jueves, 26 de mayo de 2016

Karen Armstrong: didáctica sobre religión

Leo una entrevista a la autora y estudiosa de las religiones Karen Armstrong (El País, Babelia, 16 de junio de 2015; sí, con mucho retraso, como es habitual en una persona des-actualizada como yo), y tengo el placer de ver cara a cara a una señora a la que he leído y quiero seguir leyendo. Me documenté con su Mahoma, biografía del profeta para escribir “Algunas lecciones que he aprendido sobre el islam”, y me pareció una de esas pensadoras de carácter conciliador bien argumentado. Es época de extremismos y de militancias, y la gente que utiliza los matices para opinar se arriesga a ser tomada por tibia o directamente por ilusa.



La profesora Armstrong vuelve a explicar en esta entrevista conceptos que deberían estar claros, pero que parece que nunca se repiten lo suficiente. Todo esto a mí me suena mucho, porque estoy habituada a predicar en el desierto. Como la infantil idea que tiene de Dios mucha gente que dice no ser creyente: En el mundo moderno, tenemos una idea muy primitiva de Dios: que hay algo allá arriba que creó el mundo y escribió un libro, que sabe las cosas y piensa como nosotros... Esa idea de los primeros libros de la Biblia es un paquete para principiantes, algo con lo que empezar. Mucha gente en Occidente oye hablar de Dios por primera vez igual que de Papá Noel.” Muchos no creyentes rechazan con espíritu democrático a ese Jefe Supremo que pretende mandar sobre nosotros y disponer de nuestras vidas. 
 
Otro de los tópicos al que Karen Armstrong tiene que enfrentarse es el de “las religiones causan guerras”: P. ¿El laicismo puede ser intolerante? R. Sí puede serlo, como la religión, porque somos gente agresiva. Hay quien dice que la religión está detrás de todas las guerras, pero aquí en Occidente tuvimos dos guerras mundiales, el Holocausto, el gulag, Hiroshima. La Revolución Francesa fue un gran momento en la historia europea pero causó miles de muertes.”

Igualmente, Armstrong sugiere que la idea que tenemos de la religión está basada en los últimos siglos, muy diferente del fenómeno que ha existido durante milenios: P. Señala que el fundamentalismo es un fenómeno muy moderno, una reacción a la colonización, el laicismo, Darwin o la Ilustración. ¿De verdad nadie interpretaba literalmente los libros sagrados en el pasado? R. No. 
 
P. Y dice que a los autores de la Biblia no les importaban las incoherencias. ¿De verdad no importan? R. No. No podemos pensar que esos libros descendieron del cielo. La Biblia es una biblioteca elaborada durante siglos. No sabemos cuál fue el uso original de esos libros. Se convirtieron en algo sagrado después de la caída del templo de Jerusalén en el siglo VI antes de Cristo. Los judíos hicieron de la Biblia su templo. Cada vez que uno se enfrentaba a los textos sagrados tenía que usar su imaginación para encontrar un sentido diferente para su comunidad. Los católicos no leen mucho la Biblia. Es una colección de libros muy difícil. Calvino vio que muchos científicos estaban preocupados porque los descubrimientos contradecían los textos; y él respondió que si Júpiter es más grande que la Luna, no había problema porque la Biblia no está hablando de astronomía. Si quieres saber de astronomía ve a otro lugar. Mucha de la gente que lee la Biblia literalmente es calvinista, pero Calvino no lo habría aprobado. La doctrina de que cada palabra de la Biblia es cierta, como el controvertido dogma católico de la infalibilidad del Papa, surgió a finales del XIX. Fue un deseo de encontrar certezas en un mundo moderno en que todo se cuestionaba, como un niño buscando seguridad. 
 
P. Pero mucho antes de esos fundamentalismos existió, por ejemplo, la Inquisición. R. Sí, pero eso no iba sobre la Biblia. La Inquisición iba sobre todo sobre política interna en un tiempo en que España se enfrentaba a la amenaza del imperio otomano, estaba en la línea del frente, había caído Granada y el país tenía unas comunidades musulmana y judía. Se intentó unir al país luchando contra un enemigo común. Lo que llamamos herejía es casi siempre política.” Efectivamente, la política causa guerras. Nadie piensa que la política sea mala y habría que abolirla, sino que se puede hacer mala política. Aplíquese.

En la entrevista se cita a un pensador ateo militante, biólogo y darwinista, y me siento sorprendida de que a estas alturas todavía se opongan Darwin y la religión, me parece un debate anticuado, de siglos pasados, que sólo sobrevive en rincones retrógrados del mundo donde aún se busca esa seguridad de lo infalible ante la amenaza de la modernidad, de que hablaba Armstrong. Hubo un tiempo en que sólo se podía ser darwinista o clerical, a pesar de esa cita de Calvino, que parece ser que siglos antes había dicho que la Biblia no es un libro de ciencias; algunos no se dan cuenta de que ese tiempo ya ha pasado. 

En la página hay un link a una entrevista a este señor, y después de leerla, me resulta curioso que las personas liberales sean las más intransigentes. En el primer párrafo ya aparece un “nada más que”. El argumento “nada más que” es más destructivo que una bomba atómica, porque nada queda en pie ante él. ¿La novena sinfonía de Beethoven?: nada más que un conjunto de sonidos; ¿pasear por el parque con mi perro?: nada más que una actividad motriz; ¿la emoción que siento ante una puesta de sol?: nada más que otra tontería de las tuyas y crece de una vez y déjate de chorradas. Para este señor, la religión no es más que una fantasía, y la cultura nada más que un entretenimiento; si seguimos este argumento, también podemos decir que la ciencia no es nada más que un torpe intento por comprender el mundo en que vivimos, cuando no somos más que un puñado de células desesperadas chapoteando en una charca de fluidos.

Como el biólogo, hay mucha gente que no necesita la religión, que nunca ha vivido ningún tipo de revelación espiritual ni les interesa. Tampoco la han vivido muchos que sí dicen ser religiosos, pero que lo son por inercia o por ideología. En su charla del TED, Karen Armstrong habla de cómo ha cambiado el concepto de creyente. Cuando oigo a supuestos representantes de la religión hablar sobre lo que creen, o a no creyentes hablar sobre lo que no creen, me pregunto: ¿de qué están hablando? Usan el mismo verbo creer de creo que tal equipo juega mejor que tal, o creo que llegaremos antes en autobús que en coche. Pretenden razonar una opinión, cuando ni la opinión ni la razón tienen nada que ver con esto.  

Pensemos lo que pensemos, todos somos ese niño indefenso arrojado al mundo que debe enfrentarse a sus deseos y carencias. Todos experimentamos la necesidad y la pérdida, y tenemos que encontrar nuestro camino, darle una forma y un sentido a nuestra vida. Para eso, ni las leyes de la gravedad ni las de la evolución nos sirven de nada. Este asunto no trata de ciencias. No trata de política. Ni siquiera, realmente, trata de ética. Nunca la religión puede reducirse a una moral o una ética, éstas son más bien efectos secundarios. Las vivencias que agrupamos bajo la etiqueta de religión siempre han estado ahí desde el principio de la humanidad, y van a seguir estando, las llamemos como las llamemos. Cuando me refiero a religión, no pienso en el señor de barba blanca (no Papá Noel, el otro), ni en el Jefe Supremo, ni en los diez mandamientos, ni en las escrituras sagradas. Realmente, hay algo más allá de todo eso, que tiene que ver con lo esencialmente humano, con el hecho de estar vivo y tener conciencia de ello. Con este combate eterno entre conseguir una identidad propia y fundirse con el universo. Responder a las preguntas sobre uno mismo y el mundo. Saber qué hacer con el tiempo y la vida que hemos recibido.

Por eso, como ya he escrito en otras ocasiones, y como también remarca Karen Armstrong, la gente busca toda clase de sustitutos de la religión, después de que ésta se haya ganado tan mala fama. No creo que los prejuicios y la ignorancia sobre la religión hagan ningún bien a la humanidad. Ya es bastante difícil vivir, no es buena idea desaprovechar la experiencia acumulada por tantos siglos. Recomiendo empezar a remediarlo leyendo los libros de Karen Armstrong. Se esté de acuerdo o no con lo que dice, da qué pensar.

sábado, 7 de mayo de 2016

Miniaturas ratoniles



Siempre me ha fascinado el encanto de lo pequeño y explorar mundos en miniatura, por eso me ha dejado asombrada la obra de Karina Schaapman. Esta señora holandesa quería escribir cuentos para niños con bonitas ilustraciones, pero como no se le daba bien dibujar, empezó a construir pequeñas habitaciones habitadas por ratoncitos de trapo, usando cajas de cartón, recortes de papel y otros materiales a mano para darles el aspecto de las viviendas de su infancia, en los años 60 y 70. Las habitaciones se fueron acumulando y cuando se dio cuenta tenía un edificio-ciudad, tan enorme que tuvo que apuntalarlo. En ese mundo desarrolló las historias de los ratones Sam y Julia, y las fotografías que hizo de ellos fueron finalmente las ilustraciones de sus libros.


Las imágenes dan una idea de la complejidad y el detallismo de su obra, una delicia para perderse durante horas y horas de contemplación. Sólo faltaría tener a mano esa maravillosa casa de ratones (y unas cuantas docenas de años menos) para disfrutar  haciéndoles vivir aventuras propias. La casa original se encuentra ahora en la biblioteca de Amsterdam; incluye tiendas, jardines, escaleras, balcones y ventanas, y tiene tanto parte delantera como trasera, acabadas hasta el último detalle.


Seguramente no soy la única a quien esta casita de ratones le recuerda a las ilustraciones de Jill Barklem. Yo tengo algunos de sus libros, que hicieron volar mi imaginación en aquellos abigarrados escenarios, que en aquel caso eran totalmente victorianos, con sus confituras, sus tartas y sus camitas con dosel, sus cestitas de picnic y sus sombreritos con flores. Ah, todo era pequeño y bonito en aquellos mundos; aunque sea por un rato, me encanta poder disfrutar aún con todo ello.


Web de Karina Schaapman y sus libros sobre The Mouse Mansion.

domingo, 17 de abril de 2016

Sobre "Realidad daimónica" de Patrick Harpur


Hace semanas que leí este libro, pero supongo que sus efectos y consecuencias se dejarán sentir durante mucho tiempo. Lo voy digiriendo lentamente y se mezcla con muchas otras ideas que me rondan. Uno de los motivos por los que me ha afectado es porque plantea una cuestión que yo misma me he planteado mucho tiempo, y que no es fácil de definir: soy una persona racional e irracional al mismo tiempo; por un lado, las fantasías y los imposibles no me convencen (nunca he tenido esa clase de fe), pero por otro, la racionalidad árida me repatea, por su cortedad de miras. Entonces, ¿cuál es mi lugar?

Este libro de Harpur aborda ni más ni menos que el tema de los fenómenos paranormales. Ante este tema, la mayoría de la gente adopta posturas opuestas: los que se carcajean de todo ello como delirios de enfermos, ignorantes y crédulos, o los que se apuntan a cualquier misterio con fe inquebrantable. Las dos posturas están muy igualadas, porque, a pesar de que la cultura imperante impone su punto de vista racional y tecnológico, al menos de puertas afuera, hay una realidad inmensa medio oculta que deja ver algún resquicio, desde las terapias energéticas o lo que sea, a los programas televisivos de misterios, o los elixires para el amor o el éxito, etc., etc., que dan una pista de que tanta racionalidad no sirve para mucha gente. De esa realidad oculta forman parte las experiencias de millones de personas, que no pueden clasificarse dentro de la vida cotidiana, pero que abarcan desde sensaciones, intuiciones y visiones, a auténticos viajes. Estas experiencias a veces son integradas en un sistema de creencias, pero, precisamente porque estos sistemas se han desmantelado, para mucha gente son una fuente de desconcierto y de trauma. Digo que son millones sin conocer ninguna estadística, tan solo extrapolando una cifra basada en la cantidad de gente que yo he conocido incluso sin proponérmelo. Es mucho más habitual que raro. La gente no puede ser racional y punto, porque su vida está llena de hechos inexplicables y extraños, irracionales. Harpur también piensa que es absurdo no abordar este tema. La ciencia oficial lo desprecia, y lo deja en manos de un dudoso grupo de entusiastas, que no destacan por su imparcialidad. Encontrar un término medio entre estas dos opciones es lo que él se propone.

Hay toda una historia de la filosofía, que no voy a resumir ahora, que trata de si podemos o no conocer el mundo que nos rodea. Nuestros cerebros no son ordenadores, ni nuestros ojos son cámaras, ni podemos captar literalmente el universo; estamos hechos para sobrevivir y hemos evolucionado para asimilar una realidad que podamos manejar, al menos lo suficiente para salir adelante. El mundo que captamos está hecho a nuestra imagen, y nuestra mente manipula esta imagen libremente, a través de la memoria, de los deseos y necesidades, de sus propios esquemas. De todas las posibilidades del universo, nos quedamos con unas pocas, y acordamos que ésas son las válidas. Este acuerdo sobre la realidad varía con el tiempo, y según las culturas.

Si hemos acordado que nuestra mente construye el universo, demos un paso más y digamos que nuestra mente es el universo, que no hay un interior y un exterior, sino que el gran Alma del Mundo se expresa, se concreta y explota todas sus posibilidades en los individuos. Esto es algo difícil de entender desde el punto de vista científico actual, pero éste es el punto de vista de nuestra época, y (como el pez sumergido en el océano que no puede ver el océano por estar en él) nos impide darnos cuenta de que no es el único punto de vista posible. Evidentemente, existe ese órgano llamado cerebro, esa simple masa viscosa de algo más de un kilo colocada dentro del cráneo, con sus células y sus sinapsis físicamente construidas con átomos, como el resto de la materia. Eso es lo que hay, y nada más, quiero decir, eso es lo que hay desde el punto de vista cuantitativo, comprobable y analizable, experimental y científico, datos todos ellos que pertenecen a la realidad, pero a una ínfima parte de todo lo que la realidad puede ser, a la parte más prosaica, plana, básica; para mucha gente, sin embargo, esa es toda la realidad que hay y puede haber.

Pero la psicología descubrió que en la mente hay mucho más y que no se lo puede ignorar. Si el cerebro son los números, la mente es la aritmética; o si el cerebro es el alfabeto, la mente es la poesía. Es el producto resultante, complejo, elaborado. Alguien muy materialista podría decir que no es más que una pura excrecencia del cerebro, un subproducto, un conjunto de fantasías. Pues este producto es lo que somos, y no podemos ser otra cosa. Esa es nuestra realidad. El universo que genera la psique es inmenso y apenas podemos manejarlo; no lo creamos nosotros, sino que él nos crea. Harpur utiliza el antiguo término de Alma del Mundo para definirlo, ya que se trata de algo colectivo o impersonal, o al menos más grande que los individuos. Éstos participan en él en diferentes medidas: hay quien lo ignora y hay quien es invadido abrumadoramente por su presencia. Los extremos nunca son buenos, y cada uno debe encontrar su propio encaje, su propia identidad, una que le permita vivir la vida aceptablemente. Y eso no se puede hacer si se ignora la parte de uno mismo que no le pertenece del todo, que es dominada por las fuerzas universales; de la misma manera que tampoco se puede vivir si uno es sacudido por esas fuerzas como un pelele. El término medio es una identidad estable que abarque todo lo que uno puede llegar a ser, si bien éste es un ideal que se persigue toda la vida.

Los fenómenos paranormales desafían la racionalidad, pero tomarlos literalmente es tan empobrecedor como tomar literalmente el punto de vista científico. Ambas actitudes están emparentadas, porque todo este campo que ahora se define como “paranormal” es una reacción paralela al desarrollo científico, y que, aunque en principio parece desafiarlo, copia sus mismos esquemas (“investiga”, busca “pruebas”). Pero se trata de los mismos fenómenos que en otras épocas se clasificaban dentro de las experiencias espirituales o religiosas, o en otras culturas, dentro de las creencias primitivas o tradicionales. También es el campo en que entran los trastornos psicológicos. Tanto si se trata de hadas o brujas, de apariciones de la Virgen, levitaciones o estigmas, de vampiros, extraterrestres o almas de los muertos, de voces o visiones, todos son fenómenos a través de los que se expresa la vida de la psique, y por lo tanto, son tan reales como las personas sientan que son, o tanto como su realidad les afecte. Es decir, exactamente igual que sucede con todos los fenómenos del universo, sea una puesta de sol o pilotar un avión.

No se trata de que los fenómenos físicos estén “fuera” y los psíquicos “dentro”; como he dicho, no hay dentro ni fuera. Estos conceptos sólo valen desde un punto de vista individual, aferrado a lo literal, que pone al yo y a su cuerpo como punto de referencia, cuando el yo es mucho más que eso. “La sensación de que nuestros cuerpos son literalmente reales es una construcción del ego racional que, aunque no se identifica con el cuerpo (ve el cuerpo como un vehículo), no obstante se alía con él de forma tan estrecha como para imponer su perspectiva al cuerpo. Convierte nuestra realidad física en la única; convierte nuestra realidad física en una realidad literal. Esto conduce a la creencia errónea de que, con la muerte física, dejamos de existir. Pero nuestra muerte física libera al cuerpo daimónico. Es más, si pasamos por una muerte iniciática, que destruye la perspectiva literal del ego racional, el cuerpo físico es desliteralizado, desatado de su perspectiva única”.

El “cuerpo daimónico”, según Harpur, corresponde al ego daimónico, la imagen individual con la que somos representados en el Alma del mundo, que usamos por motivos prácticos, pero que es mucho más imprecisa que el ego racional. Es el cuerpo con el que nos vemos en los sueños, que puede sentir y sufrir, pero también transformarse y permitirnos ser otros o muchos a la vez. La realidad de los sueños también se inmiscuye en la vigilia, cuando la conciencia se lo permite, y por eso podemos sentir experiencias con el “cuerpo daimónico” cuando creemos estar en nuestro cuerpo racional. Ya los antiguos poetas habían sospechado que los sueños son la vida y la vigilia su sombra, y el mundo de cada día, un largo sueño de una conciencia desconocida. Que no vivimos la vida, sino que la vida nos vive. Absurdamente, queremos controlarla, y vamos a ser derribados una y otra vez hasta que aprendamos a encontrar nuestro sitio en ella. Los fenómenos que se salen de lo normal nos dan una pista de que la realidad es otra cosa. No van a desaparecer sólo por decir que son imposibles, y si la cultura los suprime, aparecerán por otro lado. No son inofensivos: causarán trastornos individuales y sociales, causarán enfermedades físicas y mentales. Esta rígida sociedad no ayuda a la gente a encontrar el equilibrio de sus vidas, y mucho menos a crecer y realizarse como personas, porque sólo acepta un modelo de realidad, la que miden los aparatos y los experimentos, que es apenas una parodia de realidad, desnaturalizada, prosaica, desligada de todo su sentido. En cambio, comprender por qué aparecen esos fenómenos, qué los provoca, qué nos están queriendo decir, exige el valor de adentrarse en terrenos misteriosos, de vivir la peligrosa aventura de cada vida, pero puede hacer que consigamos integrarnos en esa realidad total y múltiple, inquietante y terrible, incomprensible e indefinible, pero que es la Realidad real.

-Realidad daimónica, de Patrick Harpur. Atalanta, 2007. Colección Imaginatio Vera, nº 14.
Imagen: Relativity, de M. C. Escher.

sábado, 9 de abril de 2016

Monstruos y Música

Para recrear un rato la vista, dos espectaculares vídeos de animación del grupo Of Monsters and Men. Realizados por la productora We Were Monkeys, en su web, aparte de los vídeos, se puede encontrar información sobre su proceso de realización, así como otros trabajos de sus creadores. A mí los mejores con diferencia me parecen estos dos clips, tienen una creatividad visual impactante, con imágenes terribles y hermosas, perfectamente conjuntadas con la música.









sábado, 5 de marzo de 2016

El misterio del tres



Tres cuadrados concéntricos unidos por líneas que cruzan cada lado: este diseño básico es un tablero de juego pero también es mucho más. Aparece grabado sobre losas perdidas entre las ruinas, y también en lápidas, así como en muros de iglesias, a lo largo de todo el Mediterráneo, pero también por toda Europa y hasta oriente. Entra en la historia hacia la época en que se extendía el Imperio Romano, y parece que alcanzó toda su zona de influencia, por los territorios a los que alcanzaba su comercio. Los tableros grabados en piedra son difíciles de datar, porque es posible que no sean de la misma época en que se levantaron los edificios en los que aparecen, lo que ha llevado a muchas especulaciones sobre su antigüedad. Tampoco se puede saber en qué dirección viajaban los juegos, si de occidente a oriente o viceversa, pero no se debe menospreciar la velocidad con la que se contagian estas invenciones: mientras los naipes o el ajedrez llegaban de oriente, quizá este juego se cruzaba en su camino hacia allá...

Los tableros no siempre siguen exactamente este diseño; varía el número de cuadrados y la cantidad de intersecciones que los cruzan. Puede decirse que el diseño pertenece a una amplia familia de trazados cuadrangulares, pero su estructura básica permanece reconocible.

Los romanos llamaron a los juegos que se practicaban sobre tableros cuadriculados merellus, que es una simple referencia a un “juego con fichas”. De ese nombre parecen proceder los que se utilizan en las diversas lenguas: en inglés es nine men's morris, y se discute si ese morris hace referencia a la danza popular inglesa o al nombre latino; también se le llama Mill, es decir, “molino”, nombre que recibe en castellano. A veces también se le llama alquerque de nueve, aunque el alquerque realmente es el juego de damas; antes de que se practicaran sobre el tablero de ajedrez, las damas se jugaban sobre una parrilla en que las fichas se colocaban en las intersecciones y se movían por las líneas (por cierto, el nombre alquerque proviene de la versión árabe del juego, al qirq). En otros idiomas se usan variantes de mills, merells, marro de nou en catalán, jeu du moulin en francés...

 En el Libro del axedrez, dados e tablas de Alfonso X el Sabio

En esta imagen como en la que abre el texto, los marginalia del manuscrito del Romance de Alexandre que se encuentra en la Bodleian Library están llenos de personajes entregados a toda clase de juegos. No podía faltar el Mill.
Lo que es seguro es que su significado religioso, fuera el que fuera, se adaptó a las diferentes culturas y se hizo un hueco en la Europa cristiana. El cuadrado simbólicamente representa la tierra, y por extensión el mundo: las cuatro direcciones, las cuatro estaciones, los cuatro vientos, etc. Es la misma idea representada en los mandalas, en que el cuadrado se combina con el círculo, que simboliza el cielo. El cuadrado también es un recinto, la forma ideal de la ciudad o de la casa, desde el pomerium romano a la Jerusalén celeste, con sus tres puertas en cada lado que suman un total de doce. En versión tridimensional puede ser un zigurat, en que los tres niveles se superponen y el centro es al mismo tiempo la cúspide. Este diseño puede verse como un laberinto cuadrangular, en el que un camino hacia el centro pasa por diferentes encrucijadas (que son también cruces). Muchos diseños incluyen un punto grabado en el centro, lo que parece resaltar su importancia. René Guenon también comentó este diseño, al que llamó triple recinto, viéndolo como la representación de un templo o lugar sagrado, aunque a mí sus teorías me parecen algo superficiales. La cuestión es que los tableros grabados en paredes no son evidentemente para jugar. Tienen una utilidad simbólica cuyo valor sólo conocían aquellos que los colocaron allí.

Diseño situado en un muro de la iglesia románica de San Pedro de Tejada, Burgos.

 Esta imagen y la anterior proceden de los blogs Juegos de tableros romanos y medievales y Laberinto Románico

Esta losa se halló en el Nevern Castle de Gales.



Precioso tablero plegable del siglo XVI que, aparte del molino, incluye un tablero de ajedrez y uno de backgammon detrás. Procede de Alemania y ahora se encuentra en el Victoria and Albert Museum.

No he dicho gran cosa sobre el juego, que es una variante extendida del tres en raya, en que dos jugadores emplean nueve fichas cada uno (la cantidad puede variar según el trazado del tablero). Las reglas del juego se pueden encontrar en internet para quien esté interesado, pero en mi caso debo decir que, a diferencia de otros juegos que he tratado anteriormente en esta serie y que nunca me canso de jugar, como el parchís y la oca, el molino me deja indiferente, y me interesa mucho más el diseño que el juego. Es que tengo la sensación de que, después de todo lo dicho, y a pesar de toda la magia del tres, ir alineando fichas por el tablero me parece que desaprovecha totalmente las sugerencias espaciales de este triple recinto. Por eso ideé un juego propio para este tablero, sin duda muy soso desde el punto de vista lúdico, pero que incluye los ingredientes que más me interesan: los dados y el recorrido. Juego con cuatro fichas, las hago entrar a cada una por una “puerta” y las hago circunvalar cada recinto y avanzar por los “pasillos” hasta llegar al centro. Le llevo la contraria a dos mil y pico años de historia, pero así tengo la sensación de que estoy más cerca de descubrir el misterio.