Somos testigos

 


He tenido esta foto archivada en el escritorio del ordenador desde que la descubrí a raíz de la muerte de Amadeo Gracia, en noviembre de 2019. No quería dejar de verla aunque no podía apenas mirarla. Me impactó la imagen de una niña pequeña en un polvoriento camino de montaña sin una pierna y con una muleta, y solo después de leer el artículo descubrí tras ella al otro niño, aún más pequeño, con otro pie ausente, agarrado a otra muletita. Ella tiene siete años y él cuatro. Ya su madre, Pilar Bamala, les había sido arrancada por las bombas de la aviación fascista italiana en la plaza de Monzón, donde ellos fueron tan cruelmente heridos. El padre, Mariano Gracia, los llevó a Barcelona pero, habiendo participado en la colectivización de la fábrica en que trabajaba, sabía que le esperaba el paredón y a sus hijos el hospicio y, antes de que llegaran los franquistas, emprendieron el camino de los Pirineos para llegar a Francia. La foto es de principios de 1939, en pleno invierno.

 


Alicia, la niña, es la que va de la mano de su padre. Detrás camina el hijo mayor, Antonio, de unos doce años, y el pequeño Amadeo, que va de la mano de Thomas Coll, un amigo ciudadano francés y veterano de la I Guerra Mundial (acabo de descubrir el tercer muñón de la foto, el suyo; qué bonito pensar que el pequeño Amadeo encontrara alguna afinidad con este inesperado aliado), que intentó ayudarles para que no fueran separados al cruzar la frontera. No lo consiguió: a los menores los mandaron a un refugio, mientras el padre fue llevado a un campo de concentración (francés) donde murió año y medio después sin volver a ver a sus hijos. Amadeo nunca supo dónde estaba su tumba.

Y lo peor es que, tras quedar solos, los niños acabaron sufriendo el destino del que su padre se esforzó tanto por salvarlos: devueltos a España, el mayor tuvo que trabajar, y los pequeños fueron enviados a un hospicio donde sufrieron todo lo indecible. Pero sobrevivieron y no olvidaron. Amadeo se dio a conocer en 2002 como el niño de una foto icónica de la que se desconocía todo hasta entonces.

Todo este tiempo con esta foto presente, pensado que algún día escribiría sobre ella, (porque escribir es la manera de obligarse a organizar los pensamientos; y publicarlo, la única alternativa a gritar por el balcón lo que uno siente, aunque en medio del ruido nadie escuche), pero sin tener nunca valor de sumar palabras a tanto sufrimiento. Y en todo este tiempo, la foto no ha dejado de ser actualizada cada día en las imágenes de las noticias, en todos los medios, día tras día, año tras año. Imágenes de gente huyendo por caminos, de bombas destrozando familias, de gente que muere en la oscuridad y queda olvidada para siempre. En cada uno veía la imagen de Amadeo y Alicia, como si los años y las décadas no fueran más que máquinas de triturar carne inocente que nunca dejan de funcionar.

 

T12x63 - Cuando los refugiados fuimos nosotros (CARNE CRUDA)

Y en enero escucho el podcast donde Mercedes de Orriols, hija del autor Álvaro de Orriols cuenta su propia experiencia, por la misma ruta, en el mismo momento, también con cuatro años (ahora tiene 91, con la memoria fresca y las ideas claras). Sobre esta vivencia, su padre escribió Las hogueras del Pertús, que he tenido que leer para completar la historia. De Orriols, dramaturgo, poeta e ilustrador, implicado con la República, sabía que tenía que evitar ser capturado. Dejando atrás toda su producción escrita (y perdiéndola para siempre), salió de Barcelona con su mujer y sus dos hijos pequeños, de seis y cuatro años, la madre de su mujer, su hermana y su cuñado. En principio, desplazándose hacia el norte, con destino incierto, pero cada etapa los llevaba más allá: Girona, Figueres, la Jonquera, y finalmente más allá de la frontera. La avalancha de gente pronto desborda cualquier capacidad de conseguir transporte. Los camiones los dejan en mitad de la nada, con una anciana y niños pequeños, andando durante días y días, sin comer, durmiendo a la intemperie. Hay un momento terrible en que Álvaro se encuentra solo con su hijo en brazos, en la oscuridad de la noche, perdido en la montaña, sin encontrar amparo ninguno, ambos desfallecidos de hambre, calados y tiritando, el niño pálido se queda sin sentido, el padre piensa que se le va a morir allí mismo...



Desde Figueres, por pura casualidad, la hermana, la abuela y los niños son evacuados en tren hacia Francia, y en ese momento sus relatos se separan. Álvaro y su mujer Manola siguen todo el camino a pie, huyendo de los bombardeos, destrozados por el agotamiento, el frío y el hambre, mientras a su alrededor se extiende la desolación de los que quedan por el camino.



Y cuando llegan a la frontera (gente hambrienta, descalza, herida, enferma), en lo alto de la montaña, en lo más crudo del invierno, mientras a sus espaldas se oyen los bombardeos del ejército franquista, se encuentran con un muro de gendarmes que no les autoriza a pasar. Poco previsores, hoy en día ya están dispuestos los muros levantados para que los refugiados no lleguen a Europa, como el que se ha completado hace poco en Finlandia, NO para defenderse de los rusos, insisto, sino para impedir la entrada de refugiados.



Ya entonces lo llamaban “invasión” (ahora es “invasión híbrida”). ¿Cómo lo llamaron cuando llegaron los nazis? Como si fuera lo mismo llegar con miedo y esperanza que llegar con tanques y ametralladoras.

La última parte de este libro no ha dejado de recordarme todas las imágenes que me evocaba la foto de Amadeo, todas las hileras de refugiados cruzando ríos helados y carreteras interminables, escabulléndose de agentes fronterizos deshumanizados. Eso no ha cambiado, aunque no salga en las noticias.



Las autoridades francesas fueron implacables con los refugiados. Separaron a los hombres de las mujeres, separaron a los hijos de sus padres, los llevaron a campos de concentración que no eran ni siquiera refugios, los dejaron morir de hambre y frío a la intemperie. Álvaro y Manola se escabulleron para no ser llevados a Argelès, pero su cuñado acabó en uno de los campos, donde perdió los pies por congelación. Ellos buscaron a sus familiares evacuados sin resultado, fueron amparados por buenos samaritanos que les dieron comida y dinero a escondidas de las autoridades, les acogieron, les dieron dónde dormir y les ayudaron a realizar gestiones; gente que simplemente pensó que era la forma humana de comportarse. Muchos otros, habitantes de un país próspero y acomodado, rehuían a los refugiados con desconfianza, gente de la que no se hubieran podido distinguir unos años antes. Poco sabían que ya los nazis estaban emprendiendo la marcha hacia sus confortables pueblecitos.



Solo cuando llegaron a Bayona, donde residía un familiar, encontraron a los niños y la hermana en un refugio un poco más habitable, y supieron la parte de la historia que cuenta Mercedes: el frío y el hambre pasados en el tren, que nadie quiso acoger, llevado de estación en estación mientras la gente enfermaba y moría; las autoridades impidiéndoles incluso recibir comida o ayuda. La abuelita no pudo resistir más y murió, como el padre de Amadeo, sola y lejos de los suyos. Esto pasó en el corazón de Europa hace casi 90 años. Es una fotocopia de cada discurso y de cada actitud actuales. Y por mucho chovinismo que los franceses exhibieran hacia los españoles, esto se le hizo a personas blancas, del otro lado de la frontera; ni qué decir tiene lo que Europa le ha hecho y le hace a todas las personas no blancas que vienen de algo más allá.



Esta foto también lleva años en mi escritorio. Cuando la vi me pareció una imagen religiosa, un cuadro de la natividad. Es una imagen que también he visto repetida en Gaza, pero allí los niños sostenidos en los brazos de sus padres o madres ya no se iban a despertar más, como los que quedaron por el camino a la frontera de Francia. Espero con toda mi alma que los de la foto hayan tenido mejor suerte.



Y acabo, volviendo a este pasaje que a lo largo de la lectura me produjo una sensación ambivalente:



Después de los horrores descritos por De Orriols, mi primera reacción fue: no, no han pasado a la historia, nunca había oído hablar de ellos. Pero en realidad sí, hay memoria, se ha escrito, se ha documentado:

Figueres, la Gernika de Catalunya

Y me di cuenta que no estoy recordando todo esto para recrearme en el dolor o para resignarme porque la historia se repite y no hay nada que hacer... No, yo estoy siendo testigo. Yo, leyéndolo, yo, escribiendo de ello ahora mismo, estoy realizando un acto de reparación, una revancha, una victoria final; yo los estoy recordando, yo no estoy dejando que se pierdan en el olvido. Claro que yo también me perderé en el olvido un día, y estas palabras se esfumarán en bancos de datos obsoletos... o no. O son un grano de arena más en el proceso de reivindicación. Mercedes y su familia sobrevivieron, tuvieron hijos, nietos. Dejaron escritos sus testimonios, que hoy en día tienen lectores y oyentes. Sobrevivir es la única revancha que les pudo recompensar de tanta pérdida. Amadeo y sus hermanos también vivieron. Que sobrevivieran debió ser el pensamiento de su madre cuando los cubrió con su cuerpo de las bombas que caían, mientras recibía la explosión por ellos; en su final, que al menos sus hijos vivieran debió ser el último pensamiento de su padre. Sobrevivieron y un día fueron capaces de contar su historia. Ahora que ninguno de ellos está, queda al menos esa memoria. No es tan fácil arrancar a los indeseables, no es tan fácil derrotarlos. Se pueden quemar libros o personas, pero nunca a todos, nunca del todo. Parece muy poca cosa, pero cuando en esta época de post-verdades nos quieren hacer creer que lo blanco es negro y que lo que ven nuestros ojos no existe, recordar es resistir.

Las hogueras del Pertús: diario de la evacuación de Cataluña, Álvaro de Orriols. Ediciós do Castro, 2008

Cómic sobre Las hogueras del Pertús y otros relatos del éxodo:

Las Hogueras de El Pertús. La muerte de España en los campos de concentración de Francia (1939)

Sobre la foto de Amadeo:

Amadeo Gracia Bamala, el niño mutilado de los españoles del éxodo y el llanto

Muere el 'niño cojo' de la mítica y dramática foto icono del exilio republicano de 1939

En algún lugar oculto de la memoria


 

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