domingo, 23 de marzo de 2014

Castillos en el aire


 
De todos los reclamos turísticos que explotan hechos insólitos, uno de los más paradójicos con la historia es el de los cátaros. De ser considerados diabólicos herejes, gracias a las reivindicaciones identitarias del siglo XIX pasaron a ser los héroes del pueblo. Occitania es el País Cátaro. Si se recorren sus villas, difícilmente se escuchará el occitano, pero se encontrará el viajero con avenidas cátaras, restaurantes cátaros y campings cátaros, y poco le faltará para tomar un café cátaro y usar papel higiénico cátaro.

Una de las atracciones más populares es la ruta de los castillos cátaros, aunque en algunos difícilmente puso alguna vez el pie un cátaro auténtico. Claro que el origen de esta confusa denominación viene de antiguo, desde que alguien tuvo la ocurrencia de declarar una “cruzada cátara”, también llamada “albigense”. Porque para empezar debería llamarse “anti-cátara”, y porque además, la excusa del combate contra la herejía fue una de las más pilladas de la historia: el rey de Francia y sus barones entraron a saco en la fértil región sureña, con la aprobación eclesiástica, y aprovecharon para atacar y conquistar toda plaza y villa, muchas de ellas ni remotamente relacionadas con el catarismo. De que la herejía era pura excusa da ejemplo el hecho de que el rey de Aragón, el llamado nada menos Pedro el Católico, luchara de parte de los nobles occitanos con los que le unía relación de vasallaje, y en contra de los “cruzados” enviados por el católico Papa.

Respecto a la Iglesia, entre sus preocupaciones la desviación teológica no era la más importante. En Occitania se había desarrollado, ante la desidia eclesiástica, una Iglesia paralela, lo cual significaba perder una buena tajada del negocio: iglesias vacías, falta de donaciones, reliquias ignoradas, diezmos esfumados… La gente se había acostumbrado al espectáculo de la corrupción eclesial, de la compra-venta de cargos, de obispos que jamás ponían un pie en su sede porque eran nobles que vivían en su corte y se limitaban a cobrar su sueldo, de niños nombrados como abades de monasterios para que los ingresos siguieran en manos de las ricas familias.

Supongo que a este pueblo explotado no le importaban demasiado los tecnicismos teológicos. Los Buenos Hombres les hablaban de bondad y humildad, y encima vivían lo que predicaban. Acogían en sus casas a quien los necesitara, sin imponerles sus creencias. Daban cobijo y trabajo a huérfanos, viudas y pobres. Verdaderamente, no mentían ni robaban, ni hacían daño a nadie. Ante esa actitud, poco importaba a las gentes aceptar la creencia de que el mundo había sido creado por el demonio, que Jesús nunca fue un ser de carne ni murió realmente, que la eucaristía y las misas no significaban nada, y que sólo ellos transmitían el Espíritu Santo que salva a la hora de la muerte. Qué sabían estos meridionales mediterráneos de un movimiento que había surgido de oscuros restos de maniqueísmo y gnosticismo conservados en las iglesias orientales, que ya dieron lugar a herejías combatidas mil años antes, y que habían tomado un nuevo impulso dentro de una reacción de repulsa por el estado de corrupción en que había caído la Iglesia oficial. Pobres y ricos se entusiasmaron con la forma de vida de aquellos que el catolicismo llamaría perfectos: arrebatados por su fe, desprendidos de su carne por largos ayunos, incansables predicadores errantes con sus túnicas negras. Sus pies caminaban ligeros hacia las hogueras que liberaban sus almas de su prisión corporal.

Lo que la famosa cruzada se dejó por hacer, extirpar la herejía, fue tarea de esa gran creación de la Iglesia llamada Inquisición: pueblo por pueblo, casa por casa, sin dejar hombre, mujer o niño por interrogar, adular, sobornar, amenazar y torturar hasta que el último infeliz que una vez dio la mano aun cátaro fue convertido en cenizas. El catarismo no fue afortunado con el tiempo y el lugar que le tocó vivir, no pudo triunfar. Pero movimientos contestatarios se siguieron levantando en toda la cristiandad, desde Italia hasta Alemania, y apenas dos siglos después el protestantismo encontró mejor oportunidad y Roma perdió todo el negocio de Europa central. No estoy segura de que Dios tuviera algo que ver en todo esto.

De todas formas, ha llovido mucha sangre sobre aquellas tierras desde entonces, y se ha luchado por muchos otros motivos. Cuando el pasado se recupera, siempre se ha reconvertido en algo que ahora nos aporta algo que necesitamos. Supongo que de todas las posibles visiones de los cátaros, la que ahora se reclama es la de luchadores por la libertad. No estoy segura de que los castillos sean un buen símbolo para ellos (aunque mi petrofilia quedó supersaciada). Cabe imaginar que sobre estas piedras gastadas flotan castillos inmateriales levantados por almas ligeras y luminosas, esperando a aquellos que sean capaces de percibirlos.

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