viernes, 7 de abril de 2017

Yo no soy mi cerebro

El estreno de una peli muy chula de ciencia-ficción sobre cyborgs y cuerpos artificiales me ha hecho pensar en ciertas ideas que coinciden con el libro que acabo de leer, Yo no soy mi cerebro, de Markus Gabriel. El concepto principal que cuestiona este filósofo alemán es lo que él llama “neurocentrismo”, la tendencia actual de la neurobiología a considerar que el cerebro es el origen y el final de todo lo humano. La ciencia ha ocupado los lugares que hasta ahora se consideraban propios de la filosofía y se muestra dispuesta a dar respuesta a todas las cuestiones alrededor de las cuales se han movido los filósofos durante siglos: el porqué de todo está en el cerebro y sus sinapsis. A cada momento aparecen noticias sobre el descubrimiento de la zona del cerebro donde está localizado el amor, el humor, el optimismo, etc. La cultura, la sociedad, los valores, todo tiene su rinconcito en el cerebro y se explica por una descarga eléctrica entre neuronas.



Todo esto se parece a lo que escribí a raíz del libro de Patrick Harpur sobre los fenómenos paranormales, en que me refería a aquellas personas para las que la realidad sólo es aquello físicamente medible y cuantificable, aquello que abarca el campo de estudio de las ciencias naturales. Evidentemente, el cerebro como órgano físico entra dentro de ese campo, y, desde el punto de vista material, todo se origina en él. Pero en el cerebro, aparte de neuronas, también hay una mente. Y la mente no es una cosa cuantificable que entre dentro de las ciencias naturales.

Usaré una metáfora muy simplificadora: si quiero ir al trabajo en bicicleta, por supuesto necesito una bicicleta. Es un elemento imprescindible. Pero en la bicicleta no está incluido el hecho de que yo vaya al trabajo pedaleando. Ir al trabajo no es una cosa que se encuentre en algún lugar de los engranajes de la bicicleta. También es necesario que yo sepa llevar una bicicleta. Puede que no sepa porque cuando era pequeña mis padres no me compraron una. Eso tampoco está en la bicicleta. O puede que sí sepa llevarla pero el trabajo esté demasiado lejos para ir pedaleando. O puede que no tenga trabajo. Todas estas no son cosas, sino circunstancias que tienen que ver con mi biografía, con la sociedad en la que vivo, todas ellas cuestiones que pertenecen a otro ámbito que el material. Sin embargo, los científicos están convencidos de que si estudian lo bastante los mecanismos de la bicicleta, encontrarán la respuesta al hecho de si iré o no pedaleando al trabajo.



Esta entronización del cerebro como definición del ser humano forma parte de la visión actual del individuo como ser aislado. Por eso no es extraño que en una peli se coloque un cerebro en un cuerpo artificial y siga funcionando como persona. Vaya por delante que me encantan las pelis de ciencia-ficción y que ya ha quedado demostrado que soy fan de los robots y cyborgs en general. Pero también sé que la ciencia-ficción no habla del futuro, sino que es una reflexión sobre las inquietudes del presente, y que los robots de esas pelis son una manera de preguntarnos sobre los límites de la identidad humana. Dejando aparte eso, la idea de cerebros autónomos no deja de resucitar antiguos dualismos (cambiando el alma-cuerpo por el cerebro-cuerpo), al considerar que el cuerpo es desechable. No, siento decirlo, el cerebro ES cuerpo, y sus tripas, su hígado y sus arterias forman parte de él. Un cerebro sin su cuerpo es un cerebro amputado, lo que no creo que pueda hacerse sin perjuicio del mismo. ¿Cuánto se puede ir quitando, órgano a órgano, sin dejar de ser persona? No sé cuál sería el resultado final, pero sin duda no la misma persona que era al principio. 
 
Estoy hablando de dos cosas distintas pero que en cierta manera están conectadas. Por un lado, la reducción de la mente a lo biológico, al cerebro; y por otro, la consideración del cerebro como único órgano imprescindible del ser humano, desligado del resto del cuerpo. En realidad, los dos conceptos llevan a una especie de mecanicismo: la mente se explica por una serie de procesos automáticos; y el cerebro es el núcleo central de una máquina en la que el resto de piezas son sustituibles. 


 
Porque, dando un paso más allá, la preponderancia del cerebro lleva a la ciencia-ficción y a la ciencia no-ficción a imaginar que es semejante a un ordenador, un tipo de procesador de información, y que, por tanto, tarde o temprano se podría realizar el sueño de Sheldon de The Big Bang Theory y descargar el cerebro de una persona en una computadora, que ya no sea un cuerpo mortal y por tanto pueda vivir eternamente. O, por qué no, subirlo a la nube y que viva libre de restricciones físicas en la vasta red de internet
 
Esto nos lleva, directamente, al hecho de que las máquinas puedan tener conciencia: una vez más, el argumento de muchas películas y series sobre robots tan inteligentes que, inevitablemente, se vuelven seres vivos. Si el cerebro biológico es como un ordenador, no hay nada que impida a un ordenador ser tan complejo como un cerebro. Y ya lo tenemos. Hoy en día ya hay muchos expertos trabajando para conseguir ordenadores que piensen como personas, y aunque sea en un futuro, no se descarta que se lleguen a construir ordenadores pensantes que no se distinguirán en nada de los humanos, incluidas las emociones o la empatía.


Sobre este tema, me remito a los argumentos del filósofo John Searle, en que básicamente cuestiona lo que llama “mística de la ciencia-ficción”. Si se programa una máquina para que, por ejemplo, reconozca la cara de tristeza de su usuario, y por tanto le pregunte cómo se encuentra, no tenemos una máquina que tiene empatía, sino que actúa como si tuviera empatía. Se la puede programar para que todas sus reacciones sean perfectas y sutiles al más alto nivel de interacción humana, pero la máquina seguiría sin sentir nada. Cierto punto de vista sugiere que, dado un sistema de gran complejidad, él mismo generaría sus reacciones por decisión propia. Bueno, aquí yo me encuentro con este escollo: ¿y para qué querría una máquina pensar como un ser humano? Ya sé que nos han vendido eso de que somos el cénit de la evolución, pero la verdad es que como diseño somos un apaño. La naturaleza trabaja con lo que tiene y nunca puede deshacer lo hecho. Por eso las ballenas tienen pulmones y no les han vuelto a salir branquias, y por eso padecemos dolor de cervicales, porque nuestras vértebras de cuadrúpedo no funcionan demasiado para un bípedo. Y nuestra manera de pensar también es el resultado de su pasado evolutivo. ¿Queremos crear un ordenador que piense como un ser humano? ¿Que tenga subconsciente y traumas reprimidos? ¿Que tenga instintos e impulsos, intuiciones y prejuicios? Si pensamos evitar todo eso, y dejar tan sólo el limpio raciocinio, caemos en la trampa de la humanidad mejorada, libre de los defectos humanos, y lo que en realidad queremos crear son ordenadores-ángeles. Y nadie sabe cómo piensa un ángel.

Entonces, tal vez podamos dejar a los ordenadores que creen su propia manera de pensar y su propia conciencia. Hasta ahora, el único ser con conciencia conocido es el ser humano. Si puede existir un tipo de conciencia que no sea como la nuestra, quizá simplemente seamos incapaces de reconocerla. Quizá ni siquiera se pueda llamar conciencia. Todo esto ya es demasiado abstracto.



Resumiendo el tema de los ordenadores-como-cerebros, de los cerebros-ordenadores, de los cerebros metidos en cuerpos intercambiables, la conclusión a la que quiero llegar es que: 
 
1º: un cerebro es un órgano vivo, y no es comparable ni reconvertible en una máquina, porque es orgánico y no puede dejar de serlo sin dejar de ser un cerebro, y porque es fruto de la evolución humana, con sus “defectos” y “peculiaridades” que no se pueden reparar sin que deje de ser humano. 
 
Y 2º: el pensamiento humano no se reduce al cerebro, aunque no pueda existir sin él. El cerebro produce una mente, y la mente va más allá de lo orgánico. Por eso no puede ser sólo un conjunto de datos convertible a lenguaje binario que se cargue en un ordenador o se suba a la red. La identidad humana se construye socialmente, y nadie existe por sí solo, sino que todo lo que es depende de toda la humanidad, de toda su historia y todos sus condicionantes sociales. Ni siquiera un náufrago en una isla desierta deja de ser un sujeto social, porque los “otros” están dentro de él. El humor no se localiza en un rincón del cerebro (aunque éste se active en un escáner al escuchar un chiste); el humor es una complejísima construcción colectiva en que las personas participan según su carácter, su historia personal y su cultura, y cuyos propósitos o funciones apenas pueden enumerarse.

Esperar que los ordenadores o su versión robótica simplemente se despierten un día con conciencia, sólo porque son complejos, o porque los han programado con algo parecido a una mente humana (de la que apenas sabemos a día de hoy qué es en realidad), es mucho pedir. Esperar que se recree en ellos, no sólo la evolución biológica y cultural humana, sino todos los aspectos colectivos fruto de la historia de la especie, es simplemente imposible. Y creer que el siguiente paso de la evolución humana es sustituir nuestros débiles cuerpos por otros mejorados a base de implantarnos tecnología, que corregirá los defectos de la naturaleza, esconde más bien un rechazo a lo físico y una tendencia a cosificar a las personas.



El punto de vista de la humanidad como individuos limitados por su organismo y supeditados a sus procesos biológicos es, una vez más, una construcción social. La ciencia es el mejor instrumento que hemos encontrado para estudiar el mundo natural, pero la ciencia también es una construcción social, y por tanto también sometida a nuestros defectos y pretensiones. La tendencia a identificar todo lo humano con lo científicamente estudiable es un reduccionismo. Otro punto de vista podría ver a la humanidad como una serie de procesos colectivos recreándose y reformulándose de unos individuos a otros (me remito a la historia de la filosofía que ha dicho mucho sobre esto y mejor que yo). La teoría de que, lo que no es material, es simplemente fantasía, no ayuda mucho a explicarnos como seres humanos. Gabriel dice: “El neurocentrismo supone que somos una cosa entre las cosas y que solo hay cosas. Yo soy una cosa-cerebro, usted es otra. (…) Pero es un error que solo haya cosas, porque hay, además, valores, esperanzas y números, que no pasan fácilmente por cosas”. Como dije a propósito del libro de Patrick Harpur, la realidad a la que tenemos acceso a través de nuestra mente es mucho más compleja que una simple colección de cosas. Las ideas sobre cyborgs, cuerpos artificiales y ordenadores-cerebros son fruto de las inquietudes y elaboraciones de estas mentes nuestras capaces de ir más allá de todo lo posible. Aunque, en el mundo físico, cosas como esas nunca lleguen a existir.

Lectura recomendada: Yo no soy mi cerebro. Filosofía de la mente para el siglo XXI. Markus Gabriel. Ediciones de Pasado y Presente, 2016.

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