jueves, 23 de abril de 2009

Un universo entrelazado

Entre finales del siglo VI y principios del IX, se realizaron en monasterios de Irlanda, Escocia y norte de Inglaterra una serie de manuscritos, generalmente copias de los evangelios, que han quedado como obras maestras del arte de la miniatura. Sobreviviendo a lo largo de los siglos, algunos de estos espectaculares libros han llegado hasta hoy para maravillarnos con su espectáculo de color y técnica. No puede compararse su decoración con ninguna anterior ni posterior: típicamente celtas, sus espirales entrelazadas desafían cualquier tipo de análisis. Quien dice espirales dice nudos, redes, series, cenefas, milimétricamente simétricas, con una lógica interna que se desborda sobre la página y sobrepasa todo entendimiento, toda capacidad de la vista o de la razón, hasta llevar al sobrecogimiento y a la perplejidad.
Sólo dos letras pueden llenar toda una página, como es el caso de X y P, iniciales del nombre en griego de Cristo (XPISTOS). En la página 34 del Libro de Kells estas dos letras se han elaborado hasta ser irreconocibles y se han transformado en un universo entrelazado tan complejo que recuerda a un fractal: por más que se acerque la vista, la complejidad permanece. Se han encontrado hasta 158 entrelazados en 2’5 centímetros cuadrados de superficie…
Hasta el día de hoy, esta clase de geometrías no se han podido reproducir a mano. Hace tiempo leí un artículo de La Vanguardia en que un monje de Monistrol de Montserrat, experto calígrafo, explicaba haber construido un mecanismo que puede reproducir “las complicadas espirales interconectadas concéntricas, triplicadas y de un diámetro inferior a un centímetro”. Pero sobre todo abruma pensar en las desconocidas manos que los llevaron a cabo hace trece siglos, en su paciencia, en su entrega, y más aún en el por qué: de qué visión, de qué alucinación, de qué elaboración mental pudieron surgir estas formas inimaginables, inconcebibles e imposibles. Necesitaría a un Borges para que se adentrara en esta maravillosa materia.
El mencionado Libro de Kells se encuentra ahora en la biblioteca del Trinity College de Dublín. El otro gran representante de este género, el Libro de los evangelios de Lindisfarne, está en la British Library. Para quien quiera darse el gusto de hojearlo como si lo tuviera entre las manos, su página web ofrece maravillosas posibilidades.

miércoles, 15 de abril de 2009

La verdad desnuda

Hay un derecho humano que me parece de los más elementales, aunque no sé si ha sido declarado como tal. Me refiero al derecho a poseer el propio cuerpo. No creo que pueda haber excepciones a un derecho así, es evidente que cada ser humano es el único propietario de su cuerpo. Es tan evidente que parece absurdo tener que recordarlo, pero a lo largo de la historia no se ha reconocido para millones de personas, ni aún ahora; hablo de las mujeres.
Las mujeres son capaces de hacer algo extraordinario: crean personas. Los hombres han de contribuir, pero son los cuerpos de las mujeres los únicos capaces de hacer el trabajo. No existe en el mundo una sola persona que no haya salido del cuerpo de una mujer. Si han dado la vida a toda la humanidad, eso debió otorgarles un poder enorme, indiscutible. Pero todos sabemos que es exactamente lo contrario. ¿Cómo se les pudo arrebatar un poder así?
Pero se hizo. Se les ha dicho que ellas no hacen nada, que todo lo hace una fuerza superior que viene de fuera y entra en ellas, y entonces, sin saber cómo, tienen a otra persona dentro. Ellas sólo son el recipiente, el envoltorio, el soporte; un objeto. Sólo son materia-mater-madre. De manera que las mujeres no tienen derecho a decidir nada, pues sólo son el medio de transmisión de la voluntad de los hombres, de la fuerza superior. Así que su cuerpo no les pertenece, ha sido tomado, alquilado, utilizado.
¿Es el árbol el soporte de sus ramas? ¿Acaso no es con ellas una sola cosa? Si las ramas pudieran desgajarse y echar a andar, entonces serían otro árbol. Las mujeres tienen el poder de crear personas. Las fabrican de sí mismas. Con su propio cuerpo hacen otro, y un día ese otro echará a andar y será otra persona, pero hasta entonces habrá un solo cuerpo, con un solo propietario. Es inverosímil la idea de que dentro de una persona aparece otra que no tiene que ver con ella, porque en ese caso la mujer no sería nada, un contenedor sin voluntad que ha sido ocupado y que ha quedado desposeído de sus derechos de propiedad, como si fuera posible ponerle cláusulas a un derecho así. Si se pueden hacer excepciones a la posesión del propio cuerpo, ¿por qué no a la de la propia vida, por qué no a su compraventa?
Y sin embargo para muchos este derecho parece discutible en el caso de las mujeres, convirtiendo su prodigiosa capacidad en una sumisión en lugar de un poder. Y yo digo que no se puede consentir. Que mientras no se reconozca a las mujeres el derecho a ser dueñas de su propio cuerpo, la humanidad se estará dañando a sí misma.
Cuadro de Gustav Klimt: La verdad desnuda, 1899

lunes, 6 de abril de 2009

El dios muere y resucita

Le mataron, aunque era un dios. Fue enterrado pero volvió a la vida. Aunque es una historia habitual en muchas culturas, en este caso estoy hablando de Osiris.
Para la mayoría de la gente, la religión egipcia es ese pintoresco desfile de dioses con cuerpo humano y cabeza de animal, pero existieron varias formas de religión en Egipto, y ninguna tan simplista. La más trascendental, y para mí la más hermosa, es el mito de Isis y Osiris (en egipcio, Ast y Usir).
A Osiris lo mató su hermano Set, que después de algunos acontecimientos y para asegurarse, robó su cadáver, lo descuartizó y esparció los trozos por toda la tierra de Egipto. Pero su hermana-esposa Isis los recuperó, construyendo un templo en cada lugar donde encontraba uno, y después de unirlos devolvió la vida a Osiris, convirtiéndolo en la primera momia. El cuerpo del dios esparcido por la tierra la bendijo y la convirtió en sagrada. Realmente, dio la vida a Egipto. Se le suele representar de color verde porque es el dios de la vegetación, porque fue enterrado como una semilla y después volvió a la vida. Por eso, todo lo que nace de la tierra y germina procede de él.
La muerte de Osiris se celebraba con grandes festivales cada año. Una hermosa costumbre consistía en fabricar réplicas del cuerpo del dios, como dos moldes que se rellenaban de tierra y en los que se sembraban semillas de trigo o cebada. Cuando las semillas germinaban las dos partes del molde se unían y la figura se vendaba, se le colocaba su máscara funeraria y se introducía en su pequeño sarcófago. Después se inhumaba en un Osireion, los templos-tumba de Osiris. Estos Osiris vegetantes representaban la esperanza de que el poder germinador de las semillas, gracias al dios se extendiera hasta los creyentes sepultados y los condujera a la resurrección y a una nueva vida.
Llega la primavera, los nuevos brotes se abren, y hoy como en los tiempos pasados, los dioses mueren y resucitan…

miércoles, 1 de abril de 2009

Oiran

Hoy en día las geishas se han convertido en un símbolo de Japón conocido en todo el mundo, pero quizá pocos extranjeros podrían reconocer a una oiran, aunque sólo la puedan ver en alguna representación de kabuki o en algún desfile histórico.
Desde la Edad Media hasta el siglo XVIII, las oiran triunfaron como cortesanas de alto rango, es decir, las prostitutas más caras. Las de más alto nivel trabajaban en la corte y eran llamadas Tayu. Como todo en la cultura japonesa, su sistema de vida estaba muy ritualizado, con su propio estilo artístico y su propio dialecto, originario de la época medieval. En aquella época las geishas eran las que entretenían a los clientes mientras esperaban los servicios de las oiran. Pero las geishas eran más modernas, más divertidas, y los clientes las acabaron prefiriendo aunque no fueran prostitutas. Eso marcó el fin de las oiran, su estilo recargado quedó pasado de moda frente a la elegancia sutil de las geishas. He leído que la última oiran data del siglo XVIII, pero las fotos de esta entrada, que he encontrado en internet, deben ser como mucho del XIX. Además, en la autobiografía de Kiharu Nakamura, que fue geisha antes de la II Guerra Mundial, se explica cómo acompañaba a sus clientes al barrio de Yoshiwara, donde les recibían las cortesanas. Las describe con la imagen de las oiran, aunque quizá no fueran ya más que un pálido reflejo.
Como también se ve por las fotos, la estética de las oiran es muy diferente de la de las geishas. Llevan kimonos de muchas capas y bordados espectaculares, con un gran obi atado por delante. También su peinado es muy recargado, con enormes adornos. Aunque solían permanecer en su barrio, para ciertos desfiles lucían unas espectaculares sandalias (geta) de hasta 30 centímetros de altura, con una forma de caminar muy característica.
Hoy en día por supuesto las oiran no existen como tal, pero sus artes se siguen practicando gracias a algunas mujeres que las han estudiado y aparecen en desfiles y festivales.