unos paisajes y de unas gentes con las que se identificaba, hasta el punto de convertirse en el lugar de su último descanso. En lo alto del monte Vaea se encuentra su tumba, sobre la que está escrito, en samoano: “Esta es la tumba de Tusitala [el contador de historias]”. Y en inglés, su poema “Requiem”: 


 
Under the wide and starry sky
Dig the grave and let me lie.
Glad did I live and gladly die
And I laid me down with a will.

This be the verse you grave for me:
Here he lies where he longed to be;
Home is the sailor, home from the sea,
And the hunter home from the hill.



-STEVENSON, R. L., 1994, En los Mares del Sur. Madrid, Valdemar.