martes, 15 de agosto de 2017

Encanto y elegía: los viajes de Robert Louis Stevenson por los mares del sur




Robert Louis Stevenson nació en Edimburgo el 13 de noviembre de 1850, hijo de una familia de ingenieros náuticos que se dedicaban a construir faros en las costas escocesas. Al ser un niño enfermizo no acudió a la escuela, sino que se quedó al cargo de una niñera que iluminó su infancia con historias fantásticas del folclore celta. Cuando más tarde acudió a la universidad, Stevenson se decantó por un tipo de vida bohemia que provocó la ruptura con su conservadora familia. Pronto sintió la llamada del viaje: en el sur de Francia se enamoró de una americana casada diez años mayor que él, Fanny Ousborne. Después de su divorcio y la boda, junto con el hijo de ella, Lloyd, la nueva familia regresó a Escocia y se reconcilió con los Stevenson. Fue al pequeño Lloyd a quien le empezó a contar las historias de piratas que se convirtieron en La isla del tesoro, al que siguieron otros éxitos como El extraño caso del Dr. Jekill y Mr. Hyde. Mientras tanto, se iban produciendo recaídas de salud y más viajes buscando climas más cálidos para su declarada tuberculosis: el destino final serían los Mares del Sur. En 1888, se embarcó en una ruta por las islas Marquesas, Tuamotú, Hawai, las islas Gilbert y Samoa. Su viaje de dieciocho meses fue relatado en la obra En los Mares del Sur, donde Stevenson queda atrapado por el encanto de la mítica visión europea del paraíso en la tierra, al mismo tiempo que canta la elegía de un paraíso cuya destrucción era inevitable.



Las islas de los Mares de Sur habían sido consideradas un paraíso terrenal habitado por seres inocentes desde la llegada de los primeros exploradores, como Bouganville, hasta Gauguin, que muchos años después prácticamente calcaba sus palabras: “Los veía vivir felices, apacibles, alrededor mío, sin realizar más esfuerzo que el esencial para satisfacer las necesidades cotidianas”. Stevenson también los describe con rasgos infantiles: risueños, caprichosos, asustadizos, más interesados en la diversión que en el trabajo. Pero al mismo tiempo, muy acogedores, lo que junto a la espléndida naturaleza le provoca una atracción tan irresistible, que adivina ya que no podrá marchar nunca de este paraíso.



Pero junto a los viajeros románticamente extasiados, habían llegado a las islas del Pacífico los colonizadores y los hombres de negocios, deseosos de acaparar todas sus riquezas y de explotar sus posibilidades mercantiles, para los que la idea de un jardín del Edén habitado por criaturas inocentes era una molestia. Se empezó a difundir entonces la otra versión del nativo, la del salvaje caníbal, un ser infrahumano y demoníaco que no merecía vivir. La imaginería occidental se llenó de visiones de los blancos cuerpos de misioneros y exploradores despedazados y devorados por bestias ansiosas. Stevenson recoge historias sobre conocidos ex-caníbales y sus festines de ‘cerdo largo’ (carne humana), pero hace una interpretación en clave cultural, relativa: “nosotros mismos tenemos la misma apariencia ante los ojos de los budistas y los vegetarianos. Consumimos el cuerpo muerto de criaturas”.



Desde el primer contacto con el hombre blanco, la extinción de los polinesios era inevitable, primero por la introducción de enfermedades devastadoras: “Se dice que en la tribu de Hapaa eran unos cuatrocientos, cuando brotó la viruela y exterminó a uno de cada cuatro. Seis meses más tarde, una mujer cayó enferma con tuberculosis; el mal se propagó como un fuego por el valle, y en menos de un año, dos supervivientes, un hombre y una mujer, huyeron de la soledad recién creada.” A lo cual se añadió una explotación salvaje de los nativos como mano de obra esclava, incluyendo deportaciones a diferentes territorios coloniales. Los propios polinesios eran conscientes de su fin, como queda reflejado en uno de los pasajes más conmovedores del libro, cuando una joven madre se dirige a Stevenson afirmando: “«Ici pas de Kanakes», dijo, y quitando al bebé de su pecho, lo tendió hacia mí con ambas manos. «Tenez, un bebé pequeño como ésta; luego muerto. Todos los Kanacas mueren. Luego nada más»” .



Pero los polinesios supervivientes tenían que hacer frente a un tercer factor: el choque cultural. Desde occidente, su sociedad tradicional era percibida como depravada, y multitud de congregaciones religiosas llegaron a las islas del Pacífico para salvar sus almas. Fue prohibida su religión y muchos aspectos de su folclore, especialmente la música y el baile. Fueron obligados a vestir a la europea, en un intento de inculcarles un sentido del pudor y del pecado que muchas veces no comprendían, pero que no tuvieron más remedio que asimilar por la fuerza. Stevenson describe el panorama de las islas Tuamotú, después del paso de algunos misioneros, como un caos en que los nativos, confusos por no haber captado el sentido de las enseñanzas recibidas, se perdían en una multitud de partidos y sectas enfrentadas por motivos oscuros. En Tuamotú estaban divididos entre católicos y mormones, con un constante trasvase de fieles entre unos y otros. Los mormones, a su vez, poco fieles a las enseñanzas originales, se habían dividido en israelitas y kanitus por motivos de método, y una tercera secta, los whistlers, incluía el trato con espíritus. En todo caso, la pérdida de sus estructuras sociales tradicionales y el acoso constante y a veces contradictorio de las diferentes iglesias habían dejado a los polinesios en un estado de hundimiento emocional, hasta el punto que “el ahorcarse está de moda” y la vida se había convertido “en no merecedora de ser vivida para sus conversos. […] El cambio de costumbres es más sangriento que un bombardeo”.

 Stevenson y su esposa Fanny, felizmente transformados en habitantes polinesios

Finalmente, los polinesios acabaron convertidos en una minoría en su propia tierra, arrinconados por el progreso traído de occidente que trasplantó Europa a sus islas tropicales. Ya en 1897 Gauguin se sintió decepcionado al llegar a la capital de Tahití: “Aquello era Europa […] ¡Haber hecho un viaje tan largo para encontrar eso, para encontrar lo mismo de que venía huyendo!”. Sensación que experimentarían los viajeros a lo largo del siglo siguiente, ya que todos ellos acudirían buscando la imagen de paraíso que perpetuaban las postales y las películas, para encontrar que el paraíso había sido extirpado y reconstruido como atracción turística.

 Toda la familia Stevenson y sus sirvientes reunidos en el portal de su casa de Upolu, llamada Vailima: el paliducho Robert Louis, sentado en el centro; a ambos lados su esposa Fanny y su madre; en pie el hijo de su esposa, Lloyd y sentada ante su madre, su otra hija Belle.

El viaje de Stevenson acabó en Samoa, donde se instaló con toda su familia en la isla de Upolu. En sus últimos años le tocó presenciar las luchas entre ingleses, alemanes y norteamericanos por hacerse con el poder en las islas, manipulando y amenazando a los nativos y a su rey. El escritor usó su prestigio para llamar la atención de los europeos y se posicionó decididamente al lado de los nativos, pero pronto la muerte les dejó sin su apoyo, ya que la tuberculosis se lo llevó el 3 de diciembre de 1894, a los 44 años. En los Mares del Sur es una crónica romántica, divertida y crítica de su descubrimiento de las islas del Pacífico, y es también el relato de su enamoramiento de unos paisajes y de unas gentes con las que se identificaba, hasta el punto de convertirse en el lugar de su último descanso. En lo alto del monte Vaea se encuentra su tumba, sobre la que está escrito, en samoano: “Esta es la tumba de Tusitala [el contador de historias]”. Y en inglés, su poema “Requiem”: 


 
Under the wide and starry sky
Dig the grave and let me lie.
Glad did I live and gladly die
And I laid me down with a will.

This be the verse you grave for me:
Here he lies where he longed to be;
Home is the sailor, home from the sea,
And the hunter home from the hill.



-STEVENSON, R. L., 1994, En los Mares del Sur. Madrid, Valdemar.


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