A Naomi Klein hace tiempo que la confunden con Naomi Wolf, y no solo porque sus nombres se parezcan: dos escritoras de más o menos la misma edad, rubias, intelectuales, americanas o canadienses, judías, que escriben sobre temas sociales, denuncian el consumismo, el patriarcado, el cambio climático... Pero estas dos personas que tenían tanto en común difirieron cuando Wolf inició una deriva que la llevó, ya en época covid, a asociarse con negacionistas y conspiranoicos, y a dar su apoyo a los peores elementos neonazis y racistas. A Klein no solo le resulta incómodo que le dirijan acusaciones que en realidad son para la otra (“no puedo creer en lo que se ha convertido”), sino que en Doppelganger se cuestiona si no pudo ser ella la que acabara convertida en la Otra Naomi: cómo alguien con unos orígenes y unas ideas tan similares, liberal, progresista, defensora de los oprimidos como ella pudo escorarse hasta el opuesto absoluto de su ideario.
Porque era de esperar, en la época covid o en cualquier otra, la actitud de los extremistas y reaccionarios, que desconfían de los gobiernos o las democracias en general y alientan deseos golpistas y totalitarios. Era de esperar la reacción de las familias conservadoras, las madres de “¿es que nadie va a pensar en los niños”, con su ideario trasnochado. Lo inesperado era que a ellos se uniera gente que se identificaba con la izquierda, progresista y moderna, gente que lucha contra el consumismo y el capitalismo, que denuncia el poder empresarial, sobre todo de las farmacéuticas, que también desconfía de los gobiernos y los acusan de totalitarismo... Unos y otros se acaban uniendo en su oposición a las vacunas, a los confinamientos, a las medidas sanitarias, adentrándose más y más en demenciales teorías sobre lavados de cerebro, poblaciones convertidas en zombies, el advenimiento de una gran dictadura mundial, tráfico de niños, experimentos perversos, la invasión china... el pozo no tiene fondo. La cuestión es: ¿eran realmente dos extremos que se han encontrado, o nunca estuvieron tan separados?
Cuenta Naomi una historia de cuando su marido se presenta a unas elecciones locales; recorre puerta a puerta un barrio donde espera encontrar a sus votantes, gente liberal y progresista como él. En una casa que huele a incienso le explica a una señora con ropa de yoga las mejoras que quiere hacer para la comunidad en cuestiones de salud, educación... Todo le parece estupendo hasta que empiezan a hablar de las restricciones covid. La señora afirma que está en buena forma y no necesita vacunas (como si eso bastara), y el señor le recuerda que hay gente anciana o enferma, y debería pensar en ellos. Su respuesta lo deja helado: “esa gente merece morir”.
Cómo pueden florecer ideas eugenésicas nazis en un hogar progresista en una próspera y moderna comunidad canadiense, por chocante que parezca, no es tan imposible. Cuando sus antepasados colonizadores llegaron a esas tierras, encontraron poblaciones indígenas a las que vieron como subdesarrolladas y, sobre todo, como un estorbo. Cuando cayeron exterminados por las epidemias, los colonos no sólo lo consideraron el deseo de Dios, sino su confirmación de que eran pueblos que no merecían vivir (como las pestes que en la Biblia aniquilan a los infieles). La obsesión norteamericana por el auto-cuidado, las dietas y el ejercicio para convertirse en “su mejor versión” es profundamente individualista: cada uno tiene que esforzarse y trabajar duro para mejorar su vida, ignorando la raíz de los problemas comunitarios y sociales. Este pensamiento tiene raíces profundas en el ideal del colono que hace las américas para prosperar y triunfar por sí mismo, conquistando la tierra, sobreponiéndose a los peligros, triunfando en sus empresas. Ignorando que habita en países construidos sobre tierra robada con el trabajo de población robada.
Cierta gente obsesionada con el auto-mejoramiento está a un paso muy corto de creer que todo su esfuerzo la convierte en superior a toda ese gente enferma, gorda y vieja que no hace nada por estar en forma (como si no hubiera ninguna circunstancia de clase, de acceso a la sanidad, a la alimentación, o el lugar del mundo donde le ha tocado vivir). Gente extrema que llega a pensar que su cuerpo-templo es tan superior que los virus rebotan en ellos y no necesitan medicinas; que la naturaleza (sustituta de Dios) es tan sabia que, si se está muriendo gente, forma parte de su plan. Las vacunas son horribles inventos humanos que van en contra de la naturaleza. Esa gente enferma y vieja es una carga para la sociedad y “se iban a morir igual”, así que tampoco importa tanto que la madre naturaleza haga una limpieza y deje una sociedad mejor (y vuelta al ideario nazi). Así de fácil los neo-chamanes y las neo-brujas veganas de las terapias energéticas acaban haciéndose colegas de conspiranoicos del reemplazo y denunciadores del lobby trans, uniéndose para salvar la civilización occidental, para salvar al mundo, ellos los héroes, los mártires, los salvadores.
Esa perversión de las ideas es un rasgo clave de lo que Klein llama “the mirror world”, una gente indistinguible del ciudadano medio de una democracia moderna, pero en cuya realidad se dan terribles amenazas de antenas de 5G con virus programados y fumigaciones tóxicas. Lo más terrible es que ellos se sienten luchadores por la libertad que quieren derrocar tiranías, pero para ellos la tiranía es la identidad de género y que los extranjeros tengan derechos. Y es que da la sensación de que la mayoría de los seguidores de este mundo espejo pertenecen a grupos que nunca han sufrido marginación y ahora copian el lenguaje de las luchas sociales de minorías oprimidas, magnificando sus incomodidades como las mayores opresiones, eligiendo los objetivos más banales o imaginarios. Como resultado, la verdadera lucha queda convertida en parodia. La clave es una disputa por la posición de víctima, que resulta mucho más cómoda que la de verdugo (sobre todo cuando es inventada). En uno de sus muchos momentos lamentables, Naomi Wolf se encara con los dueños de un restaurante que requiere vacunación para entrar, llamándoles la atención de que, siendo negros, discriminen a los no vacunados de la misma manera que su pueblo ha sido discriminado. Sí, como si siglos de secuestros, tráfico, torturas, esclavitud, matanzas, racismo, segregación y linchamientos fueran lo mismo que no poder comer en un restaurante.
Naomi Wolf saltó a la fama con un clásico feminista, El mito de la belleza, pero cuando su país revocó la protección al derecho al aborto, y éste se convirtió en ilegal en muchos estados, ella, que se pasaba el día como adalid de la libertad y los derechos, no tuvo nada que comentar sobre el tema. Este es el doppelganger que inquieta a Naomi Klein, una nueva ola reaccionaria con el lenguaje de las causas justas y la defensa del pueblo (aunque no deja de lado de vez en cuando el lenguaje de la violencia y la matanza), con la cara de dulces amas de casa que solo quieren lo mejor para su familia. No se pronuncia la palabra “fascismo”, pero se cae en todos sus dogmas. Y como se había llegado a cierto consenso sobre los derechos humanos, la legalidad y la justicia, ahora ser inmoral, malista y desalmado es el nuevo anti-sistema, la nueva rebeldía, la causa guay que los nuevos rebeldes se atreven a defender resistiéndose a la opresión del totalitarismo del bien, la paz y la justicia. Mientras tanto, las verdaderas luchas sociales se criminalizan y se equiparan al terrorismo, y la respuesta de la sociedad se desactiva convenciéndoles de que la verdadera amenaza son los pronombres y las vacunas.
Hay una interpretación histórica que ha explicado el nazismo como un cáncer surgido de repente en la civilizada Europa (¡¿cómo fue posible?!), y no quiere entender que el proceso empezó mucho antes con el colonialismo, de hecho, quizá con la Reconquista (“esta tierra ERA nuestra, no estamos expulsando a sus habitantes, la estamos recuperando” es un argumento que ya se usó aquí), lleva a las invasiones de África, América y todo continente posible (“no son auténticos humanos, merecen servirnos/morir”) y, como muchos historiadores han remarcado, a partir del siglo XX rebota hacia la propia Europa, donde se aplican las mismas masacres hacia las poblaciones que en ese momento se decidió que no merecían vivir. Todo en nombre de la civilización, del progreso, del bien de la humanidad. Y es que quizá esos hitos tan venerados de la historia occidental, el Renacimiento, la Ilustración, el Progreso, solo son el reverso de la otra historia, la de la esclavitud, el exterminio, la conquista, levantados con el sudor y la sangre de masas de humanos considerados sacrificables. Quizá por eso los modernos habitantes de democracias liberales occidentales, sean cual sea el escalafón que ocupen en ellas, están a un paso muy corto de justificar la masacre: “It’s the nice, normal people down the street who turn out to be capable of monstrosity —monstrousness is revealed as the evil twin of nice, the doppelganger of normal.”
Y porque no es necesario irse al pasado, sino que estas modernas democracias liberales, ahora mismo, están construidas sobre la masacre, la sangre y el sacrificio de millones de personas utilizables, lo que Klein llama the Shadow Lands, los horrores del mundo de los desposeídos: fábricas-prisión con guardas armados y redes anti-suicidio en las ventanas, donde cuerpos amontonados de adultos o niños, de hombres o mujeres, fabrican las bagatelas con las que corporaciones gigantes sacan el dinero de los bolsillos a los pobres del resto del mundo. Corporaciones de mega-millonarios que pagan sueldos de miseria y racanean con la pausa del baño. Ciudades de chabolas, de auto-caravanas o de tiendas de campaña donde van a vivir los trabajadores pobres que alimentan con su sudor el espectáculo de las ciudades para turistas. Siendo todos los anteriores más afortunados que aquellos que mueren bajo las bombas que la industria armamentística necesita consumir en guerras para seguir siendo rentable, o que aquellos que huyendo de esas guerras o de la miseria anterior, acaban atrapados en campos de concentración en un limbo legal en el que pasan años consumiéndose, sin justicia ni esperanza.
Ese el el doppelganger de este mundo supuestamente moderno y avanzado que se divierte con mundiales de fútbol y conciertos de superestrellas. Mucha gente moderna y civilizada está dispuesta a permitir el sacrificio de la gente desechable para seguir manteniendo el espejismo, sin ver que el abismo también puede abrirse a sus pies. Si la civilización es esto, quizá vale la pena empezar de cero otra vez.











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