martes, 31 de mayo de 2011

El juego perfecto

Sé que el ajedrez está considerado el juego superior, porque depende únicamente de la capacidad intelectual de los jugadores (y creo que es muy eurocéntrico despreciar la destreza quizá superior que requiere un juego como el chino-japonés Go), pero para mí el hecho de que el azar no intervenga es un defecto. Es el azar lo que hace que los juegos de mesa sean una representación de la vida, porque aunque la estrategia es necesaria, siempre hay una tirada de dados que introduce a un jugador supremo: la suerte, la magia, los dioses, Dios (como dice el verso de Borges, precisamente en un poema titulado Ajedrez: “Dios mueve al jugador, y éste la pieza”), un golpe del destino que en un momento tira por tierra todo lo planeado. Quizá algunos se refugian en los juegos como un lugar de reglas seguras; para mí es una versión codificada (artística) del camino extraño y apasionante de cada día: “¿Qué dios detrás de Dios la trama empieza / de polvo y tiempo y sueño y agonías?”.

El juego perfecto consta de un camino en el que cada jugador entra y sale por un sitio diferente pero en el que se mezcla con los otros jugadores, de manera que en casillas contiguas, uno puede estar llegando y el otro acaba de empezar. El camino se puede recorrer arriesgándose a ir solo y rápido, o en la seguridad de un grupo más lento. Se puede ser prudente o agresivo. Se puede reempezar muchas veces.

Este juego se empezó a jugar en la India quizá a partir del siglo IV, con el nombre de Chaupar, pero no está documentado hasta el siglo XVI con el dominio de la dinastía Mogol. Originalmente sería un juego de recorrido circular, que en algún momento se transformó en un recorrido en forma de cruz. Un tal emperador Akbar tenía en su jardín un camino con la forma del tablero de Chaupar, en el que hacía jugar a sus esclavas como fichas. Si éste era el juego de los ricos, los pobres hicieron una adaptación más sencilla llamada Pachisi (que significa veinticinco en hindi, la máxima puntuación que se podía conseguir con una tirada) que se volvería más popular y se extendería por Asia (por ejemplo, la variante llamada Pachiz que se juega en Uzbekistán).

A mediados del siglo XIX los juegos de mesa triunfaban en occidente, y un avispado empresario comercializó una versión del juego en Estados Unidos llamada Parcheesi. Otra versión apareció en Gran Bretaña con el nombre de Ludo, mientras en Francia aparecía otro juego similar, el Jeu des petits chevaux. En España se conservó el nombre original de Parchís y durante generaciones su tablero cuatricolor ha sido un referente para los niños.





Aunque el tablero de Parchís sea perfecto, en realidad es un diseño muy sencillo que aparece en otras culturas (la complejidad que han alcanzado los tableros de algunos juegos es incomparable, véase el Surakarta javanés). En la América precolombina está documentado un juego azteca llamado Patolli cuya semejanza con el Parchís ha traído de cabeza a los historiadores.

Sin embargo, es en occidente donde los juegos de mesa se han reducido a distracción infantil. Hacen falta muchos años para ser diestro en el Parchís, y bastante madurez para disfrutar de todas las dimensiones de un juego de mesa. Si se es capaz de ver más allá de los cubiletes de colores, se percibe la perfección de un juego que con unas reglas sencillas produce partidas siempre diferentes y complejas, inesperadas, a veces inacabables. Hoy en día se crean juegos de recorrido con complicados tableros, reglas y artilugios, todos una pálida imitación, un intento vano de emular la perfección de la Cruz, del Mandala, del Jardín, del Camino.

lunes, 23 de mayo de 2011

El mundo depende de ti

Ya que es época de discursos, yo también quiero traer aquí un buen puñado de palabras impactantes. Algunas cosas que he oído últimamente me han hecho recuperar la conferencia de Joan Melé, subdirector general de Triodos Bank que conocí gracias a RAB. No quiero hacer publicidad de él ni de su empresa, pero recomiendo dedicar un tiempo o tomar a pequeñas dosis esta lección sobre economía, ética y valores humanos. Me permito destacar algunas frases; las conclusiones las dejo a cada cual:

No tenemos derecho a exigir a los demás que cambien, uno sólo puede decir: me voy a cambiar a mí mismo. Sólo cuando te has cambiado a ti mismo, empiezas a ver, no qué puedes exigir a los demás, sino que empiezas a influenciar a los demás.

El virus de la “asquerosis múltiple”: nada vale la pena, nada se puede cambiar. Pues no es cierto. Cuando uno cambia y es coherente, descubre que empieza a tener influencia en su entorno.


Y no me sirve la excusa de que: es que, aunque lo haga yo, no servirá de nada… Sí que sirve: de momento, tú ya eres coherente, y cuando uno cambia, cambia su entorno. Uno no puede basar su ética y su responsabilidad en que lo hagan los demás.

Cada uno tiene que pensar que el mundo depende de él.

Hay millones de personas que se preguntan desde hace décadas cuándo saldrán de la crisis; no nos hemos dado cuenta que nosotros somos la crisis de ellos.


Más del 95% del dinero que se mueve cada día en el mundo responde a especulación, detrás no hay economía real. Y después de dos años de crisis se sigue haciendo lo mismo.

Estás en una ONG dedicada a la paz en el mundo, a ayudar a los damnificados de la guerra. Pero el dinero de la ONG está en una entidad especializada en financiar empresas que fabrican armas.

Es España hemos subido al puesto 7 en el ranking de venta de armas en el mundo.


Cuando se está muriendo otro ser humano, todavía no tenemos esa conciencia de que algo nuestro se está muriendo, y no es poesía esto que digo.

domingo, 15 de mayo de 2011

Vamos a echar unas risas: grouchadas

Como igual que un buitre. Desgraciadamente, el parecido no termina aquí.





Mande dos docenas de rosas a la habitación 424 y ponga “Emily, te quiero” en la parte de atrás de la factura.



Es usted una de las mujeres más bellas que he visto. Eso no dice mucho en su favor.



Nunca olvido una cara, pero en su caso voy a hacer una excepción.

GROUCHO: Y Gotlieb, nada de manitas con la señora Claypool, yo la vi primero. Antes la vería su madre, pero, ¿por qué remontarnos a la Edad Media?

MARGARET DUMONT: Mi marido murió.
GROUCHO: Seguro que está usando eso como una excusa.
MARGARET DUMONT: Yo estuve con él hasta el final.
GROUCHO: No me extraña que muriera.
MARGARET DUMONT: Yo le abracé y le besé.
GROUCHO: Así que fue asesinato. ¿Quiere casarse conmigo? ¿Le dejó su marido mucho dinero? Conteste primero a la segunda pregunta.
MARGARET DUMONT: Me dejó toda su fortuna.
GROUCHO: ¿De veras? ¿No ve que estoy intentando decirle que la amo?

EMBAJADOR: ¿Nos hemos visto antes en alguna parte?
GROUCHO: Ni siquiera estoy seguro de verle ahora. Debe ser algo que he comido.

CHICA: Me han dicho que es usted un gran abogado.
GROUCHO: ¿Quién fue? Mis clientes no. Los últimos los ahorcaron este mes.

(Subiendo el equipaje mientras embarcan en un transatlántico)
MARGARET DUMONT: ¿Lo tiene usted todo, Otis?
GROUCHO: Hasta ahora ninguna se quejó.