Circe la Desconocida

 



Aparece en cuadros, esculturas, novelas y obras de teatro; es un personaje de cómic, un monte en la Antártida, un asteroide, un tipo de mariposa, un tipo de reacción química. Se la conoce como la Maga Circe, Circe the Enchantress, un personaje que lleva casi 3.000 años en la cultura occidental, tanto tiempo que ha tenido ocasión de mutar en un tópico que poco tiene que ver con su original.



La aparición más famosa de Circe, a través de la cual entrará en el imaginario cultural de occidente, tiene lugar en la Odisea de Homero (s. VIII a.C.). El episodio de Circe está narrado en primera persona por Ulises, dentro de su relato al rey Alcínoo en el país de los feacios, como algo que sucedió muchos años antes. La aventura de Circe se desarrolla en el Canto X, y se retoma y concluye en el Canto XII.

La tripulación de Ulises es la que primero toma contacto con Circe al desembarcar en la isla de Eea:

Encontraron las casas de Circe

fabricadas con piedras pulidas en sitio abrigado;

allá fuera veíanse leones y lobos monteses

hechizados por ella con mal bebedizo: se alzaron

al llegar mis amigos y en vez de atacarlos vinieron

a halagarlos en torno moviendo sus colas.

No se llega a saber si los animales han sido amansados por ella, o son hombres hechizados. La presentación de Circe evoca a la de un ser mágico como los del folclore y los cuentos populares. Esta imagen de Circe rodeada de fieras parece provenir de las diosas de los animales o potnia theron (πότνια θηρϖν, designación de Artemisa en la Ilíada de Homero), deidades extendidas por todo el Mediterráneo, desde Oriente Medio a Creta, que pudieron ser el arquetipo alrededor del cual se formó el mito de Circe.



Los marinos pronto caen bajo el hechizo de su anfitriona:

Ya en la casa los hizo sentar por sillones y sillas

y, ofreciéndoles queso y harina y miel verde y un vino

generoso de Pramno, les dio con aquellos manjares

un perverso licor que olvidar les hiciera la patria.

Una vez se lo dio, lo bebieron de un sorbo y, al punto,

les pegó con su vara y llevólos allá a las zahúrdas:

ya tenían la cabeza y la voz y los pelos de cerdos

y aun la entera figura, guardando su mente de hombres.

Sólo uno de los hombres escapa y avisa a Ulises. Cuando éste se dirige al palacio de Circe, se le aparece el dios Hermes y le entrega una planta que le servirá de antídoto a la pócima de la maga. Circe derrotada le ofrece su amor a Ulises y reconvierte a sus hombres, haciéndoles aún mejores. Pasan un año en la isla, hasta que sienten la necesidad de seguir el viaje. Entonces Circe advierte a Ulises de que debe consultar el alma de Tiresias en el Hades (el canto XI, donde ella no aparece). A la vuelta aún le da consejos sobre los peligros futuros que le esperan, como las sirenas. Por no escucharla, Ulises perderá a todos sus hombres y tardará años en volver a su hogar.



Toda la historia de Circe remite a un tema clásico de la mitología y el folclore, aquel en que un héroe vence a un ser sobrenatural, y éste se pone a su servicio, proporcionándole algún poder o revelándole un secreto que le ayudará en sus aventuras. La Odisea se refiere a ella siempre como diosa, no como maga, de la misma manera que los otros dioses y seres fabulosos que Ulises encuentra.

 


Muchos siglos después, podemos comprobar cómo ha evolucionado la imagen de Circe, al ser retomada por Apolonio de Rodas en su obra Las Argonáuticas, del siglo III a. C. Es un autor helenístico que realiza un ejercicio culto con referencias al lenguaje arcaico de la Odisea, pero toda su narración es mucho más barroca, llena de detalles escabrosos y pintorescos. Apolonio narra el viaje de los argonautas, durante el cual la princesa Medea se enamora de Jasón y decide traicionar a su padre Eetes y ayudar a los griegos a robar el vellocino de oro. Tras esto emprenden la huida y asesinan a Apsirto, hermano de Medea, para librarse de la persecución de los colcos. Este crimen justifica la accidentada navegación de los héroes hasta Eea y el episodio de Circe, que debe purificarlos por el crimen cometido. Circe realiza un ritual de purificación con sacrificios y ofrendas, propio de una sacerdotisa (ya antes había tenido premoniciones en que veía la sangre del crimen). No se la presenta como maga, papel que corresponde a Medea. 

 


De alguna forma, el contacto de Circe con su sobrina Medea va a provocar una contaminación entre los dos personajes; Medea es el epítome de la maga, perversa y asesina, y Circe va a asimilar de ella los rasgos de hechicera, seductora y fatal. En la literatura latina tiene famosas apariciones en Virgilio y Ovidio, pero será sobre todo una bruja y amante celosa que transforma por despecho a los que la rechazan. En las Metamorfosis, Ovidio la convierte en la autora del embrujo que sufre la bella Escila; Circe, despechada porque el hombre al que ama la prefiere antes que a ella, la transforma en un monstruo tan horrible, que acaba convertida en peñón en la costa frente al remolino de Caribdis. En esto ha quedado la diosa de los animales.



En el paganismo tardío, Pallades de Alejandría (finales del s. IV d.C. y principios del V), inmerso en un mundo cristianizado que aborrece, refleja una imagen de Circe que será la que triunfará en el futuro, ya ni siquiera una maga, sino una prostituta viciosa que somete y degrada a los hombres:

Yo niego que Circe, como ha contado Homero,

volviera en cerdos o en leones en vez de hombres

a los que se acercaban a ella; más bien siendo una hetera hábil

a los que eran seducidos los dejaba totalmente sometidos,

despojándolos de sus razonamientos humanos.

Entonces a éstos que no tenían ya nada de su carácter

los criaba en casa teniendo la condición de animales irracionales.

Pero Odiseo siendo prudente al huir de los ardores juveniles,

no de Hermes, sino de su propia naturaleza tenía a la razón innata

como antídoto contra los encantamientos.

Pall. AP. X, 50

A lo largo de la historia, el personaje de Circe volverá a aparecer en numerosas obras, pero su imagen estará fijada de esta manera: una hechicera, conocedora de brebajes y venenos, y una mujer fatal y peligrosa que domina a los hombres que caen en sus garras. En el siglo XIX, esta imagen hace las delicias de los pintores decadentes, que no se cansan de reflejar su mirada seductora y atrayente, como las famosas obras de Waterhouse y Wright Barker.



En el siglo XX, Circe entra en la cultura popular, convertida en cocotte o frívola mujer fatal.



Pero en los últimos tiempos se ha producido un rescate del personaje de Circe en clave feminista: al volver a los orígenes y deshacer la acumulación de calumnias con que la historia la ha cubierto, se descubre una mujer fuerte y poderosa, una diosa a la que se ha cuestionado por su poder, siendo esta la verdadera razón por la que se la ha difamado. Existen numerosos ejemplos de utilización reivindicativa de Circe, como el Colectivo Feminista Circe de Alcalá de Henares o la novela Circe de Madeline Miller (2019). Este recorrido por la historia del mito de Circe puede cerrarse con la magnífica ilustración de Alissia (María Penalva-Leal) que aparece en la exposición La puta ama, en que la diosa se fusiona con las fuerzas de la naturaleza.



No puede resumirse mejor la impresión que produce la diosa vista desde los ojos de una mujer actual, ante la falta de mitos que representen a mujeres dotadas de poder y fuerza. La antigua diosa de los animales evoca las fuerzas primarias y elementales de la vida, la generación y la multiplicación de las especies, pero al mismo tiempo está ligada a lo salvaje, lo que no está domesticado, lo crudo, lo peligroso y lo incontrolable. Circe devuelve a los hombres a un estado animal y básico, originario, el universo vegetativo con el que ella más se identifica.



La sociedad y la civilización, en cambio, han perdido esa conexión con lo natural y, en el episodio de la Odisea, están representadas por los guerreros y el patriarcado, que vence a la maga y la somete a su papel de mujer-amante. La magia atávica de Circe se reduce a ese poder del amor-deseo que atrapa a los hombres, y que les aterroriza, pues son conscientes de que les hace perder el control sobre sí mismos. La transformación en animal es una metáfora de la humillación, pues desde su punto de vista, el hombre seducido ya no es un hombre auténtico.



Pero en la Odisea se cuelan los ecos de las antiguas leyendas, y Circe no puede dejar de ser esa entidad que está por encima del tiempo, que conoce el futuro y, como la pitonisa, lanza profecías que los oídos humanos ya no entienden ni escuchan. El arquetipo de Circe se conecta con el de las mujeres sabias y conocedoras de los secretos de la naturaleza, que la sociedad interpreta como brujas y malvadas. Por eso es un personaje que resuena con tanta fuerza en el imaginario feminista actual, que recoge y asume todas estas facetas de Circe: la diosa, el monstruo, la bruja, la seductora, la fiera, la ama.

Comentarios

Jordi ha dicho que…
A medida que iba leyendo me venía a la cabeza la figura de María Magdalena y su posterior asociación con la de una prostituta. Cuando el liderazgo o la sabiduría femeninas no despiertan simpatías, las tradiciones patriarcales suelen recurrir a la etiqueta de prostituta o seductora mujer fatal para anular a la mujer y conseguir su rechazo social. Lo de la mala fama de las sirenas, curiosamente figuras femeninas, también me parece curioso...
Gracias por publicar. Saludos.
hiniare ha dicho que…
Es interesantísimo el personaje de María Magdalena, y se pueden escribir ríos de tinta sobre ella. Ahora recuerdo el libro de Georges Duby "Damas del siglo XII. Eloísa, Leonor, Iseo y algunas otras", donde le dedica un capítulo a ella; cómo en la iglesia oriental sigue siendo el ideal de eremita, mientras en la occidental ha tenido un recorrido peculiar, una gran devoción en Francia gracias a su santuario de Vézelay, pero según él, la reforma gregoriana y la nueva moralidad hicieron que se enfatizara mucho más una imagen de pecadora redimida. Y sobre la confusión de sus apariciones bíblicas, sobre todas las peculiaridades de su iconografía... Uf! Un tema apasionante.

Gracias por tus lecturas,
h.