sábado, 12 de mayo de 2012

Conociéndose

No sé si Sócrates llegó a decir realmente aquello de “Sólo sé que no sé nada”, pero sí dijo que no se consideraba a sí mismo un sabio. Esta fue su reacción cuando el oráculo de Delfos contestó a su amigo Querefonte que no había en el mundo un hombre más sabio que Sócrates. Sin embargo, en la Apología él mismo se reconoce sabio en un tipo de sabiduría concreta: “En efecto, atenienses, yo no he adquirido este renombre por otra razón que por cierta sabiduría. ¿Qué sabiduría es esa? La que, tal vez, es sabiduría propia del hombre; pues en realidad es probable que yo sea sabio respecto a ésta” (20b). La sabiduría propia del hombre es la que interesa a Sócrates, pero habría que entender qué considera él propio del hombre, o cómo es ese conocimiento.

Sócrates habla a menudo del alma, pero nunca sabremos cuáles eran exactamente sus creencias, o a qué se refería con el nombre de alma. Pudiera ser una esencia inmortal, una forma de conciencia… En todo caso, algo que hacía que cada ser humano al mirar a su alrededor sintiera que pertenecía a algo, que ese algo hablaba en su interior… Esta idea del alma le lleva a identificarla como la fuente del conocimiento que pueden tener los hombres. Así, no se trata de llegar a adquirir sabiduría estudiando el mundo o los fenómenos exteriores, sino que éste debe sacarlo de su propio interior. El oráculo de Delfos sostiene la máxima de “conócete a ti mismo”, el mismo oráculo que le proclamó el más sabio de los hombres. El no-saber de Sócrates es un conocerse a sí mismo, un conocerse ignorante de cosas superfluas, y saberse deseoso de un saber más auténtico.

Así, Sócrates aplica el mandato del dios del que tanto habla en la Apología; la sabiduría que quiere comunicar a los hombres es el cuidado del alma, llevarla a la perfección, que es su naturaleza auténtica. Este conocerse uno mismo no es un ahondar en la propia individualidad y cerrarse en la propia ostra; el alma es aquello que los hombres tienen en común, aquello que los hace afines, que los une entre ellos. Conocer la propia alma es conocer a la humanidad, comprenderla, estimarla, sentirse unido a ella, buscar el bien común: conduce a la ética. Por eso, dice a los atenienses que no puede hacer otra cosa que “intentar persuadiros, a jóvenes y viejos, a no ocuparos ni de los cuerpos ni de los bienes antes que del alma ni con tanto afán, a fin de que ésta sea lo mejor posible” (Apología 30b).

El alma debe ser por naturaleza perfecta y buena, y esto se logra con la sabiduría, conociéndose a sí misma. La ignorancia condena al alma a la imperfección y es el mayor vicio. En el Protágoras, Platón hace decir a Sócrates que nadie hace el mal a sabiendas, sino por ignorancia del bien: es imposible conocer el bien y no practicarlo. Esta afirmación de Sócrates ha sido muy criticada, porque la experiencia diaria la contradice de forma evidente. Por eso es necesario comprender la idea que él tenía sobre lo que es el conocimiento: un proceso interior de transformación en que las pasiones superficiales van perdiendo fuerza, hasta llegar a una conciencia profunda de lo que significa ser humano, aquellas ideas absolutas y esenciales que Sócrates buscaba definir. Llegada a ese conocimiento, la persona no puede hacer otra cosa que ponerse a su servicio. El malvado cree estar haciendo el mal por propia voluntad, pero ignora totalmente lo que es su propia voluntad, lo que es él mismo, y es por tanto el más desgraciado de los hombres. El hombre de bien logra en sí mismo su propio galardón, porque se realiza y llega a ser lo que verdaderamente es.

Por lo tanto, Sócrates no enseña nada a los hombres, sino que se preocupa por pulir en ellos aquellas capas superficiales de pretensión y comodidad que les hacen dar por ciertas cosas en que no han profundizado. Él llama a este proceso mayéutica, comparándolo con el trabajo de comadrona de su madre: él no engendra el saber ni es su autor, pero ayuda a que el discípulo saque de su interior el conocimiento que siempre había estado ahí.

La muerte de Sócrates es la corona y confirmación de todo lo que había enseñado con su vida. Su conciencia le impide ceder ante las acusaciones de que es objeto, le impide ganarse a los jueces con halagos, le impide huir. Como hombre que conoce el bien, no puede evitar ponerse a su servicio, y es incapaz de renunciar a sus creencias para salvarse, de ir en contra de todo lo que conoce y de la forma en que ha vivido. Aquellos que lo condenan representan la ignorancia, creen hacer lo que es mejor para Atenas, sin darse cuenta del daño que se hacen a sí mismos: “si me condenáis a muerte, siendo yo cual digo que soy, no me dañaréis a mí más que a vosotros mismos” (Apología, 30c). Condenando a Sócrates se condenan a sí mismos a no alcanzar jamás la sabiduría. Y en su muerte, da una última lección, la de que “más vale padecer una injusticia que cometerla” (Gorgias, 474b), porque, según Jenofonte, Sócrates “prefirió morir siendo fiel a las leyes, antes que vivir violándolas” (Recuerdos IV 4). Y esto, porque, el que no sabía, había alcanzado la sabiduría, había vivido por ella y con ella y para ella murió.

6 comentarios:

Jan dijo...

Hola Hiniare,

muy interesante y bien expuesto el repaso que aquí dejas sobre la figura de Sócrates. Estupendo que recuerdes a un personaje tan fascinante de la historia del pensamiento en este espacio tuyo lleno de atractivas sugerencias.
Aprovecho para agradecerto el gesto de consideración que has tenido con el blog que administro.
Por mi parte también me considero premiado por haber añadido el tuyo a mi lista de Lugares que recomiendo.

Te mando un cordial saludo

Carmela dijo...

“Más vale padecer una injusticia que cometerla”
"El hombre de bien logra en sí mismo su propio galardón, porque se realiza y llega a ser lo que verdaderamente es."
Es así.Así de simple.Así de cierto.
Interesante y valioso profundizar el tema de la " mayéutica"
Excelente artículo.
Un abrazo, Hiniare.

hiniare dijo...

Gracias por pasarte por aquí, Carmela. El mensaje de Sócrates me parece valiosísimo, y se ha repetido a lo largo de la historia. Sobre todo me interesa su valoración de la persona humana y su idea del valor del conocimiento. Ojalá pudiera llegar a comprenderlo a fondo. Es de esos que no enseñan con palabras, sino con su vida.

Boehmiano dijo...

Comparto del todo, Hiniare, tu comentario y tus reflexiones acerca de la figura de Sócrates. Además entiendo que su identificación de la areté o virtud (excelencia) con la sabiduría no ha sido justamente evaluada.
Tuve la suerte de leer con 17 años el hermoso libro de Antonio Tovar: Vida de Sócrates. Entre tanto conocimiento académico que atesora se deja traslucir, para las almas afines, un algo especial, delicado y fuerte.
El gallo de Esculapio y el cisne de Platón son ya arquetipos colectivos.
Un saludo,
B.

Boehmiano dijo...

Comparto del todo, Hiniare, tu comentario y tus reflexiones acerca de la figura de Sócrates. Además entiendo que su identificación de la areté o virtud (excelencia) con la sabiduría no ha sido justamente evaluada.
Tuve la suerte de leer con 17 años el hermoso libro de Antonio Tovar: Vida de Sócrates. Entre tanto conocimiento académico que atesora se deja traslucir, para las almas afines, un algo especial, delicado y fuerte.
El gallo de Esculapio y el cisne de Platón son ya arquetipos colectivos.
Un saludo,
B.

hiniare dijo...

Hola Boehmiano. No he leído a Antonio Tovar, sino algunos manuales y un libro de Jean Brun, que me sugirieron ideas muy interesantes sobre Sócrates. Quizá en algunos momentos con una visión casi religiosa, pero sin anacronismos: amor por la filosofía, un saber que no hace sufrir sino que hace crecer, buscar la verdad dentro de uno mismo, mejorar como persona. Cómo no me voy a apuntar a la lección de Sócrates.