sábado, 19 de enero de 2013

Viviendo libros


Después de hacer la aritmética anual de libros leídos durante el 2012, he intentado imaginar la biblioteca inexistente que reuniría todos los libros anotados en la lista en la que durante años he llevado el registro de todo lo que leo: sólo algunos de esos libros están en mi biblioteca personal, otros se reparten por bibliotecas públicas, otros no llegaron a contentarme y fueron intercambiados o abandonados. Es fácil imaginar esa biblioteca, que nunca podría acomodar en mi casa a no ser que fuera una mansión, como una biblioteca mental instalada en mi cerebro. En sus bonitos estantes haciendo bulto, los libros en hileras dispuestos a batir records de cantidad, altura y anchura con el paso de los años. Mis cientos de libros, perfectamente numerados, siempre dispuestos a sumar más y más numerales. Mis libros como disecados trofeos en un museo.

Entonces la soñada imagen se me ha deshecho como polvo: ¡mis libros no son eso! Algunos cambiaron mi manera de ver el mundo y durante un tiempo orientaron mi vida en alguna dirección, pero incluso esos no puedo recordarlos claramente, más que por algún detalle. Y de los muchos que cumplieron su función, incluso habiéndolos disfrutado mucho, apenas podría decir nada. Entonces, ¿ha sido inútil leer todos esos libros? ¿Soy lo mismo que aquel que sólo leyó una docena de libros en su vida, o que no leyó ninguno? Si realmente quería mantenerlos en mi memoria como trofeos disecados, estaba muy equivocada. Los libros no se almacenan, por más que nos haga gracia la aritmética. Los únicos y favoritos, los corrientes y aburridos, los amenos y agradables, hicieron su función en el momento en que fueron leídos, añadieron su ingrediente a la vida, que sin ellos hubiera sido una sopa mucho más sosa. La prueba es que en el idealista ejercicio de la relectura, ningún libro nos parece igual al que leímos: el libro es el mismo, la vida es otra. Cada momento ejerce su efecto, y todos juntos forman la biografía lectora. Aunque coleccionemos sus títulos como fotos pegadas en un álbum familiar, los momentos pasados son vagos recuerdos. Pero los libros que he leído me han hecho quien soy ahora.

El libro presente es el único libro real (aunque tenga mi mente menos en él que en los libros futuros, que siempre son infinitos y se multiplican en algún lugar del porvenir, para hacerme morir de ansiedad), los libros pasados ya no están, aunque vuelva a cogerlos del anaquel. Por eso existen ciertos libros que nos acompañan siempre, porque tienen tanta vida que no dejamos de vivirlos, porque siempre son diferentes, nuevos. Los que ya no están los vivimos en su momento, y los que vendrán son los que nos hacen continuar viviendo, porque están llenos de futuro. Los minutos de mi vida que llenaron los libros son como el resto de minutos que he vivido, se los ha llevado el tiempo. Son, más bien, como semillas en el jardín: están enterradas para siempre, pero algo nació de ellas, quizá sólo es un verdor difuso que hace agradable el paseo, quizá es un árbol que se mantiene firme por siempre. El tiempo pasa sobre este jardín, pero no puede decirse que no lo renueve cada día con insistencia.

La próxima vez que me pregunten: ¿para qué lees?, o mejor, cuando me vean leyendo y me pregunten (me pasó muchas veces): ¿por qué no dejas el libro y haces algo?, podré responder: estoy viviendo.

6 comentarios:

Helena Bonals dijo...

M'agradaria que em diguessin "per què llegeixes?", perquè darrerement no llegeixo pas gaire!

daniel dijo...

Muy bonita reflexión sobre lo que significan y aportan los libros en nuestra vida. Leer es vivir, sí señor. Yo creo que los libros son puertas a distintos ámbitos de experiencia vital que, sin ellos, simplemente no son accesibles. Por ejemplo, cuando uno lee un texto filosófico de un autor que vivió mucho tiempo antes de que uno naciera, puede vivirlo como diálogo con el autor y enriquecerse con su experiencia del mundo. Es mágico.

Hay muy pocos libros, unos poquitos, que pueda decir que han cambiado el curso de mi vida, entre todos los que he leído hasta hoy, pero quién sabe en qué maneras inconcebibles, más allá de lo consciente, unos y otros libros llegan a nuestra experiencia vital a darnos toques y encaminarnos sin saberlo nosotros en la dirección en la que andamos.

viu i llegeix dijo...

plas, plas, plas, Els llibres són una cosa més de les que ens han configurat la vida i qui no llegeix li falta un ingredient al plat. Jo a vegades m'imagino un capdell amb totes les paraules que he llegit, totes barrejades, complementant-se i donant escalfor

hiniare dijo...

Todo lo que intentaba decir lo dijeron antes que yo muchos otros, de hecho ahora me viene a la memoria el verso de Quevedo: “vivo en conversación con los difuntos/ y escucho con mis ojos a los muertos” y todo su poema “Desde la torre”. Puede decirse, igual que con el cine, que la literatura es el lugar donde los muertos caminan, sin connotaciones tétricas, todo lo contrario; es la victoria sobre la muerte. Milton también escribió: “un buen libro es la preciada vitalísima sangre de un espíritu magistral, adrede embalsamada y atesorada para un vivir más duradero que la vida”. Perdonad que casi escriba otra entrada, pero hice un trabajo sobre el tema y no acabaría nunca las citas.

Todo lo que hemos leído está en alguna parte, sin duda, en forma de algo, un jardín, o un ovillo… Viu, amb el cabdell fes-te un jersei, que t’abrigarà millor!

Helena, per què no llegeixes? Si és per manca de temps, t’entenc perquè he passat per aquesta tortura. Si és perquè has perdut l’interès, no ho puc entendre, jo cada vegada en tinc més!
h.

Jan dijo...

Pienso que leer es tambíen revivir.
Me identifico con muchas de las cosas que dices en tu bella reflexión.
He experimentado igual que tu, en determinado momento, cierta extrañeza en mi entorno inmediato hacia la afición a la lectura, (y no digamos ya de determinados temas) podemos decir que no era el ambiente que más la propiciara. He llegado a lo largo de los años a formar una personal biblioteca que para mí es un pequeño tesoro y de la cual disfruto mucho. Ahora compro muy pocos, ya sabes, esto de la crisis, acudo más a las bibliotecas públicas pero no satisface el placer de ampliar la propia, de conseguir una "pieza más". Cosas de la bibliofília... Y es que el libro como objeto para mi también tiene mucho atractivo. Tampoco me siento cómodo con el formato digital.

Encantado de encontrar novedades por aquí, un placer leerte.

Helena Bonals dijo...

És una barreja de les dues coses.