domingo, 17 de abril de 2016

Sobre "Realidad daimónica" de Patrick Harpur


Hace semanas que leí este libro, pero supongo que sus efectos y consecuencias se dejarán sentir durante mucho tiempo. Lo voy digiriendo lentamente y se mezcla con muchas otras ideas que me rondan. Uno de los motivos por los que me ha afectado es porque plantea una cuestión que yo misma me he planteado mucho tiempo, y que no es fácil de definir: soy una persona racional e irracional al mismo tiempo; por un lado, las fantasías y los imposibles no me convencen (nunca he tenido esa clase de fe), pero por otro, la racionalidad árida me repatea, por su cortedad de miras. Entonces, ¿cuál es mi lugar?

Este libro de Harpur aborda ni más ni menos que el tema de los fenómenos paranormales. Ante este tema, la mayoría de la gente adopta posturas opuestas: los que se carcajean de todo ello como delirios de enfermos, ignorantes y crédulos, o los que se apuntan a cualquier misterio con fe inquebrantable. Las dos posturas están muy igualadas, porque, a pesar de que la cultura imperante impone su punto de vista racional y tecnológico, al menos de puertas afuera, hay una realidad inmensa medio oculta que deja ver algún resquicio, desde las terapias energéticas o lo que sea, a los programas televisivos de misterios, o los elixires para el amor o el éxito, etc., etc., que dan una pista de que tanta racionalidad no sirve para mucha gente. De esa realidad oculta forman parte las experiencias de millones de personas, que no pueden clasificarse dentro de la vida cotidiana, pero que abarcan desde sensaciones, intuiciones y visiones, a auténticos viajes. Estas experiencias a veces son integradas en un sistema de creencias, pero, precisamente porque estos sistemas se han desmantelado, para mucha gente son una fuente de desconcierto y de trauma. Digo que son millones sin conocer ninguna estadística, tan solo extrapolando una cifra basada en la cantidad de gente que yo he conocido incluso sin proponérmelo. Es mucho más habitual que raro. La gente no puede ser racional y punto, porque su vida está llena de hechos inexplicables y extraños, irracionales. Harpur también piensa que es absurdo no abordar este tema. La ciencia oficial lo desprecia, y lo deja en manos de un dudoso grupo de entusiastas, que no destacan por su imparcialidad. Encontrar un término medio entre estas dos opciones es lo que él se propone.

Hay toda una historia de la filosofía, que no voy a resumir ahora, que trata de si podemos o no conocer el mundo que nos rodea. Nuestros cerebros no son ordenadores, ni nuestros ojos son cámaras, ni podemos captar literalmente el universo; estamos hechos para sobrevivir y hemos evolucionado para asimilar una realidad que podamos manejar, al menos lo suficiente para salir adelante. El mundo que captamos está hecho a nuestra imagen, y nuestra mente manipula esta imagen libremente, a través de la memoria, de los deseos y necesidades, de sus propios esquemas. De todas las posibilidades del universo, nos quedamos con unas pocas, y acordamos que ésas son las válidas. Este acuerdo sobre la realidad varía con el tiempo, y según las culturas.

Si hemos acordado que nuestra mente construye el universo, demos un paso más y digamos que nuestra mente es el universo, que no hay un interior y un exterior, sino que el gran Alma del Mundo se expresa, se concreta y explota todas sus posibilidades en los individuos. Esto es algo difícil de entender desde el punto de vista científico actual, pero éste es el punto de vista de nuestra época, y (como el pez sumergido en el océano que no puede ver el océano por estar en él) nos impide darnos cuenta de que no es el único punto de vista posible. Evidentemente, existe ese órgano llamado cerebro, esa simple masa viscosa de algo más de un kilo colocada dentro del cráneo, con sus células y sus sinapsis físicamente construidas con átomos, como el resto de la materia. Eso es lo que hay, y nada más, quiero decir, eso es lo que hay desde el punto de vista cuantitativo, comprobable y analizable, experimental y científico, datos todos ellos que pertenecen a la realidad, pero a una ínfima parte de todo lo que la realidad puede ser, a la parte más prosaica, plana, básica; para mucha gente, sin embargo, esa es toda la realidad que hay y puede haber.

Pero la psicología descubrió que en la mente hay mucho más y que no se lo puede ignorar. Si el cerebro son los números, la mente es la aritmética; o si el cerebro es el alfabeto, la mente es la poesía. Es el producto resultante, complejo, elaborado. Alguien muy materialista podría decir que no es más que una pura excrecencia del cerebro, un subproducto, un conjunto de fantasías. Pues este producto es lo que somos, y no podemos ser otra cosa. Esa es nuestra realidad. El universo que genera la psique es inmenso y apenas podemos manejarlo; no lo creamos nosotros, sino que él nos crea. Harpur utiliza el antiguo término de Alma del Mundo para definirlo, ya que se trata de algo colectivo o impersonal, o al menos más grande que los individuos. Éstos participan en él en diferentes medidas: hay quien lo ignora y hay quien es invadido abrumadoramente por su presencia. Los extremos nunca son buenos, y cada uno debe encontrar su propio encaje, su propia identidad, una que le permita vivir la vida aceptablemente. Y eso no se puede hacer si se ignora la parte de uno mismo que no le pertenece del todo, que es dominada por las fuerzas universales; de la misma manera que tampoco se puede vivir si uno es sacudido por esas fuerzas como un pelele. El término medio es una identidad estable que abarque todo lo que uno puede llegar a ser, si bien éste es un ideal que se persigue toda la vida.

Los fenómenos paranormales desafían la racionalidad, pero tomarlos literalmente es tan empobrecedor como tomar literalmente el punto de vista científico. Ambas actitudes están emparentadas, porque todo este campo que ahora se define como “paranormal” es una reacción paralela al desarrollo científico, y que, aunque en principio parece desafiarlo, copia sus mismos esquemas (“investiga”, busca “pruebas”). Pero se trata de los mismos fenómenos que en otras épocas se clasificaban dentro de las experiencias espirituales o religiosas, o en otras culturas, dentro de las creencias primitivas o tradicionales. También es el campo en que entran los trastornos psicológicos. Tanto si se trata de hadas o brujas, de apariciones de la Virgen, levitaciones o estigmas, de vampiros, extraterrestres o almas de los muertos, de voces o visiones, todos son fenómenos a través de los que se expresa la vida de la psique, y por lo tanto, son tan reales como las personas sientan que son, o tanto como su realidad les afecte. Es decir, exactamente igual que sucede con todos los fenómenos del universo, sea una puesta de sol o pilotar un avión.

No se trata de que los fenómenos físicos estén “fuera” y los psíquicos “dentro”; como he dicho, no hay dentro ni fuera. Estos conceptos sólo valen desde un punto de vista individual, aferrado a lo literal, que pone al yo y a su cuerpo como punto de referencia, cuando el yo es mucho más que eso. “La sensación de que nuestros cuerpos son literalmente reales es una construcción del ego racional que, aunque no se identifica con el cuerpo (ve el cuerpo como un vehículo), no obstante se alía con él de forma tan estrecha como para imponer su perspectiva al cuerpo. Convierte nuestra realidad física en la única; convierte nuestra realidad física en una realidad literal. Esto conduce a la creencia errónea de que, con la muerte física, dejamos de existir. Pero nuestra muerte física libera al cuerpo daimónico. Es más, si pasamos por una muerte iniciática, que destruye la perspectiva literal del ego racional, el cuerpo físico es desliteralizado, desatado de su perspectiva única”.

El “cuerpo daimónico”, según Harpur, corresponde al ego daimónico, la imagen individual con la que somos representados en el Alma del mundo, que usamos por motivos prácticos, pero que es mucho más imprecisa que el ego racional. Es el cuerpo con el que nos vemos en los sueños, que puede sentir y sufrir, pero también transformarse y permitirnos ser otros o muchos a la vez. La realidad de los sueños también se inmiscuye en la vigilia, cuando la conciencia se lo permite, y por eso podemos sentir experiencias con el “cuerpo daimónico” cuando creemos estar en nuestro cuerpo racional. Ya los antiguos poetas habían sospechado que los sueños son la vida y la vigilia su sombra, y el mundo de cada día, un largo sueño de una conciencia desconocida. Que no vivimos la vida, sino que la vida nos vive. Absurdamente, queremos controlarla, y vamos a ser derribados una y otra vez hasta que aprendamos a encontrar nuestro sitio en ella. Los fenómenos que se salen de lo normal nos dan una pista de que la realidad es otra cosa. No van a desaparecer sólo por decir que son imposibles, y si la cultura los suprime, aparecerán por otro lado. No son inofensivos: causarán trastornos individuales y sociales, causarán enfermedades físicas y mentales. Esta rígida sociedad no ayuda a la gente a encontrar el equilibrio de sus vidas, y mucho menos a crecer y realizarse como personas, porque sólo acepta un modelo de realidad, la que miden los aparatos y los experimentos, que es apenas una parodia de realidad, desnaturalizada, prosaica, desligada de todo su sentido. En cambio, comprender por qué aparecen esos fenómenos, qué los provoca, qué nos están queriendo decir, exige el valor de adentrarse en terrenos misteriosos, de vivir la peligrosa aventura de cada vida, pero puede hacer que consigamos integrarnos en esa realidad total y múltiple, inquietante y terrible, incomprensible e indefinible, pero que es la Realidad real.

-Realidad daimónica, de Patrick Harpur. Atalanta, 2007. Colección Imaginatio Vera, nº 14.
Imagen: Relativity, de M. C. Escher.

6 comentarios:

Alyebard dijo...

Aparco la lectura i hi tornaré amb calma. El text s'ho mereix.

Jan dijo...

Buena síntesis de un libro que está entre mis preferidos de Patrcik Harpur. Siempre es saludable recordar los mensajes que iluminan sus escritos.

hiniare dijo...

Hola,
Hablar de este libro no fue fácil porque aún estoy en proceso de asimilar las ideas que propone, y aún no sé si estoy de acuerdo con ellas o qué pienso yo de todo esto. Por eso ayuda escribirlas, para darles forma. No me limito a hacer un resumen de lo que dice Harpur, intento encarnar estas ideas en mí y en mi vida, y ver a dónde me llevan. Este libro pide una relectura, quizá de aquí a unos años, para ver qué pensaré entonces de todo ello. Bueno, Harpur tiene pocos libros pero buenos, los he leído casi todos y siempre pienso que debería volver a empezar y leerlo todo otra vez.
h.

Isa Muñiz dijo...

Estaba buscando algo tan difícil de encontrar que al googlearlo solo aparecían 2 fuentes (una mía), me refiero a un análisis de "Realidad Daimónica". Ha sido grato encontrar otra persona de habla hispana que analiza el tema. Al checar tus contenidos me han gustado mucho, espero me permitas seguir leyendote. Recibe un abrazo desde México! Atte Isa Muñiz.

hiniare dijo...

Gracias Isa por tu comentario. Puedes leerme tanto como quieras, aunque publique con tan poca frecuencia, sigo siendo partidaria de los blogs mucho más que de las redes sociales, que para mí son demasiado superficiales.

Desconozco la repercusión que tuvo este libro de Harpur (ni cualquiera de los otros); ni es un autor popular ni fácil de encuadrar, así que tiene todos los números para ser ignorado. Yo no dejo de reivindicarlo.

Hasta pronto
h.

Isa Muñiz dijo...

Ciertamente los blogs son mucho más profundos.
Sobre Realidad Daimónica y otros libros similares de Harpur o de otros autores como John Keel, ciertamente no son populares ni fáciles, pero eso es parte de su encanto. El problema es la soledad que genera ser participe de esos encantos ( no estamos entre los miles que leen Harry Potter). Pero para aquellos que podemos o intentamos entender sin duda es entrar al alma misma de la tierra o tal vez del universo. Yo amo el tema de los daimones, son uno de esos seres raros que lleva la estadística en contra, y encontrar seres similares y que se atreven a escribir sobre estos temas es ciertamente todo un lujo y un honor. Lindo inicio de semana, saludos desde la Realidad Méxicana.