viernes, 1 de mayo de 2009

Mary Ward

Mary Ward (1585-1645) nació en York, Inglaterra, hija de una familia católica en plena persecución de Isabel I. Los sufrimientos y la constancia de su familia la llevaron a la vocación religiosa, por lo que tuvo que abandonar su país, donde ya no existían los monasterios, y trasladarse a Flandes. Allí su intención de entrar en un convento de clausura se transformó en una idea nueva; inspirada por la Compañía de Jesús, religiosos que daban importancia a la formación para convertirse en hombres valiosos y preparados que pudieran acudir a todos los frentes a defender su fe, Mary se dio cuenta de que hacía falta una institución similar para las mujeres. Empezó a fundar colegios para niñas con gran éxito acompañada de otras mujeres inglesas, a las que pronto se unieron nuevas vocaciones en el continente. No eran monjas ni querían vivir en clausura (la única vida religiosa a que podían optar entonces las mujeres) porque para su trabajo debían ser libres de moverse y tratar con la gente, pero habían hecho votos para vivir una vida religiosa. Era una forma de vida nueva, desconocida… desconcertante. Cuando Mary pidió la aprobación papal para su Instituto, se estrelló contra un muro insalvable.
El auténtico problema era su visión de mujeres religiosas libres e independientes. No transigió en las condiciones que la Iglesia le imponía para aceptar su orden, y finalmente en el año 1631 el Papa Urbano VIII emitió una bula de anulación de su Instituto. Como ejemplo de este texto vergonzoso, una acusación: “Libres de las leyes de clausura, van de un lado para otro a su gusto, bajo pretexto de promover la salvación de las almas, estando acostumbradas a emplearse en otros trabajos impropios de su sexo y carácter débil, de su modesta feminidad y particularmente a la reservada a las jóvenes, trabajos que hombres eminentes en las ciencias sagradas con experiencia de los temas y de vida inocente, los desempeñan con dificultad y con mucha cautela”.
No era Mary una radical ni una rebelde. Aceptó la anulación y el aparente fracaso del trabajo de toda su vida, pero continuó con su labor educativa aunque ella y sus discípulas fueran consideradas seglares y no recibieran ningún tipo de ayuda. Incluso fue acusada por el Santo Oficio y pasó algún tiempo encarcelada. Simplemente era de esas mujeres muy adelantadas a su tiempo, o quizá es que su tiempo iba muy retrasado con respecto a ella. Sólo una mujer así podía escribir: “No existe tal diferencia entre hombre y mujer. Así que no se enfría el fervor porque somos mujeres, sino… porque somos mujeres imperfectas y no amamos la verdad y vamos tras la mentira. “Veritas Domini manet in aeternum”, la verdad de nuestro Señor permanece siempre. No dice “veritas hominis”, la verdad del hombre o de la mujer, sino “veritas Domini”, la verdad del Señor; y esta verdad pueden poseerla las mujeres tan bien como los hombres. Si fallamos es porque nos falta la verdad y no porque somos mujeres…”. “Hasta ahora, los hombres nos han dicho lo que nosotras debíamos creer. Es verdad que nosotras debemos creer lo que nos dicen; pero permítasenos no ser tontas, y saber lo que nosotras debemos creer, sin aceptar bobamente que las mujeres no podemos llevar a cabo nada grande. Más todavía. Yo espero en Dios que en el futuro se han de ver mujeres realizando grandes cosas”.
Después de ella, se fundaron otras órdenes de religiosas y con el tiempo la Iglesia aceptó esta forma de vida. Su Instituto recibió la aprobación en el año 1877 y se ha desarrollado hasta hoy en día. Y desde su época las mujeres no han dejado de realizar grandes cosas.

-De "La jesuita. Mary Ward. Mujer rebelde que rompió moldes en la Europa del XVII", José María Javierre. Libroslibres. Historia, 2002.

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