miércoles, 15 de abril de 2009

La verdad desnuda

Hay un derecho humano que me parece de los más elementales, aunque no sé si ha sido declarado como tal. Me refiero al derecho a poseer el propio cuerpo. No creo que pueda haber excepciones a un derecho así, es evidente que cada ser humano es el único propietario de su cuerpo. Es tan evidente que parece absurdo tener que recordarlo, pero a lo largo de la historia no se ha reconocido para millones de personas, ni aún ahora; hablo de las mujeres.
Las mujeres son capaces de hacer algo extraordinario: crean personas. Los hombres han de contribuir, pero son los cuerpos de las mujeres los únicos capaces de hacer el trabajo. No existe en el mundo una sola persona que no haya salido del cuerpo de una mujer. Si han dado la vida a toda la humanidad, eso debió otorgarles un poder enorme, indiscutible. Pero todos sabemos que es exactamente lo contrario. ¿Cómo se les pudo arrebatar un poder así?
Pero se hizo. Se les ha dicho que ellas no hacen nada, que todo lo hace una fuerza superior que viene de fuera y entra en ellas, y entonces, sin saber cómo, tienen a otra persona dentro. Ellas sólo son el recipiente, el envoltorio, el soporte; un objeto. Sólo son materia-mater-madre. De manera que las mujeres no tienen derecho a decidir nada, pues sólo son el medio de transmisión de la voluntad de los hombres, de la fuerza superior. Así que su cuerpo no les pertenece, ha sido tomado, alquilado, utilizado.
¿Es el árbol el soporte de sus ramas? ¿Acaso no es con ellas una sola cosa? Si las ramas pudieran desgajarse y echar a andar, entonces serían otro árbol. Las mujeres tienen el poder de crear personas. Las fabrican de sí mismas. Con su propio cuerpo hacen otro, y un día ese otro echará a andar y será otra persona, pero hasta entonces habrá un solo cuerpo, con un solo propietario. Es inverosímil la idea de que dentro de una persona aparece otra que no tiene que ver con ella, porque en ese caso la mujer no sería nada, un contenedor sin voluntad que ha sido ocupado y que ha quedado desposeído de sus derechos de propiedad, como si fuera posible ponerle cláusulas a un derecho así. Si se pueden hacer excepciones a la posesión del propio cuerpo, ¿por qué no a la de la propia vida, por qué no a su compraventa?
Y sin embargo para muchos este derecho parece discutible en el caso de las mujeres, convirtiendo su prodigiosa capacidad en una sumisión en lugar de un poder. Y yo digo que no se puede consentir. Que mientras no se reconozca a las mujeres el derecho a ser dueñas de su propio cuerpo, la humanidad se estará dañando a sí misma.
Cuadro de Gustav Klimt: La verdad desnuda, 1899

1 comentario:

tula dijo...

El universo es femenino, el único valor de los hombres es porque su energía es rara, solo eso.
También somos anclajes en los saltos a lo inconcebible de vosotras.
un beso