martes, 28 de agosto de 2018

Barbarie cotidiana


Sigo con las recomendaciones o libros que han caído en mis manos por pura chiripa o atraídos por el poderoso magnetismo que producen mis dudas, cuestionamientos y abrasadoras ganas de saber: El miedo a los bárbaros, de Tzvetan Todorov. Realmente no hay una página de las trescientas y pico de este libro que no esté llena de reflexiones y sugerencias, de sensatez y de verdades, por lo que ni siquiera he llegado a resaltar citas: es un libro citable de principio a fin.

Básicamente viene a decir que es el miedo a los bárbaros (diferentes, novedosos, intraducibles) el que nos impulsa a cometer actos de barbarie (negarlos, rechazarlos, perseguirlos). También es muy destacable su definición de barbarie como algo intrínseco de la humanidad: la barbarie no es cosa de monstruos, sino que nace de los sentimientos de indefensión, miedo y egoísmo tan propios del ser humano. Esto no significa justificarlo, sino entender su verdadera naturaleza: con aquello que se sitúa fuera de la humanidad ni siquiera se puede tratar. El bárbaro es el que no considera humanos a los otros, y por tanto puede tratarlos como a cosas, puede tratarlos con crueldad sin creer que hace nada malo. Da igual que esos otros sean a su vez pacíficos o violentos. Tratar a los violentos como si no fueran humanos es otro acto de barbarie.

A mí este libro me parece un manual de tolerancia y decencia, y me gustaría poder destilarlo en píldoras y recetarlo a todos aquellos que lanzan sus mensajes de odio y racismo contra los otros. Pero desgraciadamente he llegado a la conclusión de que no se puede razonar con los intolerantes, porque el racismo no es cosa de razón sino de sentimientos. El racista vive en una realidad en la que está siendo constantemente agredido por los extranjeros, y no importa que yo viva en el mismo mundo y no me ocurra lo mismo. Sé que la realidad es algo construido por la psique y su contenido se ve afectado absolutamente por los sentimientos; la memoria no es un almacén de datos, sino un mestizaje de percepciones y estados de ánimo, tanto de los que se vivieron junto con las experiencias, como de los que se sienten al recordarlas. Si el racista está convencido de que los extranjeros son ladrones y embusteros, y disfrutan de todos los privilegios posibles en detrimento de él mismo, todo lo que le ocurra en la vida se explicará por esos motivos; ha sufrido cómo le insultan y cómo se le cuelan en la cola del médico, ¿cómo puedes venir tú luego a convencerle de que eso no ha pasado de esa manera, o de que los no-extranjeros también le hacen lo mismo sin que le afecte tanto? Sobre esas vivencias cotidianas se construyen las ideas de exclusividad territorial y fronteras infranqueables, de culturas inferiores, de religiones perversas, de diferencias irreconciliables.

Hablo del racismo de barrio, de patio de vecinos, cotidiano y mezquino, que se extiende por las calles como la peste a col hervida. Hablo de vecinos y familiares, incluso de gente a la que aprecio. Como recomienda Todorov, no caigo en el juego fácil de odiar a los que odian (y que quizá me odian, o me desprecian, o me tratan de lunática o ilusa devoralibros ignorante de la realidad). Lo que no dejo de hacer es: fundamentar mis ideas en la autoridad de los pensadores de todos los tiempos que reflexionaron sobre el tema, y en los libros de historia que explican porqué el mundo de hoy ha llegado a ser como es; y hablar y actuar siempre en consecuencia cuando la injusticia se presente o se proclame, aunque sea en esas cosas pequeñas de barrio y de patio de vecinos.

La intolerancia se resume en frases cortas, en eslóganes, en pintadas. La razón se extiende en largas y profundas explicaciones, como este libro de Todorov. Leerlo es un diálogo y un estímulo continuo, capaz de mantenerme despierta incluso en en las pesadas siestas de vacaciones. No se me ocurre mejor manera de recomendarlo.

El Miedo a los bárbaros: más allá del choque de civilizaciones -Tzvetan Todorov (Galaxia Gutenberg: Círculo de Lectores, 2008)

lunes, 27 de agosto de 2018

En defensa de la democracia


Gracias a una buena recomendación ha llegado a mis manos el libro de Rob Riemen Per combatre aquesta època (Para combatir esta era / To Fight Against This Age). Riemen es un pensador y ensayista holandés, fundador de la publicación Nexus en 1991, que dio lugar a la creación del Instituto Nexus en 1994, un foro de difusión de la cultura, las ideas y el debate. Este breve libro compuesto de dos ensayos lleva por subtítulo: Dues consideracions urgents sobre el feixisme, una continuación muy pertinente de las lecturas sobre la II Guerra Mundial con las que acabé el curso.

Después de constatar los horrores que el fascismo desató en Europa, sólo me hacía falta escuchar que nos encontramos en una nueva era pre-fascista, algo que ya podía sospechar viendo las noticias y todo lo que pasa a mi alrededor. La última gran guerra fue tan devastadora, que tras ella Europa fue capaz de recapacitar y entró en una época nueva y sin precedentes, una época en que la posibilidad de que sus estados se vuelvan a masacrar en una guerra ha desaparecido por primera vez en la historia. Durante cuarenta y cinco años se mantuvieron dos bloques políticos amenazándose mútuamente en una guerra fría, pero incluso esa situación acabó siendo barrida por el cambio de los tiempos, y pareció que las democracias liberales y el estado del bienestar se imponían como la mejor opción. También el capitalismo y la sociedad de consumo. Todos estos logros positivos vienen envueltos en un paquete inquietante que esconde numerosos peligros, el de la cultura moderna occidental.

Riemen recoge los pensamientos de autores como Goethe, Tocqueville, Thomas Mann, Nietzsche u Ortega y Gasset para analizar esta sociedad occidental moderna que es capaz de llevar el arte y la ciencia a sus más altas cotas, pero al mismo tiempo engendra una nueva forma de cultura: la sociedad de masas. Gracias a los medios de transporte y de comunicación masivos, a la inmensa expansión de las ciudades, al progreso material que inunda los mercados de productos, se crea este nuevo habitante de la sociedad de masas, tan propio del siglo XX. Según Riemen, se desarrolla como un niño malcriado en un ambiente que se lo consiente todo: lo quiere todo, lo quiere ya, no le importa lo que cueste, no le importa quien salga perjudicado; no quiere esforzarse, no quiere complicaciones; si no está satisfecho, reacciona con una pataleta, atacando a los demás, rompiendo todos los juguetes y destrozando la casa.

Como los niños malcriados, hijos de unos padres modernos que no quieren ser autoritarios, el ciudadano ha pasado, de la excesiva represión de las religiones oficiales, a la total ausencia de ética o valores. De la misma manera, la herencia cultural de occidente, que durante tanto tiempo fue monopolio de las élites, no se ha difundido a la población en general, porque el ciudadano moderno no quiere esforzarse en aprender, estudiar o meditar sobre esa herencia. Es la gran paradoja que haría llorar a los ilustrados del XVIII y a tantos idealistas de la historia: cuando las mieles de la cultura están por fin al alcance de todos los pueblos, resulta que nadie está interesado, sino que prefieren el ocio, el cotilleo, la musiquilla y la pornografía.

Y por supuesto, surgen los celos, la avaricia, la insatisfacción y la depresión. Ante ello, el ciudadano como niño viciado sólo sabe responder con el odio y la violencia. Éste es el panorama que dio lugar a los fascismos de principios del siglo XX, unos movimientos que nunca hubieran podido existir sin la sociedad de masas. Las ideas se han simplificado tanto para ser comprendidas por la gran mayoría, que se han reducido a titulares, eslóganes y tópicos que no diferencian ya entre la publicidad y la política. Terreno abonado de demagogos y manipuladores que pueden azuzar a esas masas contra cualquier chivo expiatorio, mientras las democracias son vaciadas de utilidad o sentido a base de leyes que recortan nuestros derechos, alegremente entregados por los ciudadanos, y de paso las arcas del estado acaban en bolsillos particulares.

Riemen clama contra las falsas apariencias de ésta época moderna que esconde los mismos rasgos de aquella Europa que se lanzó a los brazos del totalitarismo, que ya ha olvidado la lección. Las apariencias cambian, pero el continuo vaciado de sentido de la sociedad da lugar a un nuevo fascismo, digamos, estándar (para distinguirlo del histórico): la democracia se devalúa en su propia corrupción, pierde prestigio, y aparecen líderes “salidos del pueblo” que van a poner orden, “purificando” de elementos extraños la sociedad para devolverla a un pretendido estado ideal del pasado. Enseguida aparece un satanizado enemigo al que odiar; los opositores son enemigos del pueblo, son traidores y mentirosos, hay que acusarlos, condenarlos, encarcelarlos, anularlos. No hay diálogo ni tregua, los líderes aparecen como fuertes, poderosos, ofrecen “mano dura”. Se explotan los miedos y los prejuicios de los ciudadanos, se fomenta su ignorancia, y éstos se muestran dispuestos a renunciar a sus derechos, y destruyen todas las instituciones que eran la única garantía de justicia que les quedaba. ¿Suena familiar?

Para Riemen la democracia es un sistema pensado para hacer mejores a las personas: con más derechos, con más acceso a la cultura, a la salud, gracias a una libertad y una justicia que amparen su convivencia. La violencia, el racismo y el odio son el fin de la democracia y el fin de Europa (si es que la entendemos como la herencia del humanismo y la Ilustración). Lo que se extendía en estas tierras durante los años 30 y 40 del siglo XX no fue Europa sino un erial poblado de jaurías de lobos ensangrentados y de montañas de cadáveres.

A mi alrededor sólo escucho mensajes de odio. Afloran a todos los labios como si fuera lo más natural. La mayoría de la gente no escucha nunca una opinión meditada, ni la lee. Tienen ideas confusas sobre lo que pasó en el siglo XX. Pero están dispuestos a saltar al primer eslogan o tweet provocativo. A propósito de mi anterior post, podría aplicar aquí la conclusión a la que me llevaron esas terribles lecturas sobre la Guerra Mundial: comprobé que los ejecutores no tenían sentido de la compasión ni de la humanidad. Sentí como propio el dolor de todas las víctimas, y comprendí que eso fue precisamente lo que les faltó. El amor al prójimo es una tarea difícil, porque el prójimo, considerado de uno en uno, a menudo es insoportable y odioso, y se hace muy penoso amarlo. Pero considerando a la humanidad en su conjunto como algo de lo que formamos parte, en nombre de las entrañas que todos llevamos dentro, hay unos límites que no deberíamos traspasar nunca: no permitir jamás la injusticia, la violencia o la crueldad, aunque se ejerzan contra aquellos que no nos afectan, o no nos gustan. Nadie nos es ajeno, y una sociedad injusta nos hace injustos a todos. No soy especialmente sentimental ni sensiblera, pero en vista de lo que ha pasado en la historia de la humanidad, creo que la compasión es imprescindible como guía, es nuestra única salvación. Que se apele a Dios, a la ética o a la democracia es igual, la cuestión es no permanecer indiferente y tomar partido: combatir esta época, recuperar el legado de cultura y pensamiento que nos sirve de guía, y armarnos de argumentos y razón (por ejemplo, leyendo libros como éste).

Rob Riemen, Per combatre aquesta època (Arcàdia, 2018) / Para combatir esta era (Taurus, 2018)