Me doy cuenta de que he leído tantos libros y novelas de caballerías, sagas medievales y romances artúricos, que es sorprendente que no se me haya secado el cerebro y no me haya lanzado por el mundo a desfacer entuertos con mi rocín flaco y mi galgo corredor... Mi cabeza es un barullo de hazañas y aventuras que remiten unas a otras en un juego de referencias sin fin, como le pasaba don Quijote, por ejemplo, en el divertido momento en que decide que, por despecho hacia su amada Dulcinea, se irá al bosque a hacerse el loco, como ya hizo su admirado Amadís de Gaula:
“una de las cosas en que más este caballero mostró su prudencia, valor, valentía, sufrimiento, firmeza y amor, fue cuando se retiró, desdeñado de la señora Oriana, a hacer penitencia en la Peña Pobre, mudado su nombre en el de Beltenebros”
Así como el italiano Orlando (de ahí lo de Furioso):
“por imitar juntamente al valiente don Roldán, cuando halló en una fuente las señales de que Angélica la Bella había cometido vileza con Medoro, de cuya pesadumbre se volvió loco, y arrancó los árboles, enturbió las aguas de las claras fuentes, mató pastores, destruyó ganados, abrasó chozas, derribó casas, arrastró yeguas y hizo otras cien mil insolencias dignas de eterno nombre y escritura”
Aunque sus niveles de locura le parecen demasiado exagerados y agotadores, por lo que decide que seguirá el ejemplo del melancólico Amadís:
“Y, puesto que yo no pienso imitar a Roldán, o Orlando, o Rotolando (que todos estos tres nombres tenía), parte por parte, en todas las locuras que hizo, dijo y pensó, haré el bosquejo como mejor pudiere en las que me pareciere ser más esenciales. Y podrá ser que viniese a contentarme con sola la imitación de Amadís, que sin hacer locuras de daño, sino de lloros y sentimientos, alcanzó tanta fama como el que más.” (capítulo XXV de la Primera Parte).
Claro que todos ellos no hacían sino seguir el ejemplo de Yvain, el Caballero del León de Chrétien de Troyes, que, dejando a su esposa Laudina para ir a vivir aventuras con sus amigotes, olvidó volver en el plazo de un año como le había prometido, lo que provocó el rechazo de ella. Yvain abandona el campamento de los nobles y sale corriendo por el bosque:
“Anda errante largo rato, hasta alejarse mucho de tiendas y pabellones. Entonces le va subiendo a la cabeza tal vértigo, que le hace perder la razón. Camina enloquecido, rompiendo y haciendo trizas sus vestiduras, huyendo por los campos labrados.”
Yvain caza y come carne cruda, vive desnudo y cubierto de mugre, hasta que encuentra quien le cure de su locura, y después se dedica a recobrar su honor y su amor perdidos. En el caso de Curial, en cambio, su penitencia por hacerle ojitos a Laquesis, olvidándose de todo lo que su señora Güelfa ha hecho por él, lo acaba conduciendo a ser capturado y vivir como esclavo en Trípoli, donde su orgullo es pisoteado hasta que está preparado para recuperar de nuevo su honor de caballero. También Tirant acabó en tierras de berbería, aunque con mejor fortuna, en su caso alejándose por voluntad propia de su señora Carmesina al creer que le había sido infiel. Y así sigue una larga retahíla de caballeros que se debaten entre la vida errante que les dará fama y honor, y la pobre enamorada de la que se olvidan una y otra vez.
Flor de caballería
Pero las obras que obsesionaron a don Quijote eran libros de caballerías (los ejemplos más realistas como el Tirant lo Blanc y el Curial e Güelfa suelen ser llamados “novelas caballerescas”, porque en ellas sus héroes, aunque sean ideales, no luchan contra gigantes ni magos). Los libros de caballerías castellanos a partir del Amadís de Gaula de Garci Rodríguez de Montalvo en 1508 provocaron una auténtica fiebre que dará lugar a un amadiverso infinito, de novelas y más novelas que relatan las hazañas de sus compañeros, imitadores, descendientes...
Los libros de caballerías se traducen y se leen por toda Europa, y suponen el último coletazo del género caballeresco, hasta que Don Quijote de la Mancha certifica su defunción a principios del siglo XVII con una ácida parodia. Reyes, nobles y gentes de todas clases eran fans incondicionales de los héroes de las novelas, que podían llegar a todos los estratos de la sociedad: ahora se olvida a menudo que la lectura no era una actividad solitaria, ya que en una reunión familiar, en una taberna o dondequiera que se reuniera un grupo de personas, bastaba con que alguien supiera leer para que una audiencia embelesada pudiera seguir las aventuras de sus caballeros favoritos.
Estos libros tenían tanta popularidad como mala fama, y todos los moralistas de la época gastaron páginas y páginas criticándolos. Los libros de caballerías eran vistos como ahora lo son las películas de superhéroes, y las críticas son las mismas: que son muy tontos, que están llenos de historias inverosímiles y de idas de olla, que son todo el rato lo mismo y no tienen ninguna originalidad... Que los jóvenes se creerán que de verdad pueden hacer todas esas hazañas, y las jóvenes perderán el tiempo esperando que aparezca un héroe tan intachable y fiel enamorado como el de las novelas con el que casarse... Y de la misma manera y a pesar de tanta crítica, su popularidad era imparable. La Corona incluso quiso prohibir que se enviaran a las colonias de América, porque le parecían un pésimo ejemplo, pero eso tampoco impidió que llegaran a las bibliotecas americanas. Muchos lectores perdieron el seso leyéndolos febrilmente como Alonso Quijano.
Comienza la historia de los invictos y magnánimos caballeros...
Todo esto a raíz de mi última lectura, el Cristalián de España de Beatriz Bernal, único libro de caballerías del que se sabe con seguridad que fue escrito por una mujer (por cierto, una búsqueda en internet sobre ella mostrará quinientos millones de veces el retrato de la infanta Catalina Micaela, la hija de Felipe II, en la habitual desinformación y estupidez de la red de redes). Publicado por primera vez en Valladolid en 1545, esta dama burguesa, posiblemente con una buena educación en letras, demuestra un hecho indiscutible, y es que las mujeres también eran lectoras ávidas del género caballeresco. No se le conoce ninguna otra obra, y es posible que le llevara largo tiempo escribir las innumerables páginas (900 en mi edición) con las hazañas interminables del héroe Cristalián.
No veo en ellas ninguna línea argumental, ni siquiera la crisis del héroe y su amada; en todo caso, los infinitos personajes (hice bien en llevar una lista, seis páginas tiene) más o menos convergen en una hazaña final de gran dimensión épica. El remate último es una aventura fantástica que sirve para confirmar el amor de los caballeros y sus damas, un poco al estilo de la “joie de la cour” al final de Erec y Enide (Chrétien de Troyes siendo el origen de todo), aunque es posible que su inspiración directa sea la prueba del arco de los leales amadores del Amadís. Todas las doncellas son bellísimas, todos los héroes son imbatibles, y cada aventura solo puede acabar con su victoria, pero eso no es muy diferente de tu serial televisivo clásico en que cada episodio consistía en que los buenos tenían que derrotar a los malos y llegar al final feliz, por imposible que pareciera.
Algunos personajes desaparecen sin saber por qué, otros no pintan demasiado, de algunos se dice su nombre después de muchísimas páginas, como si la autora se hubiera olvidado. Todas las historias remiten a los clásicos del género, incluso durante un tiempo Cristalián se hace llamar caballero del león, por un león que lo acompaña, pero que no hace nada y encima muere fuera de cámara sin pena ni gloria. No hay nada reprochable en la novela, los protagonistas son castísimos, no hay hijos fuera del matrimonio como en Amadís, ni mucho menos las procacidades del Tirant. Pero lo que sí tiene esta obra de autoría femenina son muchísimas mujeres, en todos los capítulos y todas las tramas: unas son princesas bellísimas de las que se enamoran los caballeros, pero otras son damas andariegas que llevan y traen recados y mensajes y hacen avanzar la historia, como las dos doncellas que van por el mundo buscando aventuras y localizando a caballeros para que las lleven a término. Hay hechiceras buenas y malas (que son sabias y lectoras, y a menudo no se casan) y reinas por derecho propio, y luego está el sueño de toda lectora de novelas de caballerías: la dama-caballero, Minerva.
Minerva la brava
“Los dioses repartieron en mí tanta parte de buena ventura, que hasta hoy yo no he hallado caballero que contra mí mucho en batalla pudiese durar. Yo como me vi dotada de tanta parte de buena caballería, hice grandes sacrificios a los dioses para que me dijesen quién había de ser el caballero que esta aventura [...] había de dar cima: a mí me fue revelado por los dioses que yo había de ser”
Según María Carmen Marín Pina en “Aproximación al tema de la virgo bellatrix en los libros de caballerías españoles”, en la literatura clásica y medieval aparecen dos tipos de mujeres guerreras: uno es la doncella que se ve obligada a ir a la guerra disfrazada por algún motivo (y despierta la pasión de algún compañero desconcertado) como en el romance de la doncella guerrera del romancero español; otro tipo es la amazona, guerrera por naturaleza, que renuncia a todo lo femenino y odia a los hombres. En el Orlando Furioso, Bradamante y Marfisa representan más o menos esos dos tipos, aunque la decisión de Bradamante de armarse para ir en busca de Rugiero sea voluntaria: técnicamente va disfrazada, porque todos los caballeros parecen iguales con sus yelmos cerrados, y si derrota a todos sus enemigos no se debe a su maestría, sino a sus armas encantadas.
Pero Minerva se sale de estas categorías: es imbatible por virtud propia, se dedica a las armas porque le gusta, y no renuncia a su feminidad. Igual luce vestidos que armaduras, incluso en algún momento luce atuendo masculino y femenino a la vez:
“la infanta Minerva [iba] armada salvo las manos y la cabeza [...] tan hermosa, ca llevaba sus dorados cabellos cogidos en una red de hilo de oro sembrada de muchas perlas y piedras de gran valor.”
Los otros caballeros nunca cuestionan su valor, y recibe los mismos honores que todos. Su inspiración clara es la diosa clásica, esa imagen omnipresente en el mundo renacentista de mujer armada, fiera pero también símbolo de la prudencia y la sabiduría. Y aunque al principio Minerva es pagana, luego se hace cristiana para ser aún más perfecta.
Confusión de géneros
El episodio más curioso de la historia de Minerva es justamente aquel en que tiene que disimular su identidad, dando lugar a divertidos equívocos: cuando está a punto de ser derrotada por los hombres de un duque, la hermana de éste, admirada de su valor, le pide que se rinda ante ella; es llevada al castillo del duque y curada de sus heridas, pero todo ese tiempo usa el seudónimo de Caballero de las Coronas. Lo curioso es que, como hombre, Minerva parece un doncel bellísimo, provocando que la hermana del duque se enamore de él, y no tenga intención de dejarle ir (y habiéndose rendido a ella, Minerva no puede faltar a su palabra de caballero y marcharse sin su permiso). Y al mismo tiempo, el duque, como el hijo del rey en el romance de La doncella guerrera, sospecha que es mujer y también se enamora de ella, poniéndola a prueba para ver si la descubre. Minerva solo quiere largarse de allí, así que convence a la doncella para que se fugue con él/ella, cosa que la enamorada hace sin dudarlo, ya que, como Minerva misma dice más tarde: “y si Dios tuviera por bien como fui mujer hacerme hombre, sin duda yo fuera venturoso en amores.”
Como he alternado la lectura de las 900 páginas del Cristalián con otros libros, resulta que al mismo tiempo que transcurría este pasaje estaba leyendo la historia de la doncella guerrera del Roman de Silence, de Heldris de Cornualles, obra del siglo XIII donde se da un triángulo muy similar al de Minerva. En esta curiosa historia se cuenta cómo cierto rey prohíbe heredar a las mujeres, por lo que la única hija de un noble es criada como varón. Se la da el nombre de Silence, pues debe callar su secreto el resto de su vida. Recibe entrenamiento como guerrero y sobrepasa en talento a todos los demás, y también es un excelente juglar: el caballero perfecto. En la corte, la reina se enamora de él, pero Silence tiene que rechazarla para no ser descubierta. Siguiendo el modelo de la historia bíblica de José y la esposa de Putifar, la reina despechada denuncia ante el rey que Silence la ha intentado violar. Lo que sigue es una trama bastante confusa en que el rey, del que solo se dice que tenía en gran estima a Silence por sus virtudes, se limita a desterrarlo. El final de toda esta historia sólo se aclara por la aparición de Merlín, que revela la verdad acerca de Silence y de la reina, que tiene otro amante en la corte (¡disfrazado de monja!). Reina y amante acaban ejecutados, y el rey, sin venir a cuento, se casa con Silence, que ya no tiene que disfrazarse, porque además la ley que lo provocó todo queda anulada.
Hay mucha confusión de géneros en esta historia, que trata al protagonista en masculino casi todo el tiempo. El argumento principal es la lucha entre Naturaleza y Crianza, es decir, si Silence puede anular su condición de nacimiento a causa de la educación que ha recibido. Ella comprende que como hombre le irá mejor, pero su fuero interno la urge a ponerse a coser: “Aler en violt a la costure / Si com li a rové Nature”. Toda la historia está cargada de misoginia, como cabría esperar de su época, pero en eso no puede ser más diferente de la historia de Minerva. La reina especialmente es retratada como una auténtica bruja lujuriosa, mientras la pobre hermana del duque sólo es una jovencita deslumbrada. Cuando se ve rechazada, la reina acusa a Silence de que en realidad le gustan los hombres... “Certes, gel croi bien a erite / Quant a feme ne se delite.” Y cuando el rey recibe la noticia del intento de violación, en absoluto monta en cólera, sino que le quita importancia: el chico es de buena familia, son cosas de juventud... “Cis est moult de halt parenté,/ Et si est fils a moult prodome./ Or en gardons tolte la some./ Cho qu'il a fait est par enfance”. Ya lo mandará lejos, y ella que se olvide, que aquí no ha pasado nada... “Niens fu, niens est, a rien ne tagne.” (Ah... pasan los siglos y la misma canción).
Las confusiones de género con doncellas disfrazadas se dan en todas las historias caballerescas, pero hay historias que rizan el rizo, como el Amadís de Grecia de Feliciano de Silva, donde el protagonista se disfraza de doncella para enamorar a su amada, y luego, en un triple salto mortal, como doncella se disfraza de doncella guerrera para luchar por ella... Aún más complicada es la historia de Ricardeto y Flor de Espina en el Orlando Furioso: Flor de Espina encuentra a Bradamante en el bosque y cree que es un hombre. Como Minerva, parece un doncel muy bello, por lo que se enamora perdidamente de él/ella. Cuando Bradamante se da cuenta, no tarda en aclararle que es mujer, pero el amor de Flor de Espina no remite. La aloja en casa de sus padres, la hace dormir en su cama, y la pobre Flor se muere de deseo. La guerrera quiere evitar problemas y se va cuanto antes, pero cuando llega a su casa y cuenta la historia, su hermano Ricardeto, que es su mellizo, ve la oportunidad de enamorar a la chica que le gusta: con las armas de Bradamante se presenta ante Flor de Espina y le cuenta que se ha hecho el milagro y se ha convertido en hombre. Los padres de la doncella lo/la alojan encantados de nuevo y la/lo dejan dormir con ella (y la doncella deja de ser doncella). Ricardeto pasa un tiempo vestido de mujer y durmiendo con Flor de Espina hasta que la cosa se descubre y le va de un pelo que lo ejecuten en la hoguera, salvado en el último momento por Rugiero. Hay que decir que lo de su transformación milagrosa podía ser creíble para un lector de las Metamorfosis de Ovidio, donde se cuenta la historia de Ifis, una niña a la que su madre cría como niño, a escondidas del padre que solo quería un varón. Cuando llega el momento de casarse, Ifis y su prometida están muy enamoradas, y para deshacer el entuerto, la diosa Isis le concede el deseo y la convierte en hombre.
Mujeres de acción
Silence tiene poca agencia en toda su historia, mientras Minerva toma la iniciativa en la suya. No hay celos ni muertes, tan solo un divertido sainete: ella se escabulle en mitad de la noche para cortejar a la hermana, mientras el duque intenta escabullirse en su habitación para declararle su amor, y claro, la encuentra vacía. Minerva es un caballero, y no finge cuando jura servir a la doncella: “mirad que yo tengo a mi cargo esta doncella, y si poder tuviese para la hacer del mundo señora, yo la haría de muy buena voluntad; y cuando más por ella no pudiere hacer, yo le daré la mitad de mi señorío.” Cuando la pobre descubre la verdad, quiere morir de vergüenza, pues ya se ha deshonrado huyendo de su casa con un extraño, pero Minerva (y la autora en su nombre) le da la vuelta a la historia y cuenta a todo el mundo que la doncella sabía que se escapaba con una mujer, que sólo quería dejar sus recónditas tierras para poder ir a la corte. Al final, no hay nada ni remotamente inmoral en toda esta historia.
El duque está contentísimo cuando confirma que Minerva es mujer, y hace todo lo posible para cortejarla (pero, ¿qué sentido tiene que se ofrezca a ser su caballero, si ella lo es en sí misma?). Aunque Minerva es bastante esquiva, el duque (luego rey) se limita a acompañarla a la guerra, donde ella hace las más grandes gestas, solo detrás del protagonista Cristalián. Extrañamente, su historia se soluciona en segundo plano, cuando al final se refieren a ella como “reina Minerva”, dando a entender que se casó con el rey, pero nunca se dice que renuncie o abandone su identidad caballeresca. Hay un montón de bodas al final del libro, como debe ser, pero la historia se queda abierta en espera de una continuación que nunca llegó.
Se hace referencia a Minerva en otros libros de caballerías como ejemplo de doncella guerrera, y hay muchísimos personajes femeninos que toman las armas, con diferentes características cada uno. Pero es muy evidente que Minerva es un caso especial porque tengo por seguro que la autora le tuvo especial cariño y quiso reflejar en ella su amor por este género, el ansia de aventura, la posibilidad de existir en un mundo sin las trabas misóginas del mundo real. Ojalá una novela de Minerva como princesa guerrera, ojalá hubiera protagonizado más hazañas y prodigios, pero en fin, ahora que este género está tan olvidado, y que muchos se escandalizan de encontrarse personajes femeninos en historias de acción como si fuera una locura moderna, no está mal recordar la genealogía de damas bizarras que dieron batalla durante siglos.
Cristalián de España - Beatriz Bernal. Texto preparado por Enrique Suárez Figaredo, 2019
Las aventuras del caballero Cristalián, adaptación de Diego Arboleda, ilustraciones de Eugenia Ábalos- Anaya infantil y juvenil, 2025
“Quid puellae cum armis?” Una aproximación a Beatriz Bernal - Donatella Gagliardi, tesis doctoral
Aproximación al tema de la virgo bellatrix en los libros de caballerías españoles - María Carmen Marín Pina. CRITICÓN, 45, 1989, pp. 81-94.
Minerva y la reformulación de la masculinidad en Cristalián de España de Beatriz Bernal – Montserrat Piera. Tirant, 13 2010, pp. 73-88
Silence. A Thirteenth-Century French Romance - Heldris De Cornualle. Newly Edited and Translated with Introduction and Notes by Sarah Roche-Mahdi. Michigan State University Press. East Lansing, 2007






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