lunes, 22 de mayo de 2017

Libros de Suertes, el Triunfo del Azar

Los libros de suertes son, como dijo alguien, libros que no son para ser leídos. Están pensados para ir saltando por sus páginas, para recorrerlos como laberintos, de una opción a otra. Son libros-juego, libros-divertimento y también libros-joya, con imágenes sorprendentes a la vuelta de cada página. Ofrecen todas las posibilidades mágicas y maravillantes de que es capaz ese universo encuadernado que es un libro.


Los libros de suertes son un producto típico del Renacimiento. Aunque hubieran existido antes técnicas de adivinación parecidas, fue en esa época amante del juego, de la estética y de las ceremonias donde tomó forma un tipo de divertimento cortesano, con elementos de mitología y cultura clásica y un trasfondo ya muy estereotipado de ideas neoplatónicas. La misma cultura que se reflejaba en los desfiles triunfales, en las alegorías, en la heráldica y en todo tipo de juegos, como las barajas de cartas que se popularizaban enormemente, consagraba el azar como un tipo de oráculo con fines sobre todo de diversión. Es un azar ligado a sistemas combinatorios, que mezcla las matemáticas con la astrología (herencia de la Edad Media pero sin duda muy viva en la época) para darle un cierto cariz científico a la predicción del futuro.

Un libro de suertes contiene un mecanismo básico: primero, una serie de preguntas establecidas, del tipo “¿es conveniente hacer un viaje?”, o “¿encontraré lo que he perdido”?, o “¿mi enamorado me es infiel?”. A menudo abundan las preguntas frívolas, lo que ya da una idea de las expectativas que ofrece esta clase de obra. Cada pregunta dirige a una sección, que puede ser una lista, un cuadro o una rueda con diferentes opciones. Ahí, con la ayuda de dados, cartas de la baraja o algún otro sistema de suertes, cada opción va redirigiendo a otra, para acabar en la última parte del libro, donde una serie de profetas dan la respuesta deseada, en forma de pareados o versitos, con más o menos ingenio y gracia. El encanto de la obra reside en la complejidad del mecanismo, que es innecesariamente largo, con la única finalidad de hacer durar la diversión. Y por supuesto, en el hecho de que los vaivenes de la adivinación son conducidos por toda clase de ninfas y musas, de personajes mitológicos, de signos del zodíaco, de animales heráldicos, de planetas y dioses clásicos. Todo este aparato mitológico y artístico es el que diferencia este libro de sus precedentes medievales, que eran simples listas con poco interés creativo. Cada página, con sus esquemas y ruedas, es una obra de arte y un disfrute para la vista.

Uno de los primeros ejemplares que se conocen es aún un libro manuscrito, creado por Lorenzo Spirito Gualtieri en 1482 en Perugia, e ilustrado más tarde exquisitamente. Las 20 preguntas remiten a una lista de 20 reyes (bíblicos o históricos) y de ahí a un signo del zodíaco (a los 12 originales se han añadido algunos planetas para poder llegar a 20 también). Cada signo ofrece una lista con las posibles combinaciones de una tirada de tres dados, y según el resultado se va a parar a una esfera con una lista de ríos (28 dentro y 28 fuera). Con la elección de un río se va a parar a la última parte del libro, la respuesta de un profeta, de los que también hay 20, con 56 respuestas cada uno, lo que da un total de 1120 poemitas de tres versos. Esta obra debió de hacerse tan popular, que en poco tiempo aparecieron ediciones impresas y traducciones a diferentes idiomas europeos. Una de ellas, al castellano, fue editada en Valencia en 1528 por Juan Joffre, y ayudó a difundir este tipo de obra en la Península. 


 


Precisamente en la literatura española aparece una conocida mención de los libros de suertes en la novela de Lope de Vega Arcadia (1592-94), en la que sus cultos pastores se entretienen con uno de este tipo. Dice del libro una de las protagonistas: “yo le prometí los días pasados para jugar y entretenerse con sus amigas, su título es De suertes. Lo que contiene es buscarlas por la tabla y acudir a los lugares donde se hallan, para tomar de ellas buenos agüeros y pronósticos”. El tono es paródico, sobre todo si tenemos en cuenta la respuesta que recibe el Rústico que pregunta sobre su futura esposa, que se le pronostica bastante casquivana: “no dormirás una hora sin cuidado; naturaleza tienes de unicornio; pregunta lo demás a capricornio”; las referencias mitológicas aquí van más por la cornamenta que por amor a los clásicos.






 A lo largo del siglo XVI el género se populariza, y en la realización de nuevos ejemplares impresos participan todo tipo de creadores, como poetas e ilustradores representantes del humanismo italiano.

Uno de ellos es el Triompho di Fortuna de Segismondo Fanti, matemático y astrónomo de Ferrara, impreso en Venecia en 1527. El sistema se hace más complejo, y aquí aparecen ya 72 preguntas. Sorprende que algunas tengan un carácter filosófico, como “cuál es la naturaleza del hombre” o “si el mundo tendrá fin, y cuándo”.

Las preguntas envían a doce casas señoriales italianas, de aquí a 72 ruedas (presididas por todo tipo de elementos como las artes liberales, las virtudes o los pecados, animales o dioses, y adornadas con personajes históricos clásicos, filósofos, artistas y poetas), donde el siguiente paso se puede elegir, o bien con una tirada de dados, o según la hora en que se está haciendo la consulta.

De ahí se va a 36 esferas (con elementos celestiales como planetas, constelaciones y signos del zodíaco), y se llega a las respuestas de 63 profetas y 11 sibilas (cada uno da 22 respuestas, lo que hace un total de 1628 poemas). Cada poema de cuatro versos está ilustrado con un diagrama astrológico y una pequeña viñeta alegórica.





Libro completo en Google Books

Otra propuesta es Le sorti intitolate giardino d’i pensieri, de Francesco Marcolini, también impreso en Venecia, en 1540. Contiene 100 grabados, divididos en 50 alegorías y 50 filósofos. Comienza con 50 preguntas, que tienen la peculiaridad de ser 13 sólo para hombres, 13 para mujeres, y 24 para ambos. Eligiendo al azar cartas de la baraja, se va a las alegorías, que incluyen todo tipo de conceptos morales, virtudes, vicios, condiciones humanas (el tiempo, el dolor, la riqueza, el saber, el honor, el destino...), en el mejor estilo de la emblemática renacentista. Este libro no presenta ruedas ni diagramas, pero es especialmente laberíntico, pues va enviando al consultante de un cuadro a otro, atrás y adelante por sus páginas, eligiendo una carta tras otra, hasta que se llega a la respuesta final (45 poemas de tres versos por cada filósofo, en total 2250 poemas).



 
El libro completo aquí

Es de suponer que estos libros, tesoros de excelente calidad, se sacaban en las celebraciones sociales o en las sobremesas, en reuniones de amigos o familiares, con el objetivo de pasar un rato divertido con un cariz de cultura y arte añadido. No entendió este carácter lúdico la Iglesia, que acabó prohibiéndolos en varios países. Con el tiempo, la cultura humanista, con su afición por los dioses paganos y los influjos planetarios, se fue haciendo sospechosa a los ojos de una Iglesia endurecida a causa de la Contrarreforma, que de todas formas nunca aprobó las prácticas de adivinación o consultas del futuro (que fácilmente fomentaban el trato con demonios), ni tampoco el uso del azar, demasiado relacionado con el juego, las apuestas y sus muchos vicios. Así, estos libros dejaron de editarse y muchos ejemplares fueron destruidos.

Somos muy afortunados de poder disfrutar de los pocos que quedan. A mí me fascinó descubrirlos, precisamente porque son una combinación de dos cosas que me gustan tanto: libros y juegos. Me di cuenta de que el tablero es el propio libro, como una oca o un parchís en que, para avanzar de una casilla a otra, se han de pasar las páginas. Así, el tablero se vuelve multidimensional, casi infinito. La predicción del futuro no me importa tanto, excepto por ese catalizador de posibilidades que es el azar, de los dados o de las cartas. Pero es interesante colocarse en la mentalidad de aquella época que también dio a luz el juego del tarot, y comprender cómo, para ellos, era lo más natural que las intersecciones de los planetas se reflejaran en los dados, que las alegorías captaran las grandes verdades sobre el universo, y cómo todo ello se podía vivir con espíritu juguetón, como un aliciente más para la vida.

viernes, 7 de abril de 2017

Yo no soy mi cerebro

El estreno de una peli muy chula de ciencia-ficción sobre cyborgs y cuerpos artificiales me ha hecho pensar en ciertas ideas que coinciden con el libro que acabo de leer, Yo no soy mi cerebro, de Markus Gabriel. El concepto principal que cuestiona este filósofo alemán es lo que él llama “neurocentrismo”, la tendencia actual de la neurobiología a considerar que el cerebro es el origen y el final de todo lo humano. La ciencia ha ocupado los lugares que hasta ahora se consideraban propios de la filosofía y se muestra dispuesta a dar respuesta a todas las cuestiones alrededor de las cuales se han movido los filósofos durante siglos: el porqué de todo está en el cerebro y sus sinapsis. A cada momento aparecen noticias sobre el descubrimiento de la zona del cerebro donde está localizado el amor, el humor, el optimismo, etc. La cultura, la sociedad, los valores, todo tiene su rinconcito en el cerebro y se explica por una descarga eléctrica entre neuronas.



Todo esto se parece a lo que escribí a raíz del libro de Patrick Harpur sobre los fenómenos paranormales, en que me refería a aquellas personas para las que la realidad sólo es aquello físicamente medible y cuantificable, aquello que abarca el campo de estudio de las ciencias naturales. Evidentemente, el cerebro como órgano físico entra dentro de ese campo, y, desde el punto de vista material, todo se origina en él. Pero en el cerebro, aparte de neuronas, también hay una mente. Y la mente no es una cosa cuantificable que entre dentro de las ciencias naturales.

Usaré una metáfora muy simplificadora: si quiero ir al trabajo en bicicleta, por supuesto necesito una bicicleta. Es un elemento imprescindible. Pero en la bicicleta no está incluido el hecho de que yo vaya al trabajo pedaleando. Ir al trabajo no es una cosa que se encuentre en algún lugar de los engranajes de la bicicleta. También es necesario que yo sepa llevar una bicicleta. Puede que no sepa porque cuando era pequeña mis padres no me compraron una. Eso tampoco está en la bicicleta. O puede que sí sepa llevarla pero el trabajo esté demasiado lejos para ir pedaleando. O puede que no tenga trabajo. Todas estas no son cosas, sino circunstancias que tienen que ver con mi biografía, con la sociedad en la que vivo, todas ellas cuestiones que pertenecen a otro ámbito que el material. Sin embargo, los científicos están convencidos de que si estudian lo bastante los mecanismos de la bicicleta, encontrarán la respuesta al hecho de si iré o no pedaleando al trabajo.



Esta entronización del cerebro como definición del ser humano forma parte de la visión actual del individuo como ser aislado. Por eso no es extraño que en una peli se coloque un cerebro en un cuerpo artificial y siga funcionando como persona. Vaya por delante que me encantan las pelis de ciencia-ficción y que ya ha quedado demostrado que soy fan de los robots y cyborgs en general. Pero también sé que la ciencia-ficción no habla del futuro, sino que es una reflexión sobre las inquietudes del presente, y que los robots de esas pelis son una manera de preguntarnos sobre los límites de la identidad humana. Dejando aparte eso, la idea de cerebros autónomos no deja de resucitar antiguos dualismos (cambiando el alma-cuerpo por el cerebro-cuerpo), al considerar que el cuerpo es desechable. No, siento decirlo, el cerebro ES cuerpo, y sus tripas, su hígado y sus arterias forman parte de él. Un cerebro sin su cuerpo es un cerebro amputado, lo que no creo que pueda hacerse sin perjuicio del mismo. ¿Cuánto se puede ir quitando, órgano a órgano, sin dejar de ser persona? No sé cuál sería el resultado final, pero sin duda no la misma persona que era al principio. 
 
Estoy hablando de dos cosas distintas pero que en cierta manera están conectadas. Por un lado, la reducción de la mente a lo biológico, al cerebro; y por otro, la consideración del cerebro como único órgano imprescindible del ser humano, desligado del resto del cuerpo. En realidad, los dos conceptos llevan a una especie de mecanicismo: la mente se explica por una serie de procesos automáticos; y el cerebro es el núcleo central de una máquina en la que el resto de piezas son sustituibles. 


 
Porque, dando un paso más allá, la preponderancia del cerebro lleva a la ciencia-ficción y a la ciencia no-ficción a imaginar que es semejante a un ordenador, un tipo de procesador de información, y que, por tanto, tarde o temprano se podría realizar el sueño de Sheldon de The Big Bang Theory y descargar el cerebro de una persona en una computadora, que ya no sea un cuerpo mortal y por tanto pueda vivir eternamente. O, por qué no, subirlo a la nube y que viva libre de restricciones físicas en la vasta red de internet
 
Esto nos lleva, directamente, al hecho de que las máquinas puedan tener conciencia: una vez más, el argumento de muchas películas y series sobre robots tan inteligentes que, inevitablemente, se vuelven seres vivos. Si el cerebro biológico es como un ordenador, no hay nada que impida a un ordenador ser tan complejo como un cerebro. Y ya lo tenemos. Hoy en día ya hay muchos expertos trabajando para conseguir ordenadores que piensen como personas, y aunque sea en un futuro, no se descarta que se lleguen a construir ordenadores pensantes que no se distinguirán en nada de los humanos, incluidas las emociones o la empatía.


Sobre este tema, me remito a los argumentos del filósofo John Searle, en que básicamente cuestiona lo que llama “mística de la ciencia-ficción”. Si se programa una máquina para que, por ejemplo, reconozca la cara de tristeza de su usuario, y por tanto le pregunte cómo se encuentra, no tenemos una máquina que tiene empatía, sino que actúa como si tuviera empatía. Se la puede programar para que todas sus reacciones sean perfectas y sutiles al más alto nivel de interacción humana, pero la máquina seguiría sin sentir nada. Cierto punto de vista sugiere que, dado un sistema de gran complejidad, él mismo generaría sus reacciones por decisión propia. Bueno, aquí yo me encuentro con este escollo: ¿y para qué querría una máquina pensar como un ser humano? Ya sé que nos han vendido eso de que somos el cénit de la evolución, pero la verdad es que como diseño somos un apaño. La naturaleza trabaja con lo que tiene y nunca puede deshacer lo hecho. Por eso las ballenas tienen pulmones y no les han vuelto a salir branquias, y por eso padecemos dolor de cervicales, porque nuestras vértebras de cuadrúpedo no funcionan demasiado para un bípedo. Y nuestra manera de pensar también es el resultado de su pasado evolutivo. ¿Queremos crear un ordenador que piense como un ser humano? ¿Que tenga subconsciente y traumas reprimidos? ¿Que tenga instintos e impulsos, intuiciones y prejuicios? Si pensamos evitar todo eso, y dejar tan sólo el limpio raciocinio, caemos en la trampa de la humanidad mejorada, libre de los defectos humanos, y lo que en realidad queremos crear son ordenadores-ángeles. Y nadie sabe cómo piensa un ángel.

Entonces, tal vez podamos dejar a los ordenadores que creen su propia manera de pensar y su propia conciencia. Hasta ahora, el único ser con conciencia conocido es el ser humano. Si puede existir un tipo de conciencia que no sea como la nuestra, quizá simplemente seamos incapaces de reconocerla. Quizá ni siquiera se pueda llamar conciencia. Todo esto ya es demasiado abstracto.



Resumiendo el tema de los ordenadores-como-cerebros, de los cerebros-ordenadores, de los cerebros metidos en cuerpos intercambiables, la conclusión a la que quiero llegar es que: 
 
1º: un cerebro es un órgano vivo, y no es comparable ni reconvertible en una máquina, porque es orgánico y no puede dejar de serlo sin dejar de ser un cerebro, y porque es fruto de la evolución humana, con sus “defectos” y “peculiaridades” que no se pueden reparar sin que deje de ser humano. 
 
Y 2º: el pensamiento humano no se reduce al cerebro, aunque no pueda existir sin él. El cerebro produce una mente, y la mente va más allá de lo orgánico. Por eso no puede ser sólo un conjunto de datos convertible a lenguaje binario que se cargue en un ordenador o se suba a la red. La identidad humana se construye socialmente, y nadie existe por sí solo, sino que todo lo que es depende de toda la humanidad, de toda su historia y todos sus condicionantes sociales. Ni siquiera un náufrago en una isla desierta deja de ser un sujeto social, porque los “otros” están dentro de él. El humor no se localiza en un rincón del cerebro (aunque éste se active en un escáner al escuchar un chiste); el humor es una complejísima construcción colectiva en que las personas participan según su carácter, su historia personal y su cultura, y cuyos propósitos o funciones apenas pueden enumerarse.

Esperar que los ordenadores o su versión robótica simplemente se despierten un día con conciencia, sólo porque son complejos, o porque los han programado con algo parecido a una mente humana (de la que apenas sabemos a día de hoy qué es en realidad), es mucho pedir. Esperar que se recree en ellos, no sólo la evolución biológica y cultural humana, sino todos los aspectos colectivos fruto de la historia de la especie, es simplemente imposible. Y creer que el siguiente paso de la evolución humana es sustituir nuestros débiles cuerpos por otros mejorados a base de implantarnos tecnología, que corregirá los defectos de la naturaleza, esconde más bien un rechazo a lo físico y una tendencia a cosificar a las personas.



El punto de vista de la humanidad como individuos limitados por su organismo y supeditados a sus procesos biológicos es, una vez más, una construcción social. La ciencia es el mejor instrumento que hemos encontrado para estudiar el mundo natural, pero la ciencia también es una construcción social, y por tanto también sometida a nuestros defectos y pretensiones. La tendencia a identificar todo lo humano con lo científicamente estudiable es un reduccionismo. Otro punto de vista podría ver a la humanidad como una serie de procesos colectivos recreándose y reformulándose de unos individuos a otros (me remito a la historia de la filosofía que ha dicho mucho sobre esto y mejor que yo). La teoría de que, lo que no es material, es simplemente fantasía, no ayuda mucho a explicarnos como seres humanos. Gabriel dice: “El neurocentrismo supone que somos una cosa entre las cosas y que solo hay cosas. Yo soy una cosa-cerebro, usted es otra. (…) Pero es un error que solo haya cosas, porque hay, además, valores, esperanzas y números, que no pasan fácilmente por cosas”. Como dije a propósito del libro de Patrick Harpur, la realidad a la que tenemos acceso a través de nuestra mente es mucho más compleja que una simple colección de cosas. Las ideas sobre cyborgs, cuerpos artificiales y ordenadores-cerebros son fruto de las inquietudes y elaboraciones de estas mentes nuestras capaces de ir más allá de todo lo posible. Aunque, en el mundo físico, cosas como esas nunca lleguen a existir.

Lectura recomendada: Yo no soy mi cerebro. Filosofía de la mente para el siglo XXI. Markus Gabriel. Ediciones de Pasado y Presente, 2016.

domingo, 26 de marzo de 2017

Vamos a contar un cuento: Cupido y Psique

No se trata de un cuento de esos que forman parte de la cultura popular: la historia de Cupido y Psique aparece en El asno de oro, la novela del autor latino Apuleyo, pero cualquiera que la lea comprueba que tiene todos los ingredientes del cuento tradicional. Es más, reconocerá la influencia de la historia de Apuleyo en muchos otros cuentos de sobra conocidos hoy en día. Curiosamente, El asno de oro es una novela satírica, una trama llena de personajes que cuentan historias, unas dentro de otras, la mayoría humorísticas, picarescas o eróticas, y su tono general no tiene nada que ver con este cuento. De todas estas historias, ésta es con diferencia la más larga, como un libro incluido dentro de otro. Aunque lo ideal sería leerlo con la animada prosa de Apuleyo, voy a hacer un resumen tanto como sea posible, por si alguien, después de catar esta sencilla muestra, se decide por el vino auténtico.

La más conocida representación de Cupido y Psique (entre los millares que la historia del arte ha creado) quizá sea esta escultura neoclásica de Antonio Canova

Como los buenos cuentos, la historia empieza con los reyes de un lejano reino que tenían tres hijas, todas bellas y jóvenes, pero la pequeña, con diferencia, la más bella (como debe ser en los buenos cuentos). Esta princesa, llamada Psique (que no por casualidad significa alma en griego), resultó ser tan hermosa que las gentes se convencieron de que era la misma Venus bajada a la tierra, y llegaron a adorarla, cosa que desató los celos de la Venus auténtica, que ordenó como venganza a su hijo Cupido que la hiciera enamorarse del ser más vil que encontrara. Sus órdenes se cumplieron de una manera bastante extraña. El caso es que el oráculo decretó que Psique había desatado la ira de los dioses, y debía ser entregada a un monstruo horrible como esposa-víctima, en la cumbre de un acantilado. Hasta allí la llevaron sus desconsolados padres y se despidieron de ella. Pero, una vez sola, lo que apareció no fue un monstruo, sino un viento huracanado que la arrastró por el cielo y la dejó caer, sin daño, en un valle florido.

El pintor barroco Luca Giordano dedicó una serie a la historia de Cupido y Psique. Aquí se la representa siendo adorada por el pueblo

Allí Psique encontró un palacio excelso lleno de riquezas, pero completamente desierto. Unos sirvientes invisibles le trajeron manjares, la llevaron al baño y le dieron ropas aún más lujosas que las que había llevado. En la oscuridad de la noche, su marido apareció en la habitación. Le aseguró que podría vivir tranquila y hacer lo que quisiera, siempre que no intentara ver su rostro. Psique se enamoró de ese marido que la visitaba cada noche y que no parecía nada monstruoso al tacto. Pero... no dejaba de acordarse del dolor de sus padres y de sus hermanas, que la creían descuartizada por una bestia, y la vida en su jaula de oro no le parecía tan bonita.

Psique siendo transportada por el viento Céfiro hasta el jardín del valle. Ilustración de H. J. Ford en una obra del siglo XIX, The Red Romance Book.

De manera que consiguió que su marido hiciera venir a sus hermanas a visitarla, transportándolas por los aires desde el acantilado como a ella. Las hermanas quedaron asombradas y deslumbradas por su magnificencia, y la alegría de haberla reencontrado viva se transformó pronto en una envidia feroz. Tanto es así que ni siquiera contaron a sus padres la verdad sobre su hija pequeña, y se las ingeniaron para volver a verla. Y a la tercera visita lograron convencerla de que su marido era sin duda el monstruo que había vaticinado el oráculo, que lograba hechizarla para que no se diera cuenta de su fealdad, que el hijo que ya esperaba iba a ser igualmente monstruoso, y que sin dudarlo debía aprovechar la oscuridad de la noche para matarlo.

Obra de la pintora del siglo XVIII Angelica Kauffmann,
en que aparecen las envidiosas hermanas de Psique

Psique fue fácilmente manipulada por sus engaños, y cuando aquella noche escuchó dormir a su marido, encendió una lámpara dispuesta a saber la verdad: y lo que vio, claro, era al mismo dios Cupido, que no había sido capaz de cumplir el mandato de su madre y se había enamorado de Psique. Ella, deslumbrada por la belleza de su amante divino, se inclinó sobre él, y una gota de aceite de la lámpara cayó sobre el hombro del dios y lo despertó. Cupido se sintió tan defraudado de que no hubiera cumplido la única condición que le pedía, que levantó el vuelo y la abandonó. 

De la infinidad de obras que muestran el descubrimiento de Psique, he aquí una voluptuosa representación del siglo XVI de Jacopo Zucchi

Psique comprendió demasiado tarde que sus hermanas habían buscado sólo su ruina. Abandonó el valle y comenzó a recorrer todos los países, intentando volver a encontrar a Cupido. Llegó a las casas de sus hermanas, y no perdió la ocasión de vengarse de ellas: a cada una le contó la verdad sobre su marido, el dios del amor, y les aseguró que la había repudiado por estar enamorado de su hermana más bella (y cada una creyó que era ella), y que la esperaba en su palacio a donde sería transportada por los aires como en sus visitas. Cada una por su cuenta corrió al acantilado y se dejó caer esperando ser llevada mágicamente, pero las dos se hicieron pedazos en las rocas.

El prerrafaelita Burne-Jones también dedicó una serie a la historia de Cupido y Psique. Aquí se puede ver al dios alejándose de ella en mitad de la noche. 
 
Mientras tanto, Cupido había vuelto a la casa de su madre, y la quemadura de su hombro le hizo enfermar como si fuera una herida atroz (pero la herida no era la quemadura). Venus descubrió cuál había sido el verdadero destino de Psique, y juró vengarse de ella. La pobre Psique seguía recorriendo el mundo sin encontrar amparo de los hombres ni de los dioses, que temían la ira de Venus. Finalmente, se entregó a manos de su suegra esperando así llegar a encontrar a su amado.

 Psique se entrega a Venus, según Edward Matthew Hale

Venus la maltrató y decidió someterla a pruebas imposibles. Para empezar, la llevó a una estancia donde había una gran montaña de semillas mezcladas, desde trigo hasta diminutas semillas de amapola y muchísimas diferentes, y le dijo que tenía hasta la noche para separarlas en sus respectivos montones. Psique ni siquiera intentó empezar, pues vio que sólo sería una excusa para castigarla por incumplir sus órdenes, y se limitó a echarse al suelo llorando. Pero las hormigas se compadecieron de ella, invadieron la estancia por millares, tomaron cada una de ellas una semilla y, en unas pocas horas, las habían colocado cada una en su lugar.

Nueva ilustración de The Red Romance Book, con el trabajo de las semillas

Cuando Venus volvió y vio aquello, sospechó que una simple mortal no había podido hacerlo sola. Así que ideó otra prueba: la envió a una pradera donde pastaban unas ovejas de lana de oro, para que recogiera sus vellones dorados. Pero esas ovejas eran enormes y salvajes, con grandes cuernos, y Psique comprendió que si tan sólo la veían, la embestirían hasta matarla. Así que se escondió entre las cañas y se puso a llorar. Pero las cañas se compadecieron de ella y le dijeron que esperara a la marcha de las ovejas hasta el río; entonces las cañas las estrecharían y la lana quedaría enredada entre sus nudos. De esa manera, Psique volvió a casa de Venus con una gran cantidad de mechones de oro.

La siguiente prueba que le impuso fue subir a la cima de una altísima montaña, de la que nacía la fuente de agua que, hundiéndose entre sus grietas, iba a alimentar la laguna Estigia. Psique debía llenar una jarra de cristal de ese agua. No sólo la subida era penosa, sino que en las grutas que se abrían en los peñascos habitaban dragones espantosos. Psique vio que ningún mortal podría jamás alcanzar aquella cima, así que a mitad de camino se sentó en una roca a llorar. Pero el águila se compadeció de ella, tomó en sus garras la jarra de cristal, voló hasta la fuente y se la devolvió llena.

 Otra de las ilustraciones de The Red Romance Book, que muestra la historia del águila

De manera que Venus decidió imponerle la prueba definitiva: le mandó ir a lo más profundo del infierno, a casa de la diosa Prosérpina, la que junto a Plutón gobernaba el reino de los muertos, para pedirle uno de sus ungüentos de belleza, los únicos que pueden competir con los de la diosa del amor. Psique comprendió que la mandaba al lugar del que nadie regresa. Así que, decidida a encaminarse allí de la manera más directa y acabar definitivamente con su sufrimiento, subió a una alta torre dispuesta a arrojarse y morir. Pero la torre se compadeció de ella y le habló: le contó la manera en que podría cumplir el mandato de Venus. Le reveló dónde estaba el lugar por el que podría bajar al Hades y cómo debía hacerlo para cumplir su misión con éxito.

Debía llevar en cada mano una torta de harina de cebada con vino y miel, y dos monedas en la boca. Se encontraría un asno cojo del que se caía parte de la carga de leña, y su cojo amo le pediría ayuda, pero debía ignorarlos. También encontraría unas hilanderas que le suplicarían que las ayudase, pero debía pasar de largo. Le daría una de las monedas a Caronte, haciendo que él mismo la sacase de su boca, para que la pasara en su barca. En el río, uno de los difuntos le tendería su mano desde el agua para que lo ayudara a subir, pero no debía compadecerse. Al llegar a la puerta de los infiernos, vería al terrible perro de tres cabezas, Cerbero, al que amansaría enseguida con una de las dulces tortas. Prosérpina la acogería con hospitalidad y le ofrecería manjares, pero debía abstenerse de comer nada (la propia diosa estaba condenada a permanecer allí por eso mismo). Cuando tuviera el frasco, debía emplear la segunda torta para que el perro la dejara pasar, y la segunda moneda para que Caronte la devolviera al mundo de los vivos.

Psique ante Proserpina, según Charles Joseph Natoire.

No hace falta decir que todo se cumplió tal cual: el camino bajo la tierra, el asno, las hilanderas, Caronte, el muerto del río, el perro Cerbero, la hospitalidad maliciosa de Prosérpina, y su regreso a salvo. Cuando Psique volvió a ver la luz del día, pensó que esta vez Venus quizá reconocería en ella a una digna nuera, y quizá volvería a ver a su amado Cupido. Pero entonces reparó en que, desde aquel día en que se separó de él, las calamidades la habían marchitado y se veía en un estado lamentable. Pensó que podía tomar tan sólo un poco del ungüento mágico y presentarse así radiante ante su divino marido. Pero al abrir el frasco, descubrió que no había ninguna pócima en él. No se puede confiar en los regalos de la diosa de los muertos, pues de ella nunca puede venir nada bueno: lo que contenía el frasco era un sueño de muerte, que inmediatamente envolvió a Psique y la hizo desplomarse inerte en mitad del camino.

Otra de las ilustraciones de Burne-Jones para el momento siguiente

Quiero creer que, de alguna forma, Cupido supo lo que había pasado. Su enfermedad había sido provocada por la decepción que Psique le había causado, pero nunca podría curarse hasta que reconociera que igualmente la amaba. Impulsado por la necesidad de volver a verla, recobró sus fuerzas y se echó a volar desde el palacio de Venus. Pronto encontró a Psique inconsciente en el camino y la despertó con el filo de una de sus flechas (me gustaría decir que fue con un beso, pero ese es otro cuento, a pesar de la conocida escultura de Cánova). Este cuento se precipita rápidamente hacia su final feliz: Cupido llevó a Psique al Olimpo, donde Júpiter les dio su bendición y convenció a la furiosa Venus de que la aceptara. Psique bebió la ambrosía de los dioses y se convirtió en inmortal. La hija que les nació fue llamada Voluptuosidad.

 Y, para acabar, otra de las representaciones más conocidas de esta historia, la obra de François  Gérard