martes, 8 de diciembre de 2015

Cállate

Hace tiempo que quería hablar de lo que le pasó a la profesora Mary Beard, pero como siempre voy con retraso, ya no es ninguna novedad. Pero quizá no es tan conocido.


Lo leí en un artículo de Elvira Lindo en El País: Las palabras hieren, que lo explica perfectamente, por lo que me apropio de él. Lo podéis leer completo en el link.

Había leído a la profesora Beard porque es una excelente historiadora y yo soy fan de la historia clásica. De pronto me entero que presentó una serie sobre la antigua Roma en la televisión, Meet the Romans, supongo que parecida a montones de documentales similares que he visto en la 2. Están llenos de señores con gafas de pasta y chaquetas con coderas, así como de señoras con jerséis de lana y abundantes canas, ejemplares clásicos de profesores universitarios. No pensé que eso llamara la atención, pero parece ser que la serie de la profesora Beard llegó a unos espectadores inesperados: 

"Su programa provocó un aluvión de críticas insoportable. Lo extraordinario es que esas críticas no se referían al contenido en sí sino a su aspecto físico. Nuestra profesora tiene un aire no diferente al de muchas eruditas entregadas desde su tierna juventud a los asuntos intelectuales: luce una alocada melena blanca, sus dientes son llamativos por su irregularidad, se permite detalles excéntricos en el calzado o las gafas, y, lo que ha resultado más indignante para algunos, muestra un impactante aplomo en su lenguaje corporal. A ella le importa un pimiento no ser bella, pero no así a algunos críticos televisivos que, ignorando las enseñanzas que generosamente pretende difundir, se dedicaron desde el principio a describir la vestimenta poco cool de la sabia dama. Con más crudeza aún se refirió a ella la jauría tuitera, en donde los comentarios sobre su supuesta fealdad abundaron.

 “Puta apestosa. Seguro que tu vagina da asco”. Este fue uno de los interesantes tuits que la señora Beard cosechó. Lo curioso es que haciendo caso omiso de esa ley no escrita que aconseja a los personajes públicos no mirar lo que de ellos se dice en las redes, esta mujer, que se había educado en el feminismo activo de los setenta, se puso manos a la obra y decidió plantar cara a sus detractores. Alguien la ayudó a localizar al autor de tan hiriente mensaje: era un estudiante, tenía 20 añitos. Beard llamó a su madre y habló con ella. También habló con el autor de una web que colgó una foto de la investigadora con una vagina sobreimpresa en su cara. Charló con ellos y con otros tantos y publicó en su blog la crónica de estas conversaciones que, finalmente, conformaron la interesantísima pieza que leyó en el Museo Británico sobre el silencio impuesto a las mujeres en cuanto tratan de frecuentar territorios tradicionalmente masculinos."

La conferencia del Museo Británico se titulaba Oh Do Shut Up Dear!, y no la he encontrado tal cual, pero sí otra que tal vez sea la misma, titulada The Public Voice of Women. En el link se puede escuchar y leer la transcripción.

"But the more I have looked at the threats and insults that women have received, the more I have found that they fit into the old patterns I’ve been talking about. For a start it doesn’t much matter what line you take as a woman, if you venture into traditional male territory, the abuse comes anyway. It’s not what you say that prompts it, it’s the fact you’re saying it. And that matches the detail of the threats themselves. They include a fairly predictable menu of rape, bombing, murder and so forth (I may sound very relaxed about it now; that doesn’t mean it’s not scary when it comes late at night). But a significant subsection is directed at silencing the woman – ‘Shut up you bitch’ is a fairly common refrain. Or it promises to remove the capacity of the woman to speak. ‘I’m going to cut off your head and rape it’ was one tweet I got. ‘Headlessfemalepig’ was the Twitter name chosen by someone threatening an American journalist. ‘You should have your tongue ripped out’ was tweeted to another journalist. In its crude, aggressive way, this is about keeping, or getting, women out of man’s talk." 

No se trata de lo que las mujeres digan, simplemente el problema es que hablen. No importan sus ideas ni sus opiniones, el problema es que el discurso público pertenence a los hombres, y las mujeres que lo invanden al hablar están molestando.

"Mary B. se miró al espejo e hizo recuento de todos aquellos insultos que estaba recibiendo, “fea, gorda, vieja, puta, maloliente, desagradable, mal vestida, mal follada, machorra…”. Duelen, ¿verdad? Se podría escribir un ensayo sobre las mil maneras de ofender a una mujer. Pero una vez que nuestra heroína afrontó la dureza de los insultos comenzó a relacionarlos con una tradición que viene de antiguo: no se trata de lo que una mujer diga, sino de que hable. Y entonces decidió investigar sobre la naturaleza de quien insulta. ¿Qué pensaría usted de su marido, de su hijo, de su hermano o de su mejor amigo si se enterara de que es autor de tan repugnante prosa?"

NOTICIA DEL 25/5/2016:
La historiadora británica Mary Beard, Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales 

Bieeeeeeen!!!!

domingo, 30 de agosto de 2015

Orlando furioso y la Opera dei Pupi

Orlando Furioso, Ludovico Ariosto
Este poema épico es la reescritura renacentista, culta y humanista, de las fantasías caballerescas alrededor de los paladines franceses, nacidas de los primitivos cantares de gesta medievales. Aquel Roland de la Chanson de ídem, que moría heroicamente en Roncesvalles, fue reinterpretado más tarde como caballero artúrico y, bautizado en Italia como Orlando, y en la floreciente corte de los Este de Ferrara, Matteo Boiardo lo hizo protagonista de una intriga folletinesca con princesas y dragones. Este Orlando innamorato ahora tan olvidado entusiasmó a sus contemporáneos, y como el autor lo dejó inacabado, fue pie para que Ludovico Ariosto lo continuara, con muchísimo más éxito, en su Orlando furioso.

Estamos hablando ya del siglo XVI. La redacción en verso quiere emparentar esta obra con las épicas clásicas, y mezcla caprichosamente las referencias a mitos clásicos con la fantasía medieval. De nuevo aparecen montones de personajes y tramas, y de hecho, en medio de ellos Orlando es uno más y no muy destacado. Hay detalles de “modernidad”, como el erotismo de Angélica y Olimpia encadenadas en la roca para ser devoradas por el monstruo marino, “completamente desnudas”. Cuando en un romance medieval se afirmaba que la dama aparecía totalmente desnuda, siempre se añadía: “sólo llevaba la camisa”, que era el súmum de la desnudez de una dama. Pero aquí no sólo es un hecho literal, sino que el autor se recrea en la descripción detallada de la anatomía de las damas, tal y como las contemplan encantados sus caballeros salvadores. Y no digamos ya el rijoso episodio del ermitaño pervertido que quiere aprovecharse de Angélica y cómo termina su intento.

El rescate de Angelica por parte de Ruggiero visto por Ingres. Cualquier parecido con Perseo y Andrómeda no es pura coincidencia.

Por otro lado, es muy destacada la defensa de las mujeres en todo el texto. Hay fragmentos literales de alabanza a la condición femenina, pero también hay ejemplos de personajes femeninos íntegros y esforzados, a menudo engañados por hombres falsos y cobardes. Hay todo un país dominado por mujeres semejantes a las amazonas. Y sobre todo, hecho nunca visto antes en romances caballerescos, hay auténticas mujeres guerreras, mejor dicho, mujeres-caballeros, con todas las connotaciones de hidalguía, destreza y valentía que el término conlleva. La resoluta Bradamante no se queda esperando la vuelta de su amado Ruggiero, sino que remueve cielo y tierra buscándolo, y afrontando todos los peligros. Se enfrenta y vence en singular combate a todo caballero que se le cruce, salva de entuertos a damas desvalidas, derrota a magos y a gigantes. Y no se le queda atrás la brava Marfisa. Mientras la primera es ejemplo de dama cristiana, benevolente con sus enemigos derrotados, la segunda, de origen pagano, rebana pescuezos en medio del ejército enemigo. Los otros caballeros no saben si desafiarlas o enamorarse de ellas.

 Nunca se había visto nada como esto en las novelas caballerescas.

 Así era vista Marfisa en una imagen contemporánea.

 Arriba y abajo: ilustraciones de Gustave Doré.

Viaje a la luna de Astolfo, partiendo desde el Paraíso Terrenal, a bordo del carro de fuego de Elías y acompañado de San Juan Evangelista. En la luna, donde va a parar todo lo que se pierde en la tierra, Astolfo encuentra la cordura perdida de Orlando.
 
Bradamante encuentra en la tumba de Merlín a la maga Melissa, que será su benefactora a lo largo de la historia.


 Arriba y abajo: ilustraciones de H. J. Ford en una obra del siglo XIX, The Red Romance Book.
Bradamante contempla el rapto de Ruggiero por el hipogrifo (aquí más bien un pegaso), y la lucha entre Bradamante y el mago Atlante.



 Angélica y Medoro según Tiepolo: la pareja de enamorados garabatea todos los árboles del bosque con sus nombres (hay cosas que son tan antiguas como el mundo).

Pues bien, la larga historia de este Roland que empezó como feroz guerrero en el siglo XII, que se popularizó en romances (el Roldán del Romancero español) y que fue elevado a los altares de la alta literatura con el Orlando de Ariosto, aún cobró nueva vida en el siglo XIX, con el triunfo y la inmensa popularidad del teatro de marionetas italiano, especialmente en Nápoles y sobre todo en Sicilia. La Opera dei Pupi estaba protagonizada por un Orlando de bigotes de mosquetero y empenachada cimera, que espadón en mano brincaba partiendo por la mitad a renegridos moros, suspirando por una bonita Angélica de larga cabellera morena, y sometiéndose a los mandatos de un barbudo Carlomagno. Allí estaba todo, Ruggiero cabalgando su hipogrifo, la malvada bruja Alcina, Bradamante derrotando al mago Atlante, y cientos de maravillas más provenientes de la fuente inagotable del poema de Ariosto para encandilar a chicos y grandes, al menos así fue hasta mediados del siglo XX. Ahora, superada por otros medios de entretenimiento, la Opera dei Pupi es una reliquia a la que se le dedican museos, en sus principales sedes o escuelas, la de Palermo y la de Catania. Espero que aún encuentren público al que le apetezca dejarse llevar por la fantasía.
 Los paladines (y paladinas) ante Carlomagno.
 Escena de lucha
 Bradamante en versión pupo.

Y por último, mi pupo Orlando señala con su fiel espada Durindana los primeros versos del Orlando furioso en la traducción de Edicions 62. El original dice así:

Le donne, i cavallier, l’arme, gli amori,
le cortesie, l’audaci imprese io canto,
che furo al tempo che passaro i Mori
d’Africa il mare, e in Francia nocquer tanto,

..............LA AVENTURA CONTINÚA

sábado, 11 de julio de 2015

El velo como bandera: tradición y modernidad de la mujer musulmana

Generalmente, los artículos sobre inmigrantes musulmanes en Europa suelen centrarse en dos temas: el terrorismo y el velo. Que esta prenda de vestir sea un objeto de preocupación tan importante como la grave amenaza terrorista demuestra que su valor simbólico se ha disparado en los últimos años. El velo en menores (conflictos con las escuelas) trasluce el temor a que las pequeñas estén siendo manipuladas, obligadas a aceptar una sumisión al varón que en Europa se combate desde hace al menos un siglo. Lo mismo sucede con mujeres adultas en el caso del velo integral, signo extremo de la negación física. Para la sociedad occidental, permitir que suceda parece consentir que una forma de pensar contraria a las libertades se vaya imponiendo, disfrazada de tradición. No vengo yo a solucionar el tema del velo, pero sí a hacer varias reflexiones después de algunas lecturas que he hecho. Hablar del velo significa hablar de muchas otras cosas: religión, tradición, política, racismo. Cada tema da para una enciclopedia, pero aún así se pueden decir algunas cosas brevemente. Es más, se deben decir, porque en estos temas nadamos en un océano de ignorancia.

The veil series es un trabajo de la fotógrafa británica-iraní Sara Shamsavari, en el que retrata a mujeres de Londres, París y Nueva York como muestra del uso moderno y estético del hiyab.


Reinventar la tradición

Como explica la antropóloga Verena Stolke, las ideas sobre los extranjeros que se han generalizado actualmente en Europa responden a una nueva clase de exclusión que ya no es el antiguo racismo que dividía a los seres humanos entre superiores e inferiores. El nuevo “fundamentalismo cultural” hace las diferencias en función del territorio, asignando a cada uno una cultura (e ignorando la propia variedad de cada estado). Estas culturas son totalmente extrañas las unas a las otras, y por eso cada una practica un etnocentrismo “natural”: “El fundamentalismo cultural contemporáneo se basa en dos suposiciones: que las distintas culturas son de una variedad infinta, y que, dado que los seres humanos son intrínsecamente etnocéntricos, las relaciones entre las culturas son por naturaleza hostiles.” Los individuos que viven fuera de su territorio/cultura, al ser ellos también etnocéntricos, se vuelven una amenaza para el territorio en que están. Por eso, la emigración de gentes de un territorio a otro es vista como un hecho problemático y preocupante (no un hecho natural e inmemorial).

No es un concepto muy diferente de lo que Olivier Roy llama “neoetnicidad” en relación a la manera en que los países de occidente han catalogado a los inmigrantes musulmanes. Primero, todos comparten algo llamado “cultura musulmana”, como si la religión definiera todos sus aspectos culturales, sin distinción entre países de origen; segundo, les define el hecho de haber nacido en esos países, sean o no creyentes, practicantes o técnicamente de otras religiones (ateos, cristianos libaneses, etc.); tercero, el musulmán es el otro, opuesto al autóctono (no al cristiano).

Este proceso de catalogación y etiquetación del extranjero realizado por Europa ha funcionado en las dos direcciones, porque los inmigrantes también lo han asumido. Se da por hecho que al venir de su país traen consigo “su cultura”, pero para la mayoría, supone pasar de una sociedad donde la identidad religiosa era algo supuesto y formaba parte de la estructura social, a otra sociedad donde su religión es minoritaria, sus tradiciones no forman parte de la mayoría, y donde su fe tiene que reivindicarse y hacerse notar para existir. De pronto, el creyente necesita definirse, no ya como integrante de una sociedad, que ya no existe, sino individualmente, y aparte de cualquier tradición: “La pérdida de visibilidad hace que el islam deba afirmase cada vez más como una opción individual, [...]. En la actualidad la problemática del velo llevado voluntariamente: es una reapropiación y afirmación de uno mismo, y no ya un signo de conformismo social”.
Los hijos de inmigrantes que quieren recuperar su identidad musulmana no lo hacen recuperando la cultura de los padres, sino una supuesta “cultura musulmana”, un islam “neutro”, descontextualizado, individualista y de nueva creación. Este proceso no es diferente del que se vive en los propios países de origen ante el reto de la modernidad, las crisis políticas y el resto de problemas que los sacuden. Este islam neutro y reinventado es el que se está extendiendo, y uno de sus símbolos es el velo : “El velo se ha convertido en un símbolo, aún sin serlo en propiedad […]. Ha pasado de tratarse de una prenda con más sentido étnico y tradicional que religioso y su uso estar casi erradicado en Egipto y en el Cercano Oriente de los años sesenta, a retomar el protagonismo perdido a causa de la presión ejercida, especialmente en las últimas décadas, por los movimientos fundamentalistas.” (A. Motilla)


La tradición del velo

Convertir el velo en un símbolo del islam no es tarea fácil, porque no se sustenta en ninguna obligación, no hay disposiciones claras e identificables. Se suele citar la aleya 33.59 del Corán, donde se prescribe que las mujeres “se cubran” con el yalabib, que significa “vestido” o “túnica” a pesar de que a menudo se traduzca por “velo”. Las primeras exégesis ya discutían cómo interpretar las disposiciones del profeta, y a qué normativas debían dar lugar. De estas disposiciones posteriores surgió lo que se llama “código hiyab” de vestir: a partir de la pubertad, la mujer debe cubrir todas las partes de su cuerpo que pudieran provocar miradas lascivas, que son prácticamente todas excepto la cara, las manos y los pies. La ropa que la cubre, además, no debe ceñir el cuerpo ni ser transparente. Éstas ideas corresponden a una cierta escuela de tradición, pero no son obligatorias. Ni el imam más estricto puede decir que seguirlas es una obligación, tan sólo una opción. Por eso, una mujer musulmana y devota puede optar por no seguirlas, entendiendo que no forman parte del núcleo de la religión islámica.

Se suele decir que el Corán otorgó a las mujeres unos derechos que antes no tenían, aunque al leerlo en la actualidad resulte retrógrado; pero hablamos del siglo VIII, y es cierto, la situación de las mujeres en Arabia antes del islam era terrible. Sólo tenían alguna seguridad las mujeres ricas o de familias poderosas; para cualquier otra, existía la posibilidad de ser capturada en cualquier momento y convertida en esclava de su captor, si no tenía de su lado un marido o una familia lo bastante fuertes para recuperarla; y la vida de esclava era miserable, hasta el punto de ser convertida en factoría de hijos esclavos. Mahoma era especialmente sensible a la suerte de los marginados, los miserables y los esclavos. Toda su vida fue una negociación muy meditada para que sus ideas innovadoras fueran aceptadas, como su revolucionaria idea de que las mujeres heredaran en lugar de ser parte de la herencia, o que la esclavitud de un hermano musulmán no era aceptable; en ocasiones no lo consiguió, o con muchos trabajos: siguió habiendo esclavos, y las mujeres siguieron sometidas, mucho más a medida que las conquistas trajeron riqueza y poder. Si Mahoma era el modelo a seguir por los musulmanes, éstos olvidaron pronto su forma igualitaria de tratar a las mujeres, y su piedad para con los esclavos.

Pero hay que volver a esa indicación de cubrirse, y entender a qué se refiere. En este caso, el fracaso se hizo evidente. Mahoma no consiguió convencer a los hombres de que debían respetar a las mujeres sólo porque eran personas y musulmanas. La mujer cubierta era una señora, mientras que la descubierta delataba su condición de esclava, por tanto podía ser asaltada. Porque un cuerpo a la vista es una tentación irresistible para un hombre, que pierde toda capacidad de raciocinio y no puede contenerse. La base de la idea del cubrimiento, sea éste como sea, es que el cuerpo de la mujer es provocador y causante de la reacción del hombre, culpable de lo que le pase. Esto es contrario al ideal de igualdad del islam, que abomina de que un creyente violente a otro. Sucede lo mismo con las disposiciones sobre el derecho del marido a pegar a su mujer; se conservan innumerables hadices en que Mahoma abomina de ello, pero en este caso su negociación fracasó. Pudo establecer unos derechos matrimoniales y para los hijos, pero lo que pasara en cada casa era un asunto doméstico.

Hay grandes mujeres relacionadas con el Profeta, muy apreciadas en las primeras épocas del islam, pero la historia las ha oscurecido o las ha obviado, porque sus personas resultan incompatibles con la idea de mujer sumisa. Khadija fue su primera esposa, quince años mayor que él, viuda y mujer de negocios. Fue su primera seguidora, y Mahoma no hubiera podido seguir adelante sin su apoyo. Aunque la poligamia era corriente en su sociedad, nunca se casó con otra mientras vivió. Su muerte tras veinte años de matrimonio fue un duro golpe para él. Después Mahoma reunió varias esposas, muchas de ellas por causa de alianzas políticas, y la mayoría eran viudas o divorciadas. Se casó con hijas de sus amigos y aliados, como es el caso de Aisha, que fue su amor principal hasta su muerte. Era una niña cuando se casaron, y sólo tenía 18 años al enviudar del Profeta, pero se convirtió en un pilar de la comunidad musulmana, una autoridad de referencia, capaz incluso de ir a la guerra contra facciones contrarias. Un gran papel tuvo tambien Um Salma, que era en cambio una mujer madura y de gran personalidad, líder de las reivindicaciones de las mujeres musulmanas. Otra gran mujer fue la bisnieta de Mahoma, Sakina. “Era alabada por su belleza, lo que los árabes denominan belleza, una mezcla explosiva de gracia física, inteligencia crítica y elocuencia corrosiva. Los hombres más poderosos se la disputaban, califas y príncipes le proponían matrimonios que ella desdeñaba por razones políticas. No obstante, acabará casándose con cinco maridos, algunos dicen que seis. Se disputó con unos, hizo declaraciones de amor inflamadas y apasionadas a otros, llevó a uno ante los tribunales por infidelidad y nunca consintió a ninguno la ta'a (principio de obediencia, clave del matrimonio musulmán). En sus contratos de matrimonio, estipulaba que no obedecería al marido, que sólo haría su antojo y que no le reconocía el derecho de poligamia, todo ello debido a su interés por los asuntos políticos y la poesía. Seguía recibiendo en su casa a poetas y asistiendo, a pesar de sus múltiples matrimonios, a los consejos de los Coraix” (F. Mernissi). Como ella, hubo otras mujeres barza, “la que no se tapa la cara ni agacha la cabeza”, es decir, desveladas. Un hombre o una mujer barz son “conocidos por su raciocinio”, “de criterio apreciado”, con una vida social que incluye organizar en su casa reuniones cultas o políticas. Y todo ello estaba simbolizado en el rechazo al velo. Eso fue en los primeros tiempos del islam, y ha pasado mucha historia sobre todo ello.

Imagen promocional de la web de moda islámica Al-humaira Contemporary. Al-humayyira era el apodo cariñoso con que Mahoma llamaba a su querida Aisha, y que Fátima Merissi traduce por “la pelirrojilla”. http://www.alhumairacontemporary.com/

El velo en occidente y en España

El uso del velo es anterior al islam, y responde a una concepción del cuerpo de la mujer que se extiende por todo el Mediterráneo y Oriente Medio. Las antiguas hebreas se cubrían la cabeza, así como las matronas romanas. El cabello de la mujer históricamente ha sido considerado seductor, y por tanto incitador del pecado. María Magdalena, ejemplo de mujer pecadora aunque redimida, es la única santa que tradicionalmente se representa sin velo. Esta enfatización del pelo pecador de la Magdalena es tan intensa, que algunos retablos medievales la muestran completamente cubierta por su cabellera hasta los pies. Por el mismo motivo, hasta el Concilio Vaticano II a mediados del siglo XX, las mujeres no pudieron entrar en una iglesia con la cabeza descubierta, siguiendo la confusa disposición de San Pablo en su primera carta a los Corintios (11, 10): “Precisamente por esto [porque la mujer debe obediencia al hombre], y por causa de los ángeles, [nunca he entendido esta expresión] la mujer debe llevar sobre la cabeza una señal de autoridad [de la autoridad del hombre sobre ella, el velo]”. Por tanto, las creencias y prácticas musulmanas respecto al velo no corresponden a “otra cultura”, sino a un trasfondo compartido por todos nosotros.
Esta imagen y las siguientes: marcas de moda islámica de alta costura.

No se trata de un enfrentamiento entre el “mundo cristiano” y el “mundo musulmán”, sino entre una concepción laica de la sociedad y otra donde la religión está muy presente. El rechazo al islam se engloba dentro de los prejuicios occidentales hacia la religión en general, que ahora es vista sólo como fuente de superstición e irracionalidad. Los países musulmanes no pudieron realizar su propia secularización, por diferentes motivos, en el siglo XX; ahora, se produce una reislamización que, como se ha explicado antes, no es una vuelta “a lo antiguo”, sino su negación, más bien una reinvención identitaria.

Que el velo provoque malestar en el secularizado occidente ha sido un incentivo para convertirlo en un símbolo (es decir, que las dos posturas se alimentan la una a la otra). Es significativo que las leyes que intentan prohibirlo estén respaldadas por políticos de derechas, mientras que los de izquierdas votan en contra. Los políticos liberales se debaten entre luchar por la liberación de la mujer, o en defensa de las libertades personales. Los políticos conservadores, especialmente en España, se alinean con la xenofobia tradicional, la que se remite a la Reconquista. El “moro” forma parte del acerbo cultural, como una figura siempre al acecho que ansía recuperar el territorio conquistado. La España tradicional no está acostumbrada al extraño ni al diferente, ya que la sociedad ha sido totalmente uniforme durante siglos. Juan Goytisolo escribió en España y sus ejidos: “Si no somos racistas se debe ante todo al hecho de que España fue el primer país moderno que “resolvió” de modo tajante el problema de las razas, acosando, persiguiendo, robando y expulsando por fin masivamente a moros y judíos.”

Es la uniformidad, y no tanto la laicidad, la que preocupa a la sociedad española, y suele ser la causa de los conflictos en las escuelas, porque los velos de las chicas se saltan normativas sobre la vestimenta de los alumnos. La mayoría de los españoles no están acostumbrados a ver gente diferente, y creen que la integración significa asimilación, que los diferentes cambien sus tradiciones, su manera de vestir, su religión, su idioma, y a poder ser su piel, o mejor que se disuelvan, o mejor que no vengan, para que todos seamos lo mismo y se mantenga inalterada “nuestra cultura”.


Qué significa el velo

El velo se convierte en bandera del islam, sin embargo es una bandera que sólo pueden enarbolar las mujeres; desgraciadamente, los hombres musulmanes no tienen símbolo alguno con el que identificarse, aunque tampoco parece que lo reivindiquen. No hay que confundir este nuevo movimiento con una simple tradición, porque tiene muchos otros aspectos. Muchas mujeres de mediana edad que proceden de pueblos o entornos tradicionales llevan el velo cuando vienen a Europa, simplemente porque es lo que han hecho siempre. Es su forma tradicional de vestir y se sentirían incómodas si no lo llevaran. Ese velo no es de origen religioso, sino étnico (aunque es posible que ellas no sean conscientes de la diferencia).

En cambio, no es tradicional que mujeres de culturas que nunca han utilizado el hiyab lo lleven ahora, como las mujeres indias o paquistaníes, las indonesias o las del centro de África; generaciones de antepasadas suyas fueron perfectas musulmanas sin utilizarlo. Tampoco se habían visto nunca en la historia del islam a niñas de 8 o 10 años con velo: es imposible considerarlo tradición. Éste es un velo de moderna aparición, que se elige y en el que se deposita la identidad. Se ha reinterpretado y se le han dado nuevos valores, ya no relacionados con la tradición. Hay muchas páginas de internet en que chicas modernas y occidentales reivindican el velo, y de paso, el código hiyab de vestir, con argumentos como que es una reacción contra la opresión que la moda y la imagen imponen a las mujeres. Algo así como: nadie me juzga por mi aspecto... porque no pueden verlo. Y de paso, como no voy provocando, los hombres no me acosan y puedo ir tranquila por la calle (argumento que pueden contradecir las mujeres de los países árabes, véase Egipto sin ir más lejos). No deja de llamarme la atención la dispar situación de las mujeres iraníes, que se cubren por ley desde hace décadas: las jóvenes que han vivido esta obligación abominan del velo, y discurren mil maneras de saltarse las disposiciones y liberar sus cabellos y su cuerpo. No rechazan la religión, sin embargo, pero han sufrido en sus carnes que el paraíso islámico no existe sin libertad.

En la mayoría de los testimonios que he leído, las chicas afirman que no se sienten oprimidas, que para ellas el velo no significa opresión, sino algo muy diferente. El hiyab está de moda, como se puede comprobar en las fotos que acompañan este artículo, sacadas de páginas de moda islámica. Ninguna de estas mujeres parece nada oprimida, y dudo que se sientan así. Están muy lejos del chador, del niqab, y por supuesto del burka. Estas imágenes fashion son un magnífico ejemplo de islam reinventado que ignora su propia historia, en este caso la historia del velo y de lo que significa, de las mujeres barza, de Sakina y tantas otras.

Es evidente que el velo es una imposición masculina, no porque las mujeres o las niñas que lo llevan hayan sido coaccionadas para ello, sino porque forma parte de la cultura patriarcal, y su vuelta ha sido propiciada por el auge del fundamentalismo. También es evidente que éste se alimenta del anti-imperialismo heredado de la descolonización, y que incluye un sentimiento anti-occidental. Esto hace que las jóvenes rechacen los valores occidentales, y adopten las formas más restrictivas de religiosidad. No se trata sólo de una manera de vestir, sino de una actitud de represión que abarca muchos aspectos de la vida. Muchas veces me he encontrado con el comentario: “sólo es un trozo de tela”, como si fuera una banda, una gorra, un pin que uno lleva para identificarse con su equipo de fútbol o su partido político. Pero el velo se lleva en todo el cuerpo, en toda la vida, en cómo se vive, en todo lo que se hace. Por ejemplo, aquí, en mi ciudad, nunca he visto a una mujer con velo tomando el sol en la playa, o bailando en las fiestas del barrio (y eso que hay conciertos para todos los gustos), o haciendo running (y me cruzo con decenas de runners cada día). Son cosas que hace gente muy variada, con diferentes gustos u opiniones. Son acciones, éstas u otras parecidas, sin connotaciones, universales e intemporales. Se hacen con el cuerpo. Ellas no las hacen.

Se puede llevar el velo como símbolo de lo que apetezca, pero si estas mujeres están dejando de hacer algo con su vida sólo porque no es lo correcto, no es apropiado, no lo debe hacer una mujer decente/buena musulmana... Eso es volver a María Magdalena, a la mujer pecadora/la mujer decente, a la mujer pública/la mujer privada. La mujer que sólo se define por lo que el hombre ve/no ve de ella. Cuyo centro de interés y única referencia es su cuerpo. Unos conceptos bien conocidos en las culturas mediterráneas, antiguos, arraigados, y que no tienen NADA que ver con la religión. A mí que no me intenten vender ese cuento.

Sin embargo, yo no estoy a favor de ninguna prohibición, ni de ninguna ley en contra. No creo que sea un asunto de leyes. El velo es un signo de los tiempos y lo que hay que hacer es entender los tiempos e ir a la verdadera raíz de los problemas. La actitud de “a favor o en contra” no sirve de nada, y espero, como en todo, encontrar un punto intermedio. Me gustaría ver a las mujeres con velo haciendo todas las cosas que he dicho antes, que se pongan o se quiten el velo cuando crean que deben hacerlo, que tengan una idea positiva de sus cuerpos y no los vean como fuente de pecado. El verdadero problema es el de la identidad: por parte de los inmigrantes, que han de reinterpretarla, y no pueden limitarse a la asimilación; por parte de las sociedades de acogida, que han de entender que la uniformidad es irreal y que su identidad nacional no puede basarse en ideales trasnochados. No es un tema fácil ya que interfiere con el de la violencia terrorista. Las crisis económicas, además, provocan el extremismo y la utilización electoralista de la xenofobia. Por ello se impone más que nunca revelar la auténtica naturaleza de los conflictos, y hacer ver que las culturas son fluctuantes, mutantes, adaptables y siempre deben ser enriquecedoras.

Lecturas recomendadas:

GOYTISOLO, Juan (2003). España y sus ejidos. Majadahonda: Hijos de Muley-Rubio.

MERNISSI, Fátima (1999). El harén político: el profeta y las mujeres. Guadarrama: Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, DL.

MOTILLA, Agustín (coord.) (2009). El pañuelo islámico en Europa. Madrid: Marcial Pons.

ROY, Olivier (2003). El Islam mundializado: los musulmanes en la era de la globalización. Barcelona: Bellaterra.

STOLCKE, Verena. “La nueva retórica de la exclusión en Europa”, versión revisada de su artículo de 1995 “Hablando de la cultura: nuevas fronteras, nueva retórica de la exclusión en Europa” a Current Anthropology, 36 (1). Pp. 1-24. Chicago University Press.

sábado, 16 de mayo de 2015

Algunas lecciones que he aprendido sobre el Islam

Tengo la costumbre de no hablar de lo que no sé, razón por la cual mi participación en las redes sociales es tan limitada. Los blogs, que son lo más parecido a una revista auto-editada, se pasan de moda, y lo que ahora se lleva son las opiniones de dos líneas en el face o el tuit; no sirvo para eso. Hace poco leí el argumento de alguien que opinaba que la razón por la que existe terrorismo islámico es porque el islam es una religión violenta, ya que su fundador la empezó a sangre y fuego con una espada en la mano, a diferencia del fundador del cristianismo, que era pacifista y predicó el amor. Lo primero que pensé es que esa persona había confundido a Mahoma con el Cid Campeador, pero me callé, porque no sabía suficiente sobre el tema. Para remediarlo hay un sistema infalible: leer libros.

Uno muy recomendable y recomendado: Mahoma, biografía del profeta, de Karen Armstrong. Su primer capítulo, “Mahoma, el enemigo”, es un repaso de la forma en que occidente ha tratado la figura, principalmente como impostor y conspirador. También de la ignorancia absoluta con que se ha visto todo lo relacionado con el islam, con argumentos calcados de los que ofrecía aquel comentario de internet, que no era nada, nada original. El emperador bizantino Manuel II Paleólogo (s. XIV-XV) dijo dirigiéndose a un sabio persa: “Muéstrame también aquello que Muhammad ha traído de nuevo, y encontrarás solamente cosas malvadas e inhumanas, como su directiva de difundir por medio de la espada la fe que él predicaba”. Los prejuicios son antiguos y arraigados. Me lo estoy encontrando muchas veces: no hay solución para el islam, no se puede reformar o reinterpretar, porque es intrínsecamente malo. Bueno, aquí vengo yo a predicar en el desierto otra vez, otra vez a nadar contracorriente.

El primer error del más puro etnocentrismo es comparar a Mahoma con Jesús, como si ése fuera el modelo de fundador religioso, por el que deben medirse todos los demás, ignorando la abismal diferencia de sociedad en que cada uno vivió. Jesús estaba integrado dentro de la tradición religiosa judía, de la que incluso su visión crítica formaba parte; y el cristianismo se extendió por el mundo ordenado del Imperio Romano, un mundo próspero, pacífico y bien comunicado, sin el cual jamás hubiera existido.

Nada que ver con la tierra de nadie que era el desierto de Arabia, sin orden ni gobierno, habitada por tribus en permanente conflicto. Según Armstrong, ese mundo estaba además en crisis: los antiguos beduinos se habían convertido en prósperos mercaderes en ciudades como la Meca; la antigua moral tribal, basada en la igualdad, el acogimiento y el honor, estaba desapareciendo ante el poder que daba la riqueza, sin ser sustituida por una moral nueva; los pobres y los desamparados aumentaban, sin que tuvieran dónde acogerse. Nadie combatía la injusticia. Muchos árabes estaban decepcionados del antiguo politeísmo, y se pasaban a un monoteísmo difuso, influidos por los ecos que les llegaban del cristianismo y del judaísmo. Algunas tribus árabes se hicieron judías, pero seguían siendo como los parientes pobres de los verdaderos judíos. Los árabes se encontraban entre dos grandes imperios, el bizantino cristiano y el persa zoroástrico. Si se hubieran convertido a cualquiera de estas religiones, no hubieran sido más que peones en el juego estratégico de los dos imperios. Lo que necesitaban era una revelación propia.

El Mahoma que empezó a predicar en la Meca sí que se puede comparar con Jesús, en el sentido de que era un pobre personaje al que los poderes no hacían mucho caso, aunque les incomodaba. Pero si lo hubieran matado entonces, como estuvo a punto de suceder, su predicación no hubiera podido arraigar, porque lo que proponía no tenía precedentes en su cultura; suponía una ruptura tan radical con todo lo que los árabes habían conocido hasta entonces, que hicieron falta muchos años y mucho trabajo para que el mensaje fuera realmente popular. No sólo se trataba de cambiar de Dios, sino de crear una sociedad nueva no basada en lazos de sangre, y donde la justicia remitiera a una autoridad más allá de lo humano, en lugar de estar del lado del más fuerte. Así se fue desarrollando la tribu única de los musulmanes, que efectivamente tuvo que usar la espada para no ser aniquilada, como estuvo a punto de pasar muchas veces cuando eran un pequeño grupo de marginados. Mahoma fue violento en la manera usual de aquella sociedad, pero en cambio rompió el ciclo de venganzas que tenía aquella tierra ensangrentada permanentemente, dando muestras de una clemencia que escandalizaba a sus propios coetáneos. Perdonar al enemigo; no atacar jamás a mujeres, niños, ancianos o enfermos; no atacar a los pacíficos; aceptar siempre la paz cuando era ofrecida. Fue un auténtico creador de paz, como muestra la toma de la Meca sin necesidad de armas. Pero Mahoma, a diferencia de Jesús, fue también un gobernante, lo cual significó a veces tomar decisiones políticas duras e incluso crueles.

Otro detalle importante es que Mahoma tampoco intentaba crear una nueva religión. Sólo recuperaba el culto básico al único Dios que practicaban ya los judíos y los cristianos. En contra de ellos tiene que los judíos se habían apropiado de Dios como si fuera sólo suyo, y que los cristianos, deslumbrados por los prodigios de Jesús, lo había deificado. Por eso Mahoma no es recordado como hacedor de milagros, para que sus discípulos no olviden que es humano como ellos. Cuando sus seguidores recibieron la noticia de su muerte y se negaban a aceptarla creyendo que debía ser inmortal, Abu Bakr les dijo: “Oh hombres, si alguien adora a Mahoma, Mahoma estará muerto. Si alguien adora a Dios, Dios está vivo, es inmortal”. Sin embargo, igual que los prodigios de Jesús son una construcción de sus seguidores, a Mahoma se le atribuyeron prodigios no menos espectaculares, según narra Abdelmumin Aya en El secreto de Huhammad, siguiendo la creencia de que un ser excepcional debía hacer cosas excepcionales. Ambos fueron personas de un inmenso carisma, con una sensibilidad extrema, una relación intensa con toda la creación y una capacidad de captar lo que otros no comprendían (eso es un profeta, lo que en otras tradiciones se llama chamán), lo cual provocaba que aquellos que los conocieron los amaran y los siguieran; sin duda muchos se sintieron conmovidos, sanados, salvados. Pero en cambio, en el islam esta faceta de su fundador se ha soslayado, ante el temor de llegar a convertirlo en ídolo, y hacer del islam un cristianismo de segunda. Ya he comentado las razones políticas por las que los árabes no se hicieron cristianos, pero además, el politeísmo sólo se podía abolir con un monoteísmo estricto, y las ambigüedades de la Trinidad no hubieran ayudado. Por lo demás, la conciencia de pertenecer a una misma familia une a los musulmanes con cristianos y judíos.

Otra de las comparaciones etnocéntricas que se hacen es la del Corán con la Biblia, principalmente para decir que el primero es insulso y poco edificante. Difícilmente se puede hacer una comparación más desigual: la Biblia, como su nombre indica, no es un libro sino muchos, una extensa biblioteca de libros escritos a lo largo de muchos siglos, con diferentes autores, estilos y mensajes; lo peculiar del Corán, revelado en un tiempo concreto a una sola persona, es que más que una obra cerrada es una comunicación, la que tuvo Mahoma con Dios a lo largo de su vida. Los mensajes a menudo tenían que ver con lo que estaba pasando y con asuntos concretos, aunque en ningún caso sean triviales. Por eso hay repeticiones, rectificaciones, e incluso contradicciones sobre el mismo tema. Cuando años después los musulmanes recopilaron las revelaciones conservadas en la cultura oral, se encontraron con un texto al que tenían que dar sentido. Como todos los libros sagrados, el Corán se ha de interpretar. Como en el islam nunca ha habido una autoridad religiosa central, durante siglos las interpretaciones han sido centenares. Eso no es malo porque encarna la palabra en cada creyente y vivifica la religión. Se ha discutido el orden revelación de las aleyas para decidir si unas anulaban a las otras, se han intentado armonizar las contradicciones. Es muy importante el comentario histórico, porque saber qué pasaba cuando una aleya fue revelada ayuda a entender a qué se refiere, y qué enseñanza se extrae de ella. Pero no existe una auténtica teología, en el sentido de dogmas irrefutables, porque cada creyente tiene derecho a su opinión. Es cuando las opiniones se fosilizan, cuando unos deciden que poseen la verdad y la quieren imponer a los otros, cuando la religión muere para dar paso al integrismo.

Hay quien piensa que interpretar supone leer “blanco” donde pone “negro”, que el texto dice lo que dice y no se puede disimular. Eso es caer en la trampa del literalismo, como dice Juan José Tamayo en otro libro que he leído: Islam: cultura, religión y política, o sea, leer el Corán “como si ser musulmán significara vivir al modo de un árabe del siglo X, sometido a los abbasíes y sus leyes. En otras palabras, la perversión radica en identificar la fe islámica con la forma cultural de una época ya superada”. No, un texto jamás dice una sola cosa. Dice tantas que, por eso, cualquiera puede leer lo que le parece, y creer que el texto le obliga a vestir de amarillo o le prohíbe usar gafas o lo que sea. Pero interpretar un texto sagrado implica algo llamado inspiración (¿divina?). Tras el texto hay un mensaje con coherencia, un mensaje vivo; lo cual implica que ese texto es como una semilla, que hace crecer algo en el corazón de la gente. Entiendo que leer un texto como si se recibiera una semilla en el corazón no es algo que se lleve mucho hoy en día. Quizá ése es el problema.

El libro de Karen Armstrong acaba con la muerte de su biografiado, pero da una pista de lo que pasó después. Mahoma quería unificar a los árabes, pero es poco probable que pensara crear un imperio. Sin embargo, lo que había puesto en marcha debía tener consecuencias. Los pueblos vecinos habían ignorado a los árabes, pero al verlos como una potencia comenzó el enfrentamiento. Además, la tradición batalladora de las tribus no se podía borrar de un plumazo: ahora que ya no se enfrentaban entre ellas, se dirigieron a nuevos enemigos. Y se puede decir que a su alrededor, los territorios gobernados por poderes en decadencia estaban maduros para ser cogidos: Persia, el mundo grecolatino, el norte de África... Pero la idea de las hordas musulmanas imponiendo el islam a sangre y fuego es otro prejuicio: esto ya se trataba de conquista política, de poder. Todo el mundo quiere subirse al carro ganador y sin duda eso inspiró la mayoría de conversiones. Pero por otra parte, la conversión forzosa es contraria al islam, y menos para otros monoteístas. La historia de los imperios islámicos también es la historia de muchas traiciones al espíritu del islam, con su corrupción y su opulencia. También es la historia de su enriquecimiento: a través de Persia llegó la belleza de oriente y su espiritualidad, del mundo helenístico su filosofía, del Imperio Romano las leyes y la administración. No se puede ni medir cómo la amalgama de todo ello ha influido en la historia.

La autora da una pista de por qué la revelación de los árabes se convirtió en una religión mundial. Solemos tener muy claro lo que engloba el término “religión”, y por eso no entendemos que los musulmanes no reduzcan sus creencias al ámbito personal y espiritual. El componente social del islam sobrepasa el de otras religiones. Es sobre todo un impulso para crear una sociedad más justa. No hay verdadera fe sin reforma social, sin la abolición de las desigualdades, sin la fraternidad de los creyentes. Por eso el islam se confunde fácilmente con la política, pero en esto choca con la dura realidad de que las leyes no se cumplen por cuestión de fe. Por eso una sociedad secularizada es tan difícil de combinar con el islam. Por eso el islam choca con el capitalismo salvaje y el mercantilismo que, como en tiempos del Profeta, no respetan los antiguos ideales. Sin embargo, no ha sabido plantear una alternativa en los últimos siglos.

Me quedo con una reflexión de Juan José Tamayo que recoge lo que siento tras estas lecturas: “Falta por dar un nuevo paso, muy necesario, a mi juicio, en tiempos de interculturalidad, diálogo interreligioso e interespiritualidad: el reconocimiento de Muhammad como profeta para los cristianos”. Las tres religiones abrahámicas se suceden en el tiempo, y los cristianos quedamos en medio, por lo cual parece que nos perdemos la última de ellas. Esa idea es muy superficial; si el islam hubiera sido revelado antes, seguramente Mahoma ocuparía un lugar en nuestro culto junto con Isaías o Salomón. No propongo recortar las religiones hasta reducirlas a lo mismo, cada una debe tener su identidad, pero igual que no pensamos que un judío se equivoque al leer la Torah, tampoco debemos tener por falso a un musulmán que crea en el Corán. Mahoma tiene mucho que enseñar a los cristianos, si nos atrevemos siquiera a escucharlo. Su mensaje sólo puede enriquecer nuestras creencias. No me cabe duda que Mahoma fue un ser excepcional, tocado por Dios y lleno del Espíritu. Basta reconocer esto.

Mahoma, biografía del profeta, de Karen Armstrong. Tusquets 2005.

El secreto de Huhammad, de Abdelmumin Aya. Kairós 2006.

Islam: cultura, religión y política, de Juan José Tamayo. Trotta 2009.


domingo, 22 de marzo de 2015

Universo artúrico

Me he dado cuenta de que no he dicho nada por aquí del universo en que me he perdido los últimos años (no es el único universo en que he estado, los viajes dimensionales son mi especialidad). Poco a poco y cuando he tenido tiempo, he ido conociendo el tesoro de la literatura caballeresca medieval. Aquí está el origen de todo lo que consideramos acción, romance y fantasía, pero como todo lo básico, son novelas muy desconocidas. No comento las obras de Chrétien de Troyes, que deben ser la iniciación al género, porque hace mucho que las leí y demandan una relectura. Por ahora, estas son obras posteriores en prosa derivadas de los versos de Chrétien. He escrito unas breves reseñas con la experiencia de mis lecturas.

Perlesvaus, o el Alto libro del Graal. Edición a cargo de Victoria Cirlot. Biblioteca Medieval, 9. Siruela, 2000.

 Es una de las primeras redacciones en prosa del tema artúrico, que hasta entonces sólo se había escrito en verso. Escrita a principios del siglo XIII, después de esto se reescribirán todas las obras conocidas en prosa (el Lancelot, el Tristán, etc.). El Perlesvaus podría considerarse una continuación del Libro del Grial de Chrétien de Troyes, porque retoma la historia donde quedó interrumpida, pero cambia tantas cosas (como el nombre del protagonista, que ya no se llama Perceval), añade tantas nuevas, y sobre todo tiene una ambientación tan particular, que resulta una obra original.

Como todas las novelas en prosa de la época, es demasiado larga, y se hace cansada de leer por la falta de hilo argumental, por la sucesión interminable de castillos, doncellas y caballeros luchadores. Aparecen los personajes conocidos: Lancelot, Gauvain, el rey Artús, y otros nuevos. Por cierto, que el desconocido autor hace morir la reina Ginebra para arreglar el asunto del triángulo amoroso, que no le interesaba mucho.

Pero también es posiblemente la novela más fantástica de su estilo, con escenarios y situaciones tan surrealistas, alucinantes y crueles, que dejan sin aliento. Ojalá los hubiera anotado todos, así por encima recuerdo: un castillo que gira como una peonza, una torre de bronce adorada por los paganos, un león blanco que anda sobre dos patas y se comunica por telepatía, un caballero que es apuñalado en un sueño y cuando despierta todavía tiene el puñal clavado y muere, un caballero traidor que es ejecutado ahogándolo en la sangre de sus secuaces, un rey pagano que cuece el cuerpo de su hijo muerto en la guerra y lo reparte como comida entre su pueblo (y después, lógicamente, se hace cristiano) y muchas, muchas cabezas cortadas, de enemigos, de reyes y de reinas, cabezas que se traen como trofeo y que se sellan en oro o plata. Un cristianismo bárbaro mezclado con simbologías extrañas, donde todo se puede interpretar como un signo de otra cosa.


 Parzival. Wolfran von Eschenbach. Edición a cargo de Antonio Regales. Biblioteca Medieval, 1. Siruela, 2000.
Continuando con las revisiones y reescrituras del Perceval, esta es la famosa versión alemana que tanta influencia tendría en su literatura. Me he encontrado con un lenguaje muy diferente, porque no es un libro traducido del francés como los otros, sino del alemán, y como el mismo traductor dice, de un texto bastante oscuro y difícil de descifrar, lo que se nota a menudo en la dificultad de entender el argumento y los diálogos. Lo más sorprendente quizás es que el autor hace comentarios, chistes o habla de sí mismo en medio de la acción, encuentro que es muy moderno para una obra del siglo XIII. No es el mismo mundo de las obras francesas, como si el autor no lo hubiera acabado de interpretar e hiciera su versión. Lo más original es que el Grial no es ningún cáliz, sino una piedra mágica y sagrada. Quién piense que las novelas medievales son todas historias de caballeros y damas y torneos se equivoca; cada una es un sorprendente mundo aparte.


Historia de Merlín. Introducción y traducción de Carlos Alvar; epílogo de Carlos García Gual. Biblioteca Medieval, 12. Siruela, 2000.

El ciclo artúrico que se reescribió en prosa consta de cinco obras, basadas en originales en verso que se han perdido. Robert de Boron escribió una historia de Merlín en la que se basa esta novela, que sería la segunda del ciclo. A diferencia de las concisas narraciones de Chrétien de Troyes, las obras en prosa hinchaban el argumento con todo tipo de detalles de la vida de los héroes, y con interminables batallas. Esta edición ya es resumida, y aún así es cansada de leer. El problema de Merlín es que lo sabe todo y lo puede todo, y de este modo es difícil que haya ninguna intriga. Lo más interesante quizás son sus orígenes y su final, a pesar de que en otros libros aparecen versiones diferentes. Su vida comprende el nacimiento y la juventud de Artús. En el resto de la historia, Merlín ya ha desaparecido.



La búsqueda del Santo Grial. Introducción y traducción de Carlos Alvar. Alianza Tres.

Es el segundo volumen de la trilogía del Lancelot en prosa (a la que se añaden dos títulos más, hasta cinco, que forman lo que se llama la Vulgata). No he leído la primera parte, titulada propiamente Lancelot, más centrada en la vida de este héroe. Aquí el protagonista, acompañado de los caballeros de la Mesa Redonda, es su hijo Galaad (traducido aquí como Galaz, según la versión medieval en español).

Estas novelas son de autor/es desconocido/s, pero se suponen basadas en las perdidas versiones en verso de Robert de Boron. No se sabe mucho de este señor, pero fue él quien le dio un giro religioso a todo el ciclo artúrico. Es quien estableció que el Grial era el cáliz de la Santa Cena que recogió la sangre de Cristo (hasta entonces sólo era un objeto prodigioso). Sus caballeros han dejado atrás el mundo del honor guerrero y del amor cortés, son casi ascetas en busca de Dios. Esto es muy evidente en el personaje de Lancelot (aquí Lanzarote, claro), marcado con el estigma del pecado, una idea que nunca se le habría ocurrido a Chrétien de Troyes, que no se cuestionaba sus amores con Ginebra. Galaad es casi un nuevo Jesucristo, pre-anunciado por los oráculos, esperado durante siglos, puro y perfecto, que lleva a su cumplimiento todas las profecías y realiza los más grandes prodigios. El tono de este libro lo hace parecer más una obra religiosa, hay muchos fragmentos de la Biblia; los caballeros no se dedican a realizar gestas guerreras, sino a tener visiones y sueños, que son después interpretados por los ermitaños o monjes; toda la obra es pura alegoría, un impresionante desfile de símbolos. Lo estaba leyendo y pensando que pedía ser convertida en imágenes, con aquellas preciosas ilustraciones de los manuscritos medievales: naves misteriosas, animales simbólicos, espadas mágicas, inscripciones proféticas, voces del cielo, el demonio multiforme, y una lista interminable de prodigios. Una búsqueda (la famosa quete) que dura años y años y sólo llega a su final cuando los caballeros son dignos, y sólo Galaad podrá mirar dentro del Grial y ver maravillas que lo transportan al cielo inmediatamente.

Es una lectura lejanísima para un lector moderno, pero no hace falta decir que hasta ahora es la novela medieval que más me ha gustado.

La muerte del rey Arturo. Introducción y traducción de Carlos Alvar. Alianza Tres.
Aunque se supone que es la parte final de ciclo, no le encuentro ningún vínculo con La búsqueda del Santo Grial. El eje principal son los amores de Lancelot y Ginebra, y nunca como aquí resulta tan evidente la influencia de la historia de Tristán e Isolda: se aman a escondidas, son pillados, él la rescata de la ejecución, después son perdonados y ella vuelve con el marido... así casi hasta el final, donde aparece un personaje que yo no conocía, Mordrez, supuesto sobrino de Arturo que se revela como hijo (pero no se dice quién es su madre) y que mata al rey en la batalla final. Bien, de esta novela no sale nadie vivo. Aparece Morgana un momento, para hacer conocer a Arturo la infidelidad de su mujer, pero después desaparece del todo. Sospecho que estos personajes han pasado a la historia más bien gracias a la reescritura de Sir Thomas Mallory en La morte d'Artur, pero como este último es mi gran pendiente, no puedo decir nada hasta que lo haya leído. Pero está bien conocer la versión original de la historia para después comparar.
Las ilustraciones corresponden a un manuscrito de 1446 que se encuentra en la Biblioteca Nacional Central de Florencia conocido como Tavola Ritonda. Se trata de una refundición de la materia de Bretaña, con historias tomadas de la Vulgata y otras como la de Tristán e Isolda. Los 289 dibujos posiblemente son de Bonifacio Bembo. Este maravilloso libro único se puede hojear enteramente aquí: http://teca.bncf.firenze.sbn.it/ImageViewer/servlet/ImageViewer?idr=BNCF0002979524#page/1/mode/1up