¿Por qué brujas?

 


Después de leer “Caliban y la bruixa” de Silvia Federici, lo que me asalta primero es la pregunta: ¿por qué no hay más estudios y divulgación sobre el fenómeno de la caza de brujas? Me pregunto por qué se sigue considerando un tema folclórico, una de esas barbaridades provocadas por la incultura y la superstición... Un tema para parapsicólogos y demonólogos, o una reivindicación new age de imaginarios cultos sagrados femeninos perseguidos... Todo menos considerar que durante al menos tres siglos se desató un ambiente de violencia y horror con miles de asesinatos, una masacre y una carnicería que, parece, ¿no ha dejado ninguna huella permanente en la historia y la cultura de Europa? Una masacre de personas que, recordemos, no eran culpables de ningún delito, y mucho menos de aquellos por los que se les ejecutó.

 


(En realidad, sí sé por qué: es porque más del ochenta por ciento de los muertos eran mujeres, por eso se llama este fenómeno “caza de brujas” y no “de brujos”. Y como dice Catharine A. MacKinnon [citada por Martine Delvaux en Los Boys Club], lo que les sucede a las mujeres es “demasiado particular para ser universal” o “demasiado femenino para ser humano”. “Resulta difícil no tener la impresión de que eso que se llama 'guerra' es lo que los hombres se hacen los unos a los otros, y de que lo que les hacen a las mujeres se llama 'vida cotidiana'.”)



Pero me interesa más el marco general en que Federici sitúa este fenómeno: cómo se pasó de una sociedad esclavista en el Imperio Romano (aunque la esclavitud fuera solo una parte de una sociedad muy compleja, pero con una importancia que desapareció después), a una “mejora” de la vida de los esclavos y campesinos pobres, que pasaron a ser siervos y pudieron poseer pequeños trozos de tierra donde cultivar para sí mismos, aparte de trabajar en las tierras del señor (concesión hecha por los señores para que no huyeran o emigraran, porque ya no existía una autoridad general suficiente para retenerlos como en tiempos imperiales). Aunque los siervos estuvieran ligados a la tierra, podían unirse y conseguir ventajas, y también explotar bosques, ríos o lagos, y terrenos comunales en general.



La Edad Media fue una lucha constante entre señores y siervos, unos para mantener el poder, los otros para resistirse a la explotación. Los señores siempre intentaron arrebatarle a los pobres lo poco que tenían y obligarlos a trabajar para ellos. Poco a poco los iban derrotando, sustituyendo los tributos en especie por impuestos monetarios, lo que les obligaba a hipotecar y perder sus casas y terrenos. Los campesinos sin tierra eran jornaleros fácilmente explotables; emigrados a las ciudades, vagando por los pueblos, iban engrosando las filas de los miserables, vagabundos y pedigüeños que tanto molestaban a burgueses y nobles. Una y otra vez se levantaban revoluciones campesinas que barrían toda Europa; algunas conseguían mejoras puntuales, pero la mayoría eran derrotadas a sangre y fuego. Básicamente, esta es la historia de cómo una minoría consigue someter a la mayoría para vivir de ella. No hay cortapisas morales ni religiosas para despreciar y destruir a personas y familias; si acaso, la religión es un arma de represión más.



Federici pone como precedente de represión la que sufrieron los herejes en la época medieval, como los cátaros: acusados de adorar al demonio, de hacer ceremonias secretas, de darle demasiado poder a las mujeres. Todo este lenguaje se traslada después a la persecución de brujas en los siglos XV, XVI y XVII, y más allá... (ya NO es la Edad Media). También se trasladará a la represión de nativos en las colonias del Nuevo Mundo: ellos también adoran al demonio, hacen pócimas y ungüentos, realizan bailes y ceremonias, y por supuesto, como las brujas, comen niños y hacen banquetes de carne humana. Nunca había visto la conexión entre todos estos ámbitos hasta ahora, pero el lenguaje es el mismo, y las prácticas de represión también (la quema de brujas se extiende al Nuevo Mundo).



Marvin Harris, en “Vacas, cerdos, guerras y brujas” menciona otro ámbito más de conexión, el de los movimientos mesiánicos que se desarrollaban durante los mismos siglos que la caza de brujas. Estos movimientos se asemejaban mucho a las revoluciones campesinas, en el sentido de que querían derrocar a los nobles y a los prelados de la Iglesia, en su caso para instaurar un nuevo Reino de Dios en que, por fin, los pobres heredarían la tierra, no habría más clases sociales, y todo el mundo podría saciarse de alimentos infinitos (el hambre era la realidad más acuciante de millones de personas en ese tiempo, hambrientos que sueñan tanto con el país de la Cucaña, como con el Paraíso Celestial).



Pero, ¿por qué brujas? ¿Por qué un ejército de eclesiásticos y autoridades civiles dedicaron tanto esfuerzo y recursos a ejecutar a miles de mujeres pobres, muchas veces viejas, sin familia, trabajadoras y campesinas, y completamente inofensivas? ¿No tenían bastante con perseguir revolucionarios y herejes, o con las guerras de religión? (hay que recordar que, en la persecución de brujas, católicos y protestantes estuvieron completamente de acuerdo y se ensañaron igual). ¿Por qué necesitaron inventarse bacanales con el demonio y vuelos en escoba?



Cuando se quiere reprimir una gran masa de gente, los guardias armados y las amenazas tienen efecto hasta cierto punto. Lo más fácil es que ellos se auto-repriman. Y la mejor manera de hacerlo es enfrentándolos entre sí y dejar que se entretengan y se destruyan con esas luchas internas. Es fácil identificar el eslabón más débil, y siglos de misoginia habían colocado en esa posición a las mujeres. Incluso el hombre más pobre y desposeído de todo estaba en un escalón superior a una mujer. Todo el mundo sabía que las mujeres eran malas, y seguramente, eran capaces de las peores cosas. Los procesos recogen las acusaciones cruzadas, las familias enfrentadas, los hijos entregando a sus madres, las confesiones desesperadas para salvar la vida, las comunidades enteras ensañándose con las acusadas, los espectáculos de linchamiento legal, las secuelas durante generaciones.



Según Harris, “las masas depauperadas, alienadas, enloquecidas, atribuyeron sus males al desenfreno del Diablo en vez de a la corrupción del clero y la rapacidad de la nobleza”. “La manía de la brujería dispersó y fragmentó todas las energías latentes de protesta. Desmovilizó a los pobres y desposeídos, aumentó la distancia social, les llenó de sospechas mutuas, enfrentó al vecino contra el vecino, aisló a cada uno, hizo a todos temerosos, aumentó la inseguridad de todo el mundo, hizo a cada uno sentirse desamparado y dependiente de las clases gobernantes, centró la cólera y la frustración de todo el mundo en un foco puramente local. De esta manera evitó que los pobres afrontaran al establishment eclesiástico y secular con peticiones de redistribución de la riqueza.”



Hace años que había leído el libro de Harris, volví a él buscando más contexto sobre las brujas, y de pronto me encuentro con unas líneas que me arrastran desde siglos lejanos a la actualidad más terrible. Leyéndolo en 2026 tengo la sensación de estar viendo las noticias o leyendo la prensa. Todos esos horrores que parecen tan lejanos pueden volverse actualidad muy rápidamente. Lo que ha funcionado antes, demuestra seguir funcionando: el eslabón más débil, el pobre, el inmigrante sin papeles, la persona de piel oscura (o la mujer, esa opción siempre es válida) como víctima fácil para que los pobres desfoguen en ellos la frustración por las injusticias cometidas por los poderosos. Los pobres reclamando a las autoridades que conjuren al demonio que habita entre ellos, entregándoles su voluntad y sus vidas, a ellos mismos como arma ejecutora.



Siempre busco las conexiones entre el pasado y el presente, porque la historia es una gran profesora. La persecución de las brujas paró cuando dejó de ser necesaria, cuando ya había desaparecido de la mentalidad colectiva otra manera de vivir que no fuera servir a otros. Pero la chispa de la rebelión no pudo apagarse nunca y nuevas luchas comenzaron: esa es la lección de esta historia.


 

-Caliban i la bruixa: dones, cos i acumulació primitiva, Silvia Federici (2004). Virus, 2018

-Vacas, cerdos, guerras y brujas, Marvin Harris (1974). Alianza Editorial, 1994

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