viernes, 16 de noviembre de 2012

La mano blanca de la luna, la mano negra de la noche


Hacía muchos años que la anciana sabia viajaba por los mundos, por eso no se sorprendió cuando veía a su nieta pequeña quedarse en silencio mirando al vacío, como si viera lo que los otros no ven. Cuando la niña creció, un día desapareció en el bosque y la buscaron mucho tiempo, hasta que dieron con ella en la espesura: parecía un animal salvaje y herido, parecía muerta. Su abuela le devolvió la salud, pero todos sabían que había muerto, que había vuelto de la muerte, que había viajado por los mundos, aunque ella no contara que había venido a buscarla su marido-espíritu, que la llevó al lugar más profundo de la tierra, donde los demonios le habían cortado la carne a tiras, hasta dejarla en los huesos, y después le habían arrancado los huesos y contado uno a uno. Ella se quedó mirando sus huesos, y entonces los demonios fabricaron huesos nuevos, los juntaron y pusieron sobre ellos carne nueva, y ella se dio cuenta de que podía volar, y salió volando por el agujero del centro del mundo, y subió y subió por una escalera de siete peldaños, que no era una escalera sino el árbol del centro del mundo, de cuyas ramas un día nacieron todos los seres, personas, animales, plantas, espíritus, y también las aguas, y el cielo y las estrellas. Por eso este árbol es también llamado la Madre del Cielo, y es así como se llama a la luna, de quien también se dice que es la madre de todo.
 
En este viaje ella fue pájaro y tenía alas y plumas, pero después fue reno y tenía astas; comprendió que ese reno era la Madre de los Animales, que hablaba con ella. Los demonios también le habían vuelto los ojos hacia adentro, y sintió una luz que la llenaba: ahora toda ella estaba llena de ojos por dentro y por fuera, veía todo lo que pasaba cerca y lejos, lo que había sucedido antes y lo que sucedería después.

Cuando se recuperó de sus heridas, dio a luz una niña, y todos sabían que era una niña-espíritu, pero ella no dejó que su padre se la llevara al mundo de abajo, prefirió entregársela a su hermana adoptiva para que ésta la criara como a hija suya, y así la niña podría crecer en este mundo (tiempo llegaría en que tendría que encontrar su propio camino). Más tarde se casó y tuvo otros hijos en este mundo.
 
De su abuela sabia aprendió las canciones que curan, pero usó poco de las medicinas que se encuentran en las plantas y las piedras. La gente venía a buscarla para preguntarle por lo que necesitaban saber, por lo que les inquietaba. Entonces ella ataba hilos rojos a los árboles que la conducían por sus ramas y raíces a los mundos de arriba o de abajo, o cantaba hasta que personas-espíritu hablaban por su voz y respondían a las preguntas, a veces muchas a la vez, sus voces resonando por toda la tienda. En tiempo de hambre hablaba con la Madre de los Animales y guiaba a los rebaños de renos, y sabía reconocer entre ellos los que debían consagrarse. En su honor había dibujado renos sobre la piel de su tambor, y su vestido ritual estaba hecho de la piel y las astas de un reno que la Madre había entregado a sus flechas.

A veces su cuerpo se calentaba tanto que podía coger con sus manos los leños encendidos sin quemarse, e incluso comerlos; a veces se enfriaba tanto que su piel se volvía gris y dura como la de un muerto, y se parecía a uno de aquellos que se llevan a la Casa de Muertos. Cuando le traían un enfermo, enseguida reconocía a aquel a quien habían robado el alma; entonces iba de viaje en el caballo-espíritu de ocho patas, volaba hasta la montaña del centro del mundo y por dentro de su cima bajaba hasta el río de fuego y lo atravesaba por el puente de la espada, delgado como un cabello, afilado como una cuchilla, el que los justos pueden atravesar pero del que caen los malvados; sus pies y sus manos sangraban, pero ella no notaba nada. Cuando encontraba el alma escapada, la metía en su saco y rehacía el camino hasta la tienda de ceremonias, donde se la metía al enfermo por los pies. Pero a veces, si el alma había comido los manjares de los difuntos, tenía que volver sin ella y el enfermo moría.
 
También acompañaba a los difuntos por ese mismo camino que ella había hecho tantas veces, y siempre sabía que quizá un día no volvería, que su marido-espíritu la convencería para que se quedase con él, pero entonces pensaba en la hija de ambos y deseaba que viviera en el mundo de los vivos durante muchos años y que tuviera hijos allí. Deseaba enseñarle las canciones que curan, a reconocer los renos que deben consagrarse, a subir por los peldaños del tronco del árbol del centro del mundo hasta las ramas donde anidan las almas de los niños por nacer…


 
Lectura muy recomendada: El chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis- Mircea Eliade (1951). Fondo de Cultura Económica, 2003.

domingo, 21 de octubre de 2012

La espiral, la serpiente, la oca


“El juego de tablero más sencillo, difundido y popular, aparcado en el recuerdo de nuestra primera infancia no es otro que el juego ancestral, el más antiguo conocido y también el más trascendental, cúmulo de significados. Y la trascendencia de sus arcanos, relegada al inconsciente colectivo, se comprueba con el hecho de su perdurabilidad como estampa de un juego cuyas reglas, y a pesar de los avances tecnológicos, no han variado un ápice en los últimos cuatrocientos años”. (María José Martínez Vázquez de Parga, El tablero de la oca. Juego, figuración, símbolo).

El juego de la oca es un elemental juego de recorrido. No hay límite al número de jugadores que pueden participar en él, pero no interactúan entre ellos, si acaso compiten por ver quién llega el primero. Tampoco es un juego de estrategia, y sus avances se deben completamente al azar de los dados. En el camino de 63 casillas que conducen al jardín central se pueden encontrar obstáculos y premios que hacen retroceder, paralizar la marcha o avanzar. El camino se enrosca sobre sí mismo dibujando una espiral, a veces oval o cuadrada, pero siempre avanzando hacia un centro.

Muchos estudiosos se han dado cuenta de que el juego de la oca no es sólo un juego de niños, sino el último vestigio que nos ha llegado del “juego ancestral” que representa el camino de la vida de forma simbólica o ritual, siguiendo una espiral laberíntica (pues las fichas trazan sus propios caminos en ella, retrocediendo y avanzando, recomenzando). Esta espiral ya se trazaba en las cuevas prehistóricas, se seguía en las danzas tradicionales, y en cierto momento se miniaturizó dibujándola sobre un tablero, sobre muchos tableros que dieron lugar a todos los juegos conocidos.

El de la oca parece ser que apareció por el siglo XVI o el XVII, y reconstruir su historia es difícil debido al poco interés que nadie tuvo en escribir sobre algo tan banal como un juego. Aunque algún autor identifica su simbología como medieval, no me parece menos estimulante su aparición en la época renacentista, con su enorme pasión por los emblemas y las metáforas visuales, sus elucubraciones neoplatónicas y herméticas, sus barrocas reconstrucciones de imágenes clásicas. Los juegos originales de esa época, transmitidos por la imprenta, se identifican totalmente con la estética de los emblemas: son esquemáticos, únicamente reflejan las casillas simbólicas, y por supuesto exhiben sus ocas, como aves heráldicas. Estoy convencida de que los jugadores que en su época se enfrentaban a estos tableros tenían la convicción de participar de un ritual lleno de significado. Aunque no dejaran de divertirse de lo lindo.

Se puede decir que la oca murió de éxito, pues la mayor divulgación de la imprenta en los siglos XVIII y XIX, la comercialización, la competencia de los impresores por lanzar productos atrayentes, el éxito de todo tipo de juegos de mesa, de estampas, de adivinanzas, no hizo más que popularizar el juego de la oca y sus múltiples versiones a la moda, y son esos tableros de colorines los que llegaron al siglo XX y hemos conocido, muy, muy lejos de cualquier contenido simbólico o ritual.

Lo que siempre me llamó la atención del juego de la oca como símbolo fue precisamente la oca: puestos a elegir animales simbólicos, no parece que el más presentable sea una especie de pato grande, que ni siquiera tiene la gracia del cisne. Pero parece ser que la oca era un animal mitológico en muchas culturas antiguas, sobre todo por su migración hacia cielos lejanos dibujando formaciones de flechas, lo que las convertía en vehículos apropiados para el viaje de las almas. Para los detalles de la mitología de la oca, me remito a bibliografías especializadas, pues habría mucho que contar. La teoría del origen medieval la relaciona con mitologías pre-cristianas que asomaban la cabeza a lo largo de la Edad Media y dejaron su rastro en leyendas sobre personajes fantásticos con pata de oca; con los templarios y los constructores de iglesias y catedrales; y especialmente con el camino de Santiago donde aparecen infinidad de topónimos relacionados con la oca. El por qué la oca presidió este juego renacentista es imposible de adivinar, si no es que fue la cristalización de toda esa mitología anterior, que concretamente se extiende por España y Francia. Sin embargo, una tradición recoge su origen italiano: “Este juego se inventó en Florencia y, como gustó mucho a Francisco de Médicis, viejo duque de Toscana, lo mandó a su majestad el rey Felipe II a España” (de Il gioco degli scacchi, de Pietro Carrera, 1617). Las cortes españolas lo difundieron por Europa y se convirtió en pasatiempo de los nobles.

Claro que ya antes existió otro “juego ancestral” elemental, el juego de la serpiente egipcio (mehen, cuyo pictograma es un cántaro) del que nos han llegado numerosos tableros, que siguen el cuerpo de la serpiente enroscada hasta llegar al centro donde reposa su cabeza. Aquí la espiral está llena de significado, porque las espirales se convierten en serpientes.
El círculo, el remolino, la espiral y el laberinto son una serpiente.

Parece ser que es el más antiguo de los juegos egipcios, y se desconocen sus reglas. Es interesante la hipótesis que menciona Martínez Vázquez de Parga, según la cual el recorrido del juego de la serpiente se simplificó para dar origen al senet, en el cual el camino serpentea formando una Z, siguiendo tres hileras de diez casillas cada una, entrando en el extremo superior izquierdo y saliendo por el inferior derecho. Los difuntos debían jugar una partida en un momento de su camino al más allá, para decidir su destino. Aparecen en muchas ilustraciones, dentro de un recinto llamado la Sala de las Dos Verdades, con un tablero ante ellos. No se suele reflejar contra quién juegan. Pero es evidente que el recorrido del juego simbolizaba el recorrido de su alma, por la vida y también por la muerte, hasta alcanzar una meta, un paraíso, un renacimiento. Esto no significa que la oca sea descendiente de este juego, pues parece que acabó siendo olvidado, pero su diseño y su significado son tan elementales que no es raro que haya ido reapareciendo en la historia.

También se suele mencionar el disco de Festos, misterioso objeto circular hallado en Creta, que presenta símbolos o escritura ordenada siguiendo una espiral, dividida en segmentos, por las dos caras. Las imágenes fueron impresas mediante sellos, lo cual parecería indicar que este tipo de escritura podría ser una actividad habitual, pero no se ha podido relacionar con la cultura minoica, ni se ha encontrado ningún objeto semejante. No ha faltado quien ve en el disco de Festos un tablero de juego, pero sería un caso único del que no se ha hallado jamás ninguna mención. ¿Otro rastro del “juego ancestral”?

"No entra quien quiere en el Jardín de la Oca, muchos impedimentos le molestan fuertemente. Quien queda en la cárcel, quien se ahoga en el pozo. Feliz el que a punto de entrar, no encuentra la muerte". (Cuarteto de oca de cerámica estilo pompeyano, citado por Henri René d’Allemagne)

El tablero de la oca está grabado en nuestro inconsciente colectivo (sobre todo si lo conocimos cuando apenas despertaba nuestra conciencia): el puente que salva obstáculos: la posada donde se cae en el ocio y casi se olvida el viaje; los dados que mágicamente deciden el destino, bueno o malo; el terrible pozo o agujero oscuro del que quizá no se puede volver a salir; el laberinto, pero qué poético que el tablero de la oca incluya un laberinto, que no es más que el propio juego dentro del juego, salir del laberinto interior permite seguir en el exterior; la cárcel que nos atrapa; y la siniestra calavera que no significa el fin sino el principio. Como las vidas, cada partida es diferente, pero gracias a la magia del juego pueden repetirse infinitamente siguiendo la espiral hacia el centro, hacia el exterior, otra vez hacia el centro… Y nadie pierde, todos llegan, pero llegar no es lo que cuenta, ya lo sabemos. Lo importante es jugar.

-El tablero de la oca. Juego, figuración, símbolo, de María José Martínez Vázquez de Parga. 451 Editores, 2008.

-Para saber todo lo que yo no he dicho, blog de la ilustradora Patricia Rodríguez Muñoz, El Camino dela Oca, creadora de este artístico tablero:
Gracias a ella conocí y pude conseguir el libro de Rafael Alarcón “A la sombra de los templarios”, cuyo capítulo segundo analiza el juego de la oca desde un punto de vista mágico y esotérico. Todos estos análisis finalmente me sobrepasan, no necesito más explicaciones porque para mí los juegos estimulan mi parte irracional y atávica, y cualquier cosa que los haga más mágicos me ilusiona como a una niña pequeña.
 Mi entrada copiada en otra página web:
http://www.cambioplanetario.com/t6723-el-juego-de-la-oca

viernes, 12 de octubre de 2012

Hildegarda de Bingen ya es Doctora de la Iglesia


La luz que veo no pertenece a un lugar. Es mucho más resplandeciente que la nube que lleva el sol, y no soy capaz de considerar en ella ni su altura ni su longitud ni anchura. Se me dice que esta luz es la sombra de luz viviente y, tal y como el sol, la luna y las estrellas aparecen en el agua, así resplandecen para mí las escrituras, sermones, virtudes, y algunas obras de los hombres formadas en esta luz.
Lo que he visto o aprendido en esta visión, lo guardo en la memoria por mucho tiempo, pues recuerdo lo que alguna vez he visto u oído. Y simultáneamente veo y oigo y sé, y casi en el mismo momento aprendo lo que sé. Lo que no veo, lo desconozco, puesto que no soy docta. Y lo que escribo es lo que veo y oigo en la visión, y no pongo otras palabras más que las que oigo. Lo digo con las palabras latinas sin pulir como las oigo en la visión, pues en la visión no me enseñan a escribir como escriben los filósofos. Y las palabras que veo y oigo en esta visión, no son como las palabras que suenan de la boca del hombre, sino como llama centelleante y como nube movida en aire puro. De ningún modo soy capaz de conocer la forma de esta luz, como tampoco puedo mirar perfectamente la luz solar.

En desagravio a la cada vez más popular Hildegarda de Bingen, el 10 de mayo de 2012, el papa Benedicto XVI dio por válido el culto popular que recibía desde hacía siglos, reconociéndola oficialmente como santa, y este 7 de octubre se le ha concedido el título de Doctora de la Iglesia, la cuarta mujer en recibir este honor después de Santa Catalina de Siena, Santa Teresa de Ávila y Santa Teresa de Lisieux. Todo es poco si ha de servir para dar a conocer a esta personalidad prodigiosa que rompe todos los esquemas preconcebidos de la Edad Media. Humildemente puse mi granito de arena con la entrada que le dediqué el 1 de agosto de 2010. A propósito de este acontecimiento, he dado con esta página que incluye una entrevista a una de sus principales estudiosas, Victoria Cirlot. También aparece el vídeo de una entrevista suya en el programa La belleza de pensar, que recomiendo con entusiasmo; habla no sólo de Hildegarda, sino también de la literatura medieval, el ciclo artúrico, el mito del Grial, el simbolismo medieval… Y de postre algunas de las composiciones musicales de Hildegarda. Ella sola da forma a un universo maravilloso en el que sumergirse.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

El momento



Lo que ocurrió anoche merece la pena ser recordado, porque viví unos momentos incomparables. Anoche, poco antes de las doce, me senté en el balcón. Soplaba una brisa muy fresca, muy suave, de aire puro. Las calles estaban silenciosas. Desde el seto, bajo el balcón, la fragancia de la dama de noche llegaba hasta mí con mucha intensidad, de manera que no respiraba más que aquel perfume, infinitamente dulce y delicioso. Mientras me sentía habitando en aquel mundo intermedio del entrechocar de las tiernas hojas de los árboles y la exuberancia de las flores sobre la tierra, levanté la vista hacia el cielo atravesado por el viento fresco y allí estaban, las estrellas. Allí me encontré, llamando a las estrellas por su nombre, mirándolas arrobada una por una, las siete de la Osa Mayor (excepto Megrez, demasiado débil, invisible), como queriendo llamar su atención para recordarles cuánto las quería. Y un poco más allá de Dubhe entreví la chispa luminosa de una estrella fugaz. ¡Es bien curioso! Es tan poca cosa de ver que casi ni te das cuenta, pero es al comprender lo que has visto que te llena la emoción, porque es tan excepcional y tan raro… Mirando las estrellas, sentía las flores; oliendo las flores, veía las estrellas. ¡Qué extraño que dos cosas tan distintas me parecieran en ese momento tan iguales! Cuando me fui a dormir, llené mi habitación de jazmines. Tendida sobre la cama, podía percibir la tersura de los blancos pétalos que me envolvían de dulzura. La brisa corría sobre mí como el agua fresca. En mis ojos cerrados podía ver brillar las estrellas. No pensaba en nada, nada podía preocuparme porque en ese momento me sentía tan feliz como un bebé mecido en su cunita. Caí dormida en un mundo en el que sólo había flores y estrellas.

Jueves, 8 de julio de 1993

domingo, 2 de septiembre de 2012

Mi robot favorito


Hace tiempo intenté comenzar una serie sobre mis favoritos con Mi monstruo favorito, y he acabado dejándola un poco colgada, pero tenía en mente continuarla, y hace poco me he dicho, con toda naturalidad: vamos a hablar de robots. Por supuesto que me refiero al mundo del cine, que ya viene perseguido a toda velocidad por la realidad, a punto de materializar muchas de sus fantasías y/o pesadillas.

Preguntarme por mi robot favorito es muy duro, porque siempre he tenido una loca afición por ellos, y en el cine hay tantos que me entusiasman que me cuesta elegir. Voy a hacer una lista para aclarar mis ideas, pero antes quiero establecer lo que es un robot, para no dar lugar a confusiones (los muchos años de ver películas me permitirían hacer una enciclopedia):

-un robot es un ser artificial mecánico, con una apariencia similar o parecida a un ser humano, programable pero totalmente autónomo. Cualquier máquina movida por un ser humano no es un robot (lo siento, Mazinger Z).

-una máquina que repite las mismas acciones no es un robot, en un autómata.

-un robot es totalmente artificial. En cambio, una persona a la que se le han añadido componentes mecánicos es un cyborg. Sea cual sea el resultado, el origen de un cyborg siempre es orgánico.


Uno de los primeros robots del cine, y que ha marcado la estética posterior (como toda la película) es María, de Metrópolis (Fritz Lang, 1927). El mad doctor que la crea la recubre después de carne para darle la apariencia de la humana María, produciendo un ser manipulador e irresistible. La menciono primero por ser tan antigua, pero cuando yo descubrí esta película ya había visto muchos robots y pude reconocer las influencias.



Por ejemplo, la más conocida es el bueno de C3PO, de Star Wars, aunque yo siempre he preferido al pequeño R2D2 (quizá porque no habla). Supongo que estos fueron mis primeros robots de la infancia… tienen un sitio en mi corazoncito.

Otro que me acompañó mucho tiempo fue Data, de Star Trek Next Generation. Su presencia sirvió para muchas reflexiones morales/sentimentales al mejor estilo Star Trek, sobre si los robots son o no seres vivos, sobre su deseo o no de ser humanos, sobre su inmortalidad, su inadaptación, su libertad, su autonomía o capacidad de crecer… Todo un tratado sobre el mundo cibernético.

 Quien se ha planteado todas estas cuestiones y las ha resuelto a su manera es Bender, el tremendo robot de Futurama. Claro que esta máquina alcohólica y viciosa vive en un mundo donde los robots tienen unas capacidades y una existencia que los de Star Trek no hubieran imaginado en sus peores pesadillas.


Uno que resulta imposible de olvidar es Ash, el inesperado androide de Alien, capaz de ciscarse en Asimov y sus leyes robóticas, si es por un bien superior. He visto a este gran actor inglés, Ian Holm, en muchísimas películas después, pero que me perdone, al primer vistazo siempre me acuerdo de Ash. “Contáis con mi simpatía”… Menudo ***********!

Sensación completamente opuesta produce Wall-E, el adorable robotito de la película de Pixar del 2008. Cuando la vi me di cuenta de que yo tampoco podía resistirme a su encanto. Esto me hizo reflexionar sobre lo manipulables que son nuestros instintos humanos, si cualquier máquina inteligente sabe tocar los puntos adecuados, y presentársenos como una mezcla de cachorrito y bebé. No todo lo que se mueve está vivo, aunque no podamos evitar creerlo. No todo lo que te mira con ojos desvalidos lo está realmente. Ya sé que son reflexiones muy negras para una película tan bonita, pero qué se puede pensar cuando te dan ganas de abrazar un trozo de chatarra. Mis palabras son proféticas.



Bien, sería absurdo seguir negándolo, no puedo evitarlo, mi robot favorito de la historia del cine no puede ser otro que el replicante Roy Batty de Blade Runner. No creo que haya habido jamás un ser artificial tan enfrentado a su condición y a todas sus paradojas. En su mundo, los humanos han alcanzado grandes avances tecnológicos, pero han sido totalmente irresponsables con sus creaciones (ecos de Frankenstein, el primer ser artificial a plantearse su existencia). El destino de estas criaturas artificiales, inteligentes y fuertes, pero sin pasado ni futuro, es una tragedia atroz. La película se acaba y no sabemos cómo continúa la historia. ¿Qué será de ellos? ¿Serán algún día libres, podrán vivir? ¿Serán como los humanos, serán diferentes? ¿Serán los humanos diferentes? Quizá la existencia de esta nueva humanidad no tenga vuelta atrás. Sólo diré una cosa: ELLOS NO NOS NECESITAN.

Y finalizo con uno de los últimos ejemplares de la colección, lamentablemente desaprovechado:



¡Tiembla humanidad!

domingo, 19 de agosto de 2012

Las Abuelas vienen a España. Alaska, Brasil y Montana


Del 18 al 21 de mayo de 2011 se celebró el 9º Consejo Internacional de las Trece Abuelas Indígenas en Anchorage, Alaska, en honor de la abuela Rita Pitka Blumenstein, nativa Yup’ik. En 1999 fue reconocida por el Estado de Alaska como la primera doctora tradicional oficial, después de haber trabajado toda su vida como comadrona. Tenía visiones desde la infancia, tras sobrevivir a una grave enfermedad. Se casó con un hombre de origen judío y tuvo seis hijos, de los que cinco murieron. Más tarde sobrevivió a un cáncer. Sus métodos de curación incluyen el “Talking Circle”, y actualmente trabaja para la South Central Foundation como sanadora tribal.

Agnes Baker-Pilgrim, Aama Bombo, Margaret Behan, Rita Pitka Blumenstein, María Alice Campos-Freire, Julieta Casimiro, Beatrice y Rita Long-Visitor Holy Dance y Mona Polacca.






El 10º Consejo Internacional se celebró del 21 al 24 de octubre de 2011 en Brasilia, Brasil, en honor de las abuelas María Alice Campos Freire y Clara Shinobu Iura, y de los pueblos de Mapia y Brasil.


María Alice es Madrinha del culto del Santo Daime en Céu do Mapia. Desde 1989, en el Centro Medicina do Floresta, investiga las plantas sanadoras amazónicas y enseña desarrollo sostenible. A los 17 años fue refugiada política en Europa con su hija recién nacida, y más tarde se trasladó a África, donde empezó a desarrollar su espiritualidad, que al volver a Brasil pasó por su iniciación a la religión sincretista Umbanda, sus visiones del Maestro Irineu del Santo Daime, y su revelación de dedicarse al Amazonas, donde enseñaba el discípulo de Irineu, el Padrinho Sebastiao. A su lado conoció a Clara Sinobu Iura (de cuya vida hablé en el anterior post). “La profecía habla del encuentro del águila y el cóndor como signo de un Tiempo Nuevo. Este es el primero de nuestros encuentros que acontece en la tierra del cóndor y, a medida que el tiempo se acerca, vemos diferentes expresiones de los pueblos nativos de Sudamérica como signos, uniéndose a nosotros aquí en Brasil en este momento sagrado, cuando acogeremos a las gentes de la tierra del águila”.
El 11º Consejo Internacional se ha celebrado del 26 al 29 de julio de 2012 en la reserva cheyenne de Lame Deer, en Montana, en honor de la abuela Margaret Behan Red Spider Woman, y de los pueblos cheyennes y arapahoes. Margaret es una danzarina tradicional y escultora, poeta y dramaturga. Una fecha inolvidable para su pueblo es la masacre de Sand Creek, en 1864; Margaret pertenece a la quinta generación de supervivientes de esa matanza. Fue educada en las tradiciones de su pueblo, pero eso no impidió que pronto cayera en el alcoholismo y se convirtiera en una esposa maltratada. Una ceremonia de peyote la impulsó a una difícil rehabilitación, tras la cual se dedicó a ayudar a la gente de su pueblo con el mismo problema.



El 12º Consejo Internacional tendrá lugar del 8 al 11 de Noviembre de 2012 en Kathmandu, Nepal, en honor a la abuela Aama Bombo.

Y dentro de una gira europea, del 21 al 23 de Septiembre de 2012, las abuelas Rita Pitka Blumenstein y Julieta Casimiro estarán en Madrid. Mis mejores deseos para los que puedan ir a conocerlas:

domingo, 29 de julio de 2012

Las lágrimas negras de sor Juana Inés de la Cruz

Nació en el México colonial, de una madre soltera que tuvo hijos con un par de hombres. Gracias a unos parientes algo mejor situados, entró en la corte como dama de compañía de la virreina, triunfando con los méritos de su encanto y su gracia. Sin linaje ni dote, podía haber hecho un matrimonio mediocre y posiblemente infeliz como los de sus hermanas. Como la opción de la soltería no existía en su tiempo, eligió entrar en un convento con la única intención de poder ser libre, de disponer de sí misma y de su tiempo para poder dedicarse a la principal pasión de su vida: el estudio.

Desde su más tierna infancia quería conocer todo lo que la rodeaba. Aprendió a leer con tres años y no fue bastante, también aprendió latín, y se leyó toda la biblioteca de su abuelo. A los siete años le pidió a su madre que la mandara a la universidad disfrazada de hombre; inocente criatura, ignoraba que el saber era algo totalmente inalcanzable para una niña criolla, humilde, nacida en la Nueva España del siglo XVII. Pero es que Juana fue una mente incomparable no sólo para México o América, sino para todo el mundo de su época. Por sí sola y buscando maestros en todos los libros que podía reunir, estudiaba astronomía, teología, música, historia, poesía. Le fascinaba la mitología clásica y cierto ambiente fantástico heredado del hermetismo, como prueba su afición a Athanasius Kircher (al cual dediqué un par de entradas al principio de este blog, a propósito del libro de Umberto Eco La lengua perfecta). En la corte virreinal la tenían por una niña fenómeno, y un día hicieron reunir a sabios de todas las disciplinas para interrogarla, dándoles a todos respuestas correctas. Ya entonces escribía poesías, y no creo necesario insistir en su valor como una de las más grandes escritoras de su época: desde canciones populares a largos poemas cultos más gongorinos que los de Góngora, desde obras de teatro a autos religiosos, sonetos de amor y de humor. Aunque pasó de la corte al convento, siguió próxima a los sucesivos virreyes y virreinas, que la favorecieron y protegieron, a los que alababa y entretenía con sus poemas y obras. Reunió en aquel convento de San Jerónimo la biblioteca privada más grande de América, de unos cuarenta mil libros, además de instrumentos astronómicos, musicales, antigüedades precolombinas y otras maravillas, la mayoría regalos de admiradores intelectuales o nobles. Con muchos de ellos se escribía a lo largo de América o en España.


Bonito panorama, si no fuera porque aquella ya no era la época en que una monja podía ser culta, como una Hildegarda de Bingen en el sigo XII. En su convento no tuvo ni una sola condiscípula que se interesara por el estudio como ella. No eran realmente mujeres devotas: la mayoría estaban allí para sobrevivir y se dedicaban al cotilleo, a la intriga y a la charla con sus visitas. Tampoco la favoreció el hecho de vivir tan lejos de los centros culturales de Europa. En Nueva España, algunos personajes de rango cultos formaban parte de su círculo social, pero el poder de una Iglesia represora e ignorante era aplastante, y sufrió su acoso y su difamación desde que empezó a destacar. Mil veces la acusaron de ser frívola y masculina, por pretender usar su cerebro como un hombre, y no dedicarse a sus devociones calladamente como buena monja. Les escandalizaba que una religiosa se dedicase a las letras mundanas (sin que importara que un Lope de Vega, ordenado sacerdote, estuviera haciendo lo mismo en España, aparte de amancebarse con mujeres, sin recibir ninguna crítica por ello; pero claro, era un hombre). Sin tener idea de lo que significaba el feminismo, Juana se encontró ante los mismos retos y respondió ante ellos de la misma manera que siglos después lo harían las feministas: defendió que hombres y mujeres podían tener las mismas capacidades para el estudio, que condenar a las segundas a la ignorancia era un crimen. Su conocido poema Hombres necios que acusáis… es un ardiente alegato, bien es cierto que no original por la temática (la defensa de las mujeres fue tratada por otros poetas), pero puesto por primera vez en la pluma de una mujer. Juana fue la primera mujer en decir muchas cosas, por ejemplo, el amor visto desde un punto de vista femenino. La época barroca no se destaca por su sinceridad, y sus obras deben leerse dentro de la doblez y del esquematismo del barroco, más dado a la exageración y los fuegos de artificio que al intimismo. Pero aun así la personalidad y las ideas de Juana se vislumbran a través de ellos.

Es hermoso cómo describe su propia vocación por el conocimiento, cómo explica que se preguntaba el porqué de todo, que quería conocer el funcionamiento de las estrellas, las palabras de los antiguos, todos los misterios y maravillas escondidos en los libros. Cómo de pequeña se cortaba el cabello como castigo a sí misma si no aprendía, porque no le parecía bien “que estuviese vestida de cabellos cabeza que estaba tan desnuda de noticias”. Porque ella quería “poner bellezas en mi entendimiento / y no mi entendimiento en las bellezas”, “poner riquezas en mi entendimiento / y no mi entendimiento en las riquezas”. Cuando alguna vez le vedaban el estudio, estudiaba en los cielos y en la tierra, incluso en la cocina se quedaba meditando sobre las reacciones de los elementos, y es que “si Aristóteles hubiera guisado, mucho más hubiera escrito”. Esa mente prodigiosa necesitaba el saber como aire para respirar, pero no era como una Santa Teresa de Ávila (que tuvo no menos problemas que ella), la cual había dedicado su literatura a la fe. Juana se adelantó a su tiempo, pues el conocimiento que buscaba era semejante al saber ilustrado que aparecería más tarde en el Siglo de las Luces en Europa: no sólo quería aprender sino también cuestionar, experimentar, y abarcarlo todo, lo sagrado y lo profano.

Qué inmensamente lejos estaba del ambiente que la rodeaba. Por vanagloria o inconsciencia, publicó un único escrito teológico, y eso fue la gota que colmó el vaso de los que la perseguían. Para defenderse de sus ataques, escribió la hermosa Respuesta en la que trató de justificar la vocación de su vida, poniendo como ejemplo las grandes mujeres sabias de la antigüedad, desde las paganas como Hipatia a las cristianas como Santa Catalina, o a su contemporánea la reina Cristina de Suecia. Declaraba lo lamentable que le parecía el estado de ignorancia en que estaban las mujeres, incluso las propias monjas que ya ni siquiera sabían latín (me gustaría que hubiera sabido que en Europa, poco antes que ella, Mary Ward se inspiraba en los jesuitas para crear una orden de religiosas sin clausura que fomentara la educación femenina, siendo atacada con los mismos argumentos misóginos). Pero aunque las obras de Juana eran ya publicadas y alabadas en España, donde clérigos y seglares la aprobaban sin dudarlo, el ambiente de Nueva España era mucho más enrarecido, cerrado, conservador y retrógado. Llegó una época de crisis, catástrofes naturales y revueltas, que debilitaron el poder de los virreyes y aumentaron el de la Iglesia, especialmente del misógino arzobispo Aguiar y Seijas, a quien repugnaban tanto las mujeres que jamás les hablaba, y para quien Juana era su bestia negra. La crisis de Nueva España destruyó el frágil capullo que había protegido a Juana, y se encontró acosada por todos los flancos. Esta situación es el único medio para tratar de explicar el hecho más terrible de la vida de Juana, cuando a la edad de cuarenta y tres años renunció a su biblioteca, a todos sus instrumentos científicos y musicales, al estudio, la lectura y la escritura, para convertirse en una anónima y muda devota más. Su actitud me recuerda a la de algunas exaltadas de la época que se sometían a terribles penitencias como sajarse el rostro o azotarse hasta perder el sentido como expiación. Juana se arrancó la vida y el alma cuando se separó de sus libros, que eran sus amigos, sus hermanos y sus hijos. No fue el acto heroico de un Cristo que da su vida por amor, sino un sacrificio pagano en que unos sacerdotes sádicos desmiembran a un inocente para calmar la sed de sangre de su dios cruel. No se sabe por qué lo hizo, si fue simple supervivencia, miedo, o un lavado de cerebro. Apenas sobrevivió un par de años más, y aunque la epidemia que asoló su convento podía habérsela llevado igualmente en otras condiciones, no es difícil creer que la muerte la encontró muy dispuesta. Así, una de las grandes mentes de su época fue aniquilada por la ignorancia reinante. Muy proféticamente había escrito aquel verso que decía: “lágrimas negras de mi pluma triste” refiriéndose a sus letras. Sobre su pasión dijo: “yo tengo este genio, si es malo, yo me hice, nací con él y con él he de morir”. No con él, Juana, sino por él.


No puedo evitar sentir que la comprendo profundamente, porque sé lo que es la curiosidad infinita y la sed de sabiduría, porque amo los libros y tampoco podría vivir sin ellos. Hoy el interés por la cultura es despreciado por motivos muy diferentes, y la libertad que hombres y mujeres tienen para aprender no sirve de nada si el saber sólo les parece inútil e improductivo. Suerte que una ventana como internet permite asomarse a la infinita biblioteca (también a la infinita tontería, pero por suerte no es obligatoria), y en un rincón rodeado por el desierto de la ignorancia reinante, permite crear un pequeño oasis de lectura y escritura, permite llegar a conocer a Juana, a quien los siglos no han callado, y sigue encontrando lectores que comparten sus pensamientos y la comprenden.
-Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe, Octavio Paz, 1982. Fondo de Cultura Económica. Reimpresión Colombiana, 1997.

domingo, 22 de julio de 2012

Catulo III


Afligíos, oh Venus y Cupidos
y todo el que venere la belleza:
que ha muerto el pajarillo de mi niña;
pajarillo, delicia de mi niña,
a quien más que a sus ojos ella amaba,
pues era como miel, la conocía
tanto como a su madre una muchacha,
y no se separaba de sus faldas,
que saltando de un lado para otro
piaba sin cesar sólo a su dueña.
Ahora sigue el camino de las sombras,
allá donde, dicen, nadie vuelve.
Mas malditas seáis, malas tinieblas
del Orco, que lo bello devoráis:
tan bello pajarillo me robasteis.
Mi pobre pajarillo, ¡qué desdicha!,
por ti ahora los ojos de mi niña
estan rojos e hinchados de llorar.
-Poesía completa (C. Valerii Catulli Carmina), Catulo. Hiperión, 1999. Versión castellana y notas de Juan Manuel Rodríguez Tobal.

sábado, 7 de julio de 2012

¡¿Pero qué buscas?!




Los misterios de internet ofrecen posibilidades muy suculentas si se los sabe encontrar (y se le echa mucha imaginación). Hace un tiempo ofrecí parte de mi diccionario secreto de verificaciones de palabras de blogger; han perdido mucho, se han vuelto muy sosas, pero donde se cierra una puerta se abre otra: ahora colecciono las palabras clave de búsqueda con las que la gente llega hasta mi blog. La mayoría son bastante convencionales, como “poemas bonitos” o “cuadros fáciles”, pero algunas me dejan boquiabierta, y con ganas de gritarle al susodicho: ¡¿pero qué estabas buscando?!
Estas son algunas frases REALES y lo que me provocan:

poemas de amor para hombres (para decirle te quiero y que no suene moñas)

frases para recordar a alguien (………¿recordar a quién?)

imágenes para decirle a tu novio que lo quieres mucho (no se lo digas con imágenes, seguro que él espera otra cosa)
hombre con el corazón en la mano (Dios mío, que sea una metáfora)

carroñeros y parásitos (¿buscas en las sección de naturaleza o en la de política?)

imágenes de monstruos feos (no de monstruos guapos)

eres una mentira (¿estás hablando conmigo?)

qué pena no ser para ti lo que tú eres para mí (¿es la letra de una canción, o ahora sí que estás hablando conmigo?)

el gran poema del ano (¿pero por qué has acabado en mi blog? Bueno, si acaso te remito a Quevedo)

como pasar de un muerto plasta y friki autista (primer premio)

domingo, 1 de julio de 2012

¿A cuál de estas dos chicas te gustaría parecerte (o ligarte)?



Una de ellas es una chica no precisamente fea, no especialmente arreglada y con una luz artificial normal. La otra es producto de muchas horas de trabajo y bastante fantasía. Por supuesto, son la misma persona.

Dedicado a quienes pierden muchas horas y dinero ante el espejo intentando parecerse a seres que no existen, y a quienes sueñan con alcanzar su amor…


sábado, 12 de mayo de 2012

Conociéndose

No sé si Sócrates llegó a decir realmente aquello de “Sólo sé que no sé nada”, pero sí dijo que no se consideraba a sí mismo un sabio. Esta fue su reacción cuando el oráculo de Delfos contestó a su amigo Querefonte que no había en el mundo un hombre más sabio que Sócrates. Sin embargo, en la Apología él mismo se reconoce sabio en un tipo de sabiduría concreta: “En efecto, atenienses, yo no he adquirido este renombre por otra razón que por cierta sabiduría. ¿Qué sabiduría es esa? La que, tal vez, es sabiduría propia del hombre; pues en realidad es probable que yo sea sabio respecto a ésta” (20b). La sabiduría propia del hombre es la que interesa a Sócrates, pero habría que entender qué considera él propio del hombre, o cómo es ese conocimiento.

Sócrates habla a menudo del alma, pero nunca sabremos cuáles eran exactamente sus creencias, o a qué se refería con el nombre de alma. Pudiera ser una esencia inmortal, una forma de conciencia… En todo caso, algo que hacía que cada ser humano al mirar a su alrededor sintiera que pertenecía a algo, que ese algo hablaba en su interior… Esta idea del alma le lleva a identificarla como la fuente del conocimiento que pueden tener los hombres. Así, no se trata de llegar a adquirir sabiduría estudiando el mundo o los fenómenos exteriores, sino que éste debe sacarlo de su propio interior. El oráculo de Delfos sostiene la máxima de “conócete a ti mismo”, el mismo oráculo que le proclamó el más sabio de los hombres. El no-saber de Sócrates es un conocerse a sí mismo, un conocerse ignorante de cosas superfluas, y saberse deseoso de un saber más auténtico.

Así, Sócrates aplica el mandato del dios del que tanto habla en la Apología; la sabiduría que quiere comunicar a los hombres es el cuidado del alma, llevarla a la perfección, que es su naturaleza auténtica. Este conocerse uno mismo no es un ahondar en la propia individualidad y cerrarse en la propia ostra; el alma es aquello que los hombres tienen en común, aquello que los hace afines, que los une entre ellos. Conocer la propia alma es conocer a la humanidad, comprenderla, estimarla, sentirse unido a ella, buscar el bien común: conduce a la ética. Por eso, dice a los atenienses que no puede hacer otra cosa que “intentar persuadiros, a jóvenes y viejos, a no ocuparos ni de los cuerpos ni de los bienes antes que del alma ni con tanto afán, a fin de que ésta sea lo mejor posible” (Apología 30b).

El alma debe ser por naturaleza perfecta y buena, y esto se logra con la sabiduría, conociéndose a sí misma. La ignorancia condena al alma a la imperfección y es el mayor vicio. En el Protágoras, Platón hace decir a Sócrates que nadie hace el mal a sabiendas, sino por ignorancia del bien: es imposible conocer el bien y no practicarlo. Esta afirmación de Sócrates ha sido muy criticada, porque la experiencia diaria la contradice de forma evidente. Por eso es necesario comprender la idea que él tenía sobre lo que es el conocimiento: un proceso interior de transformación en que las pasiones superficiales van perdiendo fuerza, hasta llegar a una conciencia profunda de lo que significa ser humano, aquellas ideas absolutas y esenciales que Sócrates buscaba definir. Llegada a ese conocimiento, la persona no puede hacer otra cosa que ponerse a su servicio. El malvado cree estar haciendo el mal por propia voluntad, pero ignora totalmente lo que es su propia voluntad, lo que es él mismo, y es por tanto el más desgraciado de los hombres. El hombre de bien logra en sí mismo su propio galardón, porque se realiza y llega a ser lo que verdaderamente es.

Por lo tanto, Sócrates no enseña nada a los hombres, sino que se preocupa por pulir en ellos aquellas capas superficiales de pretensión y comodidad que les hacen dar por ciertas cosas en que no han profundizado. Él llama a este proceso mayéutica, comparándolo con el trabajo de comadrona de su madre: él no engendra el saber ni es su autor, pero ayuda a que el discípulo saque de su interior el conocimiento que siempre había estado ahí.

La muerte de Sócrates es la corona y confirmación de todo lo que había enseñado con su vida. Su conciencia le impide ceder ante las acusaciones de que es objeto, le impide ganarse a los jueces con halagos, le impide huir. Como hombre que conoce el bien, no puede evitar ponerse a su servicio, y es incapaz de renunciar a sus creencias para salvarse, de ir en contra de todo lo que conoce y de la forma en que ha vivido. Aquellos que lo condenan representan la ignorancia, creen hacer lo que es mejor para Atenas, sin darse cuenta del daño que se hacen a sí mismos: “si me condenáis a muerte, siendo yo cual digo que soy, no me dañaréis a mí más que a vosotros mismos” (Apología, 30c). Condenando a Sócrates se condenan a sí mismos a no alcanzar jamás la sabiduría. Y en su muerte, da una última lección, la de que “más vale padecer una injusticia que cometerla” (Gorgias, 474b), porque, según Jenofonte, Sócrates “prefirió morir siendo fiel a las leyes, antes que vivir violándolas” (Recuerdos IV 4). Y esto, porque, el que no sabía, había alcanzado la sabiduría, había vivido por ella y con ella y para ella murió.

Ceremonia de entrega de los premios Liebster Blog

En fin, no hay alfombra roja, ni famoseo, ni siquiera un bonito trofeo, y ni mucho menos ganancia monetaria, en realidad tampoco hay premios, sino una cadena de mensajes por los que los blogueros nos celebramos y nos damos a conocer unos a otros. A mí me lo ha pasado Waw, tinc un blog (es un sol), y se supone ahora tengo que pasárselo a cinco blogs más. Aquí a un lado aparece una larga lista de blogs que sigo, y como si quiero ser fiel al premio no puedo galardonar a todos ellos, mi manera irracional y anárquica de salir al paso del marrón va a ser… dar el premio a los últimos cinco blogs que han publicado, o séase los cinco primeros de la lista. Si incumplo alguna norma… que me disculpe la policía bloguera.  Y los ganadores son:

-La antorcha de Kraus: poético-contundente

-Fragmentalia: un pozo de sabiduría

-Boehmiano: filosofía didáctica

-Phantastika: vias alternativas para el saber

-Andando caminos: poético-libertaria

Sigo los pasos:
1-Colocar el logo del premio en el blog propio.
2-Colocar un link al blog que te lo concedió.
3-Colocar los links de los cinco blogs elegidos.
4-Dejarles un comentario.
5-Hacer una entrada sobre el premio Liebster Blog.

Hecho. Este premio es un divertimento y no obliga a nada, pero por mi parte recomiendo los blogs premiados y todos los que incluyo en mi lista. Si puedo darlos a conocer, me daré por premiada.

domingo, 1 de abril de 2012

Visiones del mundo inferior

Un famoso cuadro de René Magritte representa una pipa dibujada con realismo, junto a una inscripción que dice: Ceci n’est pas une pipe (“Esto no es una pipa”). La reacción del espectador es de desconcierto: por supuesto que es una pipa, sino, ¿qué es? La respuesta es evidente: es el dibujo de una pipa. No es posible cogerla, llenarla de tabaco y fumar en ella, porque sólo es un dibujo. Hoy en día estamos tan acostumbrados a la representación de objetos en dos dimensiones que no nos damos cuenta del salto mental necesario para interpretar una serie de líneas y colores como un objeto del mundo real. En un determinado momento, los seres humanos hicieron algo que nunca habían hecho: fabricaron pigmentos y los extendieron sobre una superficie plana, convencidos de que aquello que se veía era similar a lo que existía en la realidad. No se trata de un perfeccionamiento de instrumentos o una nueva técnica útil para la supervivencia: extender pigmentos en una pared es un acto en sí mismo inútil. Si estos seres humanos lo hicieron, debieron tener un buen motivo.
El arte rupestre es un misterio que me apasiona (como puede deducirse de la cabecera de este blog), y para mí ha sido un gran descubrimiento el libro del arqueólogo David Lewis-Williams La mente en la caverna, porque hace el esfuerzo de intentar comprender por qué el ser humano empezó a pintar. Lewis-Williams critica sobre todo que, en la búsqueda de las características que nos hacen humanos modernos, los investigadores se centren en la inteligencia, cuando a él le parece más importante la conciencia. Hay ante ello un prejuicio moderno que percibe el progreso en base a los avances tecnológicos y cuestiona lo relacionado con el mundo emocional. La conciencia es juzgada con cánones actuales, haciendo una división entre lo racional y lo irracional. Lewis-Williams se propone estudiar la conciencia, aparentemente alejada de la arqueología, como un campo teórico que puede servir de apoyo a la investigación arqueológica. Basándose en los estudios del psicólogo cognitivo Colin Martindale enumera el diferente espectro de la conciencia, tal como pasa de la vigilia al sueño, siguiendo estas fases:
            -vigilia: respuesta a estímulos ambientales
-fantasía realista: abstracción ligera de la realidad exterior, orientada a la resolución de problemas
-fantasía autista: abstracción mayor de la realidad exterior
-ensueño: pensamientos aleatorios y sin conexión
-estados hipnagógicos: momentos en los que se empieza a caer en el sueño
-sueños
A lo largo del día la persona pasa por diversos ciclos de mayor a menor grado del espectro de conciencia. Lewis-Williams añade a estos estados la trayectoria intensificada: a través de ciertos medios (que van desde la privación sensorial a la ingestión de sustancias alucinógenas, los ejercicios respiratorios, los ritmos sincopados, etc.) se puede desdoblar el final del espectro a partir de los estados hipnagógicos, alcanzando unos estados de conciencia peyorativamente llamados “alterados”, pero que responden a la composición neuro-química del cerebro y son por tanto plenamente naturales y propios de todos los seres humanos. Siguiendo experimentos llevados a cabo en laboratorio, distingue tres fases en la trayectoria intensificada:

-Fase 1: percepciones visuales geométricas (puntos, cuadrículas, zigzags, etc.) que se expanden y contraen. Son fenómenos entópticos porque se producen entre el ojo y el córtex cerebral y se perciben tanto con los ojos abiertos como cerrados.
-Fase 2: el cerebro trata de identificar las imágenes utilizando la memoria y por tanto sus referencias culturales. Las interpretaciones serán diferentes según el estado de la persona y sus experiencias, a diferencia de los fenómenos de la fase 1, que son similares para todo el mundo.
-Fase 3: es habitual que se produzca una sensación de vórtice o remolino, a veces identificado con un túnel. Las imágenes de la fase 2 se mueven alrededor de este vórtice. El aislamiento del exterior es mayor y la sensación de realidad de las visiones aumenta. Las fases no siguen este orden necesariamente, y sus diferentes elementos pueden mezclarse.

Todos los seres humanos son capaces de experimentar estos estados de conciencia, pero la importancia que se les da depende de valores culturales. Durante mucho tiempo estas experiencias han formado parte de todos los pueblos del mundo, y han sido la base de sus sistemas de creencias. Una de sus expresiones más evidentes es el chamanismo, palabra originaria del idioma tungús de Asia Central que ha pasado a definir un tipo de prácticas, no siempre similares, que forman parte de la espiritualidad de pueblos primitivos en todo el mundo. Algunas de sus características son: creencia en realidades alternativas y diferentes niveles de existencia por los que es posible transitar; creencia en fuerzas y poderes que controlan diferentes aspectos de la vida y que a su vez se pueden controlar; sensaciones de disociación del cuerpo y de metamorfosis en otros seres, sobre todo en animales. Los animales forman parte de la vida y las experiencias de estos pueblos, fácilmente simbolizan fuerzas y procesos importantes para ellos. Es comprensible que protagonicen sus visiones. La transformación en animal-humano, y la aparición de espíritus-guía animales es una constante del chamanismo.
Como ejemplo de estas creencias, Lewis-Williams expone el caso de varios pueblos que han practicado el chamanismo así como diferentes tipos de pinturas rupestres, como son los san de Sudáfrica y pueblos nativos de Norteamérica. Su teoría es que, si estas capacidades son propias de todos los seres humanos debido a las características de su cerebro, los seres humanos anatómicamente modernos que vivieron en el Paleolítico Superior también debieron experimentarlas, cosa que no pudieron hacer los neandertales ni ninguna otra especie humana hasta entonces. Por un paralelismo lógico, se deduce que  interpretaron estas experiencias de alguna manera similar a lo que hoy entendemos por chamanismo.
Según Lewis-Williams, las visiones tienden a regresar en el estado de vigilia, aparecen en la retina y por lo tanto se proyectan sobre aquello que mira el sujeto: las personas que le rodean, el paisaje, o una superficie plana, lo que seguramente sucederá sobre una pared de roca. Esta experiencia podía llevar a los sujetos al convencimiento de que las imágenes “emergían” de la pared. ¿Qué sitúa a los chamanes en el contexto de una cueva? Ahí interviene uno de los aspectos de las visiones en la fase 3, el “vórtice” o “túnel”, que podía ser interpretado para los hombres de la antigüedad como un agujero en la tierra: de ahí la identificación de las cuevas como un camino que conduce a una realidad alternativa.
Así, se fueron desarrollando una serie de prácticas relacionadas con el descenso al fondo de las cuevas, con la realización de imágenes y con la percepción de la pared como una “membrana” tras la cual emergían poderosas fuerzas en forma de animales y otros símbolos. Se buscaban, en la superficie de la roca, imágenes similares a las conocidas; es por eso que muchas aprovechan las formas naturales de la roca para componer las figuras, ya que la “sugerencia” de una forma se convertía en el incentivo para “completarla” con la imagen correspondiente. La materialización de las visiones también podía servir para “fijar” su poder: la evidencia de que las pinturas fueron tocadas indica que eran consideradas encarnaciones palpables de aquello que representaban, posiblemente espíritus-guía animales y chamanes metamorfoseados, a veces mezcla de características  humanas y animales (teriantropos), raramente con formas totalmente humanas.

Evidentemente, Lewis-Williams no está hablando sólo del origen del arte, sino del origen de la espiritualidad y la religión, y va más allá en esto: está afirmando que las percepciones ¿extrasensoriales? son propias de los seres humanos, es más, son totalmente naturales en nosotros. Nuestra sociedad tecnológica está totalmente orientada a la “realidad” y sólo acepta el estado de conciencia despierta, que es una ínfima parte de nuestra conciencia. Montones de personas experimentan emociones y sensaciones que no pueden comprender ni manejar y que les llenan de frustración y miedo; si vivieran en una sociedad como la san, podrían compartir esas percepciones y les ayudarían a crecer como personas.

No creo que David Lewis-Williams esté haciendo teología, ni siquiera estoy segura de que él vea como algo positivo su explicación “científica” de la espiritualidad. Pero su punto de vista me parece original e inquietante; el hecho de que el sentimiento religioso no sea una especie de enorme error de la ignorancia humana, sino un efecto secundario inevitable de nuestra capacidad mental:
“La sensación del Ser Unitario Absoluto —la trascendencia, el éxtasis— la genera el desbordamiento entre circuitos neuronales del cerebro, el cual, a su vez, está producido por factores que hemos analizado en este libro —conducción rítmica visual, auditiva o táctil, meditación, estimulación olfativa, ayuno, etcétera—. Por consiguiente, los elementos esenciales de la religión están instalados en el cerebro. Los contextos culturales pueden aumentar o disminuir su efecto, pero siempre están ahí. Ésta, en la provocadora frase de D’Aquili y Andrew Newberg, es la razón por la que Dios no se va nunca”.
La mente en la caverna, David Lewis-Williams. Akal, 2005.