lunes, 30 de septiembre de 2019

Ni Barbie ni Ken


He escrito este artículo como un proceso de reflexión para mí misma, que quiero compartir por si alguien quiere reflexionar conmigo. Es demasiado largo y pido perdón a quien llegue hasta aquí y lo lea entero (y ni remotamente he escrito todo lo que quiero decir). También se trata de un tema delicado y rodeado de polémica, así que aviso de que ésta es una reflexión personal de alguien que piensa y cree ciertas cosas, y trata de darles forma a través de la escritura. Es un tema sobre el que quiero aprender y llegar a entender más cosas. Y escribo porque esta polémica me resulta dolorosa y necesito encontrar soluciones.



Hace unos meses leí una noticia que me dejó bastante consternada. Aparecía en La Vanguardia con el título de Feminismo y trans: la guerra abierta, haciendo alusión a la polémica provocada por la escuela feminista Rosario Acuña, liderada por la catedrática Amelia Valcárcel, durante sus jornadas de este verano sobre el concepto de género e identidad. Las reflexiones sobre el género provocaron el rechazo de la comunidad trans, pero leyendo la noticia tengo la sensación de que se trata de un diálogo de sordos, o más bien de una ausencia de diálogo. Sucede a menudo que los colectivos se enfrentan entre ellos o unos contra otros, cuando debería ser imprescindible que todos fueran a la par. Si las exigencias de unos son perjudiciales para los otros, quizá deberían abrirse a un pensamiento común que los reconozca a todos, porque ese pensamiento estará más cerca de ser correcto.



Pero han pasado más cosas este verano, porque da la casualidad de que aproveché las vacaciones para leer por fin el ejemplar de El segundo sexo de Simone de Beauvoir que tenía abandonado en casa. No voy a decir nada nuevo de este clásico del feminismo, que no hay que tomar como una biblia sino situarlo en su contexto, como un hito en el camino que continúa en el presente. De hecho, tuve la sensación de que De Beauvoir no hablaba exactamente de las mujeres de su época, sino de las de principios del siglo XX (el libro es de 1949), esas mujeres de clase media encorsetadas en sus desesperantes vidas burguesas, entre encajes y mojigaterías (al menos, me cuesta creer que mujeres de los años 40 de ambiente urbano llegaran a la noche de bodas sin saber cómo se hacían los niños). Como es de sobra sabido, la afirmación principal de la obra es aquella de que “la mujer no nace, sino se hace”. Lo revolucionario de este trabajo fue demostrar que las mujeres no son inestables, emocionales, histéricas, superficiales, caprichosas y pasivas porque eso es la “naturaleza femenina” y están condenadas por sus organismos frágiles encadenados a las labores reproductoras; es la represión a las que las somete la sociedad, negándoles cualquier realización personal y obligándolas a vivir a través del marido y los hijos, condenándolas a la dependencia, sometiéndolas a discursos contradictorios e hipócritas que las hacen enemigas de sus cuerpos y las llenan de miedos y traumas. En las vidas de aquellas mujeres, el momento más terrible llegaba cuando la niña descubría que nunca iba a ser capitán de barco, ni iba a explorar el Amazonas, ni iba a ser doctora ni arquitecta ni jinete de carreras, porque todo lo que iba a ser era una mujer, una esposa, una madre. Ni sueños, ni talentos, ni ambiciones, excepto los relacionados con el matrimonio. Muchas mujeres se acomodaban a aquello que les habían enseñado, otras lo hacían con dificultad. Ninguna de ellas pudo nunca llegar a ser todo lo que realmente era.



Muchos años y mucha lucha después, las ideas feministas han calado en la sociedad, y ahora a las niñas se les dice que pueden ser lo que quieran. Que nada en el cerebro de una mujer le impide estudiar física, medicina, filosofía. Sin embargo, sigue abierto el debate sobre las diferencias biológicas entre hombres y mujeres, o entre sus cerebros. Es decir, es evidente que hombres y mujeres son diferentes físicamente, pero la cuestión es si eso significa que toda su existencia y sus capacidades se ven afectadas por esa diferencia. Todavía estamos debatiendo qué es lo femenino y qué es lo masculino. Bien, parece que ya ha quedado claro que lo femenino no es cocinar, limpiar y criar hijos, mientras que lo masculino es la acción y la victoria en su carrera profesional. Ha quedado claro, parece, que las mujeres no tienen que ser débiles y pasivas, mientras que los hombres son fuertes y activos. No se puede adjudicar ninguna función específica al hombre ni a la mujer sólo por haber nacido como tales.



De Beauvoir decía “la mujer no nace”, pero una persona trans dice “he nacido mujer (en un cuerpo de hombre)” o viceversa. El dilema está entre concebir la identidad como innata, genética, o como algo condicionado por el ambiente o la sociedad. Es el mismo asunto de la búsqueda del “gen gay” que demostraría que una persona gay lo es de nacimiento y no se trata de algo por lo que ha optado después. Para mí, ahí está la trampa: los homófobos y sus terapias de reconversión se aferran a esta última idea, para creer que se trata de un proceso que puede deshacerse; para los gays que sufren persecución es importante demostrar que su condición no es algo que pueden cambiar voluntariamente, que no son “culpables” de nada. Sin embargo, que una condición vital no sea innata sino condicionada es algo totalmente opuesto a una elección voluntaria. No hay apenas nada voluntario en lo que somos, es un proceso subconsciente que nos ha conducido por una serie de reacciones o contrarreacciones al mundo que nos rodeaba, y nos hemos construido sobre él de manera que sería imposible deshacerlo, como lo sería derribar los cimientos de una casa que ya ha sido edificada. 

 

Los niños son condicionados por la sociedad desde el minuto cero de su vida. El hecho de que un niño de tres años grite y corra, mientras una niña de la misma edad está sentada en silencio jugando con su muñeca, no significa que esas son sus naturalezas innatas: a los tres años han sido largamente aleccionados por las reacciones de los adultos respecto a lo que se espera de ellos. Que la identidad sea social no significa que sea inventada, ni que se pueda manipular, ya que no hay una correspondencia directa entre el ambiente y cómo se reacciona a él, es demasiado complejo para desentrañarlo; pero siempre hay reacción. En cambio, caer en las ideas de innato y genético es peligrosísimo porque convierte ciertas características en inmutables y esenciales (como antes se consideraba para las mujeres el ser pasivas y débiles) y cierra la puerta al debate y al avance de las ideas. Y además es simplificador e ignora los matices de la explicación sociológica. Decir que alguien “nace trans” es como decir “nace mujer”. Evidentemente, nace “algo”, pero ese algo va a ser definido por unos parámetros sociales. Una persona trans o una mujer no serían lo mismo de haber nacido en la Polinesia o en el Neolítico. Habrían nacido lo mismo, pero en esas sociedades hubieran sido considerados algo totalmente distinto.



Justo después de leer El segundo sexo, cayó en mis manos el libro de Miquel Missé A la conquista del cuerpo equivocado, que me ha traído a la memoria la noticia de La Vanguardia. Así he conocido la controversia que hay dentro mismo del mundo trans, y leyéndolo he sentido más que nunca la necesidad de que personas trans y feministas estén unidas, que sus discursos no pueden chocar, que deben hacer frente común si queremos llegar a alguna parte. Comprendo que las feministas se sientan consternadas cuando alguien dice “he nacido mujer”, o “siempre me he sentido mujer”. Yo soy una mujer y no tengo ni idea de lo que es sentirse mujer, quizá porque lo que soy nunca ha chocado con mi cuerpo. Pero sí que he chocado contra lo que se supone que debe ser una mujer. Me han dicho que debía ser buena y caer bien, que debía ser guapa. Que si no era guapa y delgada debía sentirme culpable, que debía esforzarme por ser aceptada. Como mujer debía interesarme por los vestidos y la moda, por las joyas y los perfumes; debía cambiar mi pelo, maquillar mi cara, estar pendiente de lo que llevaba puesto; qué horror vestir algo inadecuado, qué horror ser peluda, tener granos, arrugas, canas. Debía ser madre porque es maravilloso y no podía perderme esa experiencia. Los niños debían parecerme adorables. Debía tener marido, o novio. No demasiados novios o qué dirían de mí. Desde que era una adolescente rebelde me dediqué a llevar la contraria a todo eso y no he cumplido ni una sola de esas expectativas.



Por eso me pregunto qué significa ser mujer; en mi caso, no son ni los intereses ni las capacidades. Entonces, creo que lo que me convierte en mujer es la mirada de los demás: soy vista y tratada como mujer, y tengo que reaccionar en ese sentido. Es algo que llevo totalmente interiorizado. Esto es algo que también dicen las personas trans: aparte de reconocer lo que veo cuando me miro al espejo, también quiero que los demás me reconozcan como lo que soy. Todo el mundo es identificado de alguna manera, y en esta sociedad dividida en dos sexos, nadie es visto como indefinido. Te van a tratar diferente si eres hombre o mujer, ya sea al comprar en una tienda, al caminar por la calle, al pedir un crédito, al ir a hacerte una radiografía. No importa que la diferencia en su reacción sea mínima, pero el cerebro de los otros necesita ese clic que te coloca en una categoría. Y tú también estás obligado a escoger, en qué sección compras la ropa, a qué lavabo entras, qué casilla marcas en un cuestionario. Las etiquetas son necesarias en la interacción social, pero el problema viene cuando esas etiquetas son tan rígidas, cuando la definición es tan importante.



El problema de las etiquetas a mí siempre me ha resultado muy incómodo, empezando por la de mujer o “femenina”. Por ejemplo, para la comunidad trans fue muy importante identificarse con ese término, porque a partir de entonces pudieron ser eso, una comunidad. Como dice Miquel Missé, anteriormente existían personas que tenían prácticas homosexuales, pero a partir de cierto momento esas personas se convirtieron en homosexuales, y lo que había sido un comportamiento pasó a ser una identidad. No es lo mismo; crea una categoría, es importante para el reconocimiento, ya que algo que se nombra existe por fin; pero también simplifica, crea un estereotipo o un modelo que no todo el mundo sigue. Llega un momento en que las etiquetas y las subdivisiones son abrumadoras y confusas. Y peor aún, se vuelven esenciales, innatas e inamovibles. Si caen en manos de la peor ciencia, esa realidad puede ser simplificada al nivel de química y hormonas y genes. Pero las realidades y comportamientos humanos no son materia de experimentos científicos, son un producto de la sociedad, de sus interacciones, de la realidad que crea. Eso no las convierte en algo falso o imaginario, en absoluto. La realidad social es la única realidad que tenemos.



Y bien, de eso trata el libro de Missé y por eso es polémico, por el mismo motivo que la comunidad trans choca con las feministas (no doy por válido todo lo que dice el libro, ya que no tengo conocimiento de muchas cosas; pero lo respeto como testimonio de una persona trans). Cuando una mujer trans dice que “desde niña fui femenina, quería llevar vestidos”, algo en la percepción de lo femenino está fallando (exacto, yo tampoco quería llevar vestidos, ni jugar con muñecas). La realidad de las personas trans es abrumadora y no se puede negar: no encajan con el género que se les ha asignado y quieren cambiar el cuerpo que tienen por otro con el que se identifican. Eso no se puede discutir y toda la lucha posible debe ir hacia el reconocimiento de su derecho, a ser como quieran ser, a que eso no les cueste la vida ni ningún tipo de rechazo. Pero, por favor, su lucha es nuestra lucha. La lucha de todo el que no encaja. Las mujeres son el segundo sexo porque el primero son los hombres: el arquetipo, el modelo original de ser humano, mientras que existe una variación de ellos que son las mujeres. Desde Aristóteles, la mujer es un hombre imperfecto, un hombre deformado, un hombre con aditivos. Las mujeres están encerradas en los estereotipos que los hombres han creado para ellas, pero los hombres también se encerraron en estereotipos, y en general, estas etiquetas de masculino y femenino son de una rigidez asfixiante. Esto afirma Missé, que quizá las personas trans no encajan en el género que se les ha asignado, porque los géneros son absurdamente rígidos y es imposible que nadie llegue a encajar realmente en ellos. Quizá si este encorsetamiento se aflojara, las personas podrían transitar libremente de un género a otro, porque los identificadores femenino y masculino no serían tan peyorativos: la forma de vestir, de moverse, los intereses, las prácticas sexuales, no significarían automáticamente la censura o el escarnio.



Entiendo muy bien que las personas trans necesitan ser reconocidas y apoyadas, y que aún están luchando fuerte por salir de la discriminación. Entiendo que les resulte importante establecer que ni están enferm@s ni loc@s, que son algo real, algo que siempre han sido. Pero no se trata de que se conviertan en hombres y mujeres como los que han existido hasta ahora, y se difuminen en la masa. Creo que ell@s más que nadie deberían abanderar la lucha por dinamitar las etiquetas de género; que puedan ser mujeres masculinas y hombres femeninos, como lo podemos ser todos, estemos más o menos de acuerdo con nuestro cuerpo, con cirugía o sin ella. Que esos niños que ahora se sienten diferentes vean un horizonte abierto con todas las posibilidades que pueden ser. Eso estará más cerca de la realidad humana, y sobre todo, hará la vida menos dolorosa a muchas personas. Y si no estamos de acuerdo en estos términos, no nos enredemos en una guerra de acusaciones: pongámonos a hablar sobre ello, no demos nada por supuesto, hagámonos preguntas. Nuestra lucha es la misma, sólo hay una lucha, la lucha por la justicia.
 
-El segundo sexo- Simone de Beauvoir. Siglo Veinte, 1987.
-A la conquista del cuerpo equivocado- Miquel Missé. Egales, 2018

viernes, 6 de septiembre de 2019

El precio de la blanca palidez



La polémica sobre las cremas blanqueadoras de la piel que se venden en oriente llega de vez en cuando a occidente a causa de algún anuncio especialmente vergonzoso. Lo cierto es que la mayoría de estos anuncios no podrían emitirse en Europa o América sin ser denunciados, pero son de lo más corrientes en Asia (también en África, pero sus mercados no son tan poderosos). Mucha gente remarca la ironía de que medio planeta compre productos para broncearse, mientras el otro medio los compra para palidecer. Sin embargo, sería un error quedarse en esta comparación y achacar todo el asunto a una cuestión de moda y estética. Como en todos los asuntos humanos, éste tiene muchas otras facetas.



En oriente como en occidente, durante milenios, la palidez fue un rasgo de belleza. Es sabido que esto se debía al hecho de ser un marcador social: los campesinos trabajaban al aire libre y el sol los tostaba, mientras los ricos y nobles se podían permitir estar a cubierto y mantener la piel pálida. He visto fotos familiares de campesinas en los años 40 o 50, en que se las veía trabajando en el campo cubiertas con grandes sombreros, pañuelos que les tapaban casi toda la cara, guantes y pantalones largos, todo para evitar perder su blancura, y parecer, aunque fuera una ilusión, que en realidad no trabajaban.


Pero para las clases altas esto estaba cambiando: en la mayoría de los países occidentales, la fuerza de trabajo no era agraria, sino proletaria; los trabajadores pasaban el día encerrados en fábricas y oficinas; los altos empleados, los jefes y propietarios, o los que no necesitaban trabajar, se podían permitir largas vacaciones en la costa o en playas tropicales, en cruceros, en hoteles, etc. Por lo tanto, estar bronceado se convirtió en el nuevo signo de prestigio social. Estos conceptos se instalan en la mentalidad colectiva con fuerza, porque el estándar se convierte en un mecanismo de presión: de ahí el éxito de las cabinas de rayos uva; he visto mujeres desesperadas por ponerse morenas antes de empezar a ir a la playa, porque les daba vergüenza aparecer “demasiado blancas”; y tras el verano he tenido que soportar las observaciones despectivas de “¡qué blanca estás!” con el doble sentido de: ¡no has tenido vacaciones!, mientras las susodichas presumen de su color chocolate que implica estupendos viajes por las islas.



El porqué este proceso no se ha dado en Asia tiene que ver con su historia, marcada a fuego por el colonialismo. En la India, en el sudeste asiático, y por mimetismo en otros países no directamente colonizados, la cultura tradicional de aprecio por la palidez se entremezcla con el sentimiento de inferioridad inculcado por varios siglos de influencia occidental. El concepto de oscuridad igual a suciedad se puede encontrar en muchos repugnantes anuncios de jabón antiguos. Los nativos eran inferiores, salvajes, incultos... y oscuros. 

 

Otro fenómeno importante que se daba en las sociedades colonialistas era el de las capas intermedias de mestizos entre los blancos y los nativos, capas de población que ocupaban lugares preferentes en la administración y las estructuras coloniales: los nativos sabían que, mientras más pálidos fueran, más posibilidades tenían de ascender socialmente, de ser perdonados por su origen oscuro. Desgraciadamente, éste fenómeno también era muy conocido entre los negros de los Estados Unidos, donde se pueden encontrar también viejos anuncios de cremas blanqueadoras: durante mucho tiempo, la palidez era un grado de valor social, fomentado por los propios afroamericanos, ya que podía facilitarles el acceso a trabajos mejor pagados. Posiblemente, aún ahora la palidez supone un rasgo que inconscientemente sigue significando una mayor aceptación por parte de la cultura blanca.




Porque la valoración de la palidez tampoco ha desaparecido del todo en occidente, y la moda vuelve de tanto en tanto. No sé cómo está la situación ahora, pero recuerdo temporadas de los ochenta y los noventa, después de un verano machacando con los anuncios de cremas para tostarse, llegar al otoño y descubrir que la nueva temporada promocionaba “la tez pálida” (la industria de la moda, siempre fomentando nuestra esquizofrenia).


En los anuncios orientales, el tema del triunfo social está siempre implícito: una chica (o chico) oscura/o es ignorada/o por todo el mundo, hasta que una amiga o amigo le recomienda la crema en cuestión que la vuelve pálida o pálido, y entonces los chicos y chicas caen a sus pies, y en el trabajo es aplaudida/o por todos. Las marcas de estas cremas son internacionales: Palmolive, Nivea, etc., con productos especiales para el mercado asiático, que por supuesto son tan falsos como las cremas rejuvenecedoras y otros timos que se dedican a explotar las debilidades de las consumidoras: no hay ningún producto que aclare la piel, tan sólo sería útil protegerse de los rayos solares, pero no se puede ir más allá de lo que la genética dicta. Existen, claro, tratamientos químicos que se pueden conseguir por un pastón en las clínicas de estética, y que todas las ricas se hacen. La mayoría son negativos para la piel y la salud, y el resultado se parece tanto a la blancura como el tratamiento con bótox se parece a la juventud. Pero dejando aparte estos productos legales, para las mujeres pobres aún existen cremas ilegales de fabricación china, muy extendidas en los mercados asiáticos y africanos, que incluyen ingredientes como el mercurio y producen graves lesiones en la piel de estas consumidoras que se han creído el cuento de la crema milagrosa.



Los estudios afirman que el mercado de las cremas blanqueadoras no hace más que crecer, junto con las emergentes economías asiáticas. Para muchas mujeres sigue siendo una cuestión vital: es sabido que todavía una novia oscura debe pagar más dote en la India. Muchas consumidoras lo defienden como una simple opción estética, y es cierto que en los países asiáticos se percibe como algo normal. Incluso algunas de estas cremas se normalizan evitando hablar de blancura y aludiendo a “piel más brillante”, aunque las imágenes promocionales ilustran lo que eso significa en realidad. Pero en un mundo globalizado todo está a la vista del mundo entero. Los vídeos de youtubers que prueban productos de belleza son visionados en todo el planeta, y los de aquellos que prueban cremas blanqueadoras, mostrando el antes y el después, están llenos de comentarios de condena de habitantes de otros países donde esta actitud hiere la sensibilidad, sobre todo de afrodescendientes en el primer mundo, cuyas poblaciones han librado una larga batalla para valorar sus rasgos no-europeos. Las cremas blanqueadoras no son inocuas: esconden un rechazo de la propia identidad, un sentimiento de inferioridad y una persecución de un ideal negativo e imposible, que, como todo en el mercado de consumo, promueve una insatisfacción permanente que sirve para multiplicar las ventas.


ACTUALIZACIÓN: desde que busqué las imágenes que ilustran esta entrada, los buscadores de internet no han parado de ofrecerme nuevos anuncios de cremas blanqueadoras, algunas con recetas caseras. Las fotos que los acompañan son muy reveladoras, y personalmente me producen mucha pena. Un ejemplo de las que he reunido en un par de días: